"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

19 abr. 2010

Mi dietario irregular (XXVIII): El día en que se leyó


Aquella mañana, nadie entregó sus trabajos. Para una pequeña parte de los estudiantes, aquello suponía un suspenso en su expediente. Una mancha para los alumnos tradicionalmente impolutos, una muesca más para los absentistas, para los de bar y césped y sábanas pegadas. Una mancha y una muesca rebelde y vengadora para todos.

Pero lo heroico no fue aquel día el hecho de suspender. Fue lo siguiente: A las nueve y cuarto de la mañana, cuando el señor Antiliterario (llamémosle AL) se empezaba a impacientar, no había nadie en clase. Asomó la cabeza por el pasadizo, y le extrañó el paisaje: cuatro alumnos se repartían en el espacio del corredor. Un par, apoyados en la pared de tocho, los otros, en la cristalera que dejaba ver el campus. Nuestro AL notó que todos leían, ensimismados. Uno sostenía, ligeramente inclinado, A sangre fría, de Truman Capote.

Había vuelto a su aula, pero a las nueve y media nadie había aparecido. Volvió a salir, con ese andar inseguro que siempre había tenido. A por un café, con un pensamiento tan poco articulado como era habitual en él. Nunca fue el favorito de los alumnos, pero eso a él le daba igual. Es más, nunca lo quiso querer saber. Su materia era demasiado importante como para prestar atención a su entorno. No era raro que pensara que sus alumnos eran unos alelados vestidos de niña o de vagabundo, generaciones malsanas que sólo un milagro podría arreglar. Volvió a salir, decía. Y ya no eran cuatro los alumnos del corredor. Eran cuarenta.

Fue al bar y, bastante indignado por su ya casi cancelada clase magistral, pidió un café con leche. "Amb llet natural, curt de café", dijo a la camarera. Mientras lo esperaba, observó que en el bar nadie hablaba. Estaba repleto y en un silencio sólo roto por el ruido de la cafetera y el del repicar de sus dedos con la barra. Y todos leían.

AL paseó toda la mañana. Todas y cada una de las aulas estuvieron vacías hasta pasado el mediodía, cuando ya no cabía nadie más en pasadizos y aledaños de la facultad. Todo el mundo estaba leyendo algún libro.

En la puerta del bar, una chica rubia leía Ébano, de Kapuscinski. Al lado, recostada en la columna que hay en medio del pasillo, una estudiante con pantalones de pana beige buceaba en los Cien años de Soledad del Gabo. A García Márquez también lo leía un alumno gordo, mayor de lo habitual: era Relato de un náufrago. El mar y la reflexión estaban muy presentes en las escaleras, donde una chica releía, viva, con una mirada atenta y despierta, una obra viva también. Las olas, de Woolf; y un chaval de primero de periodismo movía los pies lentamente a un lado y a otro inmerso en el mundo Hemingway, en El viejo y el mar.

Lejos del bar, en la puerta cercana a la biblioteca, unos ojos rebeldes fumaban y leían a Proust, en busca del tiempo perdido. Sentado en el camino asfaltado, con las piernas dormidas, un obseso de la lectura disfrutaba con Madame Bovary, de Flaubert. Más nervioso, un joven con poco pelo devoraba una de las aventuras de Pepe Carvalho, tan amablemente creadas por el genio Vázquez Montalbán. Cerca, un discípulo en la distancia del bigotudo del Raval como el mexicano Juan Villoro daba alas a un neonato periodista con vocación de escritor con El testigo.

En el chalet coincidían lectores de Rayuela y el Libro de Manuel, de Cortázar; con pensativos alumnos perdidos en las Ficciones de Borges y El Sueño de los héroes de Bioy Casares. Incluso había estudiantes religiosos leyendo la Bíblia y el Corán, y aficionados al mundo clásico abstraídos en Las Argonáuticas.

La cantidad de libros que vio abiertos AL le abrumó. En el césped, Especes d'espaces de Perec, las Cartas a un joven periodista de Cebrián, la Lolita de Nabokov, los Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce de Bolaño...

El paisaje se le antojaba una distopía. Lo pensó cuando vio 1984 de Orwell en manos de un chaval de barba de chivo y camiseta de El último ke zierre. Lo confirmó al localizar Mañana en la batalla piensa en mí, de Marías. No quiso mirar más títulos de libros.

Tras unas horas, decidió irse. Aquello era la conjura de los necios. Los estudiantes, suspendidos o no, se fueron retirando a su casa, contándose la maravilla que acababan de leer. Aun sin Políticas de comunicación, Estructura de la Comunicación de masas ni Economía de España y Cataluña, el día había sido provechoso. Como nunca.


Tau de rec, en la UAB, pensando en qué pensaban los que decidieron que la literatura no sirve a los futuros comunicadores.

4 abr. 2010

Mi dietario irregular (XXVII): El sueño

Me desperté y ocurrieron cosas muy hermosas. Ella estaba ahí, y me había despertado tal y como lo desearía cualquiera. Pasaba la mano por mi pecho, pero me despertó con la mirada. Como ya he dicho, aquella mañana estuvo llena de cuerpos celestes y de tés con leche. En algún momento creí hablar con ella sobre lo que habíamos soñado. Ella, que era el equilibrio de la pasión y la consciencia a mis ojos, había estado más acertada, soñando con Leonor Watling y su contenida sonrisa. Yo, que no suelo escuchar bien a nadie, tengo una imagen vaga de lo que dije. Y es que soy tan egoísta que ni me escucho a mí mismo. Me recuerdo visto en plano cenital, sentado a la mesa, escurriéndome con un "he soñado algo medio extraño". No di detalles, pero no suelo mentir. No sé.

Efectivamente, había soñado algo ambiguo, lúgubre y, sin embargo, más albarizo que crepuscular. Estaba acompañado. Como tres aspas, mirábamos sentados en unas sillas de camping a un mismo centro Julio Cortázar, el diablo, que era Georges Perèc, y yo. Había llegado la hora. En el sueño, yo tenía 27 años y Perèc se había tomado la libertad de ajustar cuentas. Como muestra de buena fe, me había reunido con el admirado escritor en el primer lustro que debía pasar allí. El lugar era infinito, absolutamente yermo, con ese suelo agrietado que a mi, no sé si de manera acertada, se me antojaba una mezcla de un Dalí y un mundo apocalíptico de Cormac McCarthy. No sé dónde estaban el Sol y la Luna.

Cortázar, muy envejecido al principio, casi fetal, recuperaba su presencia cada vez que hablaba. Se erguía de repente. Empezó -y terminaría- llevando el peso de la conversación, en la que sólo participábamos dos. Perèc, seguramente por cuestiones relativas a mi subconsciente, era casi una fotografía: sólo ladeaba la cabeza de vez en cuando, y no parpadeaba en ningún instante esos ojos saltones ni perdía esa sonrisa de niño con la boca llena de caramelos o de saliva.

Cortázar me atacó. En la segunda o tercera palabra ya había pronunciado esa erre más afrancesada que huérfana de un logopeda oportuno. En la octava, ya me había calificado como un "horrible lector de Rayuela". -¡La puta que lo parió!- pensé o dije, era un sueño. Enseguida se dio cuenta, o quizás me escuchó, y se volvió paternal por un instante. Que no me hundiera, que fuera paciente. Que le dejara acabar la frase, que iba a decir que, sin embargo, mi corta vida había sido una buena Rayuela. Entretanto, Perèc ejercía de Baphomet extraviado pellizcándose la barba de chivo y observándonos por unos prismáticos puestos del revés. Estaba a medio metro.

Cortázar prosiguió su explicación cada vez más animado, y me empezó a hablar con un tono más propio de un amigo de esos que se ven cada tanto. En su paso de la cautela a la confianza, argumentó que yo había atravesado casi a diario esa barrera que separaba la realidad establecida con aquella que él proponía en el que fue mi libro de cabecera durante los últimos siete años de mi existencia. Yo me puse a rascarle la mano no sé por qué fuerzas llevado, y él calló y cerró aquella gran plataforma sobre mí, arrastrando conmigo mi silla hasta quedarme a centímetros de su cara, también gigante. Perèc era casi una cabra, pero parecía saber todos los chistes y todos los asuntos serios del mundo.

Cortázar me dijo -Mira, como en el capítulo siete. ¿Viste qué mentira lo del capítulo siete? Les conté que era mi favorito, y bueno... ¡no!-. Le pregunté que a qué venía eso, y me dijo -Y viste, estoy cerca, soy un cíclope, como en el capítulo siete ellos dos-, y lo abofeteé con rabia, porque no era Cortázar, porque Cortázar había perdido el "Viste" en París, o quizás nunca lo había tenido. Perèc puso paz enseguida, porque Cortázar me iba a aplastar con algún gran adjetivo de madera o de titanio. Luego hablamos sobre el sentido de mi vida, sobre aquellos momentos que la marcaron: la paliza en el campo, aquella mañana en Buenos Aires, en la que una abeja había entrado por ninguna parte a mi pieza, y cómo diluvió luego, y cómo murió ella luego, y luego yo... y no tenía más. Sólo eran dos momentos. Seguimos hablando y me habló de aquellos peces de su cuento, los axolotl, de vivir en una pecera.

Cortázar ya no me hablaba como un amigo. Parecía más bien un dios, y le pregunté si los dioses eran ateos. Dijo que eran narcisistas. Perèc ahora llevaba aquel abrigo de vagabundo que yo tenía todavía en un armario y le pregunté cómo había muerto. Claro que no respondió, y fue Cortázar el que siguió la charla. Me confesó que él también era de Traveler y entre las mujeres, tanto de la Maga como de Talita. Que en unos cinco años yo las podría ver. Traté de tomar las riendas de aquella batalla del verbo por un segundo, obviando sus protagonistas que somos todos y preguntándole por su sentimiento hacia Argentina, pero enseguida terminamos hablando de las inútiles patrias, y él explicando y yo asintiendo. Y él ya narrándome sus experiencias en muchos países y yo pensando y asintiendo. Me sugirió que volviera a Buenos Aires, y a recorrer. Que me enamorara de América Latina para toda la vida.

Cortázar se rió a carcajadas cuando me vio afectado por su consejo. Antes de que él riera, le hice la ingenua pregunta de cómo lo iba a hacer, si yo ya estaba muerto. Cortázar, ese tótem tan humano y profundo, tan entrañable y poco altivo, uno de los pocos feos de verdad, unicejos, que se tornaban lindos al jugar con las palabras, era casi un demonio más. Recordé que al llegar allí, había encontrado el lugar y la compañía muy agradables. Incluso había pensado que estaba en el Zabala y que en breves me traían un café con leche en un bol, y también un plato con tres medialunas. Pero no era así. Aquello era el infierno y Perèc zumbaba como una abeja.

Cortázar ya no estaba. Desperté en un piso once o en un segundo. Creí que zumbaba una abeja y que estaba por llover, y el hecho de estar despierto pero no poder abrir los ojos me enervó. Pudiera ser que hubiera vuelto atrás en el tiempo, que estuviera en aquel noviembre, con aquel insecto dulce y amenazador dándose golpes contra la ventana cerrada. O que siguiera dormido, soñando. O peor, que hubiera estado soñando desde aquel noviembre. Pero su mirada me tocó el pecho y abrí los ojos. Mientras le daba los buenos días, pensé que aquel día podría marcar mi vida, y que quedaban muchas conversaciones y que la Rayuela no estaba todavía pintada. Y que Cortázar, Perèc y todos aquellos dioses podían esperar todavía unos lustros más.

Tau de rec, despierto en horas de sueño, por los mares del sur.


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1 abr. 2010

Mitos (V): Justicia poética


La práctica del fútbol siempre fue una mezcla de tablero de ajedrez y novela-río. Una vez se pisa el verde, una serie de jugadores se olvidan, o no, de las majaderías de la prensa, y salen a jugar. Cada uno tiene sus propias habilidades, es una de las armas de su equipo, y ante todo, cada uno tiene un mundo interior lo suficientemente vasto como para cambiar el curso de la historia. Como todos. Por suerte, el fútbol es todavía un juego, con sus batallas, sus trucos, sus estrategias, sus vías de escape y, sobre todo, sus sentimientos. A veces, hasta es un espectáculo. Ayer se vio, en el coloso Emirates Stadium.

El espectáculo más grande del mundo

Si algún día el fútbol tuviera que terminar su existencia, sería de justicia poética que fuera con el partido de ayer. El encuentro, que nos deja lírica hasta en el hecho que no ha sido definitivo, colmaría las necesidades de cualquier persona a la que le guste el fútbol. Cada uno de sus segundos fue un brillante pasaje de la Ilíada: una guerra romántica como ninguna sobre el papel, pero ante todo histórica por la calidad de su puesta en escena.

En primer lugar, dos generales de aquellos que cabalgaban hacia el ejército rival los primeros mientras llovían flechas. Eran Guardiola y Wenger, ambos movidos por el amor -a un club y a una causa- y el arte, ambos a pecho descubierto, ambos escultores, ambos avanzando con elegancia, labrando un camino que sólo los mejores podrán seguir. En el césped, en cada bando, un enamorado del otro ejército. Aventureros ambos, nadie les exilió, probaron fortuna lejos de casa deseando no tenerla que derrumbar nunca. Cesc y Henry, dos de esos jugadores que se atreverían llorar sobre un campo. Literario, demasiado para ser verdad. O no.

El partido fue de verdad. Y pasará a la historia por la calidad que mostró el Barcelona. Pocos equipos están al alcance de acallar una grada inglesa, siempre luchando a cara de perro, pero ninguno hasta hoy había logrado complacerla tanto siendo el enemigo a batir. Ningún estudio lo va a demostrar, pero el equipo de Guardiola es, a día de hoy, uno de los motivos de felicidad más recurrentes de una sociedad como la española. Su maestría es tal que cualquiera de los detalles que dejan los jugadores barcelonistas valdría para una antología de fútbol. No destaca en el conjunto, por ejemplo, que un malí que siempre fue pieza defensiva maree una y otra vez al lateral derecho opuesto, que un central corte diez balones imposibles antes de ser expulsado, o que un pivote defensivo de Badia haga tres caños y un sombrero en un encuentro. Sin embargo, en cualquier otro equipo sería la noticia del partido. Lo que ayer vimos, y lo que venimos viendo, son palabras mayores.

Pero el partido quedó en empate a 2. Justicia poética. Cuando peor estaba el Arsenal, que sufría un goteo de pérdidas de balón y efectivos preocupante, apareció la pieza de ajedrez con quien nadie contaba. Fue la única que hizo suyo al rey barcelonista, que no es otro que el balón. Walcott fue el mejor alfil, el único que deshizo el enroque de los culés. El monarca inglés, paradójicamente, era catalán, y tuvo tanto de epopeya el partido, que el capitán del Arsenal murió matando. Privando al Barcelona de sus dos torres para el partido de vuelta, y dando, desde los once metros, un equilibrio que parecía imposible 15 minutos antes, cuando la obra de arte era tan exquisita que producía vértigo. Se acababa la temporada para Cesc, todo por un honor irracional que puede acabar pagando, pero su fácil gol elevaba la categoría del partido al mito.

Tras el pitido final, todos los allí presentes se dieron cuenta de que habían parido un milagro del fútbol. Todo el mundo se había enamorado de ese partido. Guardiola dijo que era el mejor que había hecho su hexacampeón equipo desde que él llegó. Wenger calificó el partido de "muy bello", y el juego del Barcelona de "increíble". Puyol, que había sido expulsado por Massimo Bussaca -suizo, neutral; pero nervioso, persona-, fue más allá, al afirmar que era lo mejor que había podido jugar en su carrera. El revolucionario Walcott salía con los ojos como platos, pensando no en su gol sino en el juego de los culés: "fabuloso, absolutamente enriquecedor", comentó.

Las bajas de Cesc, Gallas y Arshavin pueden privar al Arsenal de cualquier título. Las de Puyol y Piqué, al Barcelona de su segunda Champions consecutiva. Pero no importaba, se había presenciado una maravilla, un caos de sentimientos y galopadas entremezclados y perfectamente desatados. Desde la rabia de Zlatan hasta la emoción de Henry, pasando por la fe de Walcott o el sufrimiento de Almunia, cada uno de los protagonistas aportaron un punto de vista único que creaba una historia brillante, llena de giros, de luces y de sombras, de momentos de éxtasis y dolor. Al final, el marcador reflejaba el equilibrio de lo bueno y lo malo de cada equipo. Fue el mayor espectáculo del mundo porque, más allá del poder, el dinero y la prensa; se habían enfrentado dos equipos libres de odio que convirtieron aquel espacio en una fiesta memorable a fuerza de admirarse mutuamente. Pareciera que los pilares de un mundo utópico, imperfecto pero feliz, se habían inventado en aquel juego que acababa de terminar.


Tau de rec, culé. Y si no, gunner.