"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

30 jun. 2010

Mitos (VI): El romántico francés


Francia ha tenido un problema en este Mundial: faltaba el romántico.

Bajo la dirección de un entrenador disparatado, del que se dice que nombraba a sus tripulantes según lo que veía en el firmamento, el navío galo naufragó hace unos días con más vergüenza que remisión. Les Enfants de la Patrie formaban una escuadra desequilibrada con jóvenes valores de la aristocracia, como Gourcuff o Lloris; veloces bajeles aguerridos como Ribéry o Evra y corsarios viejos y acatarrados, como Anelka, Henry o Gallas. Los bleus eran variopintos, pero esta vez faltaba un puesto que no debe quedar vacío en ningún equipo, menos todavía para la tierra de Victor Hugo o Alexandre Dumas. No estaba la única figura que, históricamente, ha podido elevar a Francia por encima de ese asunto de estado que suponen el triunfo y la derrota futbolística. El romántico.

Cabe decir que el fútbol francés reciente estaba mal acostumbrado con los románticos. Cualquier espectador joven podrá recordar:

-A Zidane, el mago de origen argelino que hizo campeona a la Francia del mestizaje con dos goles de cabeza, cuando resultaba ser un artista con los pies. Un tipo que dejó el fútbol con un penal parabólico, mucho sudor y defendiendo a su hermana, también de cabeza. Por supuesto, se retiró con una derrota;

-A Petit, el convocado número 23 de la Francia campeona, un aficionado a los psicotrópicos que ganó el premio del Juego Limpio y del Juego Eterno en el único Mundial que venció la France. Su autobiografía (o sea, él) lo retiró;

-A Thuram, un gigante nacido en Guadalupe y criado en las banlieues, aficionado a la lectura y a la filosofía. No había marcado un gol en su vida hasta que decidió soltar dos zapatazos en unas semifinales que pintaban a derrota de los franceses en su propio terreno. La gente coreaba "Thuram presidente" en las pantallas gigantes colocadas en los Champs Élysées. Una década más tarde, ese central negro de dos metros se retiraba por una malformación en su corazón de unos centímetros. Estuvo vinculado a la política, pero 'su' candidata, Ségolène Royal, cayó en las elecciones a manos de un depredador del área como Sarkozy;

-A Pires, el último mosquetero discutido con el hasta hoy seleccionador Raymond Domenech. Triunfó en la tierra de los odiados ingleses, hasta que llegó a la cima: una final de la Champions, en la que fue sustituido a los veinte minutos por errores ajenos. Optó por un retiro digno en un pueblo de 48.000 habitantes;

-A David Ginola, el predecesor de Pires, también mosquetero, que conquistó a los británicos con su fútbol de guante blanco y su pelo Pantene. Suyo fue el centro con el que, en el minuto 92, Francia perdía la posesión del balón ante Bulgaria. Si nadie marcaba, los galos accedían al Mundial 94, así que nadie se presentó a rematar al área. Suya fue la mirada que observó la recuperación de los búlgaros, su contraataque y el crudo gol de Kostadinov. Nunca volvió a jugar con la selección;

-Incluso a Laurent Blanc, ese central distinguido que acabó brillando en clubes como Barcelona, Inter de Milán o Manchester, y antes no había logrado parar a Kostadinov en la fatídica contra. Todavía unos años antes, llegó al Nápoles sólo cuatro meses después de que Maradona hubiera dado positivo por cocaína por primera vez. Se fue unos días antes de que la sanción del diez expirara. Ya en el glorioso 98, se redimió anotando el gol que valía la vida del país en 'su' torneo. Él, que era educado y nunca habría cogido un fusil, disparó al corazón del arquero más soberbio -en todos los sentidos- que ha pasado por un Mundial, el paraguayo Chilavert. En semifinales vió la roja, y no jugó la final que le coronó.

Pero Francia, créanlo, ha dado varias figuras todavía más románticas que esas. Destacan dos: Michel Platini y Eric Cantona.

El primero es hoy presidente de la UEFA, y tiene más enemigos que nunca. Y se muestra sosegado como siempre. Fue, quizás, el centrocampista más exquisito que haya pisado un terreno de juego, capaz de bajar a recibir el balón a su propio campo, distribuir al toque, conducir, regatear rivales a pares, crear líneas de último pase y buscar la escuadra unas cinco veces por partido. Un revolucionario primero en el Nancy, aplastando a adversarios con presupuestos diez veces mayores; en el Saint Etienne, después, mostrándole a Francia que podía mandar; y en la Juventus, impartiendo clases de esgrima en una liga de tuercebotas, de la que llegó a ser Capocanonniere jugando a veinticinco metros del arco rival. Como dirigente, llegó amenazando a los popes.

Porque, que nadie se engañe, los popes del fútbol hoy son los titanes financieros. Ellos son sus enemigos: tanto las declaraciones de intenciones como las decisiones finales del francés rondan y favorecen al concepto del detalle, de lo pequeño. Nuevas fórmulas en las grandes competiciones, eximir de tarjetas a los jugadores en las rondas finales, etc. Todo ello son cambios de forma, pero no de fondo: como si fuera un entrenador, Platini quiere ver circular el balón. Y, por eso, nunca se calla. Habla de sus favoritos, de los que no le gustan, e interviene si hace falta. Para esta Copa del Mundo, ya afirmó que Francia no le gustaba, que no iba a ganar. Los franceses se le echaron encima. Seguro que alguien se rió de él cuando lo dijo.

Ya se le rieron allá por 1992, cuando trató de convencer a un fornido y rebeldísimo jugador de 26 años de que no se retirara. A aquel jugador lo sancionó por un mes el Comité de Competición francés por lanzar un balón a un árbitro e insultar al público. El jugador reaccionó llamando idiotas a los miembros del Comité, y le cayó otro mes. Y el jugador anunció que se retiraba: leer a Baudelaire era más interesante, y en el mundo del fútbol nadie le había puesto buena cara al saber que era mestizo, inmigrante, hijo de madre catalana y padre de Cerdeña. El futbolista se llamaba Eric Cantona, eterna promesa francesa que se hundía. No creyeron en él ni Guy Roux, ni Henry Michel, ni el mismísimo Franz Beckenbauer.

Pero Michel Platini sí lo hizo.

Para Platini -como para Maradona, el gran romántico del fútbol-, tirar dos caños y romperle la cintura a un rival puede arreglar un cero a cero. Y Cantona sabía hacerlo. Así, Platini -tampoco de origen francés, sino italiano- que en aquel momento era el seleccionador del combinado nacional, convenció a Cantona de que despreciara a su falsa patria y probara suerte en ese territorio hostil al que llamaban 'la cuna del fútbol'. Le apoyó Gerard Houllier, ese profesor de lengua que acabaría llevando a la gloria al romántico Liverpool.

Cantona fue valiente. Probó suerte, ganó ligas, firmó goles antológicos, encaramó al Leeds, llevó la banda de capitán del Manchester, fue el primer heredero digno del 7 de George Best, aprendió inglés a trompicones, propinó insultos a árbitros y patadas a aficionados, pasó por la cárcel y se ganó el sobrenombre de The King.

A los 31 años, cuando todavía se iba por velocidad de prodigios como McManaman y dajaba sentados a valladares como Tony Adams, decidió que se había cansado de competir. Que ya bastaba de fútbol, de vencer y caer derrotado. Se había cansado de jugar.

Ya retirado, combinó su vocación de actor -apareció en Elisabeth, casi a modo de parodia, como embajador francés- con la del juego del balón. Lo hizo con barba y pelo largo, como un náufrago, y como capitán de una banda de canallas que se exhibían en los torneos playeros de verano. En ambos ámbitos, de manera real o figurada, reeditó sus hazañas dignas del arte y del kick boxing.

Platini y Cantona confirmaron la excepción del triunfo y, evidentemente, saborearon el fracaso. El uno, ganó tres Balones de Oro y la Eurocopa del 88, pero se quedó a las puertas del cielo en los Mundiales, casi siempre con un brazalete de revolucionario capitán en su brazo. El segundo fue coherentemente apátrida, como el mejor gitano, y sólo representó a Francia a las órdenes de Platini, en el 92. En el 94 ya era su gran capitán, pero Aime Jacquet decidió que un hombre que celebra los goles desafiando al mundo y que patea la cara a los aficionados de primera fila no podía guiar en un Mundial a la impoluta Francia. Cantona no estuvo en el 94. Francia tampoco.

De todos es sabido que Cantona llegaba de sobras al Mundial de Francia 98. Aime Jacquet, todavía seleccionador, también lo sabía. Incluso el propio Cantona lo sabía. Jacquet no tuvo problemas: su capitán sería el disciplinado Deschamps y sus puntas, unos mediocres Dugarry, Guivarc'h o Oùedec.

Francia ganó, pero no llegó a tiempo para Cantona, que se había cansado de esperar.

En este Mundial, Francia fue mediocre. Los candidatos al romanticismo, el abominable Ribery y el imberbe Gourcuff, lo intentaron, pero no estuvieron a la altura. El primero asomó contra México con un par de desbordes. El segundo estuvo sólo desde el vamos y se arrancó con una falta quilométrica y con un disparo lejano en el primer partido contra Uruguay, pero basta. Luego, ambos se resignaron a soportar la vergüenza y a esperar a que Sarkozy fulminara a Domenech. Y a rezar por que llegara un entrenador romántico.

Ya en el último partido, el juego fue un funeral. El espectáculo estaba en las alturas.

Zidane, en la grada, se sonrojaba.

Petit difamaba por televisión.

Thuram, en la grada, parecía esperárselo.

Pirés y Ginola hacían vida tranquila. En la distancia, aleccionados.

Blanc, en la grada, se postulaba para suceder a Domenech.

Platini ponía una romántica cara de póker. Caño a Francia.

Y Cantona, no se sabe. Uno se lo imagina con un puro, Rousseau, Godard y algún miembro de los Gipsy Kings, tratando de desviar el tema de la conversación lejos del dichoso fútbol.


Tau de Rec, admirador confeso de Cantona y Platini.


28 jun. 2010

Mi dietario irregular (XXXII): Carta a Leonor


Querida Leonor,

¿Te acordás de mí? Hace ya demasiados meses que no hablamos, pero el concepto del tiempo siempre fue un invento nuestro, y como tal, lo manejamos como queremos. No te deberá sonar raro, entonces, que te diga que ha pasado poco tiempo, y que prácticamente sigo igual que antes. Todo bien.

No sé engañarte: estuve medio complicado hace un tiempo, y la cosa no salía, no salía. ¡Y es que no tenía que salir nada, más que yo! No sé a quién leí que decía que los problemas se pueden reducir a nombres. Otra vez con el tema de los conceptos, que sólo son una invención, como lo es la cámara o la cuchara. Y fijate, al hilo de eso, ¿eh?, que a mi me vino la verdad -bueno, la verdad es solamente otro concepto, pero adelante- de los dos nombres más jodidos: el amor y la muerte. ¿Quién carajo puso el nombre a una, quién pintó a la otra? El tema es que todo estaba bien, luego me fui y luego no es que estaba mal... ¡es que no estaba!

Sobre el amor supe que lo había entendido mal, o que me había inventado una variante poco sana. Para que me entiendas, hice como cuando vos y el abuelo Pepe me dabais galletas de aquella lata blanca de flores estampadas, amarillas y rojas. ¡Capaz que cabían noventa o cien galletas, ahí dentro! ¿Te acordás? Pues hice como me pasaba de chico, que tomaba una, y otra, y otra. Y luego roía los bordes ondulados de otra y luego mojaba en leche otra. Y así me comía media caja y luego no quería verlas más en un mes. Me colapsaba, me empachaba de galletas. Pues lo mismo: como las tardes en tu casa no podían ser sólo galletas, aquellos meses no podían ser todo deseo, pasión, sinceridad y demás equilibrios dignos del mayor malabarista hollywoodiense. Caí en el amor de película, y acabé como los diez negritos: que no sabía si me había matado yo, la otra o el mayordomo.

Sobre la muerte, bien lo sabrás, la olvidé hasta que amagó con llegar. Y yo que no supe qué hacer, llegó sin apenas darme tiempo para jugar a las carreras con ella, para llegar antes a esa meta que compartíamos: resulta que la muy puta pensaba en ti tanto como yo. Si me permites divagar, que sé que sí, diré que no veo justo que se le dé a la muerte ese aire de mujer. La muerte es algo no diré neutro, pero es distinto a cualquier género. Es una excusa, un gesto de apremio y nada más. Que me presenten al pelotudo que apeló al destino y yo buscaré al que se sacó la eme, la u, la e y tal de m-u-e-r-t-e. Y les diré, che, inventaron lo mismo, parecen ustedes ingleses, dos palabras para lo mismo, giles. El caso es que te fuiste y yo no estuve, ése es el caso. Luego vuelvo con el temita.

Pero vaya, también tengo buenas noticias. La primera es que lo anterior ya lo asimilé. La segunda es que, por el momento, que es lo que siempre valió, el mundo que veo va bien. Me refiero a los nuestros. Los de siempre siguen dándolo todo, vos ya sabés bien cómo son ellos; y por mi parte, conocí a alguien que mira de maravilla, que habla de maravilla, que escucha de maravilla, y sobre todo, que entiende y piensa de maravilla. Con calma, con sosiego: no sé, como esa gente que sí o no comprende los sentimientos y se conforma con sentirlos y ya, y se conforma con el aliento que tiene en este segundo. Y ya.

El tema es que, esta noche, viendo una película, aparecía una actriz que te evocaba con cada gesto. Al final de la película, se le iluminaba la cabeza ausente y soltaba una carcajada de niña. Y era como tú, y dije no puedo más, voy a escribirle. Dale, quedemos algún día, Leonor, para cantar algo. Sólo me apetece darte la mano, darte un abrazo, que me insultes, que me llames como quieras, que me muestres una vez más esa sonrisa a la que yo le puse Amor. Sé que donde fuiste no hay nada. Y lo prefiero, porque lo que por aquí se supone que es la muerte conlleva un continuo en el que creyeron faraones y apóstoles, y que hace que te lleves allá donde vayas toda la experiencia acumulada, y eso significaría que a vos te acompañó esa enfermedad de la putísima madre, y que quizás no recuerdas ya nada y que sigues sufriendo. Yo pienso que hoy eres aire, que eres un hertzio, un neutonio, un aleteo. Y te quería pedir que algún día acudieras a mi cita: yo cada día me acuesto esperando verte en unos minutos, pero todavía no tuve ese sueño. Dale, vení.

En espera de noticias tuyas, sepas que te extraño y que te quiero, vieja.

Con amor,

Tau de rec

16 jun. 2010

Extractos (I): Sweet home wherever


Léase con Sweet Home Chicago, de Robert Johnson, de fondo.

"Estoy aquí, pero no: esto es blues.

Descubrí este bar hace tiempo, una noche de suelo mojado. De esas en las que ya no quedan nubes o sólo quedan manchas perdidas en un cielo marrón, desvelado por el roce de la luz de las farolas que más han visto. Aquel jueves llegué con unos amigos. Hacía frío, así que nos metimos en el primer lugar que nos pareció. Bajar sus escaleras hacia el sótano de la ciudad, hacia este lugar que en esta madrugada me mira tan como una mujer desnuda, no fue todavía revelador.

[Las mujeres, cuando descubren su piel, miran con el pensamiento, y piensan con el arquear de brazos, con el frío de la planta de los pies, con la fricción de sus dos ingles al avanzar, con el oscilar del siempre liviano pelo. Miran. Cuando al espejo, luchan con los ojos en una pugna titánica, aprehenden qué es aflorar y marchitarse, se llegan a amar, se matan. Cuando al otro ser, sienten con el no-espacio, con el vacío que hay entre ella y él y con los movimientos que darán lugar en esos centímetros entonces realmente útiles, esos huecos aún por ocupar. Y quizás no miran y sí sienten, en contacto ya, con el contralatir del desbocado corazón que quiere tocar y sólo late, solo, tras las costillas. Sienten con la deriva a la que se someten, con la guía que con suerte promete llevarlas y las lleva a la ruta abismal a la que todo organismo, toda bacteria, todo bicho y todos nosotros aspiramos a llegar. Cuando las mujeres desnudas miran, lo hacen con el fervoroso deseo de la inconsciencia en la mirada. Oh, baby don't you want to go.]

No fue hasta que llegamos a la zona menos iluminada del antro, con sus paredes negras y sus cuadros sugerentes. Tras girar a la derecha y meternos en el lugar donde me siento ahora mismo, entonces fue. La misma mirada que hoy, en mi soledad, me pellizca y me rasca levemente las entrañas, esa misma me desabrochó uno a uno todos los botones de mi camisa oscura. Nadie lo notó en la hora y media que pasaríamos allí, pero, en cierto modo, yo me había consumido un poco más aquella noche. Los amigos charlaban -charlábamos- separados por el humo y el sonido de aquel guitarrista que sollozaba con tanta amargura. Teníamos que hablar fuerte porque no nos escuchábamos: el Sweet Home Chicago del músico reinaba, o mejor dicho, mandaba sin más corona que el ritmo en esa república que es el blues. Las palabras de Telamón chocaban contra mi cara ruidosas antes de llegar al oído del resto, y lo mismo ocurría con mis palabras en la cabeza de Periclíneo o con las de él mismo en la de Mopso. Era, como el Proyecto, un sacrificio aceptado por mayoría, y sólo Linceo, hijo de Afareo, se quejaba de la intensidad de aquella música.

Porque la canción de aquel joven negro era intensa.

Mientras Mopso me interrogaba sobre algunas barbaridades que yo habría dicho anteriormente, con preguntas tales como "Idmón, ¿qué pasó en el tren para que pienses eso de Jasón y de Argos?" o "Amigo Idmón, no entiendo por qué has tenido que venir con historias que sólo nos hacen tambalearnos en el asunto del proyecto"; yo relajaba la mente y dejaba pasar únicamente los sonidos de aquella canción. Luego Mopso se desesperó, exigió mi atención, no contesté, seguimos planeando el proyecto entre nosotros seis y conversamos sobre banalidades del mundo y de nosotros. Pero, horas más tarde, al llegar a casa, ninguno de ellos salvo Linceo me hizo la pregunta adecuada: qué me había pasado aquella noche.

Es evidente que Linceo no sólo tiene un sentido de la vista privilegiado, sino que también lo sabe usar. Y como no entiende de forma innata, la curiosidad hace el resto. Su compañía es grata, pero sobre todo será un hombre útil en nuestra causa. Es también evidente que evadí su pregunta tan bien como pude, y que él lo aceptó. ¿Qué ocurrió? Que la música, los cuadros, las paredes negras y las luces amarillas me habían fijado en aquella arreglada cueva. Allí había vuelto a sentir como el destino me apremiaba a decidir -qué cruda ironía-, y allí debía resolver mi: No diré mi futuro, diré mi duda, porque el futuro ya lo supe hace tiempo. Si me enrolo en el proyecto, moriré pronto, y el proyecto debe llevarse a cabo. Lo quieren los dioses, aunque lo diga un agnóstico.

Cada día pienso con mayor firmeza que eché raíces en aquel bar -que es éste- por el negro. Aquella noche no sólo había hecho suyos los temas de dos referentes del blues: había sido ellos. Aquella noche el negro fue Robert Johnson y fue B.B. King. Del segundo le vi todo, aquel hombre se mimetizaba con el bluesman, con el blues. Del primero me pareció verle el ojo vago y un swing distinto, no sólo suyo en el sentido de subjetivo. Sobre todo era exclusivamente suyo, atravesando por el medio el significado más puro de la palabra propio. Aquel hombre parecía jovencísimo, y daba a entender en cada nota que estaba endemoniado. Como Johnson y, en cierta manera, como yo. Los tres hemos sabido en algún momento que nos acecha un fin del trayecto, un final próximo, y todos hemos tenido en nuestra mano una elección redentora y blanca. O gris: fácil, mediocre, pero salvadora. Y creo que los tres hemos renunciado a ella -creo, por el músico que todavía hoy me parece ver delante mío, en el Bel·luna: realmente, sólo él y Pedro Botero pueden ya saber su destino-. Queremos, y soy consciente de mi hablar anacrónico, un final catastrófico. Desde aquel día, a veces pienso que somos jóvenes y muy poco sensatos y sólo buscamos la gloria, aunque ésta nos quite de en medio.

¿Me llegará esta gloria sumándome al proyecto, implicándome? ¿Es realmente lo que busco, la gloria? Sólo concibo mi impulso por hacerlo, por ir a por ello, y eso me va a arrastrar: no valdrá la razón, la que me dice que Jasón está buscando también su propia gloria con un proyecto que será en vano y será a costa de medio centenar de patéticos héroes. Nos quedaremos sin hogar, nos pensaremos que vamos hacia un objetivo, pero realmente sólo vagaremos. Y lo haremos a pesar de todo, porque quizás todos estamos buscando nuestra propia gloria y nada más, o quizás no. Tenía razón, sin saberlo, Mopso cuando se enfadaba en este mismo bar: mi patetismo hastía."


Tau de rec, imaginando una Argo en el Galatea.

3 jun. 2010

Mi dietario irregular (XXXI): Intrépida crónica de dos semanas, por parafraseos (o El reflejo de la duda)


Las dos semanas, tan intrascendentes como otras cualesquiera, y tan pobladas de cronopios que acompañan y de soledades y reflexiones por parafraseos como ningún otro par. Las dos semanas que atizan al espíritu.

Llegamos al tramo final del mes y del frenetismo primaveral con la duda última, esencial. Una duda que abarca quilómetros desde mi posición, que se expande hasta el horizonte y hasta el tejado azul, hoy grisáceo. Una duda que se lleva escrita en la cara al alba y también en cada crepúsculo, grabada debajo de los párpados y en los labios y en la frente y sólo ensombrecida por nuestras máscaras venecianas, de esas que requieren un soporte, un brazo que queda inútil y que debemos escoger adecuadamente. La duda, en definitiva: ¿Qué?

Paramos, con
un alarido al parar.


Lista de preparativos: Pilotos, caimanes, chanclas, pantalones rayados, una toalla de playa, un puñado de gente normal, otro de bromas. Se acuerda el reparto de los disfraces, se olvidan sábanas y útiles para dormir: a la costa se va a no dormir, a soñar volando, a beber soñando. "En buena compañía podemos ser valientes", John Irving, The Water-Method Man.

Lista de la compra: Macarrones, tomate, cerveza. No hay cebolla, no hay picada, no hay un pimiento. Carne adobada, morcilla adobada, chorizo adobado, pinchos adobados, hamburguesas con orejas. Un mundo más amable, más humano
pero no menos raro.

Un edén improvisado y poblado de gente sin pretensiones, con llamas de tela, con payasos y magos, con los Bloodhound Gang. Un escenario que se envalentona bajo las miradas azules de la Luna, que distorsiona a los Adanes y los vuelve gálatas o argonautas, o martirizados semidioses desnudos, sólo tapados por la no-luz, por la vista gorda del astro más cercano. Un buen baño, siempre al lado de la Luna. Y la duda también viene a ese edén:

"-¿Qué punto de comparación tenés para creer que nos ha ido bien? ¿Por qué hemos tenido que inventar el Edén, vivir sumidos en la nostalgia del paraíso perdido, fabricar utopías, proponernos un futuro? Si una lombriz pudiera pensar, pensaría que no le ha ido tan mal. El hombre se agarra a la ciencia como de eso que llaman un áncora de salvación y que jamás he sabido bien lo que es", El Gran Cronopio, Rayuela.

En definitiva, grupos de Adanes que son valientes a fuerza de no saberse, pero sí intuirse insignificantes y juntos.


Se termina el parón, y una semana de faena ya no acecha. Ahora pisa cuellos. A uno siempre le entran ganas de meter en cualquier texto un parrafito con recursos metatextuales, egoísmos y justificaciones de ambas cosas -y por eso estas líneas-, y sin embargo nunca hasta ese día u otro posterior había logrado parir la frase que lo reuniera todo, que es esta, la que acaba con
esta no,
esa
palabra.
Comienza el combate: en una esquina, el tiempo, el favorito. En la otra, el malabarista, el utópico aspirante. Los segundos y los minutos y las micras se amontonan rápidamente alrededor del púgil circense. Un flaco boxeador que se defiende con oficio, que sabe cuales son sus armas: las del rival. El tiempo propone cinco ataques: tres trabajos, la inutilidad y una duda. El ahora trapecista o corredor de fondo cae en casi todos los asaltos: un trabajo de cruces y papeles encriptados, el vacío de no saber y no poder y el gran enigma. Caen chorretones de desatino que se mezclan con el sudor en sus mejillas.
El púgil hinca una
rodilla, y
la otra,
y
cae de bruces a la lona.
Y se levanta,
y así cuantas veces haga falta.
Usa los guantes del rival, y se somete a los trabajos forzados de la dinastía Qin para asumir la nobleza, para vencer, ser el ren. Y le sobran fuerzas, y usa los minutos para recordar. Y para pensar que il faut tenter de vivre. Y el tiempo lo noquea, pero se despierta de su letargo presenciando un Dalí dormido, un fulgor de una evidente cabellera argentina (Francis Scott Fitzgerald, The Notebooks) de la perfecta fusión de Talita y la Maga, ese cuerpo que es un ejemplo de malabarismo y de cómo vencer el combate día a día, por puntos.
Una Maga que cuando la duda asalta al estilo "-Y esas crisis que la mayoría de gente considera como escandalosas, como absurdas, yo personalmente tengo la impresión de que sirven para mostrar el verdadero absurdo, el de un mundo ordenado y en calma, con una pieza donde diversos tipos toman café a las dos de la mañana, sin que realmente nada de eso tenga el menor sentido como no sea el hedónico, lo bien que estamos al lado de esta estufita tira tan meritoriamente. Los milagros nunca me han parecido absurdos; lo absurdo es lo que los precede y los sigue" (Cortázar, Rayuela), comparte un té, tararea el Hallellujah con un susurro heredado de Cohen y dice "Está muy caliente, tené cuidado".

Y el púgil comprende que ni el tiempo ni el diablo le han vencido todavía, y que la Maga y Talita podrían haber sido más complejas y recónditas, y podrían haber sonreído como ella. Que encontró la canción, que se casó con la musa.


Y llega el momento de viajar, de surcar mares, de manejar dudas. Acompañan Julio Denis, Morelli, Rilke, Antón, Fresán y, cómo no, Las olas. Y debate con ellos, y se baña en piscinas de sal. Le dicen: "La acción puede servir para dar un sentido a la vida", y responde: "¿Sí?
¿Cuál?"

Y discuten: "Alguna vez dimos el paso equivocado. Ah, la pureza perdida", y responde: "¿Si?
¿Y?"

Y reflexionan sobre La Duda y caminan como El Nota, y concluyen que las palabras son perras negras (J.D.) que se hacen necesarias para existir. Que no se pueden obviar ni engañar, que nos tienen encerrados en un conducto circular, viscoso y vicioso. Y que La Duda está en ellas, en ese ¿Y?, y en aquel ¿Cual? y también fuera de ellas, que se extiende por el espacio que es y nos hace tambalearnos, que es líquida e interminable. Y que nos espera en el que no es, eternamente paciente y amiga. Porque La Duda, en realidad, es nuestro contenido y nuestro contingente.

Y viene, entrando por la esquina, la Relax Time Band, que sin quererlo atestigua nuestra teoría a base de versos y notas, porque nuestra teoría se atestigua con cualquier palabra:
"Me quedo, con suerte, tres mil millones de latidos", "I don't worry about a thing, I know nothing's gonna be alright", Jorge Drexler/Dr. Feelgood.
"Siempre que te pregunto que cuándo, cómo y dónde, tú siempre me respondes: quizás, quizás, quizás", Moodtown, versionando a Nat King Cole, versionando a Osvaldo Farrés.
"Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos", Julio Iglesias, versionando a Enrique Santos Discépolo.
"That long black cloud is comin' down", Anthony and the Johnson's, versionando a Bob Dylan.
"Let there be wind, an occasional rain", Nat King Cole.
"I així robant temps al temps d'un rellotge aturat", Lluís Llach.
"A mí, que nada se me olvida", a través del Cigala, claro.


Y aquella semana todo sigue. Se sienta en una hamaca, con un combinado de whisky con cola, descalzo y cruzado de piernas. Con el alma desnuda entre las pestañas, con una flexión de felicidad ignota, pero latente, en las comisuras de los labios. Atizado por el viento y por las semanas. Con el mar mirándolo. Con La Duda, guiñándole un ojo. Adentro suyo, suelta un grito de lobo que no comprende ni razón ni fe, pero que está. Y visita infinitas islas ajenas, pisa y pensa donde piensa y como pisa Woody Allen, y vuelve a Palermo y a sus plazas y sus calles que huelen a pescado, a moscas, a mafia y a sal, a dos países. El tiempo batalla fiero, una lucha de lujo, de Gardel y LePera, y no lo vence. Y el malabarista pisa suelo firme a la pata coja, saltando de la Tierra al Cielo como los marineros de permiso. Pisa en positivo y piensa con un andar oscilante y tergiversado.


Y ocurrieron muchas cosas más. Pero me detengo, mostrando la duda en cada perra negra, en cada palabra, parafraseando a Villoro. Me detengo en ese instante de viento. En ese instante de alarido.


Tau de Rec, admitiéndolo: Sí, esta casilla no está mal.