"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

21 jul. 2010

Mi dietario irregular (XXXIV): La batalla de Sigur Rós


Sucedió todo con la heroicidad que necesita el primer recado de la vida: el reto de comprar el periódico al padre, las cuentas para pagar bien el pan. El sentimiento de algo distinto vivía en todos nosotros aquella tarde de hojas secas. Un par de días atrás, los otros nos habían llamado cobardes, y esa tarde -ésa, no tan lejana- íbamos a demostrar que no lo éramos.

La luz en la mirada de Arne era contagiosa. Él era nuestro líder, el más decidido e inconsciente. Iba abrigado como todos, y había conseguido un único petardo que debíamos usar con precisión. Había que tirarlo al jardín de uno de nuestros enemigos, para asustarlo y que no viniera a la batalla. Peadar, el más alto de los cinco, había robado la caja de cerillas de su casa. Estaba nervioso porque sabía que si tardaba unas horas en devolverla, alguien se daría cuenta. Pero al fin y al cabo, podía resultar evidente que algo había pasado si la guerra nos dejaba secuelas físicas.

En el grupo también había dos chicas, quizás más valientes si las comparamos con nosotros. Una de ellas pintó las señales que confirmaban nuestra presencia en la contienda que comenzaría en unos minutos. Eran cinco pájaros negros, cinco palomas, creí apreciar yo, que Dóra había dibujado en la pared del jardín de Bjorn, el jefe del bando de los malos. Había comprado pintura negra y un gran cartón con cinco coronas que le dio su abuela "por haberse portado bien". Dóra era muy inteligente, y ya había preparado los moldes del dibujo en el cartón. Nos dijo que consiguió las tijeras para cortar el cartón con la excusa de hacer un trabajo para la escuela. Me parece que Dóra le gusta a Arne, y no me extraña nada: es una niña especial, me podría pasar toda la tarde a su lado en el parque.

La quinta del grupo es Aaldis. Esa tarde sería útil, era la más movida. A mí a veces me ponía nervioso, porque no paraba de correr, de hablar, de escribir en sus papelitos y de enseñártelos, arrugados, llenos de garabatos que a la postre resultaban los planes maestros de nuestros operativos. Ella fue quién planeó lo del petardo, que, por cierto, funcionó a la perfección. ¡El susto que le dimos a André! También de su cabeza salió la idea de llamar a los timbres, pero no nos atrevíamos a llevar a cabo esa parte de la misión, así que lo hizo ella.

Pasamos mucha tensión en esos minutos previos a la batalla. Primero, mientras esperábamos a que Aaldis tocara el timbre de casa de Hinge. Yo sólo podía pensar en lo peor: que sacara la cabeza por la ventana de abajo y nos viera, que Aaldis se tropezara al bajar las escaleras... Pero bueno, ese algo positivo en el estómago también lo tenía y, aunque nerviosa, en mi cara estaba dibujada la quinta sonrisa del grupo.

Lo de luego fue incluso más peligroso. Entramos a Kjotborg, el colmado de un amigo de casi todos nuestros padres, y le robamos unas frutas mientras Dóra y Aaldis lo entretenían con canciones que les habían enseñado sus abuelas. En realidad, el que cogió las frutas fue Peadar, el más frío para esas cosas. Luego fuimos a un recinto abandonado para concentrarnos antes de la pelea. Nos sentamos en el césped, y Peadar fue el primero en comerse la pieza que le pertenecía mientras yo preparaba las dos espadas que había construido y Aaldis corría en círculos, inútilmente, para escaparse de los nervios. Yo creo que las pocas veces que los dejaba atrás, se los encontraba de bruces al completar al círculo. También me pareció ver a Arne y a Dóra dándose un beso, que podría haber sido el primero. Claro que sentí cierta envidia, pero aquel no era tiempo de discusiones ni de luchar por una mujer. Éramos un equipo, íbamos en una dirección, teníamos un rival.

Lo mío, además del armamento, es la estrategia. Estoy tan orgulloso de lo que se me ocurrió aquel día. Había planeado las indumentarias de todos, que debían impresionar al resto: parecíamos cebollas, ataviados con varias capas de ropa. Pero eso también nos hacía aparentar seguros, grandes y más fuertes de lo que éramos. Yo añadí el factor de la agresividad, con un parche que llevaba desde un par de días antes para acostumbrarme a ver con un solo ojo. Creo que perdía bastante movilidad con él, pero los enemigos se lo pensarían dos veces antes de atacarme. Además de eso, yo portaba una de las espadas que fabriqué, y también me hice un casco con un trozo de cinta de goma y un escurridor de metal. A Peadar le di un viejo arco que tenía por casa, y la otra de las espadas que forjé la blandió Arne, que también llevaba una tapa de cubo de basura de aluminio para protegerse. Aaldis se bastaba con la velocidad de sus pies, y con Dóra pensamos que un cubo lleno de agua podría anular las defensas de los enemigos y abrirnos paso a la victoria.

Mi gran aportación a los preparativos, sin embargo, se llevaba a cabo en el minuto anterior a la pelea. Fueron unos segundos mágicos: el camino hacia el escenario de la batalla estaba muy encharcado porque había llovido los cinco días anteriores, así que decidimos utilizar el agua como medida disuasoria. Una vez me contaron la historia de un tamborilero que usaba el eco de las montañas para asustar a los invasores, eso me inspiró. Todos llevábamos botas para saltar sobre cada uno de los charcos: el ruido, si lo acompasábamos bien, sería contundente y a los enemigos les parecería que éramos veinte en lugar de cinco. Nos ayudamos con un grito de guerra. Gritábamos a la vez y en cadencia progresiva una palabra inventada que dividíamos en sílabas.

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!


El resultado fue atronador. Si no habían pensado que éramos un par de docenas, al menos nuestros enemigos habrían imaginado unos rivales aguerridos y convencidos de su victoria.

Terminó el camino de los charcos y llegamos al cementerio. Siempre me pareció un lugar bonito, con esos árboles otoñales durante todo el año, con esos miles de hojas en el suelo y con ese olor a barro. Allí descansaba mi abuelo, que siempre me contaba aventuras de la travesía en barco que hizo de joven. Nunca sería él, que había surcado los siete mares sin ninguno de los miedos que conoce el hombre. Pero ese día me vería de cerca, observaría con orgullo como afrontaba con valentía la primera gran batalla de mi vida.

Abrieron la veda ellos, desde lejos. El pedazo de hielo atravesó el espacio que había entre las trincheras del grupo de Bjorn y nuestra posición, en pleno campo de batalla. Enseguida imitamos a Arne, que ordenó fuego a discreción tras soltar la primera bola de barro y raíces de árbol. Las ganas que teníamos todos de dar en el blanco decían mucho de nosotros, pero también de ellos. Aquella batalla era una de esas a las que se va no sólo a defender el honor, o dignidad, o amor propio. Era una guerra que se iba a zanjar, que debía ganarse costara lo que costara.

Los enemigos eran cinco. Lo supimos cuando dejaron las trincheras y pasamos al combate cuerpo a cuerpo. También tenían dos o incluso tres espadas, pero sólo temíamos a Bjorn, más grande que ninguno y que había tenido una ocurrencia similar a la mía: si yo iba de temible pirata, él era algo así como el capitán del Pequod, aquel Ahab con el que yo siempre había soñado ser, pese a mi simpatía por aquella ballena tan grande como el mismo mar, que nadie podría controlar nunca.

El éxtasis en la batalla era algo más desconocido para nosotros que para ellos, que se movían como pez en el agua en las escaramuzas. Aunque algo era seguro: nunca se habían enfrentado con un ejército en igualdad de condiciones, con los mismos efectivos y las mismas armas. Y sobre todo, con idénticas ganas de vencer e iguales y exiguos miedos. Pero sí, admitámoslo: nosotros cinco -quizás el frío Peadar algo menos- respirábamos profundo pero rápido, con las narices abiertas, con los pómulos alzados, con los ojos apretados, con los labios forcejeando entre ellos. Por no pensar en perder, no pensábamos.

Y tras muchos espadazos, agarrones y trozos de tierra en los brazos y en la boca, ocurrió. Bjorn se deshizo por un momento de los agarrones de Arne, y a poco que tuvo las manos libres, dirigió toda su fuerza hacia la derecha. Como un fuerte soplo de viento, le dio a Arne en la nariz, y el golpe desequilibró a nuestro líder, que cayó en el barro que seguía a una de las lápidas más antiguas. Al girarse y volver la mirada hacia Bjorn, todo se paralizó. Mi espada, la de mi gordo rival, los gritos del altísimo jefe enemigo, nuestro entrecortado himno -que nos hacía más fuertes si duraba mientras peleábamos-, la mirada ya no tan helada de Peadar. Todo se fue, incluido el deseo de vencer. Nuestro Arne estaba en el suelo, pero los dos bandos estábamos asustados: todo se había ido y sólo el miedo a la culpa, sólo la razón y la realidad habían hecho el camino inverso, apareciendo en el campo de batalla. Arne sangraba por la nariz. Se había hecho daño.

El ominoso Bjorn también se asustó, quizás fue el que más. Y empezó a correr hacia su casa, junto a su ejército. Nos miramos los cinco. O mejor dicho, los cuatro miramos a Arne, y pronto volvimos a gozar de su sonrisa. Llegaba la euforia, el premio, la redención. Arne se levantó y empezamos a gritar nuestra victoria, y a saltar. ¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

Habíamos ganado no por KO, sino por ausencia de miedo. Ahora ya éramos valientes, y él lo había visto. Volvimos saltando los charcos, con una alegría inigualable. Ahora mi abuelo se sentiría tan orgulloso de mí como yo siempre lo estuve de él.

Tau de Rec, salta charcos.


Sigur Rós - Hoppípolla from Sigur Rós on Vimeo.

14 jul. 2010

Mi dietario irregular (XXXIII): Vacaciones en Shangri-La


Escribo desde una habitación de hotel bastante sencilla: paredes azules, un ventanal grande más por alto que por ancho, un armario de carísima madera de boj y un colchón áspero y demasiado blando. Incluye un par mantas y una toalla, todo naranja. Este mes estoy de vacaciones bien lejos. Relajo mi mente en Shangri-La, no había dinero para más.

Shangri-La es tal y como la describía James Hilton en su Horizontes perdidos. Con ese aire crepuscular a todas horas, hace más rosadas las caras y más confortable la visión de las sonrisas ajenas. Las calles, de adoquín y mala hierba, están tan cerca de las nubes que el recepcionista jura haber visto a un gigante barbudo haberlas tocado de un salto. "Brincó a la pata coja", me comenta una vez tras otra, entusiasmado. Los edificios son de pueblo, con ventanas con rejas anchas y porticones de madera roída. Las campanas suenan bien y el clima, aunque siempre bien soleado, es más bien fresco, e incluye un rocío mañanero más que agradable. Por la calle, los tibetanos me han comentado que a poco más de medio día de camino se halla el infierno, pero que si quiero ir me tengo que abrigar. No lo recomiendan, en cualquier caso: este pequeño pueblo reconforta, es ciertamente un paraíso en las alturas del Himalaya.

En el hotel esperaba encontrarme con Joaquín Sabina y su enemigo íntimo Fito Páez, pero nada de nada. Sólo encontré un anciano parecido al primero en la barra de la cafetería del hotel, y también un graffiti en la calle de atrás de la frutería con la frase a medias Si volvieran los dragones. A cambio -me gusta suponer-, he topado con varios músicos, a veces arremolinados en el pub de Shangri-La para escucharse los unos a los otros por turnos, a veces repartidos en las esquinas de la parte más añeja del pueblo, haciendo versiones los unos de los otros.

Al principio no me di cuenta, porque vi a Andrés Calamaro interpretando Helter Skelter, cosa que me pareció normal. Tampoco fue extraño encontrarme a los Beatles al lado del cine en plena versión de Maggie's Farm, pero sí me alertó, y mucho, escuchar la voz de Mick Jagger de fondo... ¡cantando el Strange Fruit de Billie Holiday! A partir de entonces he asistido a breves recitales de esquina de todo tipo: Bunbury y el Mack the Knife de Armstrong, Armstrong y el Born to Run de Springsteen, en incluso al Boss cantando el Aquellas pequeñas cosas de Serrat a golpe de guitarra y con un acento perfeccionado hasta el límite de lo aprehendible.

Los músicos no son mayoría, aunque hasta ahora mi relato así lo refleje. No habrá más de dos docenas, quizás ni eso. Aquí lo que reina son los escritores: hay tantos como habitaciones tiene el hotel, que ocupa una manzana y tiene tres pisos. He podido entablar conversación con muchos de ellos, y me he encontrado menos soberbia de la que suponía en esta especie. Mi vecino de la puerta de enfrente es Jacinto Antón, un loco de todo lo que huela a aventura y a viajes. Me cuenta que no tiene un clavo -es periodista-, y que suele acercarse aquí en moto o en zeppelin, según la temporada. Sus historias son entretenidas, mucho. Y variadas. Un día te sale con Thor Heyerdahl, el moderno vikingo que cruzó el pacífico en una balsa de madera, la Kon-Tiki, y al siguiente te recita un poema de Ruyard Kipling y te lo relaciona con el Sudán de Las cuatro Plumas. Es divertido y agradable, y terriblemente apasionado. Lo único que le falta es mala leche.

De eso tiene mucho Fedor Dostoievski. A parte de escucharlo pisar el suelo con rabia y golpear el armario de su habitación -contigua a la mía-, he hablado con él varias veces en el pub. Mientras él se emborracha y yo también, siempre se queja de su penosa existencia, de los problemas que tiene. Dice estar en un mal momento: su mujer o su amante o algo así ha muerto o lo ha abandonado. No suele hablar del todo claro, pero eso me ha dado a entender. El otro día, mientras bebíamos junto a Tom Waits, nos contaba que ha empezado a reescribir Crimen y Castigo, pero que por las tardes está plasmando una parte de su biografía en papel. "Tiene que estar para noviembre", nos dijo. Acto seguido, Waits subió al escenario para recitar A supermarket in California de Allen Ginsberg y reproducir el Last days of the suicide kid de Bukowsky, e imitar finalmente el The train de Lord Buckley. Esta última parte de la actuación me enervó, y parece que a Fedor también: se trasladó al casino. Dostoievski es adicto al juego, y cada noche visita al azar para arruinarse más. Nuestros desanimados diálogos siempre terminan con un "me largo a Ruletenburgo" del ruso.

Pero con quien más hablo es con Josep Pla. Me parece un tipo íntegro, quizás demasiado inteligente en algunas ocasiones. Su clarividencia lo sitúa muchas veces por encima del resto, pero él está convencido de que es como todos, y tiene que aparentar. A veces quedamos para pasear, y es increíble la capacidad que llega a tener este hombre para fijarse en las conductas y convertirlas en sistema y aplicarles sus argumentos. Con los detalles, lo mismo: si lo cotidiano tuviera propietario, sería él. Fue Pla quien me advirtió de que Dylan siempre estaba dando tumbos o en el pub, en la mesa de Faulkner y Hemingway y Joyce, y no al lado del escenario con los músicos. Pero la cosa no queda ahí: fue él también quien se dio cuenta de que Faulkner era extrañamente escueto y bebía como una lima, mientras Hemingway se alargaba en sus intervenciones y mostraba una sobriedad nerviosa. Pla me puso al día sobre las paradojas de la vida y me animó a enriquecer mi pensamiento pensando en catalán. "Ja saps, el pensament anglès és el que és, així com el castellà són figues d'un altre paner: amb el català tres quarts del mateix", comentaba. Pla es quizás el más autocrítico de todos, "i per tant el més egoista", como siempre recuerda él. También es melancólico, como los suramericanos, sólo que él extraña el mar y ellos, la patria.

Me corrijo. Los suramericanos -cuento también a los mexicanos, aunque no lo sean- y Pla echan de menos lo mismo. Sus patrias, las emocionales. Lo aclaro ahora porque recuerdo uno de esos tan anárquicos coloquios que presiden Borges y Cortázar. Aquella tarde, en el borde de una carretera, estaban todos sentados mirando hacia la ladera, y conversaban mirando al horizonte. Que presidían Borges y Cortázar lo digo porque intervenían más y mejor que nadie. También estaban los altivos Bolaño y Piglia, y el más ensimismado Bioy Casares. Más a la suya, pero entre los dos, estaban García Márquez y Vargas Llosa. A la izquierda del todo, Arlt, Forn y Fresán intervenían con cierta cadencia, junto al invitado de lujo, un muy ágil Enrique Vila-Matas, que fue precisamente el que apuntilló el tema de las patrias.

Lo había sacado, cómo no, Cortázar, que habló de la distancia y de los globos verdes que vuelan en su imaginación para definir la patria. Pausado y poderoso, mentó lo subjetivo de su acotada descripción, y animó a Vila-Matas a completarla. Éste lo hizo con maestría, esto es, dejando huecos en su explicación pero haciendo énfasis en lo emocional de las patrias. Habló de las sensaciones que nos provocan, del importante papel que tienen los recuerdos en esta reacción, y clavó el final con los dos pies, con una metáfora divertida. "La magdalena del colega Proust", comentó burlón, bajando la voz y señalando hacia el hotel, "la magdalena es una patria".

Ahora que lo pienso, Cortázar tiene todo el aspecto que me describe el recepcionista sobre el hombre que toca las nubes a brincos. Altísimo, barbudo, conscientemente pueril...

Mi estancia en Shangri-La es de lo más agradable, como os iba contando. El otro día me lo pasé tremendamente en una terraza del pueblo. Mientras Gabinete Caligari tocaba una de Sisa, compartí mesa con Javier Reverte, Juan José Millás, Manolo Vázquez Montalbán y Jacinto Antón. Cuando mi vecino de habitación me dijo que vendrían sentí recelo, porque pensaba que iban a conducir el encuentro por derroteros distintos a los que Antón y yo seguimos, con lo bien que congeniamos. Pero nada de eso: Reverte y Millás no paraban de fumar porros, y fue curioso como el primero hacía bromas con su propio apellido al contarnos sus experiencias como reportero en zonas que estaban en guerra. Y Montalbán...¡cómo tragaba Montalbán!

El pub es un espectáculo cada noche. La mesa de los suramericanos es la que más gusto de escuchar. Me puedo pasar horas y horas, y no me cansaría nunca si no fuera por el humo que sale de sus cigarros liados. La de Faulkner, uno de mis favoritos por haberle robado el carácter a Hemingway, reconozco que es atractiva como pocas. Los invariables son ellos dos y Joyce, pero cuando se apuntan Proust, Salinger y Woolf la cosa se pone tan abierta y dinámica. Alguna noche ha llegado a haber una quincena de escritores alrededor de esa mesa, todos vociferando frases impolutas y construidas con precisión y minuciosidad. De Rulfo a la pareja García Márquez-Vargas Llosa, pasando por Juan Benet y Scott Fitzgerald, o por cuerpos extraños como Flaubert o Tolstoi, nadie deja pasar la ocasión de escuchar las discusiones sobre Por quién doblan las campanas, Ulysses o Los placeres y los días. Sobre En busca del tiempo perdido nunca discuten: se ha intentado un par de veces en lo que va de mes y Proust lo ha zanjado con más de media hora de monólogo sobre Combray, Swann u Odette. Una de las noches fue cómica: un cantautor de trabajada reputación confundió El viejo y el mar de Ernest con Las olas de Woolf. Virginia lo miró con una infinita paciencia en la mirada, y fue la única que no carcajeó. Esbozó una sonrisa tan inquietante como su novela, aquella que no volvería a confundir el artista.

El más guasón, con diferencia, es Cabrera Infante. Una tarde rojiza como cualquier otra, el cubano propuso a Leonard Cohen que cantara el Ojalá de Silvio Rodríguez, y acabamos los tres tomando unos Scotch Whiskies, anclados en la barra, pasadas las cinco de la madrugada, con el rojizo del alba. Cohen nos contaba una y otra vez cómo era Suzanne, y Cabrera Infante se descolgaba con un "se podría hacer una película de ella". Sus intentos por desviar el tema de conversación al cine siempre eran en balde, aunque un día le di un gustazo que ni se lo merecía:

Después de criticar un poco a Hemingway y su obsesión por las islas y los sanfermines, le hice creer que le llevaba a una sala para comentar su Tres Tristes Tigres. El cubano estaba muy asustado: su astucia siempre le hacía escapar de la crítica literaria, pero comentar su obra cumbre en una sala de un pueblo perdido en el Himalaya repleto de escritores y músicos -intuyo que temía más a los músicos, por la estridencia en la oratoria de algunos- podía resultar demasiado para su autoestima. Cuál fue su sorpresa cuando llegamos y aquello no era una sala de reuniones, sino una sala de proyecciones. Un cine.

Conseguí que asistieran el 90% de los huéspedes del hotel y todos los músicos menos uno o dos. Incluso vinieron Borges y Ray Charles. Todos juntos, asistimos a la proyección de la versión extendida de Amanece, que no es poco. El auditorio era una carcajada: hay que ver lo poco que les hace falta a los intelectuales para descojonarse. Sólo tienes que ponerle el chiste en un soporte del que tengan buen prejuicio, como los niños que sólo se comen la sopa si la pasta tiene forma de letras.

Al día siguiente, en los huertos de debajo de la carretera principal de Shangri-La empezaron a brotar hombres. La vista ahora es más espectacular si cabe: del paraíso terrenal, tan cercano al techo, al cielo, no sólo brotan plantas de colores y árboles de sequoia y boj, sino que ahora crecen hombres. Incluso me ha parecido ver uno semejante a mi, al que el Cigala y Drexler regaban con un Try Just a Little Bit Harder y Janis Joplin y Aretha Franklin animaban con un fandango.


NOTAS: Ayer pillé a Cortázar tocando las nubes, brincando a la pata coja. Gritaba "¡De la Tierra al Cielo!" como un infante. En el suelo, sólo él parecía ver una rayuela; en la pared que había tras él, sólo yo parecía ver el dibujo del Mándala.

Shangri-La me encanta, es el lugar perfecto a donde ir cuando llegan las vacaciones y no tienes un clavo para viajar.



Tau de Rec, del Galatea a Shangri-La.

3 jul. 2010

Mitos (VII): La ley de la gravedad


El arquero ghanés, Kingston, pecó ayer de mal antropólogo. Enfrente tenía a Sebastián Abreu, un delantero espigado, de cuerpo rayado, pelos de loco y mirada de cuerdo. El duelo era a vida o muerte. Si el juguete Jabulani traspasaba la línea, Uruguay obraba el milagro. Si algo, incluidos Kingston o el propio Abreu, lo impedía, África hacía historia. La historia ya la conocen: Abreu, apodado El Loco, lanzó picando la punta de la bota ligeramente hacia el suelo. El liviano balón dibujó la parábola del que se siente pesado, directo al centro del arco. Kingston se ladeó y cayó sobre su costado derecho. El balón entraba, el truco funcionaba, Uruguay pasaba.

Digo que Kingston no hizo una buena lectura antropológica de la situación. Quizás, si hubiera podido ver por adelantado la celebración de Abreu, hubiera tenido más fácil adivinar la dirección del disparo. El Loco celebró su histórico tanto con una felicidad natural, casi rutinaria. No corrió demasiado -no lo hace ni para tirarse un desmarque-, pero no lo hizo porque a él le bastaba con llegar a la situación: sabía que la solventaría sin problemas. Sin embargo, la clave del festejo estuvo en su posición final: se quedó parado, de pie. Es curioso como los héroes necesitan experimentar la derrota tras cada victoria, y es curioso como suelen optar por dejarse vencer por una de las mayores fuerzas, la de la gravedad, tirándose al pasto. Pero Abreu, como los renegados, como Cantona, no se lanzó al suelo, ni se arrodilló. Estaba por encima del triunfo y de la derrota. Por eso tiró el penal como lo tiró.

Aún así, la lectura antropológica a la que me refiero no es esa, no hacían falta tantas facilidades. Kingston ya pudo ver bastante claro lo que había antes de que se cobrara el penal definitivo. Enfrente suyo, como decíamos, tenía un tipo al que llamaban El Loco. Su cuerpo tatuado dejaba ver a un hombre con credos, con fe, pero con las dudas justas y necesarias. Un hombre lleno de mensajes en el cuerpo es un hombre que necesita recordarlos, porque su valentía o su peligrosa temeridad hacen que los olvide. A todo ello hay que sumarle un componente de exhibicionismo que, dadas las circunstancias, augura siempre algo espectacular.

Su tamaño y la forma de usarlo es otro aspecto a considerar. Un hombre de 1,93 metros, que nunca pasa del trote al galope, es un hombre con cierta seguridad. No le hace falta desatar toda su potencia, incluso puede resultar contraproducente. En el cuerpo a cuerpo con los defensas, prefiere colocarse con tiempo y amagar hacia un lado para darse la vuelta hacia el otro, como el pívot que capta un rebote y liquida a su marca a la media vuelta. Nada de carreras, ni siquiera se excedió en los pasos que tomó para alejarse del balón y contemplar en el arco su futura obra con la mente. Sus brazos no mostraron tensión cuando se apoyaban en sus riñones, ni tampoco cuando se pellizcaba la nariz. Su cuerpo sabía lo que iba a pasar y cómo iba a hacer que ocurriera.

Y su cara. Ahí estaba todo. Unas facciones construidas a la manera de los halcones o las águilas hablaban por sí solas. La nariz era corta y contundente, y afilada. Las mandíbulas, apretadas y poligonales. Los dientes hasta le daban un aire endemoniado. La barba también era un dibujo expreso, como los de la piel, y recorría las aristas de su rostro con precisión de cirujano. Y los ojos eran colmillos. Fríos, eran los ejes de una cara quizás no de sicario, pero sí de gaucho, de lobo viejo y solitario. Su pelo azabache desafiaba a la Madre Tierra, alargándose y apuntando hacia ella pero nunca tocándola. Desde lo alto de su cabeza, todo desafiaba las leyes de la gravedad, no había motivo para que no hiciera lo mismo con el balón.

El portero africano también adoleció de falta de conocimientos históricos. Primero, antecedentes: No sabía que Antonin Panenka era un checo que se plantó delante del mítico arquero Maier, con la necesidad de anotar desde los once metros. Tenía barba, rasgos duros y una sola idea: hacer algo distinto. Marcó con esa ligera vaselina, dejando tirado a Maier, que también cayó hacia la derecha. Hoy es presidente de un equipo de nombre romántico, el Bohemians de Praga. Siempre estuvo loco.

Luego, conocimientos de épica y de lógica literaria: esto es, lo ilógico, el patetismo. El partido más emocionante, con esa parada del delantero Luís Suárez, con ese otro penal que su compañero Gyan mandó al larguero, ese fatídico último segundo. Con este quinto lanzamiento uruguayo que venía y que podía decidir. Con esos millones de africanos rezando por él, por un portero cuyo apellido seguramente derivaba de algo parecido a La Piedra del Rey, Kingston debía saber que todo se resolvería con algo histórico, no con algo normal. Debía haber hecho honor a su nombre, quedarse de piedra, haber sido el rey.

Más tarde, faltaron conocimientos de la historia personal de su rival: un tipo natural de Lavalleja, paraje uruguayo donde el ciudadano es férreo o férreo, porque sólo puede ser minero, agrícola terroso o un bala perdida. Un tipo que con 25 años había vivido, solo, aventuras en Argentina, México, España y Brasil; un tipo que sólo ha jugado como profesional en su país durante cinco de los dieciséis años de su carrera deportiva. Un jugador torpe con los pies y poco veloz que sobrevive y se alimenta del engaño, de la finta corporal que le permite zafarse de rivales, y de la estabilidad que le dan su alargado cuerpo y su mente hercúlea. Un tipo que iba a jugar a baloncesto pero en su primera pre-selección con la región fue expulsado por haberse corrido una juerga con un tal Víbora. Ese tipo que tenía delante le lanzaría el penal como Jason Kidd tira un tiro libre, suave y con un beso envenenado.

Finalmente, a Kingston le faltaron conocimientos de ciertas filosofías. Seguramente el ghanés era ajeno al taoísmo, que afirma que hay que respetar el equilibrio de la naturaleza y ensalza el valor de la no-acción. El hombre no debe buscar el éxito ni debe huir de la derrota, y sólo será noble y conseguirá una existencia plena cuando pare y no aspire a nada. Cuando decida no hacer, a quedarse inmóvil, el hombre comprenderá al hombre, al mundo, a la naturaleza, comprenderá que está por encima del bien y del mal. Proyectará lo que puede suceder en el vacío, en ese espacio donde deben suceder las cosas, y pasará a ocupar ese espacio. Si no es así, el hombre fallará sin remedio, y sólo en ocasiones en que el azar tenga más fuerza, obtendrá terrenales y excepcionales éxitos. Sin embargo, por lo general, será tumbado por la fuerza de la naturaleza, que lo arrastrará al suelo como hace con las piedras o con el oxígeno. Si Kingston hubiera sido taoísta, seguramente hubiera estado en medio de esa portería para cortar la trayectoria de un balón que se acercaba al suelo. Dudo que Abreu sea taoísta, pero es evidente que algo se nos escapa para comprender su conducta. Todos los locos tienen secretos.

Kingston no miró al hombre, no vio el entorno ni vio el contexto. Sólo vio el Jabulani y una escena en su cabeza. Posiblemente intentó pensar en él, con sus guantes en alto, habiendo parado el balón. Como el héroe. Aunque lo más probable es que no supiera usar el miedo que sentía al fracaso. No se paró a pensar que la cosa no iba de ganar o perder, sino de entender a otro hombre y responderle a tiempo, sin caer a La Tierra. Era un juego de locos, y quizás lo tenía que ganar el loco.



Tau de rec, dudando sobre cómo calificar este Mundial.