"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

21 jul. 2010

Mi dietario irregular (XXXIV): La batalla de Sigur Rós


Sucedió todo con la heroicidad que necesita el primer recado de la vida: el reto de comprar el periódico al padre, las cuentas para pagar bien el pan. El sentimiento de algo distinto vivía en todos nosotros aquella tarde de hojas secas. Un par de días atrás, los otros nos habían llamado cobardes, y esa tarde -ésa, no tan lejana- íbamos a demostrar que no lo éramos.

La luz en la mirada de Arne era contagiosa. Él era nuestro líder, el más decidido e inconsciente. Iba abrigado como todos, y había conseguido un único petardo que debíamos usar con precisión. Había que tirarlo al jardín de uno de nuestros enemigos, para asustarlo y que no viniera a la batalla. Peadar, el más alto de los cinco, había robado la caja de cerillas de su casa. Estaba nervioso porque sabía que si tardaba unas horas en devolverla, alguien se daría cuenta. Pero al fin y al cabo, podía resultar evidente que algo había pasado si la guerra nos dejaba secuelas físicas.

En el grupo también había dos chicas, quizás más valientes si las comparamos con nosotros. Una de ellas pintó las señales que confirmaban nuestra presencia en la contienda que comenzaría en unos minutos. Eran cinco pájaros negros, cinco palomas, creí apreciar yo, que Dóra había dibujado en la pared del jardín de Bjorn, el jefe del bando de los malos. Había comprado pintura negra y un gran cartón con cinco coronas que le dio su abuela "por haberse portado bien". Dóra era muy inteligente, y ya había preparado los moldes del dibujo en el cartón. Nos dijo que consiguió las tijeras para cortar el cartón con la excusa de hacer un trabajo para la escuela. Me parece que Dóra le gusta a Arne, y no me extraña nada: es una niña especial, me podría pasar toda la tarde a su lado en el parque.

La quinta del grupo es Aaldis. Esa tarde sería útil, era la más movida. A mí a veces me ponía nervioso, porque no paraba de correr, de hablar, de escribir en sus papelitos y de enseñártelos, arrugados, llenos de garabatos que a la postre resultaban los planes maestros de nuestros operativos. Ella fue quién planeó lo del petardo, que, por cierto, funcionó a la perfección. ¡El susto que le dimos a André! También de su cabeza salió la idea de llamar a los timbres, pero no nos atrevíamos a llevar a cabo esa parte de la misión, así que lo hizo ella.

Pasamos mucha tensión en esos minutos previos a la batalla. Primero, mientras esperábamos a que Aaldis tocara el timbre de casa de Hinge. Yo sólo podía pensar en lo peor: que sacara la cabeza por la ventana de abajo y nos viera, que Aaldis se tropezara al bajar las escaleras... Pero bueno, ese algo positivo en el estómago también lo tenía y, aunque nerviosa, en mi cara estaba dibujada la quinta sonrisa del grupo.

Lo de luego fue incluso más peligroso. Entramos a Kjotborg, el colmado de un amigo de casi todos nuestros padres, y le robamos unas frutas mientras Dóra y Aaldis lo entretenían con canciones que les habían enseñado sus abuelas. En realidad, el que cogió las frutas fue Peadar, el más frío para esas cosas. Luego fuimos a un recinto abandonado para concentrarnos antes de la pelea. Nos sentamos en el césped, y Peadar fue el primero en comerse la pieza que le pertenecía mientras yo preparaba las dos espadas que había construido y Aaldis corría en círculos, inútilmente, para escaparse de los nervios. Yo creo que las pocas veces que los dejaba atrás, se los encontraba de bruces al completar al círculo. También me pareció ver a Arne y a Dóra dándose un beso, que podría haber sido el primero. Claro que sentí cierta envidia, pero aquel no era tiempo de discusiones ni de luchar por una mujer. Éramos un equipo, íbamos en una dirección, teníamos un rival.

Lo mío, además del armamento, es la estrategia. Estoy tan orgulloso de lo que se me ocurrió aquel día. Había planeado las indumentarias de todos, que debían impresionar al resto: parecíamos cebollas, ataviados con varias capas de ropa. Pero eso también nos hacía aparentar seguros, grandes y más fuertes de lo que éramos. Yo añadí el factor de la agresividad, con un parche que llevaba desde un par de días antes para acostumbrarme a ver con un solo ojo. Creo que perdía bastante movilidad con él, pero los enemigos se lo pensarían dos veces antes de atacarme. Además de eso, yo portaba una de las espadas que fabriqué, y también me hice un casco con un trozo de cinta de goma y un escurridor de metal. A Peadar le di un viejo arco que tenía por casa, y la otra de las espadas que forjé la blandió Arne, que también llevaba una tapa de cubo de basura de aluminio para protegerse. Aaldis se bastaba con la velocidad de sus pies, y con Dóra pensamos que un cubo lleno de agua podría anular las defensas de los enemigos y abrirnos paso a la victoria.

Mi gran aportación a los preparativos, sin embargo, se llevaba a cabo en el minuto anterior a la pelea. Fueron unos segundos mágicos: el camino hacia el escenario de la batalla estaba muy encharcado porque había llovido los cinco días anteriores, así que decidimos utilizar el agua como medida disuasoria. Una vez me contaron la historia de un tamborilero que usaba el eco de las montañas para asustar a los invasores, eso me inspiró. Todos llevábamos botas para saltar sobre cada uno de los charcos: el ruido, si lo acompasábamos bien, sería contundente y a los enemigos les parecería que éramos veinte en lugar de cinco. Nos ayudamos con un grito de guerra. Gritábamos a la vez y en cadencia progresiva una palabra inventada que dividíamos en sílabas.

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!


El resultado fue atronador. Si no habían pensado que éramos un par de docenas, al menos nuestros enemigos habrían imaginado unos rivales aguerridos y convencidos de su victoria.

Terminó el camino de los charcos y llegamos al cementerio. Siempre me pareció un lugar bonito, con esos árboles otoñales durante todo el año, con esos miles de hojas en el suelo y con ese olor a barro. Allí descansaba mi abuelo, que siempre me contaba aventuras de la travesía en barco que hizo de joven. Nunca sería él, que había surcado los siete mares sin ninguno de los miedos que conoce el hombre. Pero ese día me vería de cerca, observaría con orgullo como afrontaba con valentía la primera gran batalla de mi vida.

Abrieron la veda ellos, desde lejos. El pedazo de hielo atravesó el espacio que había entre las trincheras del grupo de Bjorn y nuestra posición, en pleno campo de batalla. Enseguida imitamos a Arne, que ordenó fuego a discreción tras soltar la primera bola de barro y raíces de árbol. Las ganas que teníamos todos de dar en el blanco decían mucho de nosotros, pero también de ellos. Aquella batalla era una de esas a las que se va no sólo a defender el honor, o dignidad, o amor propio. Era una guerra que se iba a zanjar, que debía ganarse costara lo que costara.

Los enemigos eran cinco. Lo supimos cuando dejaron las trincheras y pasamos al combate cuerpo a cuerpo. También tenían dos o incluso tres espadas, pero sólo temíamos a Bjorn, más grande que ninguno y que había tenido una ocurrencia similar a la mía: si yo iba de temible pirata, él era algo así como el capitán del Pequod, aquel Ahab con el que yo siempre había soñado ser, pese a mi simpatía por aquella ballena tan grande como el mismo mar, que nadie podría controlar nunca.

El éxtasis en la batalla era algo más desconocido para nosotros que para ellos, que se movían como pez en el agua en las escaramuzas. Aunque algo era seguro: nunca se habían enfrentado con un ejército en igualdad de condiciones, con los mismos efectivos y las mismas armas. Y sobre todo, con idénticas ganas de vencer e iguales y exiguos miedos. Pero sí, admitámoslo: nosotros cinco -quizás el frío Peadar algo menos- respirábamos profundo pero rápido, con las narices abiertas, con los pómulos alzados, con los ojos apretados, con los labios forcejeando entre ellos. Por no pensar en perder, no pensábamos.

Y tras muchos espadazos, agarrones y trozos de tierra en los brazos y en la boca, ocurrió. Bjorn se deshizo por un momento de los agarrones de Arne, y a poco que tuvo las manos libres, dirigió toda su fuerza hacia la derecha. Como un fuerte soplo de viento, le dio a Arne en la nariz, y el golpe desequilibró a nuestro líder, que cayó en el barro que seguía a una de las lápidas más antiguas. Al girarse y volver la mirada hacia Bjorn, todo se paralizó. Mi espada, la de mi gordo rival, los gritos del altísimo jefe enemigo, nuestro entrecortado himno -que nos hacía más fuertes si duraba mientras peleábamos-, la mirada ya no tan helada de Peadar. Todo se fue, incluido el deseo de vencer. Nuestro Arne estaba en el suelo, pero los dos bandos estábamos asustados: todo se había ido y sólo el miedo a la culpa, sólo la razón y la realidad habían hecho el camino inverso, apareciendo en el campo de batalla. Arne sangraba por la nariz. Se había hecho daño.

El ominoso Bjorn también se asustó, quizás fue el que más. Y empezó a correr hacia su casa, junto a su ejército. Nos miramos los cinco. O mejor dicho, los cuatro miramos a Arne, y pronto volvimos a gozar de su sonrisa. Llegaba la euforia, el premio, la redención. Arne se levantó y empezamos a gritar nuestra victoria, y a saltar. ¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

Habíamos ganado no por KO, sino por ausencia de miedo. Ahora ya éramos valientes, y él lo había visto. Volvimos saltando los charcos, con una alegría inigualable. Ahora mi abuelo se sentiría tan orgulloso de mí como yo siempre lo estuve de él.

Tau de Rec, salta charcos.


Sigur Rós - Hoppípolla from Sigur Rós on Vimeo.

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