"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

29 ago. 2012

Deseo de ser (Dos viajes físicos e incontables mentales)

Me ha ocurrido, una noche, en una estación perdida, hallar el inusitado respeto mutuo a la vera de un par de cafés con poso, en idiomas extraños. El respeto mutuo siempre pensé que no existía, porque yo poco respeto y poco respeta el mundo. Pero lo hallé (y ejercí), y como si de la soledad resbalaran cosas buenas, parí de repente el afecto. Me ha pasado el hacerme amigo efímero (y duradero recuerdo) de un jefe de estación de una estación prácticamente fantasma en el norte de Croacia.

A mí me ha pasado al moverme, pero incluso más maravilla es que a él le haya ocurrido sin viajar a más de tres metros de su garita. Lo extraordinario está aquí y allá. Tengo pruebas: me ha pasado suscribir cada coma de un texto entero, prácticamente un año después de escribirlo. A pesar de todo, sigo esperando con un ansia latente "una guitarra nueva. Una canción, un poema como un mazo. Un plato elaborado pero sencillo, elegante hasta la última miga. Sapiencia en psicología social. Un lápiz. Una piel tibia entre el frío. Alguien me dirá que feng shui. Lo que queda de la letanía de mis necesidades aquí está, en mi hogar, y no hay que enumerarlo. Incluida una generosa cantidad de ausencias que lo hacen todo más agradablemente tenue y unas goteras que marcan el tempo. Calmo, riéndose del diluvio de afuera. Por eso no puedo escribir esta noche, por pura victoria. Mi gata sueña que corre y, creo, sueño todavía. Por eso he escrito, por una derrota cadenciosa, en replay por los tiempos de los tiempos". Me ha pasado amar mi hogar.

Me ha ocurrido amar también al pintar el punto final de un poema de puro odio y recuerdo. Afuera, el sol y un lago suizo pasaban a mi izquierda, tras la ventanilla del tren.

Me ha sucedido el éxtasis, la física traducción de la alegría, que nunca supo de raciocinio y por ello -y por suerte- busca magnéticamente y de vez en cuando la carne.

Me ha ocurrido la compañía banal, la juerga que era inesperada en el último despertar, el tomar cervezas acarameladas en botes a lomos del Rhone con dos desconocidos nacidos a 12.000 y 1.000 km de donde yo nací. Me ha ocurrido mirar los mismos labios de mujer y los mismos culos respingones que ellos, a la vez y desde la misma distancia, solo un cuarto de siglo más tarde de que me parieran.

Me ha pasado de nuevo el soñar, si es que alguna vez apareció realmente la vigilia. Me ha ocurrido soñar con un viaje en que, en el vasto lugar de los miedos de la soledad, estaban mi familia, Imanol, Carlos o seres sucedáneos que yo identificaba como mis amigos a pesar de no tener rostro alguno.

Me ha pasado jugar con sintaxis, morfos y léxico plurilingüe de manera sucesiva, torre de Babel. Francés, inglés, italiano, catalán, croata, castellano, gestual (y achaques de lunfardo en el hablar con uno mismo). Y sentirme algo menos encerrado, o encerrado en una jaula mayor o más alta o más profunda. Extrañamente, es una sensación similar a la de estrenar un piso en pleno invierno. Reclusión y cobijo siempre han ido de la mano (menos cuando miramos).

Me ha pasado clasificar mentalmente A saber: cualitativamente ciudades, polvos, canciones, desamores, películas, libros, textos, personajes, futbolistas. Es decir, las emociones que me causaron.

Me ha pasado quedarme observando pies que bailan, con la brisa enfrentándome. Largo rato. 

Y me ha ocurrido la soledad acuciante de la noche, esa que se ensancha y te cubre mientras todos danzan a escasos metros de ti y, en tu imaginación, en todas las ciudades y pueblos del mundo.

Me ha ocurrido Macedonio, Perec, viejo librerito, Wilcock y una sarta de personajes. Me han ocurrido mundos de imaginación, novelas, trilogías, cuatrilogías, universos de conversaciones improbables y sueños ajenos que nunca llegaron a salir de mi cabeza.

Y me ha pasado el empacharme con hambre. Y beber con sed. Y dormir con sueño. Y tocar con soledad. Y encararme con huída. Y emocionarme con hastío. Me han ocurrido soluciones transitorias, estados de las cosas y los pensares y los sentires. 

Nada perenne, por suerte: que cada recuerdo deje paso a nuevos ocurrires para poder olvidar en lo sucesivo. Que las emociones nunca cesaran sería algo completamente insostenible, suicida.

Muchas veces me ha ocurrido solamente el andar, o el mirar, o el balbucear o el respirar. Muchos ratos, no me ha ocurrido nada.

Me ha sucedido la revelación de aprehender que la muerte propia nunca existió, y que las únicas muertes que experimentaremos, las ajenas, no significan más que un recuerdo. Y me ha ocurrido la duda consiguiente de confundir la noción de los tiempos pasado, presente y futuro a partir de esa revelación.

Me han pasado las infinitas cosas que no pasan, e incluso no me han pasado.

Y sin embargo, habiéndome pasado todo esto, me ha sobrevenido el deseo de ser otro. Guybrush Threepwood. El deseo de ser Lluís Llach, en mitad de tanto odio. De ser el propio Fantômas y estrangular con gelatina. De ser Martin Sheen río abajo o Max en su tierra de monstruos imaginada, o el niño, cuando era niño, de Cinema Paradisso. El de ser cualquiera de los Beatles o Sherlock Holmes. El de ser Iniesta o Bergkamp o Zidane o Cantona o Le Tissier. El deseo de ser Cabrera Infante o Calvino o Queneau, o incluso Céline. 

El deseo de mezclarme y ser con ellas, con la chica de los hoyuelos, con la de los ojos grandes cerca de la Rue d'Algérie, con esa que viste tan bien un día y otro y otro; también de encamarme con mi odiado suave recuerdo.

He inventado al metaforista, al lotero farsante, al agente del caos, al urbanista que trasvalsa su pulsión sexual a un ansia por la inaccesibilidad urbana, al viejo anagnorítico y a su gata, al refranero popular, al iconoclasta y al referencial como pareja tragicómica, al villano; he dado vida a los tipos de la portada de Strange Days y he disfrazado a los Argonautas. 

Todo para saciar ese deseo de ser que soy.