"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

26 nov. 2010

Contingencia (XLI)


La mano se quitó un auricular, el derecho, mientras las piernas, en tensión, presionaban un escalón tras otro. El oído derecho escuchó la Plaza España, mientras la noche barcelonesa y su cielo marrón asomaban por primera vez a los ojos pardos. Las manos empezaban a destemplarse sin apenas notarlo, mientras el pelo largo, marrón, liso, seguía la estela del pensamiento. Las fosas nasales aspiraban, con una repentina forma elíptica, mientras la lengua apretaba el paladar, tenaz e inconsciente. El torso, que todo lo aguantaba, parecía pasar de abajo arriba con su mecanismo coordinado. Emergía y los pasadizos del metro quedaban atrás.

Las ruedas delanteras tocaban Barcelona y miraban de reojo hacia la izquierda, mientras el surtidor de aire acondicionado del copiloto apuntaba al cielo. El parabrisas delantero, acatarrado, pedía claridad, mientras la tira del cinturón del piloto colgaba, olvidada, y el metal de la hebilla amagaba continuamente un giro. El tubo de escape tiritaba con asombrosa frialdad, mientras la carrocería teñía de rojo la noche, con el ocupar incesante de espacios nuevos. El retrovisor central duplicaba la realidad y jugaba al travieso juego de lo infinito, mientras la aguja del velocímetro se incorporaba, adelantando decenas enteras. El motor, ciego como era, latía con pasión, participaba del caos controlado. El SEAT León pronto liquidaría la rotonda y atravesaría el paso de cebra.

El señor de verde aparecía con su pose habitual, alzado y de perfil, mientras un botón de la camisa decidía pasar y, presionado por el cambio de ritmo, embestía a su correspondiente ojal. El 65 luminoso empezaba a arrastrar su larga cola mientras las zapatillas se balanceaban contra la base de Barcelona cada vez con más frecuencia. En perpendicular al señor de verde, un disco rojo había vencido al titubeante círculo ámbar, mientras, desobediente, la luz de unos faros acariciaba las líneas del paso de cebra. El joven corría lanzado, dejaba ligeramente atrás al autobús mientras el SEAT rugía con amenaza.

Comenzaba a sonar El último café en el auricular izquierdo, todavía liderando la carrera hacia la parada del autobús, mientras el volante del León retumbaba con las percusiones del Don't ever let me go. Una mirada cruzaba, compartía el código al ver el señor verde, mientras la otra abolía el significado del disco rojo, quizás regida por los impulsos de otros planetas que le hacían meter la tercera marcha. Finalmente, un pie izquierdo pisaba la seca pintura blanca de la calzada, mientras un pie derecho aplastaba con fuerza un pedal agujereado de aluminio. No compartían destino, pero en un instante, convergerían.

Entonces sonaron tres corcheas enlazadas, la primera y la tercera, agudas, la segunda grave, con El último café, mientras el Don't ever let me go siguió inapelable su ritmo. El cuerpo reaccionó con un frenazo involuntario mientras un hasta entonces inadvertido felino de chapa rojiza pasaba a escasos diez centímetros del botón apretado de la camisa. Al segundo siguiente, el 65 luminoso y sus puertas automáticas adelantaban a la paralizada melena, mientras el súbito espanto azotaba al previsible perdedor de la carrera. Instantes más tarde, el autobús llegaba a la meta, ya más despacio, mientras el León, de la mano del viento, se dirigía hacia quién sabe qué.

Quizás se libró por poco, y sus manos, sus brazos, sus pies, sus piernas, su pelo y su torso subieron con estilo y finalmente al autobús, donde quizás se encontró a su futura mujer, a su próximo empleado o a su siguiente empleador, a su viejo amigo, a su postrero benefactor o a su certero y único asesino. O a su muerte, que lo acompañaba desde el inicio de los tiempos y hasta el fin. Mientras la tarjeta fichaba, la mano derecha tocaba un botón: quería volver a escuchar aquellas tres corcheas decisivas. Salvadoras, redentoras, quién sabe si fatales.


Tau de rec, en el camino más transitado.

20 nov. 2010

Mi dietario irregular (XL): Barbara Ann


Distraído, miré a aquel hombre y pensé en alguna cuestión tonta como qué clase de derechos de autor tiene la Biblia o cómo se comprueba que un bolígrafo no está gastado. El tipo llevaba barba y una camisa a cuadros, oscura. A ella le había gustado. Rebosaba la gente ayer en el Barbara Ann, los vasos vacíos se acumulaban y dentro, sólo los hielos sabían que el humo los rozaba mientras apuraban los más tristes minutos de su vida derritiéndose con una elegante parsimonia. Los platos, ya menos llenos de frutos secos, pasaratos y algunos bombones con virutas de coco y algunas pastas, se acumulaban a las dos de la madrugada, unos encima de otros, y yo y unas cuantas personas más habíamos aprovechado el sitio que dejaban libre en lo alto de la pequeña tarima para sentarnos. Di un trago al Barceló con cola, que era mío desde que lo había pagado. Las cuatro gotas de limón que, antes de eso, había echado el barman se hicieron notar en su llegada a mi boca, decantadas y cayendo en una carrera frenética contra el ron, el agua, la coca cola y los azúcares. Sabía bien.


El mes había sido extraño. Marcado por la Nueva antología personal de Borges, por el tango y la nueva música y por las distintas variaciones del Re de mis pobres guitarras, noviembre del 2010 me escondía la inspiración, y sobre todo me escondía las breves pero imperdibles plenitudes. La felicidad, le dicen. El barman sonreía delante de un cartel con la inscripción 60's & 70's night, se había alegrado de vernos una vez más y antes de echar las gotas de limón del cubata me había dicho que no nos fuéramos sin pasar por la barra. Había que compartir una buena noche con unos buenos clientes. El peinado de ese hombre también le gustaba a ella; a mí me hacía más gracia su cara, como ancha. Ese casco no podía con las facciones de su rostro, por eso me resultaba más interesante la cara que el pelo. Realmente, me hizo mucha ilusión que, después de tanto tiempo, el dueño de un bar me agradeciera mi presencia en su local.

Sentado, seguí mirando al tipo de la barba y la camisa a cuadros. Hablaba, animoso, con una chica bastante bonita. Así, pequeña, con ojos decididos. A ella también le gustaba el tipo, o eso me pareció. Yo estaba sudado, después de un par de horas de concierto. Los Siniestro habían estado bien, el recital me había permitido liberar adrenalina y, tras una semana escuchando algunas canciones, había logrado sentir con un buen flipe varias de ellas mientras todos dábamos saltos muy juntos, como atunes que se agitan, aplastados y resbaladizos, mientras la red los saca a la superficie. El humo, sin embargo, anulaba cualquier olor.

En el Barbara Ann no estaba Assumpta, pero sí los músicos, que habían llegado con unos atuendos similares o iguales a los que llevaban cuando terminaron el concierto. El cantante, con su sombrero negro y su piel blanquecina, llamaba la atención por encima de todos y conversaba sin extrañeza con cualquiera que se le acercara. Los Siniestro habían venido al Barbara Ann, tan perdido en la ciudad como estaba. Aquello le daba prestigio al local y a su dueño, que, inspeccionando en su IPod enfrente de la colección de vinilos, preparaba el siguiente tema que sonaría en el local. Yo no reconocería la canción, pero probablemente fuera de los Kinks, los Stooges, o los Cream, o, con más seguridad, de los Animals. A mí también me había entusiasmado coincidir en un bar con los Siniestro.

Volví a preguntarme algo absurdo como si pesaba más la fe o una zapatilla justo cuando ingería otro trago. El alcohol había empezado a hacer efecto. Durante la noche, habíamos hablado de varios temas. De música, el que prefería ella. A ella le gustaba que la escuchara hablar de música, y yo a cambio recibía informaciones nuevas bastante interesantes. Además, con un par de copas se apasionaba mucho al hablar de las épocas, las canciones, los discales y los vinilos, y arqueaba las cejas al hablar, de manera que asomaban, convergentes, por encima de esas gafas tan grandes, y se le hacían unos pliegues en la frente al hacerlo. No logramos hablar de tango, pero sí del cambalache que también es el siglo XXI. Habíamos discrepado sobre nuestros argumentos, más intensos y expresivos que bien formulados, en temas de política, y hábilmente habíamos pasado a hablar del sentido de la vida, que no es. Le había contado algo sobre una correspondencia con un amigo que está de viaje en Galway, y sobre las teorías que en aquella misiva formulé, basándome en citaciones de un profesor que hablaba de contingencia y de la estructura lógica de nuestro pensamiento, y también en las que Borges volcó con maestría en los versos y en las breves prosas de su Nueva antología personal. Quise incluso citar literalmente alguna estrofa, pero me tuve que conformar con darle una explicación mucho menos estética de ciertas expresiones clave de aquellos versos y aquellas ínfimas y eternas prosas. La inutilidad; el incesante paso de ese invento que es el tiempo; la muerte física y la muerte real, que no se pueden esquivar; los olvidos que habrán cuando fenezcamos; la existencia o no del fin o del origen; la definitiva y eterna inutilidad, de nuevo. No me atreví a sacar lo de la Vida, que verdaderamente es el gran tema de Borges, aunque no se atreva a referirse directamente nunca, porque es inenarrable. Así había desencadenado el alcohol nuestras conversaciones.

Eso de lo que no habíamos hablado era lo que yo quería escribir hoy, mientras suena Lucha de gigantes, o Cadillac Solitario, o Invitation to the blues, o esa pieza tan graciosa de Peter B. Looners, o Me pica un huevo. Quería porque noviembre ha sido muy hábil ocultando la plenitud y otorgándome, rácano, la única realidad del recuerdo presente -así definen el pasado los borgianos creadores de la cultura Tlön- para satisfacerme, y yo ya merecía burlar su guardia. Ha sido como ir todo el mes drogado, sin disfrutar esta ciudad que late y se despliega ante mí, sin librarme de la dulce nostalgia.

Quería escribir que ayer, en el minuto que os estaba contando, de repente, sin renunciar al grato pasado, me vi pasando por un agujero lleno de aristas que había aparecido en el bar, como recién creado o antiquísimo. Me vi llegando a un salón deforme donde se escondía, arrinconada, la plenitud.

Estaba en algún lugar entre el suelo y el techo del Barbara Ann, mezclada entre sabiondos y suicidas y -cómo olvidarte en esta queja, Cafetín de Buenos Aires- sonidos de bandoneones. Me alegré mucho de encontrarla al fin y, aún a sabiendas de lo instantáneo de nuestro encuentro, la saludé con la mano, dejándome ir, poseyéndola un poco en cierto modo, ya con la libertad que no me da este texto, que no me darán nunca las palabras. Luego volví al lugar donde estaba sentado, justo en el momento en que mi amiga volvía del baño, también sudada por el concierto e impregnada del humo del ambiente. A los pocos minutos, se largaron los Siniestro. Más tarde, el barman, que tiene un nombre bastante raro, concretó su aprecio hacia nosotros con tres chupitos de whiskey con chocolate. Acto seguido, nos fuimos. Ya de vuelta a casa, metido en el sobre, me rompió una canción Josele Santiago, el único suicida que había faltado aquella noche en el Barbara Ann.

Sweet home Buenos Aires, desde la otra orilla, anoche fue menos duro estar lejos de ti.


Tau de Rec (adora Barcelona, que respira y te mira)

9 oct. 2010

Mi dietario irregular (XXXIX): ¡¡Come in through my bathroom window!!


He wear no shoeshine, he got/monkey fingers, he got/ coca cola, he say/ i know u, u know me/ one thing I can tell u is u got to be free.


Bonita vida. Como quien dice: bonitos zapatos, o: bonita melena, bonita. El helicóptero, el ventilador, hace ese ruido que no podía olvidar Martin Sheen. ¿Hacía aparecer Conrad al personaje de Duvall o es una creación de Coppola? Si lo es, ¡tremendo surrealismo! ¡Surf! ¡Tenía ganas de hacer surf!

El ventilador cada vez va más rápido, y me imagino agarrado a él, a una de las aspas, quiero decir. Imagínense: me caería, digo yo. Tanto peso.

Cocker está en pausa. ¿Dónde dio aquel concierto de los 70, el que aparece en Spotify? ¿Cómo se movía? ¿Vieron cómo se movía? El valor de un artista sube cuando esdevè un quadre. Cocker se transforma en dadaísta, provocando. Haciendo ver que toca. Toca en el aire: el piano, la guitarra, el bajo. Está gordo, orondo. Pero se mueve así, sin vergüenza. ¿Quién no tiene ganas de imitarle? ¿Quién no tiene ganas de imitar a Jagger? Desde luego, Cocker las tiene. ¿Va más allá?

Yo tengo ganas de imitarlos a ambos. ¿Soy alguno de ellos? ¿Soy Cocker? Me conformaría.

¿Qué pretende Hemingway con ese gran pescado? ¿Pez espada? ¿Joyce con Molly? Hoy leí que Muñoz Molina aprendió sobre los laberintos del receptor a partir de Don Isidro Parodi. ¡Si levantaran la cabeza Borges y Bioy! ¿Pretendían ser útiles? Fracasaron... ¿Fracasaron? Sí, fracasaron: era una burla lúcida, pero el receptor ¿llegó a ella? ¡Muñoz Molina descubrió el laberinto del lector! ¿La burla?

¿Sabían Bioy y Borges cómo se desarrollaban sus novelas? Los problemas de Don Isidro... ¿los planeaban? Me encanta pensar en esta última posibilidad que diré: ¿se turnaban los párrafos? ¿Joyce fumaba mucho?


Queda agua en la botella. Me agobio. Google. Buscar. "Cualquier...", ... "cualquier"... ¡NO! Correspondencia de Gil de Biedma a Ángel González, página 228, Lumen. Vía Google: "todos los gatos son metáfora". Grito. Recuerdo Ulls de gat mesquer, y Banga.

Recuerdo sus ojos. Recuerdo el cosquilleo, su aliento. ¿Se puede quedar uno en un lugar para siempre, Perec?, ¿En un momento? La tentativa de agotar ese lugar... ¡no era fija! ¡Qué desilusión! Perec, yo creo que me puedo quedar allí. Eternamente, sí.

¿Señor Churba?

Bebido, pero con total intencionalidad: Idmón es un amargado. Un listillo, siempre por los pelos. Lleva bigote. Orfeo es un tarado, pero algo sabio. Algo, no mucho. Heracles, otro amargado, la caída del héroe. ¿Medea? ¿Es el centro, o es la trama, o es...? ¡Euridamante es la joya, el Gran juego! Es lamentable: son una sola voz. ¿Dónde queda el Café de artistas? ¡¿Es Medea el libro?!


Qué charrúa, cachavacha,/ qué penal que te han cobrao!". Trato de identificar los versos etílicos:
¿"Puede que sí, pero no empujen"? ¡Es el 28 de 30, quizás ya lo necesitó: bebió!

¿"Xochimilco es Venecia sin palacios,/ Buenos Aires París en duermevela"? Sí: esta la pongo porque habla de Buenos Aires. ¿A quién le molesta?

¿Por qué huele así este libro? ¿A ti?

De pie, pensando en la siguiente frase que hay que escribir, inconscientemente me toco los huevos. ¿Es Llach clásico? Clásico en el sentido de Griego. Tiene un Kavafismo; o un verso ovidiense, ¡no! Mucho más derrotista. Un verso visceral.

¿Asistiré al día del triunfo de la víscera? ¿¡Cómo será ese día!? Mortal. Final. ¿Inicial? No, quizás no.

Hay caras en esa primera orla. Caras en la segunda. Caras, también en la tercera. ¿Hay segunda? No, es ficción.

¿Tú lo sientes, ese deseo?

¡¡¡¡She came in through the bathroom window!!!! And though she thought I knew the answer/ Well, ¿I knew? But Icuold not say ¡¡¡¡¡And got myself a steady job!!!!! ¡¡¡¡¡And though she tried her best to help me!!!!! ¡¡¡¡¡She could steal but she could not rob!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody tell her?!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody see?!!!!! Sunday's on the phone to Monday, Tuesday's on the phone to me ¡Oh yeah!

Se acerca. Inocente, con su esprai, quizás guardado. Se acerca, tal vez no quiera, pero se acerca. ¿El pantalón le queda siempre así? ¿Es un suéter, es una blusa? Qué más da: ahora es una diosa, quizás tenga derecho a poseerla por un instante, si hay posesión. ¡Esa cara! ¡Cómo si fuera inocente, cómo si no lo intuyera como yo lo intuyo! ¿Esos ojos, adónde miran? ¿Realmente está ausente, o en otro lado? ¡No! Está aquí. Si digo acá, ¡más! Su esprai, tan cerca de ahí, de esas playas que HAY QUE CONQUISTAR... qué digo, tan cerca...¡tocándolas, bañándolas, las orillas!
La hace tan inocente. Ella, tan niña, con su blusa de mora, con su cara abstraída, con su víscera, ¡entregada! Su aliento...

¡¡Tarde!!

Es toda una mujer, o más. ¡No! ¡Es una musa!

No quiero más política, quiero mi entrega. Entregarme.
Suena el helicóptero: Yira; yira. ¿La vida es greda? ¿Estoy piantao?
Seguiría hasta la infinidad, así de borracho.
I like, pam pam pa pam; Birds.

Tau de rec. ¡¡¡Come in through my bathroom window!!!!

5 oct. 2010

Mi dietario irregular (XXXVIII): À la diable


Ambos tenemos un componente dionisiaco idóneo para conocer Berlín. Lucimos un estilo cojo y un temperamento agudo, saltamos de imperfección en imperfección y caemos en el despropósito y en lo menos lúcido con frecuencia. Incluso nos gusta revelar esa condición como el ingrediente secreto de nuestro agradable errar. Como no podía ser de otra manera, la víscera fue la culpable de nuestro encuentro con la ciudad adolescente.

Los aviones son tierra de misceláneas, con sus almas puras y su gente guapa, pero también con sus polizones y cuerpos extraños. En un vuelo hacia Berlín, te encuentras a recatadas señoritas angelicales que guardan bajo llave una mandrágora y también a sugerentes nereidas de chándal y rastas. Te toparás con aparentes tablas de madera cegadas de miedo y también con simpáticos ogros de esos que se asean en el baño del aeropuerto. Viajarás con ancianos de traje, bussinessmen que tratan de alejarse del suelo que un día serán, y también con niños estridentes que parecen anunciar sus planes de vida en la lengua de Tlön.

Todo eso se cumplió.


Como los aviones, los trenes son una especie de barómetros del suicidio. Si te mueves en ellos y no sientes ninguna emoción, vale la pena empezar a buscar un final digno. Los trenes añaden el componente pre-laberíntico: tienen un solo camino pero nos muestran una cantidad determinada de paradas, de entradas al enigma, a ese misterio que es la ciudad. Y si te despistas, te encuentras con una primera panorámica desafiante: te has perdido nada más empezar, y lo ves todo demasiado lejano. Si aquí ya no sientes nada, es que ya te suicidaste.

El tren también nos ocurrió.


Si entras en una ciudad y empiezas a sentir el acoso de lo anagnórico, prepárate para lo que pueda venir. En ese sentido, Berlín te guiña un ojo malicioso a cada esquina: un semáforo cómplice en unos intensos cuatro segundos, un restaurante italiano que esconde las pizzas del menú, un edificio que te pregunta How long is now. Es una ciudad para ser poco confiado, tiene la pinta de haber tintado todas las cámaras del Gran Hermano y parece tan libre que hasta su agradable frescor matinal levanta sospechas.

Luego, las previsiones se cumplieron.


Las señales siempre tienen un sentido. Si desafías el libertinaje del centro judío de Berlín rompiendo una de sus pocas normas, lo pagas. Si agujereas uno de sus Verboten, te lo mereces. Es decir, que haces caso omiso a uno de los dos vestigios más famosos del Berlín soviético, si cruzas en rojo, la ciudad se tornará en una gentil berlinesa con un vestido del color de la pasión. Vendrá, paseando un perro manso y grande, y te golpeará con un codo en el ojo. Y tú no te pararás a pensar en el tacto que podría tener ese antebrazo radiante, no. Pensarás que, de haber esperado unos segundos al otro lado de la acera, no te habrías cruzado con la poderosa ciudad. Que, por cierto, al fin y al cabo, es alemana.

La cartografía sólo es una concesión de la ciudad, por lo que debes tener cuidado con los mapas. Si una calle con un destino deseado está oculta, no irás. Si una redonda rodea un edificio, irrevocablemente irás, ya sea un bar, un parque, una puerta o un hospital.

Si descubres que un laberinto es una penitencia de una ciudad avergonzada, nadie te prohibirá que lo utilices para correr, saltar y hacer peripecias. Si quieres aparecer y desaparecer en él, lo harás; si deseas coger en él, será posible hacerlo; si quieres aprovecharlo para reírte de tu laberíntica existencia, te será sencillo. Pero cuando menos te lo esperes, la ciudad se revolverá con resquemor y engañará a tus ojos. Y harás pie en el aire, y te enfrentarás a una caída sin fin. Y la alevosa ciudad te atará un brazo a la espalda para que te sientas desequilibrado e incompleto.

Si te dicen que don't be affraid if you see soldiers, no temas, porque la cosa será menos seria de lo que parece. La ciudad te habrá llevado de un laberinto a otro, y ya no estarás perdiéndote con agilidad en su monumento de la penitencia. Ahora estarás en la parodia de tu propio purgatorio, un hospital militar donde la ciudad se transformará en recepcionista, en estatua, en agua con gas, en café barato. La ciudad te gastará una broma alucinógena durante horas, y te hará hablar en alemán y ser viejo y cascarrabias. Te abandonará a tu suerte a ratos y te observará desde su laboratorio, y también te invitará a entrar en su broma, con sillas de ruedas cuadradas, tecnologías punta desconectadas y fantasmagóricos pasillos sin fantasma tras la esquina. Si le sigues el rollo, te empezarás a reconciliar con la ciudad a base de juegos y maldades de adolescente.

Todo esto, figurada o físicamente, estaba escrito que pasara.



Si codo con codo transformas las nocturnas calles de la ciudad en una ruta de misterio, Berlín se compadecerá de ti. Llegarás a tu hostal y ella habrá dispuesto a seis chicas en tu habitación. Todas somnolientas, quién sabe si alguna de ellas soñadora, te harán una inmóvil compañía en tu retiro forzoso. Así, te sentirás menos ermitaño mientras la ciudad celebra su más viva bacanal, que tanto suena y tanto se prolonga.


Paradójicamente, empezarás a cobrar conciencia de tu simbiosis con la ciudad cuando cierres los ojos. En tu primera noche en la ciudad, soñarás con ella, y repetirás las conversaciones de la jornada, y revivirás su recibimiento, sus bromas y sus preguntas inquietantes. Hablarás en tu lengua y en otras, quién sabe si serás capaz de responder una cuestión en alemán.


Durmimos por fin, tras un día para ser narrado.



La ciudad te despertará pronto. Te preparará butacas y panes para hacerte suyo, te atiborrará y te untará hasta que te entregues. Y será implacable: te mostrará su médula espinal grafiteada, su historia más amarga para hacerte comprender.


Ya entregado, te moverás al son que ella marque. Serás un Zapata perdido y cómodo en un bloque abandonado, porque ella te dará a entender que es tuyo. Mirarás con otros ojos, de presente y de pasado, para ver una mujer sinuosa tras una faz sombría, para buscar un hotel, o unas oficinas, o unos pisos entre esas paredes forradas de esprai. Llegarás al final de tan herrumbroso camino y encontrarás una cruz de carboncillo y un arcángel en tirantes. Y tirarás al suelo el símbolo y te ganarás el agradecido infierno en el que ya estás, y tu rostro será negruzco y peludo a partir de entonces.

Tendrás placeres profanos. Verás, porque la ciudad te lo servirá, un fútbol de lo más berlinés: de lo más joven y cosmopolita, de Friedrichs y Hyppias, pero también de Barnettas, Subotics, Almeidas, Olics y Sahins; de mal defender y ligero ataque, de Mannschaft ya no tan futurista.

Y, ¡ah!, Berlín te pondrá en contacto con alemanas que hablan castellano a cambio de una ensalada, valencianas que hablan un perfecto alemán y bellezas berlinesas que harán leve la espera con frases hechas sin sentido y una tez morena sin par.

Berlín te dará incluso la oportunidad de redimirte, y te aceptará en su ayer aberrante laberinto, que hoy acoge la fiesta del Volk con una sonrisa triste, pero sonrisa al fin y al cabo.

Sucedió en otro orden, pero así.



Cuando la ciudad dormite, tendrás que huir. Estarás obligado, porque hay otras ciudades más dueñas de ti. Huirás sin desearlo. Todo sucederá rápido y te pillará disperso, te moverás con la pulsión de Joe Cocker, volverás a las tierras volantes del tren y del avión, y viajarás con otra gente tan confundida como tú: escritores secretos de poemas que forman puzzles, venus de perfil, divas escondidas y viajantes varios, Gente Común que conforma un espejo burlón de ti hace unos días. Y aterrizarás, y notarás un suelo con otro carácter, con otras formas. Y reconstruirás Berlín con aprecio.


Así fue como llegamos de nuevo a Barcelona. Uno herido como por un quebrado efecto de la fenixología que permite a los dos gemelos ser momentáneamente inmortales. No detecto el momento en que lo fuimos, pero estoy seguro de ello.

Llegamos del mismo modo que nos habíamos marchado. Todo fue muy à la diable, nos llevó la inercia.


Tau de Rec, arrediós.

8 sept. 2010

Mi dietario irregular (XXXVII): Maze


La culpa la tuvo Félix de Azúa. Yo vivía más o menos ajeno a la imbecilidad o, aunque estaba ahí, yo creía que nos respetábamos de mutuo acuerdo. Como todo yo creía, arrastraba un pero no. Tras un mes ejerciendo la sana costumbre de estudiar, ja, tres días antes del examen acudí por primera vez a una biblioteca. Allí, como es lógico, no estudié: busqué la sección más alejada de la materia que estudiaba y me hice con seis libros.

[Me revienta que nadie piense que es ilógico estudiar en una biblioteca. Con los miles de charlatanes que esperan, ordenados alfabéticamente, para contarnos las más diversas historias, ideas y manuales de instrucciones, ¿cómo vamos a perder el tiempo estudiando? Rectifico, aunque detengo mi marcha atrás argumental en el punto -no citado- en el que uno cree que esas presencias son el mayor de los retos conocidos para un profesor, o mejor dicho, para una materia de estudio. Muy interesante tiene que ser para no correr el riesgo de caer ante tamaña variedad de alternativas. Hasta los últimos días, siempre llegué a la misma conclusión: somos extrañamente demasiado responsables.]

Los autores eran García Márquez, Montalbán, Borges, Vila-Matas y Félix de Azúa, ordenados así por seguir el criterio de cuál dedicaba un mayor porcentaje de letras al trato del existencialismo y demás pajas mentales, aunque personalmente dejaría a los últimos tres en empate técnico, siempre llegando a ese resultado a través de modos absolutamente distintos de jugar el juego narrativo. Las obras eran Noticia de un secuestro, del primero; no recuerdo bien cuál del segundo, el libro en cuestión no me entró bien, a bote pronto; del tercero, Ficciones; Suicidios Ejemplares del cuarto y de Azúa, Historia de un idiota contada por él mismo y Ovejas Negras. Este último señor me demostró que somos ineptamente responsables, lo que nos convierte en irresponsables de mala calaña.

Por esos días andaba yo ya cansado de estudiar, como ya he dicho, y también de trabajar en los informativos de una radio. Y también de escribir a ordenador, cosa que ocurría con las dos actividades previas, con otro empleo más y con mi afición más mundana, que me había llevado a escribir sobre laberintos. Como el más imberbe amateur que soy, adopté la obsesión del ya presente en este texto Borges y de otros tantos genios de la literatura para contar una historia determinada. Le inculqué esta obsesión a uno de mis fragmentados y paliduchos personajes, y casi paralelamente, me obstiné con la idea del laberinto yo mismo. Así que esa tarde, ya habiendo ojeado todos los libros por la mañana, paseé por Barcelona con cinco de ellos a cuestas -el de Montalbán no lo reservé, aunque sea un absoluto admirador de éste como escritor, periodista, ensayista, gourmet, hincha y fanático de innumerables cosas, y tenga en buena consideración obras como Autobiografía de Franco, las dos novelas del señor Carvalho que han caído en mis manos y otros productos de ese genio barcelonés como el compendio Escritos Subnormales, que tengo ocasión de leer cada día, antes de entrar a trabajar, en una librería en la que me miran con rencor e incredulidad-. Pretendí perderme por Barcelona, y a ratos lo logré. Caminé por espacio de dos horas, y otra media hora, o un poco más, la pasé tomando primero un café con leche en una cafetería de la marca Valor -tienen bombones, también cafeterías- y una cerveza en otra parte. En ese lapso vagué por el centro de Barcelona, por las Ramblas, por el Paralelo, por el Raval, por el Barrio Gótico y por el Borne, y quizás todo ello fue un tributo compensatorio a Montalbán por mi aparente -y falso- menosprecio hacia él horas antes.

En una de mis paradas, con el café con leche, leí a Azúa: Historia de un idiota... . Y bueno, quedé bastante de acuerdo con él, aunque con un ligero, o latente debería decir, fastidio por considerarme una de esas personas que viven felices porque sí. Pero no me lo tomé a pecho, y creo que en ese momento lo interpreté correctamente. Paseé más y se volcó en mi mente la idea de que yo valía para aquello, para pasear. Y más todavía para perderme o pensar que me perdía. Me llegué a sentir pleno un instante.

Pero luego empecé a leer, ya con la cerveza, los Suicidios ejemplares de Vila-Matas, y la carga comenzó a ser combativa. El tío me hablaba de la plenitud en su primer texto, el de Muerte por saudade, o algo así. Reflexionaba también sobre la nostalgia que es un disfraz de la tristeza, cosa que supuso un primer golpe de derechas. Pero sólo marcaba el golpe, luego me soltó el gancho de izquierda con la plenitud, la incomprendida e inalcanzable plenitud, la vía única de alcanzarla con el suicidio y la incómoda paradoja de, por su naturaleza, no poder contarla. Pero me repuse; además, con bastante firmeza. Incluso le di mi vueltita a su tortilla, y pensé que esa plenitud -la suicida- que describía Vila-Matas a través de su alaberintado-mental protagonista era precisamente una liberación de sí misma y por lo tanto del Todo. De la necesidad de contar, de la combustible y tacaña vida, que nos mantiene incompletos. Pero todo ello se me olvidó al día siguiente.

Porque en las jornadas que siguieron me topé con los verdaderos intrincados corredores, con los ciudad de Troya, con los inabarcables rizomas. Fue en mi casa y fuera, en el trabajo y la facultad, inmerso en la rutina. Mi casa cuenta con una calle: el pasillo. El resto son callejones sin salida, salvo un balcón que me huele a Vila-Matas y a Lisboa desde hace unos días, por razones obvias. En la facultad, hay un pasillo casi idéntico en dos niveles distintos, y ramificaciones varias que llevan a ninguna parte, salvo tres de ellos, que dan a sus respectivas puertas de salida, si no me equivoco. En el trabajo es difícil no sentirse un diminuto bicho blanco recorriendo por dentro una caja de cartón llena de cerillas.

En mi vida, el laberinto es sencillo y de un sólo recorrido posible. Sucede cuando abro los ojos y termina cuando los cierro, diariamente. Es un camino recto, sin giros ni torceduras, ni, por supuesto, esquinas salientes. Entro por una puerta, llego en un instante al fondo del pasadizo, que delimita una pared marrón, me giro y vuelvo hasta la puerta, que me lleva por un rato a lugares oníricos y un poco menos inusitados. Yo cada día me pienso que esa simple ruta es un embole y que me pierdo durante el camino, pero testigos como Borges me han confesado que, visto desde arriba, se distingue claramente que sólo hay un trayecto posible. De lo que no han soltado prenda es sobre quién es ni sobre dónde está el Minotauro.

La cuestión es que, en el tren, de camino a la faena, leí a Azúa: Ovejas Negras: Creer o no creer. Es un artículo sobre Dios, las religiones, los nacionalismos y no sé si algo más. Relaciona estos ideales, muy ajenos a mí, con la desesperación del ser humano por demostrar, por demostrarse que es, y que importa, cuando en realidad solo es pero no importa: dura lo que dura y sólo ocupa espacio tan deleblemente como lo ocupa una mancha de agua. Y me da, por lo tanto, la hostia final. Un mazazo tras bajar la guardia: a mí, tan poco amigo de Dioses y Yahvéhs y de las identidades de las masas. A mí, que resulta que sí que tengo miedo a morir sin haber hecho qué.

Así que la culpa fue de Azúa, y colaboraron Borges y Vila-Matas. Lo pasé mal, me desanimé, miré a todos los seres vivos de mi entorno con cara de tabla de planchar, pensé de ellos que eran unos incomprensivos y de mí que era el único y condenado comprensivo. Y nada, lloré un rato, y me fui a dormir, porque estudiar y trabajar agota, y acompañarlo de cafés y futuro y reflexiones sobre qué, todavía más. Y ya lo ven, un día después, son las 4 y cuarto de la madrugada, y quizás esté perdido, y seguramente aún no esté muerto. Ni salí ni pienso salir a mi balcón a cambiar el agua que suelta mi ruidoso Fujitsu.

Y ahora, si no me puede el sueño, leeré a García Márquez, que tendrá lo suyo, pero no me hace sufrir tanto.


Tau de Rec, ¿seré yo Asterión? <-- Sorry, Azúa.

6 ago. 2010

Mi dietario irregular (XXXVI): Nocturno en colectivo


Ninguno de cuantos dispares personajes subían al colectivo fue capaz de imaginarlo. Eran once, y el conductor, doce. A mitad de trayecto, cuando todos los relojes de fuera de aquel vehículo marcaban las tres y cuarenta y dos de la madrugada, cinco minutos arriba, cinco minutos abajo, el tipo del gran abrigo marrón se levantó y comenzó su discurso.


"Recuerdo la música del pecado, me estremeció tanto sentirme vivo. La melodía la ponía una computadora de su piecita, y yo me acomodaba encima de unas sábanas que sólo servían aquella hora para descubrir, para apartarse y dejar paso a la inevitable fusión. En mi desnudez, lo raquítico sobresalía, pero mi piel dejaba efluvios de imperiosa necesidad, de desesperación, de aberrante y urgida desesperanza. Vida, al fin y al cabo. Era el pequeño aullido del Nocturno de Chopin, que de repente me pareció más vertiginoso que cualquier otra historia, y me arrastró. En un minuto, ya estábamos serpenteando, como animales, y yo veía otras paredes, otro lugar, otra realidad, otra persona. Quizás veía ella en mí a un perro despavorido, lo único que sé seguro es que yo portaba ese muro, ese antifaz -ese contra mi cara-, ese O make me a mask en mis entrañas. El ritmo, tan pausado e inalterable, me ataba a alguna parte, y se reía de mí, burlón, el tipo sombrío con el que alguna vez pacté una mejora de contrato. En un momento, las redondas eran corcheas y las negras ya semifusas, y todo se había acelerado tanto, que el Nocturno era para mí la Sonata número 2. Dientes mordiendo, ahogados gemidos y viajes milimétricos del cuerpo estaban en el primer plano de mi limitado panóptico, pero el resto era un infernal y definitivo cuadro de Dalí.



"Eso es, justo eso, un panóptico. Lo que aquello era, una pequeña pieza rentada con dos ventanales a la izquierda, seis metros de largo y tres de ancho, con su cemento en el techo y en el suelo y en sus bordes inalterables; se convertía en un panóptico cristalino, o en un atrio romano plagado de estrellas oscilantes en el cielo negro, con columnas a dos palmos que nunca alcanzaría, con una fuente y unos azulejos que la rodeaban, con su pequeño cabal de agua intacto y sus bordes inusitados, nunca abrazados por nadie más que el moho. Era un atrio, pero las puertas que lo rodeaban escapaban a la luz, y yo creí tenerlas todas cerradas, ocultas por la sombra. Ese paisaje yo veía, en lo que realmente sólo era una habitación enana. Una caja de zapatos, de gusanos de seda.
Traté, lo juro, de tomar el control, pero todo corría siempre más que yo. Agarrado en lo alto de la peonza, no hacía pie en aquel planeta entero que giraba a más velocidad que este bondi. Sé que paramos tras venirse ella y venirme yo, con una disposición de siamés cóncavo, la parte oriental mirando hacia el oeste, la occidental hacia el este. Sé que ella habló como quien vive algo, y tengo la impresión de haber respondido como quien ya falleció, vencido por la maza, balbuceando como un gangoso. Luego, recuerdo que la callé con un ademán de besar, y que callamos durante un largo trance, de unos minutos, que a mi me parecieron la eternidad, sólo besando con algo más que prisa, hambre de saciado, inercia de péndulo. Me pareció mezclar la hondura del Nocturno de Chopin con los frenéticos acordeones de La Noyée. Ella me habló un segundo de Tiersen antes de nuestra vuelta, que ardió como ardía el camino a seguir por Dante. Y yo descendí como descendió él, y me la pasé pensando en números, en jarrones azules, en cualquier cosa que me hiciera escapar de allí mientras el dulce horror durara.
Lo trepidante fue cada vez más forzado, en el sentido de que ya no rodaba todo escapando a mi control, sino que ahora el mundo se había detenido o estaba en una fase destacadísima del freno, y era yo y cada uno de mis músculos los que imponían la terrible cadencia. Sin querer, o quizás como el juego que realmente era, ella me había entregado el testigo, me quiso recibir sumisa y acepté porque no podía girar la cabeza y porque mis ojos se habían vuelto. Ciento ochenta introspectivos grados que me hacían verme el cerebro a pocos centímetros, y me permitían vislumbrar casi cada vena, cada gota de sangre que viajaba tan irremediable por mi cuerpo como yo por el suyo. Sentí lástima por el Homero de El inmortal de Borges y quizás la estaba sintiendo por mi, que me quedaba en aquellas empapadas sábanas por los tiempos de los tiempos. Y me vi a una distancia de quilómetros, aislado de todo y enganchado a las piernas de aquella mujer que era un símbolo de lo que hay de verdad y de mentira, de trampa y de abrazo, de épica y de patético en cualquiera de nuestros minutos.


"Ustedes que me escuchan, créanme si les digo que sentí el placer en cada uno de los segundos que esta noche narro, y que la mezcla del gusto con todo lo que veía y sentía y olía, con todo ese gigantesco castigo que yo quise siempre recibir, resultó una operación exponencial, que me transportaba a lugares donde todo es baldío. Mi experimento se fraguaba, conmigo palpando sus riñones y los costados de su abdomen, apretando con ansia ahí y plantándome en el precipicio de aquel fútil sino que dibujaba su espalda iluminada de sudor. Ella volvía la cabeza y se mordía el labio inferior, que era de membrillo, con dos incisivos y un canino. Y dibujaba una mueca de placer en el mismo costado por el que mordía, y miraba con algo cómplice, como jurándome un secreto, pero sin pedirme calma. Pero yo me fijaba poco en esos detalles porque, a pesar de tener lo más oscuro de mis ojos encarrilado hacia su rostro que se volvía, yo trataba de mirar con la mente a alguno de los puntos más borrosos, más periféricos, de mi rígido campo de visión.
Al final, ella casi adivinó lo fuera de mi que me encontraba, y quizás por eso dejó de ser tomada y se dispuso a tomarme, a florecerme desde arriba, con la presión de unos muslos que eran dos edenes, con el poder del mirar desde arriba con ojos de mujer, con la seguridad de controlar mi mirada en todo momento y de evitar mi absortez, y con el reto de luchar contra aquel cielo que me mostraba su atrio, aquella infinita familia de constelaciones que ahora se acercaban como se acerca el día del Juicio Final. Ella hacía juegos malabares para someter mi desvalido apéndice, el físico y el mental, y sólo a momentos, a los de más lucidez o menos temor o más olvido, yo me centraba instantáneamente en ella, y la veía como a Nefernefernefer por dos o tres segundos.
Al final, supe con certeza solamente algo de lo mucho que me había revelado aquella hora de Nocturnos de Chopin y de Non, Je ne regrette rien, y de Petootie Pie y de Wild is the wind y de Karma Police y sí, creo estar seguro que también de Yann Tiersen: cuando ella no tiraba más que de orgullo para hacer que yo recortara diferencias en las veces que nos habríamos venido uno y otro, adiviné la inminente fisión, en mitad de un inmenso sentimiento de culpa y de rabia y de entrega. Nos estábamos separando ya cuando me vine por segunda vez, y ella quiso que el cuerpo siamés no muriera y me abrazó, inclinándose, y me besó en los labios en semifallo, tocando mi mentón con parte de su boca. Yo me levanté y ahí fue cuando comprendí con certeza que la..."


Los otros once ocupantes del autobús ya escuchaban con atención, presos de la intriga, tras haber pasado por las etapas del incomodo, la resignación y el segundo incomodo, provocado por lo áspero que llevaban aquellas palabras consigo. Entonces, un despiste del conductor hizo que la rueda delantera topara con un mínimo bordillo que había en el lateral de ese túnel. El volantazo siguiente se encontró con el muro derecho de aquella asfaltada cueva. Las luces anaranjadas de los faros asistieron al siniestro, que resultó fatal: a ciento veinte quilómetros por hora, nadie tuvo tiempo de ejercer un último pensamiento.
Menos uno, precisamente el único que buscaba todo lo contrario a ser salvado desde aquel apoteósico atardecer en el que la minutera se volvió loca y el mundo le pareció una peonza.
La entrega no era hacia la amante, ni hacia la amada, ni siquiera hacia la vida o si mismo; era la asunción del corto trayecto, de la existencia del fin de la cuerda que hace girar a la peonza, y el nada volátil deseo de encontrarse con ese postrero aliento. Tal paradoja fue la única lección que aprendió en aquella caja de gusanos de seda, envuelto del Nocturno de Chopin.

En el suelo, lleno de golpes y magulladuras, el hombre del abrigo marrón lloraba sin pena ni esfuerzo.


Tau de Rec, en contra de la tramposa idea de la redención.


2 ago. 2010

Mi dietario irregular (XXXV): Un corro de periodistas


Campaña electoral. Un corro de periodistas se formaba alrededor de ese político. Antes, todos habían entrado por la misma puerta a esa cafetería de Barcelona, y habían subido a ese segundo piso que aquella tarde era una jungla de cables, focos y sintetizadores. Haría como una hora del inicio del cotidiano desastre. Sucedió, más o menos, así.

Con la cadencia de un columpio nervioso, se abrían las puertas de esa "mítica cafetería", un reformado espacio que da lugar a un centenario mentidero barcelonés alejado del lerrouxiano Paralelo, del barrio chino del caso Savolta o del barrio gótico del triste y calvo Oliverio, o del Raval de cualquier trotamundos de necesidad. Mítica según su novísima web, que todavía anuncia, como tierra el vigía del holandés errante, la reapertura de uno de los foros más emblemáticos de la ciudad condal "en estos tiempos en los que tanto sufre el sector de la hostelería". Las puertas se abrían y entraban, uno a uno, los atareados periodistas, con esa cara de sospechar que nace cierta y en ya es postiza, como de un impostado actor que ejerce de ciego del Lazarillo. La cadencia, claro, era rápida y forzada. A trompicones, a una velocidad que gripaba: la mente y las piernas eran uno: los periodistas corrían, abejas en el panal, a un ritmo que hacía honores al nombre de ese bar y no dejaba espacio para la corta e intensa reflexión.

En el piso de arriba, los periodistas mostraban su, a priori, distinta calaña. Los ensimismados. Los habladores. Los que son felices haciéndolo. Los que tienen tantas ganas de hacerlo como de lamerse el codo. Los que están más arriba, más aún, los que parecen haber salido de la caverna y haber visto que la luz no existía, que las paredes también reflejaban lúgubres sombras. Todos ellos se posicionan, armamento en mano. Se disponen a ver la carrera de hoy, el rally, lo más cerca posible del circuito: su oficio es captar un primer plano de la salida de pista del protagonista, escuchar cuál es su primer grito de dolor, y si no, conformarse con ver cómo toma la curva con destreza.

Llega el político, y la estampa esponjosa que se pintaba en el segundo piso de la cafetería ahora es una minúscula gota de líquido en una plaqueta de microscopio, que se aglutina alrededor de una mota de polvo que vive de eso, de formar corros y gotas de agua. En efecto, estaba todo planeado por el político: la disposición de unos originales cuadros, la jungla de cables, la asistencia de las abejas de su panal, la hora a la que debía ocurrir todo, cuánto duraría y cómo sería. Incluso tenía planeado su equipo de secuaces, que, además de jugar un falso ajedrez con sus pinganillos y sus aparentes controles de movimientos ajenos, debía planear todo lo que hemos dicho que planeó el político.

Tal y como lo pensó, ocurrió. Primero, un paseo para comprobar el nivel de docilidad, de hábito de doma, de esa jauría, para saber si los pesquisas, los sabuesos, seguían tornándose ovejas con un chasquear de dedos. En efecto, el corto paseo fue seguido por algunos de los insectos y sus aguijones de punta redondeada, unas cámaras que, aunque bobas, saben tan bien los planos que van a registrar como ese asiduo visitante, un anciano que mira asombrado desde el primer piso la curiosa forma de actuar de todos los seres extraños de arriba, sabe lo que va a tomar. Acto seguido, volvió a poner a prueba el conocimiento del código establecido de los presentes, y éstos lo volvieron a pasar: durante el discurso, vacío como puño a medio cerrar, todos los periodistas se mantuvieron en sus puestos, imaginando esperanzados un inminente abordaje retórico de su interlocutor que no llegará jamás y, en el plano mecánico -en la cruda realidad, si lo desean-, anotando las palabras que excedieran del monosílabo en sus desaprovechadas hojas. Luego aparecieron de la nada unos camareros, tan previstos como sonrientes. Portaban copas y comida ligera. El político tuvo su ración bien asegurada, y pasó a la tercera fase.

El corro de periodistas. Se acercaron todos, apretándose, tocándose, chocándose con el hombro duro del defensor que va a placar al ariete rival y viceversa. Su sueldo estaba en medio de ese inaccesible laberinto, y cualquier treta valía. El político hablaba flojo, a los veteranos de guerra, a aquellas abejas que más tiempo habían logrado tener tranquila su conciencia. Libretas, grabadoras y cámaras eran las lanzas que debía mantener a distancia; las preguntas, las flechas que debía esquivar. Pero el político, su equipo mediante, lo tenía todo controlado. Las reglas del juego eran suyas porque él había bajado la pelota de su casa, y si él no quería, allí no se jugaba más. Con lo cual, solía jugar a que no valieran las lanzas: off the record y a esquivar flechas de goma, que pocos se atreverían a lanzar. Pero sobre todo sabía que casi ninguno se regodearía de haber herido al dueño del balón en el caso que un llameante proyectil lo alcanzara.

Pasaban los minutos, y el escenario era cada vez más dantesco. El político creía que era Houdini, zafándose de dar opiniones personales de cualquier tema excepto de la lluvia. A cada minuto, los periodistas estaban más enfrascados en su rol de Sherlock Holmes, y los jefes de prensa del político suponían desprender un aura de protector del joven O'Connor.

Llamaba la atención del único guardaespaldas manifiesto del político, que se mantenía cerca y no tomaba un refresco o un piscolabis sólo por compromiso, a sabiendas que su función era estar ahí y nada más, que nadie le iba a hacer daño al agrandado funambulista en aquel circo de miniatura. Llamaba la atención la actitud de algún periodista que otro de los que estaban anquilosados en ese tumulto que imitaba el pilar humano de una torre de castellers. Sólo fueron un par, pero fueron. De repente, bajaban la mirada y se separaban de aquella bacanal mohína. Se iban, cogían una cerveza y un par de olivas y guardaban sus cosas. Y se largaban, cabizbajos. Llamaba la atención el posar de un par de artistas invitados, de los que habían pintado los originales cuadros de campaña de los políticos. Era similar a la figura decrépita de los periodistas pensativos, a la de aquellos que se habían largado, sólo que ellos no se iban y no miraban al suelo, sino a sus correspondientes obras. Tan dubitativos, eso sí, como los otros.

En un hipotético futuro, uno de los que aquella tarde ejercían ese oficio al que llaman periodismo, confesará que, encaramado en el corro, todavía de puntillas, le sobrevino la agradable y falsa quimera de que los allí presentes estaban pensando en sus cosas: un artista en su reciente revisión de Blade Runner, Jackie Brown o la obra de Warhol; un miembro del equipo del político en su última escapada a Sant Ramón, Basilea o Ljubjana; un periodista en la latente lectura de un libro de parodiados detectives, de afectados héroes o de sobrellevada pobreza; el guardaespaldas en una sofisticada receta que cocinaría a la brasa, al baño maría o a la cazuela; etcétera.

Pero no fue así. Lo que ocurrió allí es que todo el mundo fue a hacer su trabajo de la misma manera que quien controla la palanca de una máquina de redondeles de plástico y tira de ella cada ochenta segundos. E incluso peor: ocurrió que todos los profesionales allí presentes fueron a hacer su trabajo rutinario, y que algunos lo hacían pensando que llevaban a cabo un acto de justicia y nobleza, casi heroico.

Pero los artistas no eran héroes ni sus obras, de arte: habían vendido sus originales ideas a una tramposa y charlatana máquina de influir en el voto de manera tan ruin y subliminal como el viento influye en la mente.

Pero los periodistas no eran detectives de lo oculto: estaban más cerca de Hércules Poirot que de Holmes, y más de Colombo que de Poirot, y así hasta llegar al sabueso más cómico, al que los ficticios criminales hacen seguir pistas falsas y roer huesos de plástico. Los periodistas no eran soldados de la palabra veraz y honesta, ni eran los cronistas de las 24 horas de LeMans: ni siquiera eran juglares, sólo eran más trabajadores de un enorme mecanismo en cadena parejo al de Chaplin -apretar tuerca, aflojar tuerca-, o al de las hormigas, o al de las abejas. Sólo producían una miel amarga que nadie toma, aunque haya excedente.

Por supuesto, los miembros de la jefatura de prensa del político, así como todo su equipo de secuaces, no eran héroes en la sombra, no eran sacrificados escuderos, para nada eran Sancho Panza. Eran, tan entregados a su líder, los más vendidos, los más carcomidos de todos, los más falaces, los más débiles en la lista de víctimas.

El político. Es evidente que tampoco era el convencido Esquilache. Y tampoco el gran Houdini, no era siquiera un mediocre malabarista. No era más que un trilero engañado por si mismo. Y todo aquello que tenía controlado no era real: él era el títere, no el titiritero, un triste fantoche que reproducía letras prefijadas y huequísimas, y sonreía con otros músculos, rígidos, casi de muñeco de cera, que hacían de su vida un sinvivir de pantomima. Su cerveza le sabía a polvo.

Todos, al fin y al cabo, eran como el guardaespaldas, sólo que él ya lo sabía y se resignaba, quien sabe si escapando en algún mundo imaginario, en alguna receta de cocina. Eran una pieza más de aquella gran fábrica sin héroes que cada día alimentamos sin saber, sin pensar en cómo remediarlo.

Tenían que hacer algo, es tan simple como eso.



Tau de Rec, ¿periodista?

21 jul. 2010

Mi dietario irregular (XXXIV): La batalla de Sigur Rós


Sucedió todo con la heroicidad que necesita el primer recado de la vida: el reto de comprar el periódico al padre, las cuentas para pagar bien el pan. El sentimiento de algo distinto vivía en todos nosotros aquella tarde de hojas secas. Un par de días atrás, los otros nos habían llamado cobardes, y esa tarde -ésa, no tan lejana- íbamos a demostrar que no lo éramos.

La luz en la mirada de Arne era contagiosa. Él era nuestro líder, el más decidido e inconsciente. Iba abrigado como todos, y había conseguido un único petardo que debíamos usar con precisión. Había que tirarlo al jardín de uno de nuestros enemigos, para asustarlo y que no viniera a la batalla. Peadar, el más alto de los cinco, había robado la caja de cerillas de su casa. Estaba nervioso porque sabía que si tardaba unas horas en devolverla, alguien se daría cuenta. Pero al fin y al cabo, podía resultar evidente que algo había pasado si la guerra nos dejaba secuelas físicas.

En el grupo también había dos chicas, quizás más valientes si las comparamos con nosotros. Una de ellas pintó las señales que confirmaban nuestra presencia en la contienda que comenzaría en unos minutos. Eran cinco pájaros negros, cinco palomas, creí apreciar yo, que Dóra había dibujado en la pared del jardín de Bjorn, el jefe del bando de los malos. Había comprado pintura negra y un gran cartón con cinco coronas que le dio su abuela "por haberse portado bien". Dóra era muy inteligente, y ya había preparado los moldes del dibujo en el cartón. Nos dijo que consiguió las tijeras para cortar el cartón con la excusa de hacer un trabajo para la escuela. Me parece que Dóra le gusta a Arne, y no me extraña nada: es una niña especial, me podría pasar toda la tarde a su lado en el parque.

La quinta del grupo es Aaldis. Esa tarde sería útil, era la más movida. A mí a veces me ponía nervioso, porque no paraba de correr, de hablar, de escribir en sus papelitos y de enseñártelos, arrugados, llenos de garabatos que a la postre resultaban los planes maestros de nuestros operativos. Ella fue quién planeó lo del petardo, que, por cierto, funcionó a la perfección. ¡El susto que le dimos a André! También de su cabeza salió la idea de llamar a los timbres, pero no nos atrevíamos a llevar a cabo esa parte de la misión, así que lo hizo ella.

Pasamos mucha tensión en esos minutos previos a la batalla. Primero, mientras esperábamos a que Aaldis tocara el timbre de casa de Hinge. Yo sólo podía pensar en lo peor: que sacara la cabeza por la ventana de abajo y nos viera, que Aaldis se tropezara al bajar las escaleras... Pero bueno, ese algo positivo en el estómago también lo tenía y, aunque nerviosa, en mi cara estaba dibujada la quinta sonrisa del grupo.

Lo de luego fue incluso más peligroso. Entramos a Kjotborg, el colmado de un amigo de casi todos nuestros padres, y le robamos unas frutas mientras Dóra y Aaldis lo entretenían con canciones que les habían enseñado sus abuelas. En realidad, el que cogió las frutas fue Peadar, el más frío para esas cosas. Luego fuimos a un recinto abandonado para concentrarnos antes de la pelea. Nos sentamos en el césped, y Peadar fue el primero en comerse la pieza que le pertenecía mientras yo preparaba las dos espadas que había construido y Aaldis corría en círculos, inútilmente, para escaparse de los nervios. Yo creo que las pocas veces que los dejaba atrás, se los encontraba de bruces al completar al círculo. También me pareció ver a Arne y a Dóra dándose un beso, que podría haber sido el primero. Claro que sentí cierta envidia, pero aquel no era tiempo de discusiones ni de luchar por una mujer. Éramos un equipo, íbamos en una dirección, teníamos un rival.

Lo mío, además del armamento, es la estrategia. Estoy tan orgulloso de lo que se me ocurrió aquel día. Había planeado las indumentarias de todos, que debían impresionar al resto: parecíamos cebollas, ataviados con varias capas de ropa. Pero eso también nos hacía aparentar seguros, grandes y más fuertes de lo que éramos. Yo añadí el factor de la agresividad, con un parche que llevaba desde un par de días antes para acostumbrarme a ver con un solo ojo. Creo que perdía bastante movilidad con él, pero los enemigos se lo pensarían dos veces antes de atacarme. Además de eso, yo portaba una de las espadas que fabriqué, y también me hice un casco con un trozo de cinta de goma y un escurridor de metal. A Peadar le di un viejo arco que tenía por casa, y la otra de las espadas que forjé la blandió Arne, que también llevaba una tapa de cubo de basura de aluminio para protegerse. Aaldis se bastaba con la velocidad de sus pies, y con Dóra pensamos que un cubo lleno de agua podría anular las defensas de los enemigos y abrirnos paso a la victoria.

Mi gran aportación a los preparativos, sin embargo, se llevaba a cabo en el minuto anterior a la pelea. Fueron unos segundos mágicos: el camino hacia el escenario de la batalla estaba muy encharcado porque había llovido los cinco días anteriores, así que decidimos utilizar el agua como medida disuasoria. Una vez me contaron la historia de un tamborilero que usaba el eco de las montañas para asustar a los invasores, eso me inspiró. Todos llevábamos botas para saltar sobre cada uno de los charcos: el ruido, si lo acompasábamos bien, sería contundente y a los enemigos les parecería que éramos veinte en lugar de cinco. Nos ayudamos con un grito de guerra. Gritábamos a la vez y en cadencia progresiva una palabra inventada que dividíamos en sílabas.

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!


El resultado fue atronador. Si no habían pensado que éramos un par de docenas, al menos nuestros enemigos habrían imaginado unos rivales aguerridos y convencidos de su victoria.

Terminó el camino de los charcos y llegamos al cementerio. Siempre me pareció un lugar bonito, con esos árboles otoñales durante todo el año, con esos miles de hojas en el suelo y con ese olor a barro. Allí descansaba mi abuelo, que siempre me contaba aventuras de la travesía en barco que hizo de joven. Nunca sería él, que había surcado los siete mares sin ninguno de los miedos que conoce el hombre. Pero ese día me vería de cerca, observaría con orgullo como afrontaba con valentía la primera gran batalla de mi vida.

Abrieron la veda ellos, desde lejos. El pedazo de hielo atravesó el espacio que había entre las trincheras del grupo de Bjorn y nuestra posición, en pleno campo de batalla. Enseguida imitamos a Arne, que ordenó fuego a discreción tras soltar la primera bola de barro y raíces de árbol. Las ganas que teníamos todos de dar en el blanco decían mucho de nosotros, pero también de ellos. Aquella batalla era una de esas a las que se va no sólo a defender el honor, o dignidad, o amor propio. Era una guerra que se iba a zanjar, que debía ganarse costara lo que costara.

Los enemigos eran cinco. Lo supimos cuando dejaron las trincheras y pasamos al combate cuerpo a cuerpo. También tenían dos o incluso tres espadas, pero sólo temíamos a Bjorn, más grande que ninguno y que había tenido una ocurrencia similar a la mía: si yo iba de temible pirata, él era algo así como el capitán del Pequod, aquel Ahab con el que yo siempre había soñado ser, pese a mi simpatía por aquella ballena tan grande como el mismo mar, que nadie podría controlar nunca.

El éxtasis en la batalla era algo más desconocido para nosotros que para ellos, que se movían como pez en el agua en las escaramuzas. Aunque algo era seguro: nunca se habían enfrentado con un ejército en igualdad de condiciones, con los mismos efectivos y las mismas armas. Y sobre todo, con idénticas ganas de vencer e iguales y exiguos miedos. Pero sí, admitámoslo: nosotros cinco -quizás el frío Peadar algo menos- respirábamos profundo pero rápido, con las narices abiertas, con los pómulos alzados, con los ojos apretados, con los labios forcejeando entre ellos. Por no pensar en perder, no pensábamos.

Y tras muchos espadazos, agarrones y trozos de tierra en los brazos y en la boca, ocurrió. Bjorn se deshizo por un momento de los agarrones de Arne, y a poco que tuvo las manos libres, dirigió toda su fuerza hacia la derecha. Como un fuerte soplo de viento, le dio a Arne en la nariz, y el golpe desequilibró a nuestro líder, que cayó en el barro que seguía a una de las lápidas más antiguas. Al girarse y volver la mirada hacia Bjorn, todo se paralizó. Mi espada, la de mi gordo rival, los gritos del altísimo jefe enemigo, nuestro entrecortado himno -que nos hacía más fuertes si duraba mientras peleábamos-, la mirada ya no tan helada de Peadar. Todo se fue, incluido el deseo de vencer. Nuestro Arne estaba en el suelo, pero los dos bandos estábamos asustados: todo se había ido y sólo el miedo a la culpa, sólo la razón y la realidad habían hecho el camino inverso, apareciendo en el campo de batalla. Arne sangraba por la nariz. Se había hecho daño.

El ominoso Bjorn también se asustó, quizás fue el que más. Y empezó a correr hacia su casa, junto a su ejército. Nos miramos los cinco. O mejor dicho, los cuatro miramos a Arne, y pronto volvimos a gozar de su sonrisa. Llegaba la euforia, el premio, la redención. Arne se levantó y empezamos a gritar nuestra victoria, y a saltar. ¡Hop!, ¡Pi!, ¡Pol!, ¡La!

Habíamos ganado no por KO, sino por ausencia de miedo. Ahora ya éramos valientes, y él lo había visto. Volvimos saltando los charcos, con una alegría inigualable. Ahora mi abuelo se sentiría tan orgulloso de mí como yo siempre lo estuve de él.

Tau de Rec, salta charcos.


Sigur Rós - Hoppípolla from Sigur Rós on Vimeo.

14 jul. 2010

Mi dietario irregular (XXXIII): Vacaciones en Shangri-La


Escribo desde una habitación de hotel bastante sencilla: paredes azules, un ventanal grande más por alto que por ancho, un armario de carísima madera de boj y un colchón áspero y demasiado blando. Incluye un par mantas y una toalla, todo naranja. Este mes estoy de vacaciones bien lejos. Relajo mi mente en Shangri-La, no había dinero para más.

Shangri-La es tal y como la describía James Hilton en su Horizontes perdidos. Con ese aire crepuscular a todas horas, hace más rosadas las caras y más confortable la visión de las sonrisas ajenas. Las calles, de adoquín y mala hierba, están tan cerca de las nubes que el recepcionista jura haber visto a un gigante barbudo haberlas tocado de un salto. "Brincó a la pata coja", me comenta una vez tras otra, entusiasmado. Los edificios son de pueblo, con ventanas con rejas anchas y porticones de madera roída. Las campanas suenan bien y el clima, aunque siempre bien soleado, es más bien fresco, e incluye un rocío mañanero más que agradable. Por la calle, los tibetanos me han comentado que a poco más de medio día de camino se halla el infierno, pero que si quiero ir me tengo que abrigar. No lo recomiendan, en cualquier caso: este pequeño pueblo reconforta, es ciertamente un paraíso en las alturas del Himalaya.

En el hotel esperaba encontrarme con Joaquín Sabina y su enemigo íntimo Fito Páez, pero nada de nada. Sólo encontré un anciano parecido al primero en la barra de la cafetería del hotel, y también un graffiti en la calle de atrás de la frutería con la frase a medias Si volvieran los dragones. A cambio -me gusta suponer-, he topado con varios músicos, a veces arremolinados en el pub de Shangri-La para escucharse los unos a los otros por turnos, a veces repartidos en las esquinas de la parte más añeja del pueblo, haciendo versiones los unos de los otros.

Al principio no me di cuenta, porque vi a Andrés Calamaro interpretando Helter Skelter, cosa que me pareció normal. Tampoco fue extraño encontrarme a los Beatles al lado del cine en plena versión de Maggie's Farm, pero sí me alertó, y mucho, escuchar la voz de Mick Jagger de fondo... ¡cantando el Strange Fruit de Billie Holiday! A partir de entonces he asistido a breves recitales de esquina de todo tipo: Bunbury y el Mack the Knife de Armstrong, Armstrong y el Born to Run de Springsteen, en incluso al Boss cantando el Aquellas pequeñas cosas de Serrat a golpe de guitarra y con un acento perfeccionado hasta el límite de lo aprehendible.

Los músicos no son mayoría, aunque hasta ahora mi relato así lo refleje. No habrá más de dos docenas, quizás ni eso. Aquí lo que reina son los escritores: hay tantos como habitaciones tiene el hotel, que ocupa una manzana y tiene tres pisos. He podido entablar conversación con muchos de ellos, y me he encontrado menos soberbia de la que suponía en esta especie. Mi vecino de la puerta de enfrente es Jacinto Antón, un loco de todo lo que huela a aventura y a viajes. Me cuenta que no tiene un clavo -es periodista-, y que suele acercarse aquí en moto o en zeppelin, según la temporada. Sus historias son entretenidas, mucho. Y variadas. Un día te sale con Thor Heyerdahl, el moderno vikingo que cruzó el pacífico en una balsa de madera, la Kon-Tiki, y al siguiente te recita un poema de Ruyard Kipling y te lo relaciona con el Sudán de Las cuatro Plumas. Es divertido y agradable, y terriblemente apasionado. Lo único que le falta es mala leche.

De eso tiene mucho Fedor Dostoievski. A parte de escucharlo pisar el suelo con rabia y golpear el armario de su habitación -contigua a la mía-, he hablado con él varias veces en el pub. Mientras él se emborracha y yo también, siempre se queja de su penosa existencia, de los problemas que tiene. Dice estar en un mal momento: su mujer o su amante o algo así ha muerto o lo ha abandonado. No suele hablar del todo claro, pero eso me ha dado a entender. El otro día, mientras bebíamos junto a Tom Waits, nos contaba que ha empezado a reescribir Crimen y Castigo, pero que por las tardes está plasmando una parte de su biografía en papel. "Tiene que estar para noviembre", nos dijo. Acto seguido, Waits subió al escenario para recitar A supermarket in California de Allen Ginsberg y reproducir el Last days of the suicide kid de Bukowsky, e imitar finalmente el The train de Lord Buckley. Esta última parte de la actuación me enervó, y parece que a Fedor también: se trasladó al casino. Dostoievski es adicto al juego, y cada noche visita al azar para arruinarse más. Nuestros desanimados diálogos siempre terminan con un "me largo a Ruletenburgo" del ruso.

Pero con quien más hablo es con Josep Pla. Me parece un tipo íntegro, quizás demasiado inteligente en algunas ocasiones. Su clarividencia lo sitúa muchas veces por encima del resto, pero él está convencido de que es como todos, y tiene que aparentar. A veces quedamos para pasear, y es increíble la capacidad que llega a tener este hombre para fijarse en las conductas y convertirlas en sistema y aplicarles sus argumentos. Con los detalles, lo mismo: si lo cotidiano tuviera propietario, sería él. Fue Pla quien me advirtió de que Dylan siempre estaba dando tumbos o en el pub, en la mesa de Faulkner y Hemingway y Joyce, y no al lado del escenario con los músicos. Pero la cosa no queda ahí: fue él también quien se dio cuenta de que Faulkner era extrañamente escueto y bebía como una lima, mientras Hemingway se alargaba en sus intervenciones y mostraba una sobriedad nerviosa. Pla me puso al día sobre las paradojas de la vida y me animó a enriquecer mi pensamiento pensando en catalán. "Ja saps, el pensament anglès és el que és, així com el castellà són figues d'un altre paner: amb el català tres quarts del mateix", comentaba. Pla es quizás el más autocrítico de todos, "i per tant el més egoista", como siempre recuerda él. También es melancólico, como los suramericanos, sólo que él extraña el mar y ellos, la patria.

Me corrijo. Los suramericanos -cuento también a los mexicanos, aunque no lo sean- y Pla echan de menos lo mismo. Sus patrias, las emocionales. Lo aclaro ahora porque recuerdo uno de esos tan anárquicos coloquios que presiden Borges y Cortázar. Aquella tarde, en el borde de una carretera, estaban todos sentados mirando hacia la ladera, y conversaban mirando al horizonte. Que presidían Borges y Cortázar lo digo porque intervenían más y mejor que nadie. También estaban los altivos Bolaño y Piglia, y el más ensimismado Bioy Casares. Más a la suya, pero entre los dos, estaban García Márquez y Vargas Llosa. A la izquierda del todo, Arlt, Forn y Fresán intervenían con cierta cadencia, junto al invitado de lujo, un muy ágil Enrique Vila-Matas, que fue precisamente el que apuntilló el tema de las patrias.

Lo había sacado, cómo no, Cortázar, que habló de la distancia y de los globos verdes que vuelan en su imaginación para definir la patria. Pausado y poderoso, mentó lo subjetivo de su acotada descripción, y animó a Vila-Matas a completarla. Éste lo hizo con maestría, esto es, dejando huecos en su explicación pero haciendo énfasis en lo emocional de las patrias. Habló de las sensaciones que nos provocan, del importante papel que tienen los recuerdos en esta reacción, y clavó el final con los dos pies, con una metáfora divertida. "La magdalena del colega Proust", comentó burlón, bajando la voz y señalando hacia el hotel, "la magdalena es una patria".

Ahora que lo pienso, Cortázar tiene todo el aspecto que me describe el recepcionista sobre el hombre que toca las nubes a brincos. Altísimo, barbudo, conscientemente pueril...

Mi estancia en Shangri-La es de lo más agradable, como os iba contando. El otro día me lo pasé tremendamente en una terraza del pueblo. Mientras Gabinete Caligari tocaba una de Sisa, compartí mesa con Javier Reverte, Juan José Millás, Manolo Vázquez Montalbán y Jacinto Antón. Cuando mi vecino de habitación me dijo que vendrían sentí recelo, porque pensaba que iban a conducir el encuentro por derroteros distintos a los que Antón y yo seguimos, con lo bien que congeniamos. Pero nada de eso: Reverte y Millás no paraban de fumar porros, y fue curioso como el primero hacía bromas con su propio apellido al contarnos sus experiencias como reportero en zonas que estaban en guerra. Y Montalbán...¡cómo tragaba Montalbán!

El pub es un espectáculo cada noche. La mesa de los suramericanos es la que más gusto de escuchar. Me puedo pasar horas y horas, y no me cansaría nunca si no fuera por el humo que sale de sus cigarros liados. La de Faulkner, uno de mis favoritos por haberle robado el carácter a Hemingway, reconozco que es atractiva como pocas. Los invariables son ellos dos y Joyce, pero cuando se apuntan Proust, Salinger y Woolf la cosa se pone tan abierta y dinámica. Alguna noche ha llegado a haber una quincena de escritores alrededor de esa mesa, todos vociferando frases impolutas y construidas con precisión y minuciosidad. De Rulfo a la pareja García Márquez-Vargas Llosa, pasando por Juan Benet y Scott Fitzgerald, o por cuerpos extraños como Flaubert o Tolstoi, nadie deja pasar la ocasión de escuchar las discusiones sobre Por quién doblan las campanas, Ulysses o Los placeres y los días. Sobre En busca del tiempo perdido nunca discuten: se ha intentado un par de veces en lo que va de mes y Proust lo ha zanjado con más de media hora de monólogo sobre Combray, Swann u Odette. Una de las noches fue cómica: un cantautor de trabajada reputación confundió El viejo y el mar de Ernest con Las olas de Woolf. Virginia lo miró con una infinita paciencia en la mirada, y fue la única que no carcajeó. Esbozó una sonrisa tan inquietante como su novela, aquella que no volvería a confundir el artista.

El más guasón, con diferencia, es Cabrera Infante. Una tarde rojiza como cualquier otra, el cubano propuso a Leonard Cohen que cantara el Ojalá de Silvio Rodríguez, y acabamos los tres tomando unos Scotch Whiskies, anclados en la barra, pasadas las cinco de la madrugada, con el rojizo del alba. Cohen nos contaba una y otra vez cómo era Suzanne, y Cabrera Infante se descolgaba con un "se podría hacer una película de ella". Sus intentos por desviar el tema de conversación al cine siempre eran en balde, aunque un día le di un gustazo que ni se lo merecía:

Después de criticar un poco a Hemingway y su obsesión por las islas y los sanfermines, le hice creer que le llevaba a una sala para comentar su Tres Tristes Tigres. El cubano estaba muy asustado: su astucia siempre le hacía escapar de la crítica literaria, pero comentar su obra cumbre en una sala de un pueblo perdido en el Himalaya repleto de escritores y músicos -intuyo que temía más a los músicos, por la estridencia en la oratoria de algunos- podía resultar demasiado para su autoestima. Cuál fue su sorpresa cuando llegamos y aquello no era una sala de reuniones, sino una sala de proyecciones. Un cine.

Conseguí que asistieran el 90% de los huéspedes del hotel y todos los músicos menos uno o dos. Incluso vinieron Borges y Ray Charles. Todos juntos, asistimos a la proyección de la versión extendida de Amanece, que no es poco. El auditorio era una carcajada: hay que ver lo poco que les hace falta a los intelectuales para descojonarse. Sólo tienes que ponerle el chiste en un soporte del que tengan buen prejuicio, como los niños que sólo se comen la sopa si la pasta tiene forma de letras.

Al día siguiente, en los huertos de debajo de la carretera principal de Shangri-La empezaron a brotar hombres. La vista ahora es más espectacular si cabe: del paraíso terrenal, tan cercano al techo, al cielo, no sólo brotan plantas de colores y árboles de sequoia y boj, sino que ahora crecen hombres. Incluso me ha parecido ver uno semejante a mi, al que el Cigala y Drexler regaban con un Try Just a Little Bit Harder y Janis Joplin y Aretha Franklin animaban con un fandango.


NOTAS: Ayer pillé a Cortázar tocando las nubes, brincando a la pata coja. Gritaba "¡De la Tierra al Cielo!" como un infante. En el suelo, sólo él parecía ver una rayuela; en la pared que había tras él, sólo yo parecía ver el dibujo del Mándala.

Shangri-La me encanta, es el lugar perfecto a donde ir cuando llegan las vacaciones y no tienes un clavo para viajar.



Tau de Rec, del Galatea a Shangri-La.

3 jul. 2010

Mitos (VII): La ley de la gravedad


El arquero ghanés, Kingston, pecó ayer de mal antropólogo. Enfrente tenía a Sebastián Abreu, un delantero espigado, de cuerpo rayado, pelos de loco y mirada de cuerdo. El duelo era a vida o muerte. Si el juguete Jabulani traspasaba la línea, Uruguay obraba el milagro. Si algo, incluidos Kingston o el propio Abreu, lo impedía, África hacía historia. La historia ya la conocen: Abreu, apodado El Loco, lanzó picando la punta de la bota ligeramente hacia el suelo. El liviano balón dibujó la parábola del que se siente pesado, directo al centro del arco. Kingston se ladeó y cayó sobre su costado derecho. El balón entraba, el truco funcionaba, Uruguay pasaba.

Digo que Kingston no hizo una buena lectura antropológica de la situación. Quizás, si hubiera podido ver por adelantado la celebración de Abreu, hubiera tenido más fácil adivinar la dirección del disparo. El Loco celebró su histórico tanto con una felicidad natural, casi rutinaria. No corrió demasiado -no lo hace ni para tirarse un desmarque-, pero no lo hizo porque a él le bastaba con llegar a la situación: sabía que la solventaría sin problemas. Sin embargo, la clave del festejo estuvo en su posición final: se quedó parado, de pie. Es curioso como los héroes necesitan experimentar la derrota tras cada victoria, y es curioso como suelen optar por dejarse vencer por una de las mayores fuerzas, la de la gravedad, tirándose al pasto. Pero Abreu, como los renegados, como Cantona, no se lanzó al suelo, ni se arrodilló. Estaba por encima del triunfo y de la derrota. Por eso tiró el penal como lo tiró.

Aún así, la lectura antropológica a la que me refiero no es esa, no hacían falta tantas facilidades. Kingston ya pudo ver bastante claro lo que había antes de que se cobrara el penal definitivo. Enfrente suyo, como decíamos, tenía un tipo al que llamaban El Loco. Su cuerpo tatuado dejaba ver a un hombre con credos, con fe, pero con las dudas justas y necesarias. Un hombre lleno de mensajes en el cuerpo es un hombre que necesita recordarlos, porque su valentía o su peligrosa temeridad hacen que los olvide. A todo ello hay que sumarle un componente de exhibicionismo que, dadas las circunstancias, augura siempre algo espectacular.

Su tamaño y la forma de usarlo es otro aspecto a considerar. Un hombre de 1,93 metros, que nunca pasa del trote al galope, es un hombre con cierta seguridad. No le hace falta desatar toda su potencia, incluso puede resultar contraproducente. En el cuerpo a cuerpo con los defensas, prefiere colocarse con tiempo y amagar hacia un lado para darse la vuelta hacia el otro, como el pívot que capta un rebote y liquida a su marca a la media vuelta. Nada de carreras, ni siquiera se excedió en los pasos que tomó para alejarse del balón y contemplar en el arco su futura obra con la mente. Sus brazos no mostraron tensión cuando se apoyaban en sus riñones, ni tampoco cuando se pellizcaba la nariz. Su cuerpo sabía lo que iba a pasar y cómo iba a hacer que ocurriera.

Y su cara. Ahí estaba todo. Unas facciones construidas a la manera de los halcones o las águilas hablaban por sí solas. La nariz era corta y contundente, y afilada. Las mandíbulas, apretadas y poligonales. Los dientes hasta le daban un aire endemoniado. La barba también era un dibujo expreso, como los de la piel, y recorría las aristas de su rostro con precisión de cirujano. Y los ojos eran colmillos. Fríos, eran los ejes de una cara quizás no de sicario, pero sí de gaucho, de lobo viejo y solitario. Su pelo azabache desafiaba a la Madre Tierra, alargándose y apuntando hacia ella pero nunca tocándola. Desde lo alto de su cabeza, todo desafiaba las leyes de la gravedad, no había motivo para que no hiciera lo mismo con el balón.

El portero africano también adoleció de falta de conocimientos históricos. Primero, antecedentes: No sabía que Antonin Panenka era un checo que se plantó delante del mítico arquero Maier, con la necesidad de anotar desde los once metros. Tenía barba, rasgos duros y una sola idea: hacer algo distinto. Marcó con esa ligera vaselina, dejando tirado a Maier, que también cayó hacia la derecha. Hoy es presidente de un equipo de nombre romántico, el Bohemians de Praga. Siempre estuvo loco.

Luego, conocimientos de épica y de lógica literaria: esto es, lo ilógico, el patetismo. El partido más emocionante, con esa parada del delantero Luís Suárez, con ese otro penal que su compañero Gyan mandó al larguero, ese fatídico último segundo. Con este quinto lanzamiento uruguayo que venía y que podía decidir. Con esos millones de africanos rezando por él, por un portero cuyo apellido seguramente derivaba de algo parecido a La Piedra del Rey, Kingston debía saber que todo se resolvería con algo histórico, no con algo normal. Debía haber hecho honor a su nombre, quedarse de piedra, haber sido el rey.

Más tarde, faltaron conocimientos de la historia personal de su rival: un tipo natural de Lavalleja, paraje uruguayo donde el ciudadano es férreo o férreo, porque sólo puede ser minero, agrícola terroso o un bala perdida. Un tipo que con 25 años había vivido, solo, aventuras en Argentina, México, España y Brasil; un tipo que sólo ha jugado como profesional en su país durante cinco de los dieciséis años de su carrera deportiva. Un jugador torpe con los pies y poco veloz que sobrevive y se alimenta del engaño, de la finta corporal que le permite zafarse de rivales, y de la estabilidad que le dan su alargado cuerpo y su mente hercúlea. Un tipo que iba a jugar a baloncesto pero en su primera pre-selección con la región fue expulsado por haberse corrido una juerga con un tal Víbora. Ese tipo que tenía delante le lanzaría el penal como Jason Kidd tira un tiro libre, suave y con un beso envenenado.

Finalmente, a Kingston le faltaron conocimientos de ciertas filosofías. Seguramente el ghanés era ajeno al taoísmo, que afirma que hay que respetar el equilibrio de la naturaleza y ensalza el valor de la no-acción. El hombre no debe buscar el éxito ni debe huir de la derrota, y sólo será noble y conseguirá una existencia plena cuando pare y no aspire a nada. Cuando decida no hacer, a quedarse inmóvil, el hombre comprenderá al hombre, al mundo, a la naturaleza, comprenderá que está por encima del bien y del mal. Proyectará lo que puede suceder en el vacío, en ese espacio donde deben suceder las cosas, y pasará a ocupar ese espacio. Si no es así, el hombre fallará sin remedio, y sólo en ocasiones en que el azar tenga más fuerza, obtendrá terrenales y excepcionales éxitos. Sin embargo, por lo general, será tumbado por la fuerza de la naturaleza, que lo arrastrará al suelo como hace con las piedras o con el oxígeno. Si Kingston hubiera sido taoísta, seguramente hubiera estado en medio de esa portería para cortar la trayectoria de un balón que se acercaba al suelo. Dudo que Abreu sea taoísta, pero es evidente que algo se nos escapa para comprender su conducta. Todos los locos tienen secretos.

Kingston no miró al hombre, no vio el entorno ni vio el contexto. Sólo vio el Jabulani y una escena en su cabeza. Posiblemente intentó pensar en él, con sus guantes en alto, habiendo parado el balón. Como el héroe. Aunque lo más probable es que no supiera usar el miedo que sentía al fracaso. No se paró a pensar que la cosa no iba de ganar o perder, sino de entender a otro hombre y responderle a tiempo, sin caer a La Tierra. Era un juego de locos, y quizás lo tenía que ganar el loco.



Tau de rec, dudando sobre cómo calificar este Mundial.

30 jun. 2010

Mitos (VI): El romántico francés


Francia ha tenido un problema en este Mundial: faltaba el romántico.

Bajo la dirección de un entrenador disparatado, del que se dice que nombraba a sus tripulantes según lo que veía en el firmamento, el navío galo naufragó hace unos días con más vergüenza que remisión. Les Enfants de la Patrie formaban una escuadra desequilibrada con jóvenes valores de la aristocracia, como Gourcuff o Lloris; veloces bajeles aguerridos como Ribéry o Evra y corsarios viejos y acatarrados, como Anelka, Henry o Gallas. Los bleus eran variopintos, pero esta vez faltaba un puesto que no debe quedar vacío en ningún equipo, menos todavía para la tierra de Victor Hugo o Alexandre Dumas. No estaba la única figura que, históricamente, ha podido elevar a Francia por encima de ese asunto de estado que suponen el triunfo y la derrota futbolística. El romántico.

Cabe decir que el fútbol francés reciente estaba mal acostumbrado con los románticos. Cualquier espectador joven podrá recordar:

-A Zidane, el mago de origen argelino que hizo campeona a la Francia del mestizaje con dos goles de cabeza, cuando resultaba ser un artista con los pies. Un tipo que dejó el fútbol con un penal parabólico, mucho sudor y defendiendo a su hermana, también de cabeza. Por supuesto, se retiró con una derrota;

-A Petit, el convocado número 23 de la Francia campeona, un aficionado a los psicotrópicos que ganó el premio del Juego Limpio y del Juego Eterno en el único Mundial que venció la France. Su autobiografía (o sea, él) lo retiró;

-A Thuram, un gigante nacido en Guadalupe y criado en las banlieues, aficionado a la lectura y a la filosofía. No había marcado un gol en su vida hasta que decidió soltar dos zapatazos en unas semifinales que pintaban a derrota de los franceses en su propio terreno. La gente coreaba "Thuram presidente" en las pantallas gigantes colocadas en los Champs Élysées. Una década más tarde, ese central negro de dos metros se retiraba por una malformación en su corazón de unos centímetros. Estuvo vinculado a la política, pero 'su' candidata, Ségolène Royal, cayó en las elecciones a manos de un depredador del área como Sarkozy;

-A Pires, el último mosquetero discutido con el hasta hoy seleccionador Raymond Domenech. Triunfó en la tierra de los odiados ingleses, hasta que llegó a la cima: una final de la Champions, en la que fue sustituido a los veinte minutos por errores ajenos. Optó por un retiro digno en un pueblo de 48.000 habitantes;

-A David Ginola, el predecesor de Pires, también mosquetero, que conquistó a los británicos con su fútbol de guante blanco y su pelo Pantene. Suyo fue el centro con el que, en el minuto 92, Francia perdía la posesión del balón ante Bulgaria. Si nadie marcaba, los galos accedían al Mundial 94, así que nadie se presentó a rematar al área. Suya fue la mirada que observó la recuperación de los búlgaros, su contraataque y el crudo gol de Kostadinov. Nunca volvió a jugar con la selección;

-Incluso a Laurent Blanc, ese central distinguido que acabó brillando en clubes como Barcelona, Inter de Milán o Manchester, y antes no había logrado parar a Kostadinov en la fatídica contra. Todavía unos años antes, llegó al Nápoles sólo cuatro meses después de que Maradona hubiera dado positivo por cocaína por primera vez. Se fue unos días antes de que la sanción del diez expirara. Ya en el glorioso 98, se redimió anotando el gol que valía la vida del país en 'su' torneo. Él, que era educado y nunca habría cogido un fusil, disparó al corazón del arquero más soberbio -en todos los sentidos- que ha pasado por un Mundial, el paraguayo Chilavert. En semifinales vió la roja, y no jugó la final que le coronó.

Pero Francia, créanlo, ha dado varias figuras todavía más románticas que esas. Destacan dos: Michel Platini y Eric Cantona.

El primero es hoy presidente de la UEFA, y tiene más enemigos que nunca. Y se muestra sosegado como siempre. Fue, quizás, el centrocampista más exquisito que haya pisado un terreno de juego, capaz de bajar a recibir el balón a su propio campo, distribuir al toque, conducir, regatear rivales a pares, crear líneas de último pase y buscar la escuadra unas cinco veces por partido. Un revolucionario primero en el Nancy, aplastando a adversarios con presupuestos diez veces mayores; en el Saint Etienne, después, mostrándole a Francia que podía mandar; y en la Juventus, impartiendo clases de esgrima en una liga de tuercebotas, de la que llegó a ser Capocanonniere jugando a veinticinco metros del arco rival. Como dirigente, llegó amenazando a los popes.

Porque, que nadie se engañe, los popes del fútbol hoy son los titanes financieros. Ellos son sus enemigos: tanto las declaraciones de intenciones como las decisiones finales del francés rondan y favorecen al concepto del detalle, de lo pequeño. Nuevas fórmulas en las grandes competiciones, eximir de tarjetas a los jugadores en las rondas finales, etc. Todo ello son cambios de forma, pero no de fondo: como si fuera un entrenador, Platini quiere ver circular el balón. Y, por eso, nunca se calla. Habla de sus favoritos, de los que no le gustan, e interviene si hace falta. Para esta Copa del Mundo, ya afirmó que Francia no le gustaba, que no iba a ganar. Los franceses se le echaron encima. Seguro que alguien se rió de él cuando lo dijo.

Ya se le rieron allá por 1992, cuando trató de convencer a un fornido y rebeldísimo jugador de 26 años de que no se retirara. A aquel jugador lo sancionó por un mes el Comité de Competición francés por lanzar un balón a un árbitro e insultar al público. El jugador reaccionó llamando idiotas a los miembros del Comité, y le cayó otro mes. Y el jugador anunció que se retiraba: leer a Baudelaire era más interesante, y en el mundo del fútbol nadie le había puesto buena cara al saber que era mestizo, inmigrante, hijo de madre catalana y padre de Cerdeña. El futbolista se llamaba Eric Cantona, eterna promesa francesa que se hundía. No creyeron en él ni Guy Roux, ni Henry Michel, ni el mismísimo Franz Beckenbauer.

Pero Michel Platini sí lo hizo.

Para Platini -como para Maradona, el gran romántico del fútbol-, tirar dos caños y romperle la cintura a un rival puede arreglar un cero a cero. Y Cantona sabía hacerlo. Así, Platini -tampoco de origen francés, sino italiano- que en aquel momento era el seleccionador del combinado nacional, convenció a Cantona de que despreciara a su falsa patria y probara suerte en ese territorio hostil al que llamaban 'la cuna del fútbol'. Le apoyó Gerard Houllier, ese profesor de lengua que acabaría llevando a la gloria al romántico Liverpool.

Cantona fue valiente. Probó suerte, ganó ligas, firmó goles antológicos, encaramó al Leeds, llevó la banda de capitán del Manchester, fue el primer heredero digno del 7 de George Best, aprendió inglés a trompicones, propinó insultos a árbitros y patadas a aficionados, pasó por la cárcel y se ganó el sobrenombre de The King.

A los 31 años, cuando todavía se iba por velocidad de prodigios como McManaman y dajaba sentados a valladares como Tony Adams, decidió que se había cansado de competir. Que ya bastaba de fútbol, de vencer y caer derrotado. Se había cansado de jugar.

Ya retirado, combinó su vocación de actor -apareció en Elisabeth, casi a modo de parodia, como embajador francés- con la del juego del balón. Lo hizo con barba y pelo largo, como un náufrago, y como capitán de una banda de canallas que se exhibían en los torneos playeros de verano. En ambos ámbitos, de manera real o figurada, reeditó sus hazañas dignas del arte y del kick boxing.

Platini y Cantona confirmaron la excepción del triunfo y, evidentemente, saborearon el fracaso. El uno, ganó tres Balones de Oro y la Eurocopa del 88, pero se quedó a las puertas del cielo en los Mundiales, casi siempre con un brazalete de revolucionario capitán en su brazo. El segundo fue coherentemente apátrida, como el mejor gitano, y sólo representó a Francia a las órdenes de Platini, en el 92. En el 94 ya era su gran capitán, pero Aime Jacquet decidió que un hombre que celebra los goles desafiando al mundo y que patea la cara a los aficionados de primera fila no podía guiar en un Mundial a la impoluta Francia. Cantona no estuvo en el 94. Francia tampoco.

De todos es sabido que Cantona llegaba de sobras al Mundial de Francia 98. Aime Jacquet, todavía seleccionador, también lo sabía. Incluso el propio Cantona lo sabía. Jacquet no tuvo problemas: su capitán sería el disciplinado Deschamps y sus puntas, unos mediocres Dugarry, Guivarc'h o Oùedec.

Francia ganó, pero no llegó a tiempo para Cantona, que se había cansado de esperar.

En este Mundial, Francia fue mediocre. Los candidatos al romanticismo, el abominable Ribery y el imberbe Gourcuff, lo intentaron, pero no estuvieron a la altura. El primero asomó contra México con un par de desbordes. El segundo estuvo sólo desde el vamos y se arrancó con una falta quilométrica y con un disparo lejano en el primer partido contra Uruguay, pero basta. Luego, ambos se resignaron a soportar la vergüenza y a esperar a que Sarkozy fulminara a Domenech. Y a rezar por que llegara un entrenador romántico.

Ya en el último partido, el juego fue un funeral. El espectáculo estaba en las alturas.

Zidane, en la grada, se sonrojaba.

Petit difamaba por televisión.

Thuram, en la grada, parecía esperárselo.

Pirés y Ginola hacían vida tranquila. En la distancia, aleccionados.

Blanc, en la grada, se postulaba para suceder a Domenech.

Platini ponía una romántica cara de póker. Caño a Francia.

Y Cantona, no se sabe. Uno se lo imagina con un puro, Rousseau, Godard y algún miembro de los Gipsy Kings, tratando de desviar el tema de la conversación lejos del dichoso fútbol.


Tau de Rec, admirador confeso de Cantona y Platini.