"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

2 ago. 2010

Mi dietario irregular (XXXV): Un corro de periodistas


Campaña electoral. Un corro de periodistas se formaba alrededor de ese político. Antes, todos habían entrado por la misma puerta a esa cafetería de Barcelona, y habían subido a ese segundo piso que aquella tarde era una jungla de cables, focos y sintetizadores. Haría como una hora del inicio del cotidiano desastre. Sucedió, más o menos, así.

Con la cadencia de un columpio nervioso, se abrían las puertas de esa "mítica cafetería", un reformado espacio que da lugar a un centenario mentidero barcelonés alejado del lerrouxiano Paralelo, del barrio chino del caso Savolta o del barrio gótico del triste y calvo Oliverio, o del Raval de cualquier trotamundos de necesidad. Mítica según su novísima web, que todavía anuncia, como tierra el vigía del holandés errante, la reapertura de uno de los foros más emblemáticos de la ciudad condal "en estos tiempos en los que tanto sufre el sector de la hostelería". Las puertas se abrían y entraban, uno a uno, los atareados periodistas, con esa cara de sospechar que nace cierta y en ya es postiza, como de un impostado actor que ejerce de ciego del Lazarillo. La cadencia, claro, era rápida y forzada. A trompicones, a una velocidad que gripaba: la mente y las piernas eran uno: los periodistas corrían, abejas en el panal, a un ritmo que hacía honores al nombre de ese bar y no dejaba espacio para la corta e intensa reflexión.

En el piso de arriba, los periodistas mostraban su, a priori, distinta calaña. Los ensimismados. Los habladores. Los que son felices haciéndolo. Los que tienen tantas ganas de hacerlo como de lamerse el codo. Los que están más arriba, más aún, los que parecen haber salido de la caverna y haber visto que la luz no existía, que las paredes también reflejaban lúgubres sombras. Todos ellos se posicionan, armamento en mano. Se disponen a ver la carrera de hoy, el rally, lo más cerca posible del circuito: su oficio es captar un primer plano de la salida de pista del protagonista, escuchar cuál es su primer grito de dolor, y si no, conformarse con ver cómo toma la curva con destreza.

Llega el político, y la estampa esponjosa que se pintaba en el segundo piso de la cafetería ahora es una minúscula gota de líquido en una plaqueta de microscopio, que se aglutina alrededor de una mota de polvo que vive de eso, de formar corros y gotas de agua. En efecto, estaba todo planeado por el político: la disposición de unos originales cuadros, la jungla de cables, la asistencia de las abejas de su panal, la hora a la que debía ocurrir todo, cuánto duraría y cómo sería. Incluso tenía planeado su equipo de secuaces, que, además de jugar un falso ajedrez con sus pinganillos y sus aparentes controles de movimientos ajenos, debía planear todo lo que hemos dicho que planeó el político.

Tal y como lo pensó, ocurrió. Primero, un paseo para comprobar el nivel de docilidad, de hábito de doma, de esa jauría, para saber si los pesquisas, los sabuesos, seguían tornándose ovejas con un chasquear de dedos. En efecto, el corto paseo fue seguido por algunos de los insectos y sus aguijones de punta redondeada, unas cámaras que, aunque bobas, saben tan bien los planos que van a registrar como ese asiduo visitante, un anciano que mira asombrado desde el primer piso la curiosa forma de actuar de todos los seres extraños de arriba, sabe lo que va a tomar. Acto seguido, volvió a poner a prueba el conocimiento del código establecido de los presentes, y éstos lo volvieron a pasar: durante el discurso, vacío como puño a medio cerrar, todos los periodistas se mantuvieron en sus puestos, imaginando esperanzados un inminente abordaje retórico de su interlocutor que no llegará jamás y, en el plano mecánico -en la cruda realidad, si lo desean-, anotando las palabras que excedieran del monosílabo en sus desaprovechadas hojas. Luego aparecieron de la nada unos camareros, tan previstos como sonrientes. Portaban copas y comida ligera. El político tuvo su ración bien asegurada, y pasó a la tercera fase.

El corro de periodistas. Se acercaron todos, apretándose, tocándose, chocándose con el hombro duro del defensor que va a placar al ariete rival y viceversa. Su sueldo estaba en medio de ese inaccesible laberinto, y cualquier treta valía. El político hablaba flojo, a los veteranos de guerra, a aquellas abejas que más tiempo habían logrado tener tranquila su conciencia. Libretas, grabadoras y cámaras eran las lanzas que debía mantener a distancia; las preguntas, las flechas que debía esquivar. Pero el político, su equipo mediante, lo tenía todo controlado. Las reglas del juego eran suyas porque él había bajado la pelota de su casa, y si él no quería, allí no se jugaba más. Con lo cual, solía jugar a que no valieran las lanzas: off the record y a esquivar flechas de goma, que pocos se atreverían a lanzar. Pero sobre todo sabía que casi ninguno se regodearía de haber herido al dueño del balón en el caso que un llameante proyectil lo alcanzara.

Pasaban los minutos, y el escenario era cada vez más dantesco. El político creía que era Houdini, zafándose de dar opiniones personales de cualquier tema excepto de la lluvia. A cada minuto, los periodistas estaban más enfrascados en su rol de Sherlock Holmes, y los jefes de prensa del político suponían desprender un aura de protector del joven O'Connor.

Llamaba la atención del único guardaespaldas manifiesto del político, que se mantenía cerca y no tomaba un refresco o un piscolabis sólo por compromiso, a sabiendas que su función era estar ahí y nada más, que nadie le iba a hacer daño al agrandado funambulista en aquel circo de miniatura. Llamaba la atención la actitud de algún periodista que otro de los que estaban anquilosados en ese tumulto que imitaba el pilar humano de una torre de castellers. Sólo fueron un par, pero fueron. De repente, bajaban la mirada y se separaban de aquella bacanal mohína. Se iban, cogían una cerveza y un par de olivas y guardaban sus cosas. Y se largaban, cabizbajos. Llamaba la atención el posar de un par de artistas invitados, de los que habían pintado los originales cuadros de campaña de los políticos. Era similar a la figura decrépita de los periodistas pensativos, a la de aquellos que se habían largado, sólo que ellos no se iban y no miraban al suelo, sino a sus correspondientes obras. Tan dubitativos, eso sí, como los otros.

En un hipotético futuro, uno de los que aquella tarde ejercían ese oficio al que llaman periodismo, confesará que, encaramado en el corro, todavía de puntillas, le sobrevino la agradable y falsa quimera de que los allí presentes estaban pensando en sus cosas: un artista en su reciente revisión de Blade Runner, Jackie Brown o la obra de Warhol; un miembro del equipo del político en su última escapada a Sant Ramón, Basilea o Ljubjana; un periodista en la latente lectura de un libro de parodiados detectives, de afectados héroes o de sobrellevada pobreza; el guardaespaldas en una sofisticada receta que cocinaría a la brasa, al baño maría o a la cazuela; etcétera.

Pero no fue así. Lo que ocurrió allí es que todo el mundo fue a hacer su trabajo de la misma manera que quien controla la palanca de una máquina de redondeles de plástico y tira de ella cada ochenta segundos. E incluso peor: ocurrió que todos los profesionales allí presentes fueron a hacer su trabajo rutinario, y que algunos lo hacían pensando que llevaban a cabo un acto de justicia y nobleza, casi heroico.

Pero los artistas no eran héroes ni sus obras, de arte: habían vendido sus originales ideas a una tramposa y charlatana máquina de influir en el voto de manera tan ruin y subliminal como el viento influye en la mente.

Pero los periodistas no eran detectives de lo oculto: estaban más cerca de Hércules Poirot que de Holmes, y más de Colombo que de Poirot, y así hasta llegar al sabueso más cómico, al que los ficticios criminales hacen seguir pistas falsas y roer huesos de plástico. Los periodistas no eran soldados de la palabra veraz y honesta, ni eran los cronistas de las 24 horas de LeMans: ni siquiera eran juglares, sólo eran más trabajadores de un enorme mecanismo en cadena parejo al de Chaplin -apretar tuerca, aflojar tuerca-, o al de las hormigas, o al de las abejas. Sólo producían una miel amarga que nadie toma, aunque haya excedente.

Por supuesto, los miembros de la jefatura de prensa del político, así como todo su equipo de secuaces, no eran héroes en la sombra, no eran sacrificados escuderos, para nada eran Sancho Panza. Eran, tan entregados a su líder, los más vendidos, los más carcomidos de todos, los más falaces, los más débiles en la lista de víctimas.

El político. Es evidente que tampoco era el convencido Esquilache. Y tampoco el gran Houdini, no era siquiera un mediocre malabarista. No era más que un trilero engañado por si mismo. Y todo aquello que tenía controlado no era real: él era el títere, no el titiritero, un triste fantoche que reproducía letras prefijadas y huequísimas, y sonreía con otros músculos, rígidos, casi de muñeco de cera, que hacían de su vida un sinvivir de pantomima. Su cerveza le sabía a polvo.

Todos, al fin y al cabo, eran como el guardaespaldas, sólo que él ya lo sabía y se resignaba, quien sabe si escapando en algún mundo imaginario, en alguna receta de cocina. Eran una pieza más de aquella gran fábrica sin héroes que cada día alimentamos sin saber, sin pensar en cómo remediarlo.

Tenían que hacer algo, es tan simple como eso.



Tau de Rec, ¿periodista?

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