"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

8 sept. 2010

Mi dietario irregular (XXXVII): Maze


La culpa la tuvo Félix de Azúa. Yo vivía más o menos ajeno a la imbecilidad o, aunque estaba ahí, yo creía que nos respetábamos de mutuo acuerdo. Como todo yo creía, arrastraba un pero no. Tras un mes ejerciendo la sana costumbre de estudiar, ja, tres días antes del examen acudí por primera vez a una biblioteca. Allí, como es lógico, no estudié: busqué la sección más alejada de la materia que estudiaba y me hice con seis libros.

[Me revienta que nadie piense que es ilógico estudiar en una biblioteca. Con los miles de charlatanes que esperan, ordenados alfabéticamente, para contarnos las más diversas historias, ideas y manuales de instrucciones, ¿cómo vamos a perder el tiempo estudiando? Rectifico, aunque detengo mi marcha atrás argumental en el punto -no citado- en el que uno cree que esas presencias son el mayor de los retos conocidos para un profesor, o mejor dicho, para una materia de estudio. Muy interesante tiene que ser para no correr el riesgo de caer ante tamaña variedad de alternativas. Hasta los últimos días, siempre llegué a la misma conclusión: somos extrañamente demasiado responsables.]

Los autores eran García Márquez, Montalbán, Borges, Vila-Matas y Félix de Azúa, ordenados así por seguir el criterio de cuál dedicaba un mayor porcentaje de letras al trato del existencialismo y demás pajas mentales, aunque personalmente dejaría a los últimos tres en empate técnico, siempre llegando a ese resultado a través de modos absolutamente distintos de jugar el juego narrativo. Las obras eran Noticia de un secuestro, del primero; no recuerdo bien cuál del segundo, el libro en cuestión no me entró bien, a bote pronto; del tercero, Ficciones; Suicidios Ejemplares del cuarto y de Azúa, Historia de un idiota contada por él mismo y Ovejas Negras. Este último señor me demostró que somos ineptamente responsables, lo que nos convierte en irresponsables de mala calaña.

Por esos días andaba yo ya cansado de estudiar, como ya he dicho, y también de trabajar en los informativos de una radio. Y también de escribir a ordenador, cosa que ocurría con las dos actividades previas, con otro empleo más y con mi afición más mundana, que me había llevado a escribir sobre laberintos. Como el más imberbe amateur que soy, adopté la obsesión del ya presente en este texto Borges y de otros tantos genios de la literatura para contar una historia determinada. Le inculqué esta obsesión a uno de mis fragmentados y paliduchos personajes, y casi paralelamente, me obstiné con la idea del laberinto yo mismo. Así que esa tarde, ya habiendo ojeado todos los libros por la mañana, paseé por Barcelona con cinco de ellos a cuestas -el de Montalbán no lo reservé, aunque sea un absoluto admirador de éste como escritor, periodista, ensayista, gourmet, hincha y fanático de innumerables cosas, y tenga en buena consideración obras como Autobiografía de Franco, las dos novelas del señor Carvalho que han caído en mis manos y otros productos de ese genio barcelonés como el compendio Escritos Subnormales, que tengo ocasión de leer cada día, antes de entrar a trabajar, en una librería en la que me miran con rencor e incredulidad-. Pretendí perderme por Barcelona, y a ratos lo logré. Caminé por espacio de dos horas, y otra media hora, o un poco más, la pasé tomando primero un café con leche en una cafetería de la marca Valor -tienen bombones, también cafeterías- y una cerveza en otra parte. En ese lapso vagué por el centro de Barcelona, por las Ramblas, por el Paralelo, por el Raval, por el Barrio Gótico y por el Borne, y quizás todo ello fue un tributo compensatorio a Montalbán por mi aparente -y falso- menosprecio hacia él horas antes.

En una de mis paradas, con el café con leche, leí a Azúa: Historia de un idiota... . Y bueno, quedé bastante de acuerdo con él, aunque con un ligero, o latente debería decir, fastidio por considerarme una de esas personas que viven felices porque sí. Pero no me lo tomé a pecho, y creo que en ese momento lo interpreté correctamente. Paseé más y se volcó en mi mente la idea de que yo valía para aquello, para pasear. Y más todavía para perderme o pensar que me perdía. Me llegué a sentir pleno un instante.

Pero luego empecé a leer, ya con la cerveza, los Suicidios ejemplares de Vila-Matas, y la carga comenzó a ser combativa. El tío me hablaba de la plenitud en su primer texto, el de Muerte por saudade, o algo así. Reflexionaba también sobre la nostalgia que es un disfraz de la tristeza, cosa que supuso un primer golpe de derechas. Pero sólo marcaba el golpe, luego me soltó el gancho de izquierda con la plenitud, la incomprendida e inalcanzable plenitud, la vía única de alcanzarla con el suicidio y la incómoda paradoja de, por su naturaleza, no poder contarla. Pero me repuse; además, con bastante firmeza. Incluso le di mi vueltita a su tortilla, y pensé que esa plenitud -la suicida- que describía Vila-Matas a través de su alaberintado-mental protagonista era precisamente una liberación de sí misma y por lo tanto del Todo. De la necesidad de contar, de la combustible y tacaña vida, que nos mantiene incompletos. Pero todo ello se me olvidó al día siguiente.

Porque en las jornadas que siguieron me topé con los verdaderos intrincados corredores, con los ciudad de Troya, con los inabarcables rizomas. Fue en mi casa y fuera, en el trabajo y la facultad, inmerso en la rutina. Mi casa cuenta con una calle: el pasillo. El resto son callejones sin salida, salvo un balcón que me huele a Vila-Matas y a Lisboa desde hace unos días, por razones obvias. En la facultad, hay un pasillo casi idéntico en dos niveles distintos, y ramificaciones varias que llevan a ninguna parte, salvo tres de ellos, que dan a sus respectivas puertas de salida, si no me equivoco. En el trabajo es difícil no sentirse un diminuto bicho blanco recorriendo por dentro una caja de cartón llena de cerillas.

En mi vida, el laberinto es sencillo y de un sólo recorrido posible. Sucede cuando abro los ojos y termina cuando los cierro, diariamente. Es un camino recto, sin giros ni torceduras, ni, por supuesto, esquinas salientes. Entro por una puerta, llego en un instante al fondo del pasadizo, que delimita una pared marrón, me giro y vuelvo hasta la puerta, que me lleva por un rato a lugares oníricos y un poco menos inusitados. Yo cada día me pienso que esa simple ruta es un embole y que me pierdo durante el camino, pero testigos como Borges me han confesado que, visto desde arriba, se distingue claramente que sólo hay un trayecto posible. De lo que no han soltado prenda es sobre quién es ni sobre dónde está el Minotauro.

La cuestión es que, en el tren, de camino a la faena, leí a Azúa: Ovejas Negras: Creer o no creer. Es un artículo sobre Dios, las religiones, los nacionalismos y no sé si algo más. Relaciona estos ideales, muy ajenos a mí, con la desesperación del ser humano por demostrar, por demostrarse que es, y que importa, cuando en realidad solo es pero no importa: dura lo que dura y sólo ocupa espacio tan deleblemente como lo ocupa una mancha de agua. Y me da, por lo tanto, la hostia final. Un mazazo tras bajar la guardia: a mí, tan poco amigo de Dioses y Yahvéhs y de las identidades de las masas. A mí, que resulta que sí que tengo miedo a morir sin haber hecho qué.

Así que la culpa fue de Azúa, y colaboraron Borges y Vila-Matas. Lo pasé mal, me desanimé, miré a todos los seres vivos de mi entorno con cara de tabla de planchar, pensé de ellos que eran unos incomprensivos y de mí que era el único y condenado comprensivo. Y nada, lloré un rato, y me fui a dormir, porque estudiar y trabajar agota, y acompañarlo de cafés y futuro y reflexiones sobre qué, todavía más. Y ya lo ven, un día después, son las 4 y cuarto de la madrugada, y quizás esté perdido, y seguramente aún no esté muerto. Ni salí ni pienso salir a mi balcón a cambiar el agua que suelta mi ruidoso Fujitsu.

Y ahora, si no me puede el sueño, leeré a García Márquez, que tendrá lo suyo, pero no me hace sufrir tanto.


Tau de Rec, ¿seré yo Asterión? <-- Sorry, Azúa.