"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

1 may. 2010

Mi dietario irregular (XXX): Un año y medio después, Buenos Aires


"Vuelvo de la Patagonia en ómnibus. A la desangelada estación de autobuses se le añade mi desangelada situación: solo, a trece mil quilómetros de casa, hundiéndome tras saber de la muerte de mi abuela, hundiéndome intuyendo que mi pareja no puede más. Espero sentado en una roca a quince metros de la estación, acalorado, con gafas de sol, ropa hippie y ligera y triste; leo un oportuno y salvador Cien años de soledad esperando a que llegue el vehículo. Voy a Buenos Aires, tengo que dejar el piso y trasladarme a otro.

Llevo cinco meses lejos de casa, pero Argentina es tan terriblemente confortable y pirata que me quedaría acá la vida entera. El ómnibus, una suerte de autocar unas cuantas veces más sofisticado que un colectivo, acaba de llegar. Dejo mi macuto junto a los demás, tomo mi ticket de un bolsillo y me dispongo a subir.

Ya instalado en mi butaca -clase negocios, aunque barata; con asientos anchos, reclinables hasta 140 grados, reposabrazos dobles, manta y almohadilla para la cabeza, reposapiernas en forma de plancha que, en conjunto, dan un aire de hamaca de playa a la butaca-, me siento a gusto. No es la primera vez que viajo en ómnibus, es la quinta; pero nunca había ido solo. Triste e insultantemente débil, llamo a mi pareja. Durante la conversación, pocas novedades. Si acaso, las esperadas: tono de que soy inoportuno -creciente-, monosílabos, luego indiferencia. No la culpo. Desde que estoy loco y triste, ella está más triste y se está volviendo loca. A partir de este momento, me impongo una abstracción que más tarde agradeceré.

El ómnibus me da la primera satisfacción. Mi butaca está en el piso de arriba, en la primera fila, pegada a la ventanilla. Delante mío, un cristal panorámico me da la sensación de que levito. Lo veo todo desde la posición del conductor, sólo que dos metros más arriba. No me acompaña nadie. Quiero decir que no hay nadie a mi lado. Tampoco a la derecha, tras el pasillo intermedio. Tampoco atrás, hasta la octava fila. Hay quince filas en la parte de arriba del ómnibus, pero sólo somos siete personas. Me acomodo y pienso.

Pienso en las calaveradas que me quedan por hacer en Buenos Aires. Tengo que volver al parque donde pasé un par de tardes, a torso desnudo, con pantalones de pijama, con un pelo inmenso, con coleta o con la camiseta empapada y atada a la cabeza, con una barba de dos semanas, con un 1984 al que se le rompían las páginas. Winston me hacía sentir vivo, me hacía sufrir por él mientras el sol me calentaba el pelo con sus cuarenta y pocos grados centígrados. Tengo que volver a ir a los Bosques de Palermo a que me piquen los mosquitos y a tocar mi guitarra azul y desafinada con mis torpísimos dedos y mi tambaleante sentido del ritmo. Tengo que volver a las librerías de Corrientes, a la Gandhi. A las tiendas de música de la calle Uruguay. Tengo que ir al mercadito de antigüedades y trastos y cacharros de San Telmo, sobre todo tengo que ir al mercadito de San Telmo. Tengo que bajar al Café Zabala por la mañana, a tomar cuatro medialunas y a mojarlas en ese café con leche que meten en un bol gigante. Tengo que leer allí los cien años de soledad, porque en casa, el mate es más amargo desde que se han ido Marco y Katie. En realidad, a veces pienso que el mate sí me gustaba dulce, como a Marco. Pero también tengo que ver, en casa, películas en versión original subtituladas -Deathwatch, una aberración magnífica para cuando vives solo; Borat, distintísima e igualmente magnífica; El Señor de la Guerra, no tan magnífica; Almejas y mejillones, hispanoargentina hispanoargentinizada; y Big Fish, adorable y magnífica y entretenida-, acercándome el televisor al sofá porque, si hago lo contrario, el sofá raya el parquet, y nada me disgustaría más que al hacer el check out pasado mañana, me hiciera pagar esa maldita gestora. Tengo que volver a Palermo, al Taller y al Macondo -que no termina de hacer honor a su nombre, todo sea dicho-. Tengo que acercarme algún día a Caminito, a la Boca, y ver esa cancha callejera maravillosa con Maradona graffiteado en la pared y porterías viejas y sucias, desaliñadas.

El trayecto es largo, mucho. Se supone que durará unas 21 horas. Con lo soleado del día, las primeras horas se hacen tediosas. El aire acondicionado no es óptimo, y la genial cristalera que me muestra que hay un mundo distinto también deja pasar el abrasador sol y crea un efecto invernadero difícil de soportar. Traen la merienda, la salvación: comer acá es mi debilidad. Galletas extrañas, como de jengibre y opción a un café. Lo pido con leche y el improvisado mesero de colectivo me lo concede. Mientras meriendo, el sol, en suspensión, va cayendo con elegancia. Pasamos por un lugar de novela, de película, de otro planeta. Es El llano en llamas de Rulfo, pero al sur. A la derecha, lejos, un robusto río azul -brillante y brillantísimo gracias al astro rey- avanza casi paralelo a nosotros entre las rocas y la tierra árida y erosionada, sólo adornada con pequeños hierbajos y arbustos dispersos. La carretera no tiene más compañía que esta, acaso también algunos pequeños altiplanos que se quiebran en un tramo inesperado y que dejan ver una pared de roca arenosa que me hace imaginar la tierra como un vientre herido que me muestra las entrañas con pudor.

Tan sólo un par de horas más tarde -o incluso menos-, nos sirven la cena. De hecho, todavía no ha llegado la noche. La cena también la adoro, en especial la bandeja de aluminio, que significa comida caliente, a menudo pollo con bechamel o una suerte de lasagna de catering. Para beber, hay varias opciones, que me van a alegrar la noche. Pepsi, limonada, agua, vino tinto, rosado o blanco. Pido una botella de vino blanco, porque he investigado rápidamente la bandeja de aluminio y dentro hay pollo con bechamel, y a mí me parece la combinación más adecuada. Y la pido porque no es una copita, es una botella que da para dos copas y media -dos vasos y medio de plástico, en realidad-. El alcohol es bueno, sobre todo en momentos de debilidad de mentes tradicionalmente optimistas, porque te devuelve a tu naturaleza no sin hacer un par de piruetas que, con un poco de suerte, te descubren nuevas máximas de la vida.

Me doy cuenta de que la cena me sienta bien, muy bien, justo cuando el crepúsculo da los últimos avisos de que el sol se va. Son las nueve menos veinte, o así, y atravesamos un paisaje igual al de antes, sólo que ahora el río ha virado a la izquierda y se ha aproximado hasta que lo cruzamos por una suerte de puente. El río -el Río Negro, que da nombre a la provincia donde estamos, comprobaré más tarde- es más ancho de lo que mi percepción había decidido antes. Y eso no es lo mejor: al cruzarnos, nuestro hasta ahora compañero de viaje nos invita a seguirlo con la mirada, y al girar la cabeza, veo cómo el viejo río se refugia en un lago inmenso, del que no veo el principio ni el fin, y que al fondo preside el sol, que sólo asoma ya media cabeza, o ni eso. El llano árido, el río y el lago y la luz me dicen, de repente, que soy feliz y elemental y muy básico e instintivo. Ahora soy feliz.

Después de cenar, me sirven otro café, también con leche, pero en vaso pequeño. Cortado, se podría decir. Ya empieza a dar el do de pecho la luna, que no tiene lugar más acertado donde reflejarse que el cristal lateral del ómnibus. Con ella y nadie más, disfruto del cortado y de la primera de las dos películas que nos pondrán. Ambas muy cutres, ambas horrorosamente entretenidas, ambas mal construidas, ambas que versan sobre el heroísmo y los traumas y los pueblos y las jerarquías y los sentimientos y cómo el poder trata de anularlos y cómo no lo consigue. Agoto mi cortado a la media hora de la primera, y la termino de ver, atento. Luego hay un ratito de concierto de Luís Miguel, luego de Isabel Pantoja, y me aburro un poco y me pongo a pensar.

Pienso en más cosas que tengo que hacer todavía en Buenos Aires. Repito algunas de las que pensé hace unas horas, pienso otras también. Creo que tengo que ir a algún boliche. Al Club Araoz, por ejemplo. A la Bomba del tiempo sí que me encantaría volver, una suerte de mega Apolo porteño muy latinoamericano y muy percusión y muy africano y muy loco. Me encantaría, aunque será difícil, asistir a alguna clase más de Federico Marquestó, a que nos explique el tango y su historia, a que nos lo enseñe a querer y a hacer querer. Tengo que ir a algún parque donde suene y se baile el tango, a verlo, a escucharlo, a bailarlo sólo en mi cabeza. Tengo que ir a alguna clase de Literatura, con ese profesor que parece un lobo viejo -pelo y barba canos-, que presume de haber sido amigo de Borges, que elige los textos tan tremendamente bien, que disfruta tanto y es tan argentino. A alguna de Titi Isoardi, a escucharla hablar sobre Susana Jiménez, Jorge Lanata y la 'grasa' argentina. A hablar con Leandro, el Colo y Gonza sobre minas y fútbol. A reunirnos en casa de alguien con los otros gallegos, con los franceses, con los suecos, con Rolo, con Davide y los tanos, con Davide, Diego y los tangueros, con Lorena. Tengo que jugar aún algún partido con el Quilmes Team y quedar por la tarde para beber y comer y tumbarnos en el sofá. Tengo que ir a cenar a alguna buena pizzería, y tengo que disfrutar de algún asado más. Tengo que tomar el subte, la línea A, la clásica. Tengo que ir a la Plaza de Mayo y pasear por la calle Florida. Tengo que volver al Gran Rex de improviso, tengo que ver más obras de teatro, tengo que escuchar a los Falopa alguna vez más. Tengo que ir alguna vez más al Carrefour y comprar Zucaritas o Cheerios. Tengo que tomar más colectivos, ir a fiestas privadas bizarras. Tengo que hacer tantas cosas que necesito quedarme a vivir acá.

Decido dejar de pensar un rato, y me pongo a leer al Gabo. Devoro los Cien años de soledad de una manera poco habitual en mí, digamos que un par de horas seguidas, ya a la luz del reflejo de la luna y de la lamparita individual, tumbado de lado, usando mi butaca y la otra y sólo temiendo que haya un frenazo y me empotre contra el suelo o el cristal. Y quiero ser el loco de los Buendía, José Arcadio, y quiero salvar a Aureliano, y quiero conocer a Remedios, la bella. Y quiero viajar a Macondo justo cuando ya viajo a Macondo.

Cierro el libro, pasadas ya casi doscientas páginas, porque me interrumpe el mesero improvisado. Me ofrece café, té o whisky para disfrutar de la segunda película, que lleva un par de minutos proyectándose en el pequeño televisor que tengo a mi derecha, pegado al suelo e inclinado hacia mí. Elijo... acertaron, whisky. Con hielo, en un vaso de zurito, pero de plástico; y me pongo a ver la película, algo medieval o mitológico, británico por su cutrez y porque aparece un acabado Jeremy Irons. No es ninguna de esas que están de moda, me temo que es incluso peor. Pero me lo paso bien. Al terminar, voy inspirado, casi semi-borracho.

Pasamos por un pueblo, no se cuál -antes, justo antes de que el sol se fuera, hemos parado un momento en la ciudad de Neuquén, de las pocas que atravesaríamos en todo el viaje, y unos cartoneros nos han ofrecido esos panes, chipa, mientras los conductores estiraban las piernas en la estación de servicio-. Digo que pasamos por un pueblo, no sé cuál, y lo dejamos atrás en poco más de un minuto. Es muy de noche, deben de ser las dos o las tres. El pueblo termina, y sin embargo, a mi izquierda vamos dejando atrás, una tras otra, un ejército de farolas altas. Tienen la luz blanca, una luz que sale de un aparato en forma de trapecio puesto boca abajo y pasa un poco por encima de mi cabeza. Cuento las farolas y pienso.

Pienso en todo lo esencial. En la vida, en la insignificancia, en los tamaños, en los espacios y en los tiempos. En la vida y su principio. En la vida y su fin. En la vida y la muerte. En la muerte y su principio y su fin. En la persistencia, en la justicia, en el amor más puro y en el más impuro. En la razón y su papel en la pasión. En la pasión. En todo lo irracional y lo que es capaz de abarcar, si es que no es capaz de abarcarlo todo. Pienso en mi abuela mucho, reconstruyo escenas que nunca han pasado, vienen a mi cabeza letras de tangos, de canciones de Fito Páez y de Calamaro y de Gardel y LePera, y de Troilo y de Manzi y de nadie y de Sabina y de los Cadillacs, pienso en hospitales, en dolor y en enfermedades, pienso en el día de mi muerte. Pienso en qué debería decir antes de éste, qué debería decir sin palabras, qué debería callar, qué debería mirar, escuchar, conocer, olvidar. Pienso en el olvido. Pienso las cosas graves y las leves. Pienso en el amor, que es levísimo y es tan esencial. Pienso en lo bonito del desamor, en la comprensión, en la tolerancia, en el abrir y cerrar de heridas. Pienso en el perdón, y en la rabia y en la injusticia de nuevo, si es que ya había pensado en ello. Y las farolas no terminan. Una tras otra, desfilan a mi lado hace años, o segundos, o una eternidad. Igual me las imagino, igual no existen y estoy loco.

Y resuelvo que voy a luchar, que voy a amar, que voy a pensar, que voy a mirar y a ver. Resuelvo que voy a seguir vivo hasta que se acaben las farolas."


No sé cuándo ocurrió, pero de un momento a otro, se terminaron las farolas. Seguramente me dormí, borracho y aplatanado. Desperté en la Avenida General Paz. El mesero, providencial como siempre, me golpeó el hombro derecho para indicarme que llegábamos a la capital y que todavía podía tomarme un último café, a modo de desayuno. Dormido, acepté sin más, así que me tuve que tomar un café sólo y aguado y sin azúcar con resignación mientras esperaba a llegar a la estación de Retiro. El día estaba nublado pero la ciudad seguía allí, ambigua, diciéndome que quizás seguía vivo o quizás estaba en mi Edén particular, en mi cielo, en mi karma.

Un año y medio después de Buenos Aires, me sorprende la vida siguiendo. Siguiendo genial como sólo puede ser la vida o la existencia, o el vacío, o la inexistencia. Pero ese es otro tema. Buenos Aires no es ya una ciudad para mí, ahora es una emoción, es un locus amoenus latente, intangible y a la ovidiense, es mi verdadera musa.


Tau de Rec, piantao y ríoplatense.