"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

26 nov. 2010

Contingencia (XLI)


La mano se quitó un auricular, el derecho, mientras las piernas, en tensión, presionaban un escalón tras otro. El oído derecho escuchó la Plaza España, mientras la noche barcelonesa y su cielo marrón asomaban por primera vez a los ojos pardos. Las manos empezaban a destemplarse sin apenas notarlo, mientras el pelo largo, marrón, liso, seguía la estela del pensamiento. Las fosas nasales aspiraban, con una repentina forma elíptica, mientras la lengua apretaba el paladar, tenaz e inconsciente. El torso, que todo lo aguantaba, parecía pasar de abajo arriba con su mecanismo coordinado. Emergía y los pasadizos del metro quedaban atrás.

Las ruedas delanteras tocaban Barcelona y miraban de reojo hacia la izquierda, mientras el surtidor de aire acondicionado del copiloto apuntaba al cielo. El parabrisas delantero, acatarrado, pedía claridad, mientras la tira del cinturón del piloto colgaba, olvidada, y el metal de la hebilla amagaba continuamente un giro. El tubo de escape tiritaba con asombrosa frialdad, mientras la carrocería teñía de rojo la noche, con el ocupar incesante de espacios nuevos. El retrovisor central duplicaba la realidad y jugaba al travieso juego de lo infinito, mientras la aguja del velocímetro se incorporaba, adelantando decenas enteras. El motor, ciego como era, latía con pasión, participaba del caos controlado. El SEAT León pronto liquidaría la rotonda y atravesaría el paso de cebra.

El señor de verde aparecía con su pose habitual, alzado y de perfil, mientras un botón de la camisa decidía pasar y, presionado por el cambio de ritmo, embestía a su correspondiente ojal. El 65 luminoso empezaba a arrastrar su larga cola mientras las zapatillas se balanceaban contra la base de Barcelona cada vez con más frecuencia. En perpendicular al señor de verde, un disco rojo había vencido al titubeante círculo ámbar, mientras, desobediente, la luz de unos faros acariciaba las líneas del paso de cebra. El joven corría lanzado, dejaba ligeramente atrás al autobús mientras el SEAT rugía con amenaza.

Comenzaba a sonar El último café en el auricular izquierdo, todavía liderando la carrera hacia la parada del autobús, mientras el volante del León retumbaba con las percusiones del Don't ever let me go. Una mirada cruzaba, compartía el código al ver el señor verde, mientras la otra abolía el significado del disco rojo, quizás regida por los impulsos de otros planetas que le hacían meter la tercera marcha. Finalmente, un pie izquierdo pisaba la seca pintura blanca de la calzada, mientras un pie derecho aplastaba con fuerza un pedal agujereado de aluminio. No compartían destino, pero en un instante, convergerían.

Entonces sonaron tres corcheas enlazadas, la primera y la tercera, agudas, la segunda grave, con El último café, mientras el Don't ever let me go siguió inapelable su ritmo. El cuerpo reaccionó con un frenazo involuntario mientras un hasta entonces inadvertido felino de chapa rojiza pasaba a escasos diez centímetros del botón apretado de la camisa. Al segundo siguiente, el 65 luminoso y sus puertas automáticas adelantaban a la paralizada melena, mientras el súbito espanto azotaba al previsible perdedor de la carrera. Instantes más tarde, el autobús llegaba a la meta, ya más despacio, mientras el León, de la mano del viento, se dirigía hacia quién sabe qué.

Quizás se libró por poco, y sus manos, sus brazos, sus pies, sus piernas, su pelo y su torso subieron con estilo y finalmente al autobús, donde quizás se encontró a su futura mujer, a su próximo empleado o a su siguiente empleador, a su viejo amigo, a su postrero benefactor o a su certero y único asesino. O a su muerte, que lo acompañaba desde el inicio de los tiempos y hasta el fin. Mientras la tarjeta fichaba, la mano derecha tocaba un botón: quería volver a escuchar aquellas tres corcheas decisivas. Salvadoras, redentoras, quién sabe si fatales.


Tau de rec, en el camino más transitado.

20 nov. 2010

Mi dietario irregular (XL): Barbara Ann


Distraído, miré a aquel hombre y pensé en alguna cuestión tonta como qué clase de derechos de autor tiene la Biblia o cómo se comprueba que un bolígrafo no está gastado. El tipo llevaba barba y una camisa a cuadros, oscura. A ella le había gustado. Rebosaba la gente ayer en el Barbara Ann, los vasos vacíos se acumulaban y dentro, sólo los hielos sabían que el humo los rozaba mientras apuraban los más tristes minutos de su vida derritiéndose con una elegante parsimonia. Los platos, ya menos llenos de frutos secos, pasaratos y algunos bombones con virutas de coco y algunas pastas, se acumulaban a las dos de la madrugada, unos encima de otros, y yo y unas cuantas personas más habíamos aprovechado el sitio que dejaban libre en lo alto de la pequeña tarima para sentarnos. Di un trago al Barceló con cola, que era mío desde que lo había pagado. Las cuatro gotas de limón que, antes de eso, había echado el barman se hicieron notar en su llegada a mi boca, decantadas y cayendo en una carrera frenética contra el ron, el agua, la coca cola y los azúcares. Sabía bien.


El mes había sido extraño. Marcado por la Nueva antología personal de Borges, por el tango y la nueva música y por las distintas variaciones del Re de mis pobres guitarras, noviembre del 2010 me escondía la inspiración, y sobre todo me escondía las breves pero imperdibles plenitudes. La felicidad, le dicen. El barman sonreía delante de un cartel con la inscripción 60's & 70's night, se había alegrado de vernos una vez más y antes de echar las gotas de limón del cubata me había dicho que no nos fuéramos sin pasar por la barra. Había que compartir una buena noche con unos buenos clientes. El peinado de ese hombre también le gustaba a ella; a mí me hacía más gracia su cara, como ancha. Ese casco no podía con las facciones de su rostro, por eso me resultaba más interesante la cara que el pelo. Realmente, me hizo mucha ilusión que, después de tanto tiempo, el dueño de un bar me agradeciera mi presencia en su local.

Sentado, seguí mirando al tipo de la barba y la camisa a cuadros. Hablaba, animoso, con una chica bastante bonita. Así, pequeña, con ojos decididos. A ella también le gustaba el tipo, o eso me pareció. Yo estaba sudado, después de un par de horas de concierto. Los Siniestro habían estado bien, el recital me había permitido liberar adrenalina y, tras una semana escuchando algunas canciones, había logrado sentir con un buen flipe varias de ellas mientras todos dábamos saltos muy juntos, como atunes que se agitan, aplastados y resbaladizos, mientras la red los saca a la superficie. El humo, sin embargo, anulaba cualquier olor.

En el Barbara Ann no estaba Assumpta, pero sí los músicos, que habían llegado con unos atuendos similares o iguales a los que llevaban cuando terminaron el concierto. El cantante, con su sombrero negro y su piel blanquecina, llamaba la atención por encima de todos y conversaba sin extrañeza con cualquiera que se le acercara. Los Siniestro habían venido al Barbara Ann, tan perdido en la ciudad como estaba. Aquello le daba prestigio al local y a su dueño, que, inspeccionando en su IPod enfrente de la colección de vinilos, preparaba el siguiente tema que sonaría en el local. Yo no reconocería la canción, pero probablemente fuera de los Kinks, los Stooges, o los Cream, o, con más seguridad, de los Animals. A mí también me había entusiasmado coincidir en un bar con los Siniestro.

Volví a preguntarme algo absurdo como si pesaba más la fe o una zapatilla justo cuando ingería otro trago. El alcohol había empezado a hacer efecto. Durante la noche, habíamos hablado de varios temas. De música, el que prefería ella. A ella le gustaba que la escuchara hablar de música, y yo a cambio recibía informaciones nuevas bastante interesantes. Además, con un par de copas se apasionaba mucho al hablar de las épocas, las canciones, los discales y los vinilos, y arqueaba las cejas al hablar, de manera que asomaban, convergentes, por encima de esas gafas tan grandes, y se le hacían unos pliegues en la frente al hacerlo. No logramos hablar de tango, pero sí del cambalache que también es el siglo XXI. Habíamos discrepado sobre nuestros argumentos, más intensos y expresivos que bien formulados, en temas de política, y hábilmente habíamos pasado a hablar del sentido de la vida, que no es. Le había contado algo sobre una correspondencia con un amigo que está de viaje en Galway, y sobre las teorías que en aquella misiva formulé, basándome en citaciones de un profesor que hablaba de contingencia y de la estructura lógica de nuestro pensamiento, y también en las que Borges volcó con maestría en los versos y en las breves prosas de su Nueva antología personal. Quise incluso citar literalmente alguna estrofa, pero me tuve que conformar con darle una explicación mucho menos estética de ciertas expresiones clave de aquellos versos y aquellas ínfimas y eternas prosas. La inutilidad; el incesante paso de ese invento que es el tiempo; la muerte física y la muerte real, que no se pueden esquivar; los olvidos que habrán cuando fenezcamos; la existencia o no del fin o del origen; la definitiva y eterna inutilidad, de nuevo. No me atreví a sacar lo de la Vida, que verdaderamente es el gran tema de Borges, aunque no se atreva a referirse directamente nunca, porque es inenarrable. Así había desencadenado el alcohol nuestras conversaciones.

Eso de lo que no habíamos hablado era lo que yo quería escribir hoy, mientras suena Lucha de gigantes, o Cadillac Solitario, o Invitation to the blues, o esa pieza tan graciosa de Peter B. Looners, o Me pica un huevo. Quería porque noviembre ha sido muy hábil ocultando la plenitud y otorgándome, rácano, la única realidad del recuerdo presente -así definen el pasado los borgianos creadores de la cultura Tlön- para satisfacerme, y yo ya merecía burlar su guardia. Ha sido como ir todo el mes drogado, sin disfrutar esta ciudad que late y se despliega ante mí, sin librarme de la dulce nostalgia.

Quería escribir que ayer, en el minuto que os estaba contando, de repente, sin renunciar al grato pasado, me vi pasando por un agujero lleno de aristas que había aparecido en el bar, como recién creado o antiquísimo. Me vi llegando a un salón deforme donde se escondía, arrinconada, la plenitud.

Estaba en algún lugar entre el suelo y el techo del Barbara Ann, mezclada entre sabiondos y suicidas y -cómo olvidarte en esta queja, Cafetín de Buenos Aires- sonidos de bandoneones. Me alegré mucho de encontrarla al fin y, aún a sabiendas de lo instantáneo de nuestro encuentro, la saludé con la mano, dejándome ir, poseyéndola un poco en cierto modo, ya con la libertad que no me da este texto, que no me darán nunca las palabras. Luego volví al lugar donde estaba sentado, justo en el momento en que mi amiga volvía del baño, también sudada por el concierto e impregnada del humo del ambiente. A los pocos minutos, se largaron los Siniestro. Más tarde, el barman, que tiene un nombre bastante raro, concretó su aprecio hacia nosotros con tres chupitos de whiskey con chocolate. Acto seguido, nos fuimos. Ya de vuelta a casa, metido en el sobre, me rompió una canción Josele Santiago, el único suicida que había faltado aquella noche en el Barbara Ann.

Sweet home Buenos Aires, desde la otra orilla, anoche fue menos duro estar lejos de ti.


Tau de Rec (adora Barcelona, que respira y te mira)