"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

6 ago. 2010

Mi dietario irregular (XXXVI): Nocturno en colectivo


Ninguno de cuantos dispares personajes subían al colectivo fue capaz de imaginarlo. Eran once, y el conductor, doce. A mitad de trayecto, cuando todos los relojes de fuera de aquel vehículo marcaban las tres y cuarenta y dos de la madrugada, cinco minutos arriba, cinco minutos abajo, el tipo del gran abrigo marrón se levantó y comenzó su discurso.


"Recuerdo la música del pecado, me estremeció tanto sentirme vivo. La melodía la ponía una computadora de su piecita, y yo me acomodaba encima de unas sábanas que sólo servían aquella hora para descubrir, para apartarse y dejar paso a la inevitable fusión. En mi desnudez, lo raquítico sobresalía, pero mi piel dejaba efluvios de imperiosa necesidad, de desesperación, de aberrante y urgida desesperanza. Vida, al fin y al cabo. Era el pequeño aullido del Nocturno de Chopin, que de repente me pareció más vertiginoso que cualquier otra historia, y me arrastró. En un minuto, ya estábamos serpenteando, como animales, y yo veía otras paredes, otro lugar, otra realidad, otra persona. Quizás veía ella en mí a un perro despavorido, lo único que sé seguro es que yo portaba ese muro, ese antifaz -ese contra mi cara-, ese O make me a mask en mis entrañas. El ritmo, tan pausado e inalterable, me ataba a alguna parte, y se reía de mí, burlón, el tipo sombrío con el que alguna vez pacté una mejora de contrato. En un momento, las redondas eran corcheas y las negras ya semifusas, y todo se había acelerado tanto, que el Nocturno era para mí la Sonata número 2. Dientes mordiendo, ahogados gemidos y viajes milimétricos del cuerpo estaban en el primer plano de mi limitado panóptico, pero el resto era un infernal y definitivo cuadro de Dalí.



"Eso es, justo eso, un panóptico. Lo que aquello era, una pequeña pieza rentada con dos ventanales a la izquierda, seis metros de largo y tres de ancho, con su cemento en el techo y en el suelo y en sus bordes inalterables; se convertía en un panóptico cristalino, o en un atrio romano plagado de estrellas oscilantes en el cielo negro, con columnas a dos palmos que nunca alcanzaría, con una fuente y unos azulejos que la rodeaban, con su pequeño cabal de agua intacto y sus bordes inusitados, nunca abrazados por nadie más que el moho. Era un atrio, pero las puertas que lo rodeaban escapaban a la luz, y yo creí tenerlas todas cerradas, ocultas por la sombra. Ese paisaje yo veía, en lo que realmente sólo era una habitación enana. Una caja de zapatos, de gusanos de seda.
Traté, lo juro, de tomar el control, pero todo corría siempre más que yo. Agarrado en lo alto de la peonza, no hacía pie en aquel planeta entero que giraba a más velocidad que este bondi. Sé que paramos tras venirse ella y venirme yo, con una disposición de siamés cóncavo, la parte oriental mirando hacia el oeste, la occidental hacia el este. Sé que ella habló como quien vive algo, y tengo la impresión de haber respondido como quien ya falleció, vencido por la maza, balbuceando como un gangoso. Luego, recuerdo que la callé con un ademán de besar, y que callamos durante un largo trance, de unos minutos, que a mi me parecieron la eternidad, sólo besando con algo más que prisa, hambre de saciado, inercia de péndulo. Me pareció mezclar la hondura del Nocturno de Chopin con los frenéticos acordeones de La Noyée. Ella me habló un segundo de Tiersen antes de nuestra vuelta, que ardió como ardía el camino a seguir por Dante. Y yo descendí como descendió él, y me la pasé pensando en números, en jarrones azules, en cualquier cosa que me hiciera escapar de allí mientras el dulce horror durara.
Lo trepidante fue cada vez más forzado, en el sentido de que ya no rodaba todo escapando a mi control, sino que ahora el mundo se había detenido o estaba en una fase destacadísima del freno, y era yo y cada uno de mis músculos los que imponían la terrible cadencia. Sin querer, o quizás como el juego que realmente era, ella me había entregado el testigo, me quiso recibir sumisa y acepté porque no podía girar la cabeza y porque mis ojos se habían vuelto. Ciento ochenta introspectivos grados que me hacían verme el cerebro a pocos centímetros, y me permitían vislumbrar casi cada vena, cada gota de sangre que viajaba tan irremediable por mi cuerpo como yo por el suyo. Sentí lástima por el Homero de El inmortal de Borges y quizás la estaba sintiendo por mi, que me quedaba en aquellas empapadas sábanas por los tiempos de los tiempos. Y me vi a una distancia de quilómetros, aislado de todo y enganchado a las piernas de aquella mujer que era un símbolo de lo que hay de verdad y de mentira, de trampa y de abrazo, de épica y de patético en cualquiera de nuestros minutos.


"Ustedes que me escuchan, créanme si les digo que sentí el placer en cada uno de los segundos que esta noche narro, y que la mezcla del gusto con todo lo que veía y sentía y olía, con todo ese gigantesco castigo que yo quise siempre recibir, resultó una operación exponencial, que me transportaba a lugares donde todo es baldío. Mi experimento se fraguaba, conmigo palpando sus riñones y los costados de su abdomen, apretando con ansia ahí y plantándome en el precipicio de aquel fútil sino que dibujaba su espalda iluminada de sudor. Ella volvía la cabeza y se mordía el labio inferior, que era de membrillo, con dos incisivos y un canino. Y dibujaba una mueca de placer en el mismo costado por el que mordía, y miraba con algo cómplice, como jurándome un secreto, pero sin pedirme calma. Pero yo me fijaba poco en esos detalles porque, a pesar de tener lo más oscuro de mis ojos encarrilado hacia su rostro que se volvía, yo trataba de mirar con la mente a alguno de los puntos más borrosos, más periféricos, de mi rígido campo de visión.
Al final, ella casi adivinó lo fuera de mi que me encontraba, y quizás por eso dejó de ser tomada y se dispuso a tomarme, a florecerme desde arriba, con la presión de unos muslos que eran dos edenes, con el poder del mirar desde arriba con ojos de mujer, con la seguridad de controlar mi mirada en todo momento y de evitar mi absortez, y con el reto de luchar contra aquel cielo que me mostraba su atrio, aquella infinita familia de constelaciones que ahora se acercaban como se acerca el día del Juicio Final. Ella hacía juegos malabares para someter mi desvalido apéndice, el físico y el mental, y sólo a momentos, a los de más lucidez o menos temor o más olvido, yo me centraba instantáneamente en ella, y la veía como a Nefernefernefer por dos o tres segundos.
Al final, supe con certeza solamente algo de lo mucho que me había revelado aquella hora de Nocturnos de Chopin y de Non, Je ne regrette rien, y de Petootie Pie y de Wild is the wind y de Karma Police y sí, creo estar seguro que también de Yann Tiersen: cuando ella no tiraba más que de orgullo para hacer que yo recortara diferencias en las veces que nos habríamos venido uno y otro, adiviné la inminente fisión, en mitad de un inmenso sentimiento de culpa y de rabia y de entrega. Nos estábamos separando ya cuando me vine por segunda vez, y ella quiso que el cuerpo siamés no muriera y me abrazó, inclinándose, y me besó en los labios en semifallo, tocando mi mentón con parte de su boca. Yo me levanté y ahí fue cuando comprendí con certeza que la..."


Los otros once ocupantes del autobús ya escuchaban con atención, presos de la intriga, tras haber pasado por las etapas del incomodo, la resignación y el segundo incomodo, provocado por lo áspero que llevaban aquellas palabras consigo. Entonces, un despiste del conductor hizo que la rueda delantera topara con un mínimo bordillo que había en el lateral de ese túnel. El volantazo siguiente se encontró con el muro derecho de aquella asfaltada cueva. Las luces anaranjadas de los faros asistieron al siniestro, que resultó fatal: a ciento veinte quilómetros por hora, nadie tuvo tiempo de ejercer un último pensamiento.
Menos uno, precisamente el único que buscaba todo lo contrario a ser salvado desde aquel apoteósico atardecer en el que la minutera se volvió loca y el mundo le pareció una peonza.
La entrega no era hacia la amante, ni hacia la amada, ni siquiera hacia la vida o si mismo; era la asunción del corto trayecto, de la existencia del fin de la cuerda que hace girar a la peonza, y el nada volátil deseo de encontrarse con ese postrero aliento. Tal paradoja fue la única lección que aprendió en aquella caja de gusanos de seda, envuelto del Nocturno de Chopin.

En el suelo, lleno de golpes y magulladuras, el hombre del abrigo marrón lloraba sin pena ni esfuerzo.


Tau de Rec, en contra de la tramposa idea de la redención.


2 ago. 2010

Mi dietario irregular (XXXV): Un corro de periodistas


Campaña electoral. Un corro de periodistas se formaba alrededor de ese político. Antes, todos habían entrado por la misma puerta a esa cafetería de Barcelona, y habían subido a ese segundo piso que aquella tarde era una jungla de cables, focos y sintetizadores. Haría como una hora del inicio del cotidiano desastre. Sucedió, más o menos, así.

Con la cadencia de un columpio nervioso, se abrían las puertas de esa "mítica cafetería", un reformado espacio que da lugar a un centenario mentidero barcelonés alejado del lerrouxiano Paralelo, del barrio chino del caso Savolta o del barrio gótico del triste y calvo Oliverio, o del Raval de cualquier trotamundos de necesidad. Mítica según su novísima web, que todavía anuncia, como tierra el vigía del holandés errante, la reapertura de uno de los foros más emblemáticos de la ciudad condal "en estos tiempos en los que tanto sufre el sector de la hostelería". Las puertas se abrían y entraban, uno a uno, los atareados periodistas, con esa cara de sospechar que nace cierta y en ya es postiza, como de un impostado actor que ejerce de ciego del Lazarillo. La cadencia, claro, era rápida y forzada. A trompicones, a una velocidad que gripaba: la mente y las piernas eran uno: los periodistas corrían, abejas en el panal, a un ritmo que hacía honores al nombre de ese bar y no dejaba espacio para la corta e intensa reflexión.

En el piso de arriba, los periodistas mostraban su, a priori, distinta calaña. Los ensimismados. Los habladores. Los que son felices haciéndolo. Los que tienen tantas ganas de hacerlo como de lamerse el codo. Los que están más arriba, más aún, los que parecen haber salido de la caverna y haber visto que la luz no existía, que las paredes también reflejaban lúgubres sombras. Todos ellos se posicionan, armamento en mano. Se disponen a ver la carrera de hoy, el rally, lo más cerca posible del circuito: su oficio es captar un primer plano de la salida de pista del protagonista, escuchar cuál es su primer grito de dolor, y si no, conformarse con ver cómo toma la curva con destreza.

Llega el político, y la estampa esponjosa que se pintaba en el segundo piso de la cafetería ahora es una minúscula gota de líquido en una plaqueta de microscopio, que se aglutina alrededor de una mota de polvo que vive de eso, de formar corros y gotas de agua. En efecto, estaba todo planeado por el político: la disposición de unos originales cuadros, la jungla de cables, la asistencia de las abejas de su panal, la hora a la que debía ocurrir todo, cuánto duraría y cómo sería. Incluso tenía planeado su equipo de secuaces, que, además de jugar un falso ajedrez con sus pinganillos y sus aparentes controles de movimientos ajenos, debía planear todo lo que hemos dicho que planeó el político.

Tal y como lo pensó, ocurrió. Primero, un paseo para comprobar el nivel de docilidad, de hábito de doma, de esa jauría, para saber si los pesquisas, los sabuesos, seguían tornándose ovejas con un chasquear de dedos. En efecto, el corto paseo fue seguido por algunos de los insectos y sus aguijones de punta redondeada, unas cámaras que, aunque bobas, saben tan bien los planos que van a registrar como ese asiduo visitante, un anciano que mira asombrado desde el primer piso la curiosa forma de actuar de todos los seres extraños de arriba, sabe lo que va a tomar. Acto seguido, volvió a poner a prueba el conocimiento del código establecido de los presentes, y éstos lo volvieron a pasar: durante el discurso, vacío como puño a medio cerrar, todos los periodistas se mantuvieron en sus puestos, imaginando esperanzados un inminente abordaje retórico de su interlocutor que no llegará jamás y, en el plano mecánico -en la cruda realidad, si lo desean-, anotando las palabras que excedieran del monosílabo en sus desaprovechadas hojas. Luego aparecieron de la nada unos camareros, tan previstos como sonrientes. Portaban copas y comida ligera. El político tuvo su ración bien asegurada, y pasó a la tercera fase.

El corro de periodistas. Se acercaron todos, apretándose, tocándose, chocándose con el hombro duro del defensor que va a placar al ariete rival y viceversa. Su sueldo estaba en medio de ese inaccesible laberinto, y cualquier treta valía. El político hablaba flojo, a los veteranos de guerra, a aquellas abejas que más tiempo habían logrado tener tranquila su conciencia. Libretas, grabadoras y cámaras eran las lanzas que debía mantener a distancia; las preguntas, las flechas que debía esquivar. Pero el político, su equipo mediante, lo tenía todo controlado. Las reglas del juego eran suyas porque él había bajado la pelota de su casa, y si él no quería, allí no se jugaba más. Con lo cual, solía jugar a que no valieran las lanzas: off the record y a esquivar flechas de goma, que pocos se atreverían a lanzar. Pero sobre todo sabía que casi ninguno se regodearía de haber herido al dueño del balón en el caso que un llameante proyectil lo alcanzara.

Pasaban los minutos, y el escenario era cada vez más dantesco. El político creía que era Houdini, zafándose de dar opiniones personales de cualquier tema excepto de la lluvia. A cada minuto, los periodistas estaban más enfrascados en su rol de Sherlock Holmes, y los jefes de prensa del político suponían desprender un aura de protector del joven O'Connor.

Llamaba la atención del único guardaespaldas manifiesto del político, que se mantenía cerca y no tomaba un refresco o un piscolabis sólo por compromiso, a sabiendas que su función era estar ahí y nada más, que nadie le iba a hacer daño al agrandado funambulista en aquel circo de miniatura. Llamaba la atención la actitud de algún periodista que otro de los que estaban anquilosados en ese tumulto que imitaba el pilar humano de una torre de castellers. Sólo fueron un par, pero fueron. De repente, bajaban la mirada y se separaban de aquella bacanal mohína. Se iban, cogían una cerveza y un par de olivas y guardaban sus cosas. Y se largaban, cabizbajos. Llamaba la atención el posar de un par de artistas invitados, de los que habían pintado los originales cuadros de campaña de los políticos. Era similar a la figura decrépita de los periodistas pensativos, a la de aquellos que se habían largado, sólo que ellos no se iban y no miraban al suelo, sino a sus correspondientes obras. Tan dubitativos, eso sí, como los otros.

En un hipotético futuro, uno de los que aquella tarde ejercían ese oficio al que llaman periodismo, confesará que, encaramado en el corro, todavía de puntillas, le sobrevino la agradable y falsa quimera de que los allí presentes estaban pensando en sus cosas: un artista en su reciente revisión de Blade Runner, Jackie Brown o la obra de Warhol; un miembro del equipo del político en su última escapada a Sant Ramón, Basilea o Ljubjana; un periodista en la latente lectura de un libro de parodiados detectives, de afectados héroes o de sobrellevada pobreza; el guardaespaldas en una sofisticada receta que cocinaría a la brasa, al baño maría o a la cazuela; etcétera.

Pero no fue así. Lo que ocurrió allí es que todo el mundo fue a hacer su trabajo de la misma manera que quien controla la palanca de una máquina de redondeles de plástico y tira de ella cada ochenta segundos. E incluso peor: ocurrió que todos los profesionales allí presentes fueron a hacer su trabajo rutinario, y que algunos lo hacían pensando que llevaban a cabo un acto de justicia y nobleza, casi heroico.

Pero los artistas no eran héroes ni sus obras, de arte: habían vendido sus originales ideas a una tramposa y charlatana máquina de influir en el voto de manera tan ruin y subliminal como el viento influye en la mente.

Pero los periodistas no eran detectives de lo oculto: estaban más cerca de Hércules Poirot que de Holmes, y más de Colombo que de Poirot, y así hasta llegar al sabueso más cómico, al que los ficticios criminales hacen seguir pistas falsas y roer huesos de plástico. Los periodistas no eran soldados de la palabra veraz y honesta, ni eran los cronistas de las 24 horas de LeMans: ni siquiera eran juglares, sólo eran más trabajadores de un enorme mecanismo en cadena parejo al de Chaplin -apretar tuerca, aflojar tuerca-, o al de las hormigas, o al de las abejas. Sólo producían una miel amarga que nadie toma, aunque haya excedente.

Por supuesto, los miembros de la jefatura de prensa del político, así como todo su equipo de secuaces, no eran héroes en la sombra, no eran sacrificados escuderos, para nada eran Sancho Panza. Eran, tan entregados a su líder, los más vendidos, los más carcomidos de todos, los más falaces, los más débiles en la lista de víctimas.

El político. Es evidente que tampoco era el convencido Esquilache. Y tampoco el gran Houdini, no era siquiera un mediocre malabarista. No era más que un trilero engañado por si mismo. Y todo aquello que tenía controlado no era real: él era el títere, no el titiritero, un triste fantoche que reproducía letras prefijadas y huequísimas, y sonreía con otros músculos, rígidos, casi de muñeco de cera, que hacían de su vida un sinvivir de pantomima. Su cerveza le sabía a polvo.

Todos, al fin y al cabo, eran como el guardaespaldas, sólo que él ya lo sabía y se resignaba, quien sabe si escapando en algún mundo imaginario, en alguna receta de cocina. Eran una pieza más de aquella gran fábrica sin héroes que cada día alimentamos sin saber, sin pensar en cómo remediarlo.

Tenían que hacer algo, es tan simple como eso.



Tau de Rec, ¿periodista?