"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.
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9 oct 2010

Mi dietario irregular (XXXIX): ¡¡Come in through my bathroom window!!


He wear no shoeshine, he got/monkey fingers, he got/ coca cola, he say/ i know u, u know me/ one thing I can tell u is u got to be free.


Bonita vida. Como quien dice: bonitos zapatos, o: bonita melena, bonita. El helicóptero, el ventilador, hace ese ruido que no podía olvidar Martin Sheen. ¿Hacía aparecer Conrad al personaje de Duvall o es una creación de Coppola? Si lo es, ¡tremendo surrealismo! ¡Surf! ¡Tenía ganas de hacer surf!

El ventilador cada vez va más rápido, y me imagino agarrado a él, a una de las aspas, quiero decir. Imagínense: me caería, digo yo. Tanto peso.

Cocker está en pausa. ¿Dónde dio aquel concierto de los 70, el que aparece en Spotify? ¿Cómo se movía? ¿Vieron cómo se movía? El valor de un artista sube cuando esdevè un quadre. Cocker se transforma en dadaísta, provocando. Haciendo ver que toca. Toca en el aire: el piano, la guitarra, el bajo. Está gordo, orondo. Pero se mueve así, sin vergüenza. ¿Quién no tiene ganas de imitarle? ¿Quién no tiene ganas de imitar a Jagger? Desde luego, Cocker las tiene. ¿Va más allá?

Yo tengo ganas de imitarlos a ambos. ¿Soy alguno de ellos? ¿Soy Cocker? Me conformaría.

¿Qué pretende Hemingway con ese gran pescado? ¿Pez espada? ¿Joyce con Molly? Hoy leí que Muñoz Molina aprendió sobre los laberintos del receptor a partir de Don Isidro Parodi. ¡Si levantaran la cabeza Borges y Bioy! ¿Pretendían ser útiles? Fracasaron... ¿Fracasaron? Sí, fracasaron: era una burla lúcida, pero el receptor ¿llegó a ella? ¡Muñoz Molina descubrió el laberinto del lector! ¿La burla?

¿Sabían Bioy y Borges cómo se desarrollaban sus novelas? Los problemas de Don Isidro... ¿los planeaban? Me encanta pensar en esta última posibilidad que diré: ¿se turnaban los párrafos? ¿Joyce fumaba mucho?


Queda agua en la botella. Me agobio. Google. Buscar. "Cualquier...", ... "cualquier"... ¡NO! Correspondencia de Gil de Biedma a Ángel González, página 228, Lumen. Vía Google: "todos los gatos son metáfora". Grito. Recuerdo Ulls de gat mesquer, y Banga.

Recuerdo sus ojos. Recuerdo el cosquilleo, su aliento. ¿Se puede quedar uno en un lugar para siempre, Perec?, ¿En un momento? La tentativa de agotar ese lugar... ¡no era fija! ¡Qué desilusión! Perec, yo creo que me puedo quedar allí. Eternamente, sí.

¿Señor Churba?

Bebido, pero con total intencionalidad: Idmón es un amargado. Un listillo, siempre por los pelos. Lleva bigote. Orfeo es un tarado, pero algo sabio. Algo, no mucho. Heracles, otro amargado, la caída del héroe. ¿Medea? ¿Es el centro, o es la trama, o es...? ¡Euridamante es la joya, el Gran juego! Es lamentable: son una sola voz. ¿Dónde queda el Café de artistas? ¡¿Es Medea el libro?!


"¡Qué charrúa, cachavacha,/ qué penal que te han cobrao!". Trato de identificar los versos etílicos:
¿"Puede que sí, pero no empujen"? ¡Es el 28 de 30, quizás ya lo necesitó: bebió!

¿"Xochimilco es Venecia sin palacios,/ Buenos Aires París en duermevela"? Sí: esta la pongo porque habla de Buenos Aires. ¿A quién le molesta?

¿Por qué huele así este libro? ¿A ti?

De pie, pensando en la siguiente frase que hay que escribir, inconscientemente me toco los huevos. ¿Es Llach clásico? Clásico en el sentido de Griego. Tiene un Kavafismo; o un verso ovidiense, ¡no! Mucho más derrotista. Un verso visceral.

¿Asistiré al día del triunfo de la víscera? ¿¡Cómo será ese día!? Mortal. Final. ¿Inicial? No, quizás no.

Hay caras en esa primera orla. Caras en la segunda. Caras, también en la tercera. ¿Hay segunda? No, es ficción.

¿Tú lo sientes, ese deseo?

¡¡¡¡She came in through the bathroom window!!!! And though she thought I knew the answer/ Well, ¿I knew? But Icuold not say ¡¡¡¡¡And got myself a steady job!!!!! ¡¡¡¡¡And though she tried her best to help me!!!!! ¡¡¡¡¡She could steal but she could not rob!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody tell her?!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody see?!!!!! Sunday's on the phone to Monday, Tuesday's on the phone to me ¡Oh yeah!

Se acerca. Inocente, con su esprai, quizás guardado. Se acerca, tal vez no quiera, pero se acerca. ¿El pantalón le queda siempre así? ¿Es un suéter, es una blusa? Qué más da: ahora es una diosa, quizás tenga derecho a poseerla por un instante, si hay posesión. ¡Esa cara! ¡Cómo si fuera inocente, cómo si no lo intuyera como yo lo intuyo! ¿Esos ojos, adónde miran? ¿Realmente está ausente, o en otro lado? ¡No! Está aquí. Si digo acá, ¡más! Su esprai, tan cerca de ahí, de esas playas que HAY QUE CONQUISTAR... qué digo, tan cerca...¡tocándolas, bañándolas, las orillas!
La hace tan inocente. Ella, tan niña, con su blusa de mora, con su cara abstraída, con su víscera, ¡entregada! Su aliento...

¡¡Tarde!!

Es toda una mujer, o más. ¡No! ¡Es una musa!

No quiero más política, quiero mi entrega. Entregarme.
Suena el helicóptero: Yira; yira. ¿La vida es greda? ¿Estoy piantao?
Seguiría hasta la infinidad, así de borracho.
I like, pam pam pa pam; Birds.

Tau de rec. ¡¡¡Come in through my bathroom window!!!!

8 sept 2010

Mi dietario irregular (XXXVII): Maze


La culpa la tuvo Félix de Azúa. Yo vivía más o menos ajeno a la imbecilidad o, aunque estaba ahí, yo creía que nos respetábamos de mutuo acuerdo. Como todo yo creía, arrastraba un pero no. Tras un mes ejerciendo la sana costumbre de estudiar, ja, tres días antes del examen acudí por primera vez a una biblioteca. Allí, como es lógico, no estudié: busqué la sección más alejada de la materia que estudiaba y me hice con seis libros.

[Me revienta que nadie piense que es ilógico estudiar en una biblioteca. Con los miles de charlatanes que esperan, ordenados alfabéticamente, para contarnos las más diversas historias, ideas y manuales de instrucciones, ¿cómo vamos a perder el tiempo estudiando? Rectifico, aunque detengo mi marcha atrás argumental en el punto -no citado- en el que uno cree que esas presencias son el mayor de los retos conocidos para un profesor, o mejor dicho, para una materia de estudio. Muy interesante tiene que ser para no correr el riesgo de caer ante tamaña variedad de alternativas. Hasta los últimos días, siempre llegué a la misma conclusión: somos extrañamente demasiado responsables.]

Los autores eran García Márquez, Montalbán, Borges, Vila-Matas y Félix de Azúa, ordenados así por seguir el criterio de cuál dedicaba un mayor porcentaje de letras al trato del existencialismo y demás pajas mentales, aunque personalmente dejaría a los últimos tres en empate técnico, siempre llegando a ese resultado a través de modos absolutamente distintos de jugar el juego narrativo. Las obras eran Noticia de un secuestro, del primero; no recuerdo bien cuál del segundo, el libro en cuestión no me entró bien, a bote pronto; del tercero, Ficciones; Suicidios Ejemplares del cuarto y de Azúa, Historia de un idiota contada por él mismo y Ovejas Negras. Este último señor me demostró que somos ineptamente responsables, lo que nos convierte en irresponsables de mala calaña.

Por esos días andaba yo ya cansado de estudiar, como ya he dicho, y también de trabajar en los informativos de una radio. Y también de escribir a ordenador, cosa que ocurría con las dos actividades previas, con otro empleo más y con mi afición más mundana, que me había llevado a escribir sobre laberintos. Como el más imberbe amateur que soy, adopté la obsesión del ya presente en este texto Borges y de otros tantos genios de la literatura para contar una historia determinada. Le inculqué esta obsesión a uno de mis fragmentados y paliduchos personajes, y casi paralelamente, me obstiné con la idea del laberinto yo mismo. Así que esa tarde, ya habiendo ojeado todos los libros por la mañana, paseé por Barcelona con cinco de ellos a cuestas -el de Montalbán no lo reservé, aunque sea un absoluto admirador de éste como escritor, periodista, ensayista, gourmet, hincha y fanático de innumerables cosas, y tenga en buena consideración obras como Autobiografía de Franco, las dos novelas del señor Carvalho que han caído en mis manos y otros productos de ese genio barcelonés como el compendio Escritos Subnormales, que tengo ocasión de leer cada día, antes de entrar a trabajar, en una librería en la que me miran con rencor e incredulidad-. Pretendí perderme por Barcelona, y a ratos lo logré. Caminé por espacio de dos horas, y otra media hora, o un poco más, la pasé tomando primero un café con leche en una cafetería de la marca Valor -tienen bombones, también cafeterías- y una cerveza en otra parte. En ese lapso vagué por el centro de Barcelona, por las Ramblas, por el Paralelo, por el Raval, por el Barrio Gótico y por el Borne, y quizás todo ello fue un tributo compensatorio a Montalbán por mi aparente -y falso- menosprecio hacia él horas antes.

En una de mis paradas, con el café con leche, leí a Azúa: Historia de un idiota... . Y bueno, quedé bastante de acuerdo con él, aunque con un ligero, o latente debería decir, fastidio por considerarme una de esas personas que viven felices porque sí. Pero no me lo tomé a pecho, y creo que en ese momento lo interpreté correctamente. Paseé más y se volcó en mi mente la idea de que yo valía para aquello, para pasear. Y más todavía para perderme o pensar que me perdía. Me llegué a sentir pleno un instante.

Pero luego empecé a leer, ya con la cerveza, los Suicidios ejemplares de Vila-Matas, y la carga comenzó a ser combativa. El tío me hablaba de la plenitud en su primer texto, el de Muerte por saudade, o algo así. Reflexionaba también sobre la nostalgia que es un disfraz de la tristeza, cosa que supuso un primer golpe de derechas. Pero sólo marcaba el golpe, luego me soltó el gancho de izquierda con la plenitud, la incomprendida e inalcanzable plenitud, la vía única de alcanzarla con el suicidio y la incómoda paradoja de, por su naturaleza, no poder contarla. Pero me repuse; además, con bastante firmeza. Incluso le di mi vueltita a su tortilla, y pensé que esa plenitud -la suicida- que describía Vila-Matas a través de su alaberintado-mental protagonista era precisamente una liberación de sí misma y por lo tanto del Todo. De la necesidad de contar, de la combustible y tacaña vida, que nos mantiene incompletos. Pero todo ello se me olvidó al día siguiente.

Porque en las jornadas que siguieron me topé con los verdaderos intrincados corredores, con los ciudad de Troya, con los inabarcables rizomas. Fue en mi casa y fuera, en el trabajo y la facultad, inmerso en la rutina. Mi casa cuenta con una calle: el pasillo. El resto son callejones sin salida, salvo un balcón que me huele a Vila-Matas y a Lisboa desde hace unos días, por razones obvias. En la facultad, hay un pasillo casi idéntico en dos niveles distintos, y ramificaciones varias que llevan a ninguna parte, salvo tres de ellos, que dan a sus respectivas puertas de salida, si no me equivoco. En el trabajo es difícil no sentirse un diminuto bicho blanco recorriendo por dentro una caja de cartón llena de cerillas.

En mi vida, el laberinto es sencillo y de un sólo recorrido posible. Sucede cuando abro los ojos y termina cuando los cierro, diariamente. Es un camino recto, sin giros ni torceduras, ni, por supuesto, esquinas salientes. Entro por una puerta, llego en un instante al fondo del pasadizo, que delimita una pared marrón, me giro y vuelvo hasta la puerta, que me lleva por un rato a lugares oníricos y un poco menos inusitados. Yo cada día me pienso que esa simple ruta es un embole y que me pierdo durante el camino, pero testigos como Borges me han confesado que, visto desde arriba, se distingue claramente que sólo hay un trayecto posible. De lo que no han soltado prenda es sobre quién es ni sobre dónde está el Minotauro.

La cuestión es que, en el tren, de camino a la faena, leí a Azúa: Ovejas Negras: Creer o no creer. Es un artículo sobre Dios, las religiones, los nacionalismos y no sé si algo más. Relaciona estos ideales, muy ajenos a mí, con la desesperación del ser humano por demostrar, por demostrarse que es, y que importa, cuando en realidad solo es pero no importa: dura lo que dura y sólo ocupa espacio tan deleblemente como lo ocupa una mancha de agua. Y me da, por lo tanto, la hostia final. Un mazazo tras bajar la guardia: a mí, tan poco amigo de Dioses y Yahvéhs y de las identidades de las masas. A mí, que resulta que sí que tengo miedo a morir sin haber hecho qué.

Así que la culpa fue de Azúa, y colaboraron Borges y Vila-Matas. Lo pasé mal, me desanimé, miré a todos los seres vivos de mi entorno con cara de tabla de planchar, pensé de ellos que eran unos incomprensivos y de mí que era el único y condenado comprensivo. Y nada, lloré un rato, y me fui a dormir, porque estudiar y trabajar agota, y acompañarlo de cafés y futuro y reflexiones sobre qué, todavía más. Y ya lo ven, un día después, son las 4 y cuarto de la madrugada, y quizás esté perdido, y seguramente aún no esté muerto. Ni salí ni pienso salir a mi balcón a cambiar el agua que suelta mi ruidoso Fujitsu.

Y ahora, si no me puede el sueño, leeré a García Márquez, que tendrá lo suyo, pero no me hace sufrir tanto.


Tau de Rec, ¿seré yo Asterión? <-- Sorry, Azúa.

14 jul 2010

Mi dietario irregular (XXXIII): Vacaciones en Shangri-La


Escribo desde una habitación de hotel bastante sencilla: paredes azules, un ventanal grande más por alto que por ancho, un armario de carísima madera de boj y un colchón áspero y demasiado blando. Incluye un par mantas y una toalla, todo naranja. Este mes estoy de vacaciones bien lejos. Relajo mi mente en Shangri-La, no había dinero para más.

Shangri-La es tal y como la describía James Hilton en su Horizontes perdidos. Con ese aire crepuscular a todas horas, hace más rosadas las caras y más confortable la visión de las sonrisas ajenas. Las calles, de adoquín y mala hierba, están tan cerca de las nubes que el recepcionista jura haber visto a un gigante barbudo haberlas tocado de un salto. "Brincó a la pata coja", me comenta una vez tras otra, entusiasmado. Los edificios son de pueblo, con ventanas con rejas anchas y porticones de madera roída. Las campanas suenan bien y el clima, aunque siempre bien soleado, es más bien fresco, e incluye un rocío mañanero más que agradable. Por la calle, los tibetanos me han comentado que a poco más de medio día de camino se halla el infierno, pero que si quiero ir me tengo que abrigar. No lo recomiendan, en cualquier caso: este pequeño pueblo reconforta, es ciertamente un paraíso en las alturas del Himalaya.

En el hotel esperaba encontrarme con Joaquín Sabina y su enemigo íntimo Fito Páez, pero nada de nada. Sólo encontré un anciano parecido al primero en la barra de la cafetería del hotel, y también un graffiti en la calle de atrás de la frutería con la frase a medias Si volvieran los dragones. A cambio -me gusta suponer-, he topado con varios músicos, a veces arremolinados en el pub de Shangri-La para escucharse los unos a los otros por turnos, a veces repartidos en las esquinas de la parte más añeja del pueblo, haciendo versiones los unos de los otros.

Al principio no me di cuenta, porque vi a Andrés Calamaro interpretando Helter Skelter, cosa que me pareció normal. Tampoco fue extraño encontrarme a los Beatles al lado del cine en plena versión de Maggie's Farm, pero sí me alertó, y mucho, escuchar la voz de Mick Jagger de fondo... ¡cantando el Strange Fruit de Billie Holiday! A partir de entonces he asistido a breves recitales de esquina de todo tipo: Bunbury y el Mack the Knife de Armstrong, Armstrong y el Born to Run de Springsteen, en incluso al Boss cantando el Aquellas pequeñas cosas de Serrat a golpe de guitarra y con un acento perfeccionado hasta el límite de lo aprehendible.

Los músicos no son mayoría, aunque hasta ahora mi relato así lo refleje. No habrá más de dos docenas, quizás ni eso. Aquí lo que reina son los escritores: hay tantos como habitaciones tiene el hotel, que ocupa una manzana y tiene tres pisos. He podido entablar conversación con muchos de ellos, y me he encontrado menos soberbia de la que suponía en esta especie. Mi vecino de la puerta de enfrente es Jacinto Antón, un loco de todo lo que huela a aventura y a viajes. Me cuenta que no tiene un clavo -es periodista-, y que suele acercarse aquí en moto o en zeppelin, según la temporada. Sus historias son entretenidas, mucho. Y variadas. Un día te sale con Thor Heyerdahl, el moderno vikingo que cruzó el pacífico en una balsa de madera, la Kon-Tiki, y al siguiente te recita un poema de Ruyard Kipling y te lo relaciona con el Sudán de Las cuatro Plumas. Es divertido y agradable, y terriblemente apasionado. Lo único que le falta es mala leche.

De eso tiene mucho Fedor Dostoievski. A parte de escucharlo pisar el suelo con rabia y golpear el armario de su habitación -contigua a la mía-, he hablado con él varias veces en el pub. Mientras él se emborracha y yo también, siempre se queja de su penosa existencia, de los problemas que tiene. Dice estar en un mal momento: su mujer o su amante o algo así ha muerto o lo ha abandonado. No suele hablar del todo claro, pero eso me ha dado a entender. El otro día, mientras bebíamos junto a Tom Waits, nos contaba que ha empezado a reescribir Crimen y Castigo, pero que por las tardes está plasmando una parte de su biografía en papel. "Tiene que estar para noviembre", nos dijo. Acto seguido, Waits subió al escenario para recitar A supermarket in California de Allen Ginsberg y reproducir el Last days of the suicide kid de Bukowsky, e imitar finalmente el The train de Lord Buckley. Esta última parte de la actuación me enervó, y parece que a Fedor también: se trasladó al casino. Dostoievski es adicto al juego, y cada noche visita al azar para arruinarse más. Nuestros desanimados diálogos siempre terminan con un "me largo a Ruletenburgo" del ruso.

Pero con quien más hablo es con Josep Pla. Me parece un tipo íntegro, quizás demasiado inteligente en algunas ocasiones. Su clarividencia lo sitúa muchas veces por encima del resto, pero él está convencido de que es como todos, y tiene que aparentar. A veces quedamos para pasear, y es increíble la capacidad que llega a tener este hombre para fijarse en las conductas y convertirlas en sistema y aplicarles sus argumentos. Con los detalles, lo mismo: si lo cotidiano tuviera propietario, sería él. Fue Pla quien me advirtió de que Dylan siempre estaba dando tumbos o en el pub, en la mesa de Faulkner y Hemingway y Joyce, y no al lado del escenario con los músicos. Pero la cosa no queda ahí: fue él también quien se dio cuenta de que Faulkner era extrañamente escueto y bebía como una lima, mientras Hemingway se alargaba en sus intervenciones y mostraba una sobriedad nerviosa. Pla me puso al día sobre las paradojas de la vida y me animó a enriquecer mi pensamiento pensando en catalán. "Ja saps, el pensament anglès és el que és, així com el castellà són figues d'un altre paner: amb el català tres quarts del mateix", comentaba. Pla es quizás el más autocrítico de todos, "i per tant el més egoista", como siempre recuerda él. También es melancólico, como los suramericanos, sólo que él extraña el mar y ellos, la patria.

Me corrijo. Los suramericanos -cuento también a los mexicanos, aunque no lo sean- y Pla echan de menos lo mismo. Sus patrias, las emocionales. Lo aclaro ahora porque recuerdo uno de esos tan anárquicos coloquios que presiden Borges y Cortázar. Aquella tarde, en el borde de una carretera, estaban todos sentados mirando hacia la ladera, y conversaban mirando al horizonte. Que presidían Borges y Cortázar lo digo porque intervenían más y mejor que nadie. También estaban los altivos Bolaño y Piglia, y el más ensimismado Bioy Casares. Más a la suya, pero entre los dos, estaban García Márquez y Vargas Llosa. A la izquierda del todo, Arlt, Forn y Fresán intervenían con cierta cadencia, junto al invitado de lujo, un muy ágil Enrique Vila-Matas, que fue precisamente el que apuntilló el tema de las patrias.

Lo había sacado, cómo no, Cortázar, que habló de la distancia y de los globos verdes que vuelan en su imaginación para definir la patria. Pausado y poderoso, mentó lo subjetivo de su acotada descripción, y animó a Vila-Matas a completarla. Éste lo hizo con maestría, esto es, dejando huecos en su explicación pero haciendo énfasis en lo emocional de las patrias. Habló de las sensaciones que nos provocan, del importante papel que tienen los recuerdos en esta reacción, y clavó el final con los dos pies, con una metáfora divertida. "La magdalena del colega Proust", comentó burlón, bajando la voz y señalando hacia el hotel, "la magdalena es una patria".

Ahora que lo pienso, Cortázar tiene todo el aspecto que me describe el recepcionista sobre el hombre que toca las nubes a brincos. Altísimo, barbudo, conscientemente pueril...

Mi estancia en Shangri-La es de lo más agradable, como os iba contando. El otro día me lo pasé tremendamente en una terraza del pueblo. Mientras Gabinete Caligari tocaba una de Sisa, compartí mesa con Javier Reverte, Juan José Millás, Manolo Vázquez Montalbán y Jacinto Antón. Cuando mi vecino de habitación me dijo que vendrían sentí recelo, porque pensaba que iban a conducir el encuentro por derroteros distintos a los que Antón y yo seguimos, con lo bien que congeniamos. Pero nada de eso: Reverte y Millás no paraban de fumar porros, y fue curioso como el primero hacía bromas con su propio apellido al contarnos sus experiencias como reportero en zonas que estaban en guerra. Y Montalbán...¡cómo tragaba Montalbán!

El pub es un espectáculo cada noche. La mesa de los suramericanos es la que más gusto de escuchar. Me puedo pasar horas y horas, y no me cansaría nunca si no fuera por el humo que sale de sus cigarros liados. La de Faulkner, uno de mis favoritos por haberle robado el carácter a Hemingway, reconozco que es atractiva como pocas. Los invariables son ellos dos y Joyce, pero cuando se apuntan Proust, Salinger y Woolf la cosa se pone tan abierta y dinámica. Alguna noche ha llegado a haber una quincena de escritores alrededor de esa mesa, todos vociferando frases impolutas y construidas con precisión y minuciosidad. De Rulfo a la pareja García Márquez-Vargas Llosa, pasando por Juan Benet y Scott Fitzgerald, o por cuerpos extraños como Flaubert o Tolstoi, nadie deja pasar la ocasión de escuchar las discusiones sobre Por quién doblan las campanas, Ulysses o Los placeres y los días. Sobre En busca del tiempo perdido nunca discuten: se ha intentado un par de veces en lo que va de mes y Proust lo ha zanjado con más de media hora de monólogo sobre Combray, Swann u Odette. Una de las noches fue cómica: un cantautor de trabajada reputación confundió El viejo y el mar de Ernest con Las olas de Woolf. Virginia lo miró con una infinita paciencia en la mirada, y fue la única que no carcajeó. Esbozó una sonrisa tan inquietante como su novela, aquella que no volvería a confundir el artista.

El más guasón, con diferencia, es Cabrera Infante. Una tarde rojiza como cualquier otra, el cubano propuso a Leonard Cohen que cantara el Ojalá de Silvio Rodríguez, y acabamos los tres tomando unos Scotch Whiskies, anclados en la barra, pasadas las cinco de la madrugada, con el rojizo del alba. Cohen nos contaba una y otra vez cómo era Suzanne, y Cabrera Infante se descolgaba con un "se podría hacer una película de ella". Sus intentos por desviar el tema de conversación al cine siempre eran en balde, aunque un día le di un gustazo que ni se lo merecía:

Después de criticar un poco a Hemingway y su obsesión por las islas y los sanfermines, le hice creer que le llevaba a una sala para comentar su Tres Tristes Tigres. El cubano estaba muy asustado: su astucia siempre le hacía escapar de la crítica literaria, pero comentar su obra cumbre en una sala de un pueblo perdido en el Himalaya repleto de escritores y músicos -intuyo que temía más a los músicos, por la estridencia en la oratoria de algunos- podía resultar demasiado para su autoestima. Cuál fue su sorpresa cuando llegamos y aquello no era una sala de reuniones, sino una sala de proyecciones. Un cine.

Conseguí que asistieran el 90% de los huéspedes del hotel y todos los músicos menos uno o dos. Incluso vinieron Borges y Ray Charles. Todos juntos, asistimos a la proyección de la versión extendida de Amanece, que no es poco. El auditorio era una carcajada: hay que ver lo poco que les hace falta a los intelectuales para descojonarse. Sólo tienes que ponerle el chiste en un soporte del que tengan buen prejuicio, como los niños que sólo se comen la sopa si la pasta tiene forma de letras.

Al día siguiente, en los huertos de debajo de la carretera principal de Shangri-La empezaron a brotar hombres. La vista ahora es más espectacular si cabe: del paraíso terrenal, tan cercano al techo, al cielo, no sólo brotan plantas de colores y árboles de sequoia y boj, sino que ahora crecen hombres. Incluso me ha parecido ver uno semejante a mi, al que el Cigala y Drexler regaban con un Try Just a Little Bit Harder y Janis Joplin y Aretha Franklin animaban con un fandango.


NOTAS: Ayer pillé a Cortázar tocando las nubes, brincando a la pata coja. Gritaba "¡De la Tierra al Cielo!" como un infante. En el suelo, sólo él parecía ver una rayuela; en la pared que había tras él, sólo yo parecía ver el dibujo del Mándala.

Shangri-La me encanta, es el lugar perfecto a donde ir cuando llegan las vacaciones y no tienes un clavo para viajar.



Tau de Rec, del Galatea a Shangri-La.

19 abr 2010

Mi dietario irregular (XXVIII): El día en que se leyó


Aquella mañana, nadie entregó sus trabajos. Para una pequeña parte de los estudiantes, aquello suponía un suspenso en su expediente. Una mancha para los alumnos tradicionalmente impolutos, una muesca más para los absentistas, para los de bar y césped y sábanas pegadas. Una mancha y una muesca rebelde y vengadora para todos.

Pero lo heroico no fue aquel día el hecho de suspender. Fue lo siguiente: A las nueve y cuarto de la mañana, cuando el señor Antiliterario (llamémosle AL) se empezaba a impacientar, no había nadie en clase. Asomó la cabeza por el pasadizo, y le extrañó el paisaje: cuatro alumnos se repartían en el espacio del corredor. Un par, apoyados en la pared de tocho, los otros, en la cristalera que dejaba ver el campus. Nuestro AL notó que todos leían, ensimismados. Uno sostenía, ligeramente inclinado, A sangre fría, de Truman Capote.

Había vuelto a su aula, pero a las nueve y media nadie había aparecido. Volvió a salir, con ese andar inseguro que siempre había tenido. A por un café, con un pensamiento tan poco articulado como era habitual en él. Nunca fue el favorito de los alumnos, pero eso a él le daba igual. Es más, nunca lo quiso querer saber. Su materia era demasiado importante como para prestar atención a su entorno. No era raro que pensara que sus alumnos eran unos alelados vestidos de niña o de vagabundo, generaciones malsanas que sólo un milagro podría arreglar. Volvió a salir, decía. Y ya no eran cuatro los alumnos del corredor. Eran cuarenta.

Fue al bar y, bastante indignado por su ya casi cancelada clase magistral, pidió un café con leche. "Amb llet natural, curt de café", dijo a la camarera. Mientras lo esperaba, observó que en el bar nadie hablaba. Estaba repleto y en un silencio sólo roto por el ruido de la cafetera y el del repicar de sus dedos con la barra. Y todos leían.

AL paseó toda la mañana. Todas y cada una de las aulas estuvieron vacías hasta pasado el mediodía, cuando ya no cabía nadie más en pasadizos y aledaños de la facultad. Todo el mundo estaba leyendo algún libro.

En la puerta del bar, una chica rubia leía Ébano, de Kapuscinski. Al lado, recostada en la columna que hay en medio del pasillo, una estudiante con pantalones de pana beige buceaba en los Cien años de Soledad del Gabo. A García Márquez también lo leía un alumno gordo, mayor de lo habitual: era Relato de un náufrago. El mar y la reflexión estaban muy presentes en las escaleras, donde una chica releía, viva, con una mirada atenta y despierta, una obra viva también. Las olas, de Woolf; y un chaval de primero de periodismo movía los pies lentamente a un lado y a otro inmerso en el mundo Hemingway, en El viejo y el mar.

Lejos del bar, en la puerta cercana a la biblioteca, unos ojos rebeldes fumaban y leían a Proust, en busca del tiempo perdido. Sentado en el camino asfaltado, con las piernas dormidas, un obseso de la lectura disfrutaba con Madame Bovary, de Flaubert. Más nervioso, un joven con poco pelo devoraba una de las aventuras de Pepe Carvalho, tan amablemente creadas por el genio Vázquez Montalbán. Cerca, un discípulo en la distancia del bigotudo del Raval como el mexicano Juan Villoro daba alas a un neonato periodista con vocación de escritor con El testigo.

En el chalet coincidían lectores de Rayuela y el Libro de Manuel, de Cortázar; con pensativos alumnos perdidos en las Ficciones de Borges y El Sueño de los héroes de Bioy Casares. Incluso había estudiantes religiosos leyendo la Bíblia y el Corán, y aficionados al mundo clásico abstraídos en Las Argonáuticas.

La cantidad de libros que vio abiertos AL le abrumó. En el césped, Especes d'espaces de Perec, las Cartas a un joven periodista de Cebrián, la Lolita de Nabokov, los Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce de Bolaño...

El paisaje se le antojaba una distopía. Lo pensó cuando vio 1984 de Orwell en manos de un chaval de barba de chivo y camiseta de El último ke zierre. Lo confirmó al localizar Mañana en la batalla piensa en mí, de Marías. No quiso mirar más títulos de libros.

Tras unas horas, decidió irse. Aquello era la conjura de los necios. Los estudiantes, suspendidos o no, se fueron retirando a su casa, contándose la maravilla que acababan de leer. Aun sin Políticas de comunicación, Estructura de la Comunicación de masas ni Economía de España y Cataluña, el día había sido provechoso. Como nunca.


Tau de rec, en la UAB, pensando en qué pensaban los que decidieron que la literatura no sirve a los futuros comunicadores.

28 mar 2010

Mi dietario irregular (XXVI): Abominado


Esta es una de tantas historias de persecución. Yo, Tau de rec, soy el perseguido. El joven de las rastas negras y anteojos, el sabueso. Hoy, les pido por favor, vayan ustedes con el fugitivo de turno. En todo caso, trataré de ponerles de mi parte con palabras. Les sitúo: Barcelona, el Triangle, FNAC, planta segunda, esquina de novela española e hispanoamericana con novela extranjera. 14 y 06.

El detective es descuidado, piensa en cómics, vive en un cómic. Además del pelo y las gafas, reconózcanlo por su siniestro chaleco de operario de rampa, franja horizontal amarilla, fondo verde. Él todavía no me distingue de la muchedumbre, pero en su placa logro averiguar, fugazmente, su apellido: Bufarull.

Llevo años haciendo esto, no se lo voy a poner fácil. En un espacio de veinte metros cuadrados, deberá ser rápido e invisible para echarme el guante: mis escondites están en las paredes, en las estanterías, y mis cómplices serán nombres tan ilustres como Bioy Casares, Roberto Bolaño o Milan Kundera. Son impagables, me ofrecen mundos por donde huir a cambio de nada.

14 y 12. Una vez hecha mi primera toma de contacto con el terreno y mis potenciales aliados, ya me sé observado. Efectivamente, se ha fijado en mi, soy uno de los cinco o seis ejemplares diarios que se estancan en el ambiente, que usan sus mundos de forma ilegal, que el joven del chaleco se encarga de atrapar implacablemente. El visitante no debe estar más de cinco minutos en una sección, esa es la premisa.

Se acerca. Hora de escapar. En la estantería central me espera un aliado como pocos. Julio Cortázar, con su metro noventa y largo y su dominio de las calles porteñas y del subsuelo de París,es mi escudero perfecto. Tomo en mis manos un Salvo el crepúsculo maravillosamente fuera de lugar y me mezclo con su lírica aprosada. Bufarull no va a lograr seguirme por Corrientes ni por Montparnasse, ni se va adentrar en los pameos ni en las meopas. Como dice el título, nadie, salvo el crepúsculo, recorre ya este camino.

14 y 19. Tranquilo, decido salir de mi refugio. El del chaleco tarda un par de minutos en darse cuenta de mi nuevo deambular. Se acerca, decidido a aplastarme. Pero no tengo miedo, he visto ya varios candidatos más a protegerme. Elijo, ya en extranjeros, a Pessoa, por encima del afilado Baily, del celebérrimo Auster y del maestro de maestros, un Borges que me ofrecía su Aleph para concebirlo todo y me iba a escoltar, troglodita y homérico, hasta la ciudad de la vida eterna si yo lo hubiera querido. Pessoa, ya transformado en Soares, me ha ocultado entre el desasosiego, ha montado durante casi veinte minutos una telaraña inabarcable de pensamientos que no dejaba entrar a Bufarull. Yo lo veía desde dentro, seguro pero irremediablemente desasosegado.

14 y 40. Casi acabo huyendo del mundo de Soares, y eso me ha hecho salir a la superficie con tanta fuerza como descontrol. Resultado: voy de cara hacia mi captor, al que tengo que esquivar con un giro hacia, de nuevo, la literatura española e hispanoamericana. Sé donde meterme, y aunque diligente, soy ahora, en el espacio último de mis entrañas, temeroso y delgado. Frágil. Aun así, cegado y voraz, agarro el toro por los cuernos. Bolaño, 2666. Sé de él algo, poco o mucho, ya me ha defendido de este mundo con Los Detectives Salvajes, pero esto es infinito. Ando a la búsqueda de Von Archimboldi con ese perro mordaz y testarudo que es el chileno, que llama a la historia "puta sencilla" y que me hace sentir enano, diminuto, pero terriblemente poderoso y feo. Abominable.

15 y 03. Algo me arranca de Santa Teresa y el universo Bolaño: otro fugitivo que desiste y huye definitivamente del lugar, rodeado. El efecto colateral que sufro es perverso. No sólo he perdido para siempre el hilo de 2666, sino que ahora a Bufarull le ayuda otro galgo de barba de chivo y chaleco maloliente. Recurso rápido. Un poco de Vila-Matas para tener tiempo para pensar. No me sirve de mucho, porque su Dietario Voluble es poco etéreo y sé que sólo me defiende ese imponente apellido compuesto. Así que hago un cambio rápido y me desmarco hasta una esquina, letra B. Sigo sin usar a Baily ni a Borges, tampoco a Benedetti, pero encuentro una joya de otro señor de las letras sudamericano. Bioy Casares me lleva hasta otro mundo inventado, el de Morel. Y yo, qué remedio, soy el fugitivo. Casi un siglo de huida me sirve para talar mis pensamientos y deforestar toda mi mente. Estoy definitivamente loco, reptando por una isla donde todo es una ilusión y donde voy de cabeza al desastre. Logro escapar, con una sensación divertida pero dolorosa, orgásmica y, por lo tanto, sumamente descontrolada.

Una parte de mi, entonces, quiere releer El viejo y el mar. Necesita un poco de Hemingway para sosegar, para beber y para pensar mucho y en frases cortas. La otra necesita seguir con la droga, un poco de Orwell. Volver a un año, 1984. Lo que sí convienen las dos partes es que debo escapar hacia otro mundo. Casi sin quererlo, llego a una edición, bien atractiva a la vista, de cuentos de Robert Louis Stevenson. Busco, volviendo a la niñez adrede, un tesoro y una historia de piratas. La releo calmado, placentero. Luego me asalta la bestia y yo salto a Londres. Soy el Doctor Jekyll y soy Mister Hyde. Sigo bipolar, vamos. Vuelvo a Barcelona, FNAC. Son las 15 y 30.

Ya llegan, su estrategia ha funcionado bien y me tienen acorralado. Sigo en la novela extranjera, justo debajo de Stevenson. Ahí está el suicida Toole para darme cobijo. Él y pocos más entienden que, solos, nos sometemos a La conjura de los necios, así que no tengo dudas de que será un valladar, al menos durante unos minutos. Acompaño a su fenomenal protagonista, Reilly, por las todavía vivas calles de Nueva Orleans, y me empieza a caer bien el tipo y de repente me encantaría tomarme algo con él. Pero salgo, salgo ya, porque los hombres del chaleco verde no son dignos de entrar a esta ciudad mágica y, ciertamente, están a punto de hacerlo.

15 y 38. Llego tarde a bordo, pero no me importa, primero tengo que huir de aquí, a ser posible con un botín. Hay que terminar el juego a lo grande. Mi estrategia es arriesgada: Milan Kundera y La insoportable levedad del ser. Una genial compañía que no sé si encontré ya en Buenos Aires o fue aquí, en esta misma ciudad, me recomendó este mundo para marcharme definitivamente. Allá voy.

15 y 50. Qué agobio, qué indescriptible agobio. Por un momento, me he olvidado de la vida, de la huida y sólo he tenido presente la persecución de mi propia esencia por mi propia esencia. Kundera me ha vencido, pero también me ha ayudado. Como si de una barrera electrificada se tratara, Bufarull y compañía no han metido un pelo en un radio de cinco metros. Y yo, yo estoy exhausto y no sé ni donde vivo, pero la avaricia me puede y quiero dar un golpe, el último. Si al menos pudiera acudir a mi mochila, donde el Macondo del Gabo me espera, para mi tan vivo y claro y conocido como la palma de mi mano. Si pudiera acudir a mi carpeta, a la Historia Argentina de Fresán, que se reiría tanto y tanto de Bufarull y compañía. Pero no puedo, requeriría una maniobra tosca y contraproducente sacar a relucir esos mundos que ya son míos, privados. Decidido, el último golpe será sorpresivo y aturdirá a mis terribles captores.

¡Ja! Esto no se lo esperaban. Gutiérrez Aragón, La vida antes de Marzo. No voy, como quizás era de esperar, en la ruta Bilbao-Nueva York-Bilbao, sino en la Bagdad-Lisboa-Bagdad. Eso sí, enseguida me descoloca este tren. La conversación de los dos tipos me exalta, me tumba y me anestesia, e incluso me hace llorar por dentro. Mis captores no están por los pasillos del tren, por lo menos. Pasados diez minutos, empiezo a pensar que subir en este ferrocarril ha sido una decisión con consecuencias tan entrañables como macabras. Efectivamente, el tren se acerca a Atocha, pararemos en Madrid. En el andén, mis dos captores conocen mi vagón. No lo veo, pero suben y se dirigen a mi, tremebundos. Me agarran por la espalda y me giran sin piedad.

-Perdone, ¿quiere algo?


Me han pillado, he abusado y lo pago ahora, desterrado de cualquier atisbo de cordura, lejos del hogar y del Galatea. -Sólo estoy mirando, gracias. Respondo desalmado, triste y carente de mi sano juicio. Mis ojos, perdedores y desorbitados, los asustan y se van, confundidos. Pero mis captores, ahora cobardes, me han pillado, han cumplido su misión indefectiblemente, como la cumplirán dentro de un par de horas con el siguiente. Me han condenado, estoy señalado, crucificado, sentenciado. Abominado.

16 y 05. Voy a salir de este inmenso laberinto. Pero voy a salir con la cabeza alta, aún tengo fuerzas para una treta póstuma. Un regalo para mi hermana, la familia es lo primero. Necesito un mundo de mujeres, y un mundo amplio, con trenes, maletas y nómadas. Mejor imposible, al lado de Bolaño y su novelón está, agazapada pero con la melena al viento, Soledad -qué ironía- Puértolas, proponiéndome un mundo de Compañeras de Viaje. En tres minutos, hojeo su desternillante y cálido planeta, y me decido, justo cuando vuelve hacia mi el del chaleco.

Cuando llegue a casa, algún día, a mi hermana le gustará el regalo, se lo daré y le estaré dando un instante de felicidad. Vale la pena. Ahora, que no sé si esto es lo real o lo otro, voy a ir ramblas abajo, al puerto. Me espera el Galatea. Eso sí, primero tendré que sobrevivir a Bufarull. Vestido ahora con el traje de luces, espada en mano, se perfila para darme la estocada final. Pero yo soy Tau de rec, soy un miura. Que se atreva...


Tau de rec, loco en 360 grados, de permiso en Barcelona.


"Olvida la visión del terciopelo azul".