"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

5 dic. 2011

La corista


Ahí está la corista, cantando los versos que le tocan. El teatro está lleno, las entradas se agotaron en cuestión de un par de días. El foco de luz, a unos metros de ella, expone al artista, que deja consumir un cigarrillo entre las clavijas de las cuerdas graves de su guitarra. El auditorio acompaña un estribillo nacido del terror egoísta del cantante. Suena, pues, la guitarra del afamado músico, su voz, la de todas las coristas, la batería, los teclados y el clamor mimético del público.

El verso: "[pongan aquí el verso que quieran]".

Y a nadie le importa si a nuestra corista le acucian mil preguntas sin respuesta, si hoy vio a alguien morir, si tiene hambre, si su ex pareja le despierta los peores sentimientos, si le pica la pierna, si odia ese verso que tanto le recuerda a sus propios miedos. Si lo balbucea cuando sueña. O qué piensa de esa forma de cantar, a voz comedida.

Vendrán dos versos más y se acabará la estrofa. En ese corto lapso de tiempo, alguien habrá reparado en ella, en su voz o en su figura, o en su tono, aunque sea por mero despiste. Luego, sólo quedará la reverberación de la última palabra, acorde, golpe; y las pulsiones y los sentimientos de cada persona de esa sala seguirán su curso. A menos que alguien muera de repente, claro.

30 nov. 2011

Un cocinero resfriado (otra letanía)


Perderse como un cocinero resfriado. El secreto momento de pánico en un avión. Pasar de Chacabuco a Maipú sin cambiar de calle. Comer ante un espejo. Pedir una lágrima, recibir un café. Blandir la soledad, el lápiz. Arena bajo los adoquines de Defensa. Murales psicodélicos, Beatles amarillos. Billetes en un colectivo. La vida de un taxista. Un Malbec Uxmal entero, solo. Leer al Marqués de Sade en el subte. Lamentarse por La Sinagoga de los Iconoclastas. Las banderas descoloridas de Buenos Aires, esa esquizofrénica con dotes de genio y síndrome de Diógenes. La devoción por una ciudad.

Direcciones, paradas de metro, lugares. Historias: Agüero. Güemes entre Sánchez de Bustamante y Billinghurst. Hospital Clínic. Fontana. Rocafort. Maria Cristina. Viladomat y Provença. Perú y Chile.

La poesía, Pizarnik. La nostalgia imposible, Allen. El don, Copi. El fracaso ineludible de toda creación. Todos, por supuesto.

La historia de unos periodistas extraviados e infames. La historia de un lotero que le regala un número con premio al Rey. La historia del tipo que llega a una ciudad desierta. La historia del anciano que reconoce en los ojos de su gata los recuerdos perdidos. Anagnórisis. La historia del vagón de tren que decidió sobre un suicidio ajeno.

Acariciar a una gata. Abroncarla. Encabronarla. Acariciarla de nuevo. Los instintos primarios, el juego, indispensable e inevitable.

Perder lo platónico sólo es posible si ocurre.

La desposesión. Las afinidades. El tacto, que tan plácido descanso da a las palabras.

Las jaurías de periodistas y de noticias, la desdicha. Por contra, la música: solución y pregunta, imposible de impostar.

El coronel Kurtz diciendo eso de "He visto un caracol, se deslizaba por el filo de una navaja. Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla: arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja de afeitar y sobrevivir".

Interminables formas de subir 117 escalones. Otras tantas formas de olvidarlos.

La inherencia y la perpetuidad del miedo. Rara vez se adormila.

Sensaciones idénticas: el sol en Río Negro, respirar en Iguazú y tumbarse en esta atalaya.
Ajeno, por un segundo, al reloj de arena.



Tau de Rec

28 oct. 2011

Viladomat

Una guitarra nueva. Una canción, un poema como un mazo. Un plato elaborado pero sencillo, elegante hasta la última miga. Sapiencia en psicología social. Un lapiz. Una piel tibia entre el frío. Alguien me dirá que feng shui. Lo que queda de la letanía de mis necesidades está, y no hay que enumerarlo. Incluida una generosa cantidad de ausencias que lo hacen todo más agradablemente tenue y unas goteras que marcan el tempo. Calmo, riéndose del diluvio de afuera. Por eso no puedo escribir esta noche, por pura victoria. Mi gata sueña que corre y, creo, sueño todavía. Por eso he escrito, por una derrota cadenciosa, en replay por los tiempos de los tiempos.

Tau de Rec

17 jun. 2011

Extraño

Uno echa de menos el pavimento adoquinado de Buenos Aires, de camino a Plaza Dorrego por Perú, Defensa o Bolívar. Uno googlemapea sin remedio ahora aquel árbol en el parque de Avenida Figueroa Alcorta, ahora aquel antro perdido Corrientes abajo, ahora lo que se le presenta en el recuerdo. Uno resguarda del olvido a aquella lavadora saltarina, el clavo del sofá azul y la raya de un cuarto de círculo en el parqué. Uno revive el momento en que descubrió que Katie se había dejado ropa interior y Marco, el ventilador encendido. Uno casi regresa a las mañanas de pijama y pelambrusca en los desayunos del Café Zabala, a las tardes de footing con alfajor y zumo al repostar. Uno no se despega de aquel mascarón de proa colgado en uno de los puestos del mercado de antiguallas de San Telmo. Uno sigue robando papel de váter de los baños de la Universidad de Belgrano.

Y uno se engancha al chamuyo crónico argentino con la avidez con la que el cañismo español coerce. Es mejor la broma infinita que la enquistada apariencia.

Uno vive aquí en estado funcional, saltando las aspas de la turmix del mercado y con la cabeza absorta. Pero nunca se olvida de cuántas eran las calles que recorrían a su musa coja y parlanchina.

1 mar. 2011

23

Decía: Cuando vaya a cuarto de la ESO me dejaré un bigote largo, y una barba de punta.

Eso le decía a mi madre durante las primeras tardes en las que volvía del colegio sin que ella me acompañara. Lo decía porque sabía que iba a ser tío de mucho pelo: ya tenía unos pelos finísimos y oscuros en los morros, tan enano. Todavía no sabía qué quería ser, quizás futbolista, y sólo comprendía con certeza algunas cosas pasadas. Conocía, sin dar con las palabras que lo describieran bien, ese sentimiento abisal, ese vacío tremendo que me sabía provocar recordando aquel día en que le dije a mi hermana que no me gustaba su regalo o aquel otro en el que preguntaba, con una sonrisa nerviosa, que dónde había ido el yayo al morir. Conocía la tristeza, y también el eterno rompecabezas de la mentira que, sin yo saber cómo expresarlo, utilizaba para escapar de todo aquello que no veía beneficioso o divertido para mí. Así que practicaba el egoísmo sin tener noticia de él, de la misma manera que practicaba la rabia sin remordimientos -rabia sin rabia-, por el mero hecho de no adivinar mi mente -ni siquiera contemplarlo- su abominable abasto.

También sentía la ilusión sin apenas darme cuenta. La ilusión en día de reyes, la ilusión tras una victoria, la ilusión por un nuevo tazo, la ilusión por una broma dominguera de mi padre en el sofá. La ilusión de comprender un problema, la actitud de otro mocoso amigo o el argumento de una serie. O de dar con la palabra exacta que quería contar.

Ahora que lo recuerdo, mezclaba sentimientos con el dominio y los automatismos con los que daba toques a la pelota de ping pong sin dejarla caer al suelo. Concebía la eternidad y concebía el infinito, o mejor dicho, creía que eso de los límites era algo inventado, una mentira, un engaño. Sin ser consciente, prefería pensar que nada se perdía.

Pasaron los años y, en cierto modo, se cumplieron los augurios. Sobre el pelo, digo.

En cuarto de la ESO llegué a tener bigote durante un par de días de clase, pero quedaba muy fuera de lugar. Algo de perilla tuve (y mantuve: era más habitual, menos rompedor). Llevé peinados distintos y estrafalarios. Ahora sí, llevo bigote y barba, quizás en algunas fotos me parezca a aquel mosquetero, a aquel filibustero o a aquella estrella extraña que soñé ser.

No han pasado tantos años, tengo 23. Y la cosa, no se asusten, no está tan mal. Descubrí el relativismo, y lo abrazé, y lo desabrazé. Comprendí lo que eran las falacias y, una vez entendidas, me tentaron desde entonces. Supe lo que era el estoicismo, pero también algún día el escepticismo presentó batalla ante aquella anciana y espontánea ilusión. Aprehendí la desmesura y la practiqué. La disfruté y la sufrí. Comprobé el sentido físico de la vida, con sus distancias y barreras sensoriales. También el sentido etéreo. Vi los muros inexpugnables en ambas partes.

No sólo he conocido límites, sino que me he impuesto ciertas pérdidas. A mi edad, ya he renunciado a sueños, a formas de ser, a personas y a nimiedades. Otras cosas, las que he perdido sin rendición alguna, me han ido recordando que el hombre tiene el código de barras mal: de fábrica, salimos con el defecto inherente de inventar la eternidad y considerarla como propia.

Ya sé contar un par de ejemplos de absoluta felicidad, ya sé y me insisto en no perder de vista la fugacidad.

Por suerte, de vez en cuando logro volver a forzar esa caída al abismo, y por desgracia, otras veces no logro sentir.

Ya sé el amor, ya sé otro par de ejemplos de librarse absolutamente del egoismo. Ya sé algo del dolor físico, y algo más del dolor emocional.

A veces no recuerdo la ilusión espontánea, y me asusto. Sigo teniendo el mismo miedo que antes: a ese segundo que viene, en el que destaparás la manta o cruzarás la vía. Y te atropellarán o aparecerá el ojo de un alien o de una serpiente. Ya me he enganchado a ese miedo y me he subido en su ola, continuamente, para utilizarlo en mi favor. En consecuencia, como habrán previsto, ya he sufrido algún absoluto fracaso.

Me resisto a aceptarme a veces, me rebelo contra mis renuncias en otras ocasiones, soy manso en otras. Me cuesta horrores encontrar la palabra exacta, y me aterroriza imaginar el alcance de mi maldita rabia. Sé que el laberinto de la mentira es entretenido, como el de la ignorancia. Sé que, como el del saber, puede ser mentiroso y peligroso. A veces me meto por ahí, a veces me quedo quieto, me pierdo adrede o golpeo los altos arbustos. A veces no, y tiro por ese camino recto y plagado de baches que es la verdad. A veces trato de describir, de encorsetarlo todo o de darle su más amplio y justo significado. A veces me lío pensando sentimientos. Sé la locura y lo atroz, y sé lo dulce. Sé el no saber. Sé el sueño, el desenfreno, el silencio, la caricia, lo real y lo otro. La música. A veces, hasta me lo imagino todo.


Ya comprendo demasiadas cosas, pero no tengo ni puta idea de nada.
Y vivo sumido en la incerteza mientras el tiempo me consume los órganos.

Tau de Rec

10 ene. 2011

Una religión en busca de un Dios


Abro Facebook a las 11 de la noche, unas tres horas más tarde de la entrega del Balón de Oro. Lo ha ganado Leo Messi.

La mayoría de mis contactos, por donde vivo y por el contexto futbolístico actual, son hinchas del Barcelona. Un equipo que hoy es brillante en el césped y que forma con gran cantidad de jóvenes criados en la casa, en la ciudad, en el día a día de eso que, como su lema reza, quiere ser más que un club. En el país y la cultura catalana, quizás. El club, que fue fundado por un suizo y refundado por un holandés, ambos puro carisma, recoge los frutos de su primera revolución con un repunte del rendimiento del método de Cruyff, basado en dos máximas. Una, la estética. Otra, la victoria, que siempre persigue todo hombre. La remontada se gestó desde hace unos diez años y se ha asentado en los últimos tres, en los que el Barcelona se ha convertido en una mezcla perfecta de una compañía de ballet clásico y una tropa de élite. Antes de Cruyff, había sufrido décadas de victimismo gracias al dulce sabor de la derrota. Pero la ingente -y creciente- cantidad de devotos de este club-idea había fechado el día de hoy como aquel en que esos traumas se iban a desvanecer definitivamente.

La mayoría de mis contactos, más allá de tener una opinión u otra, más o menos formada, sobre el nacionalismo, tiene un carné de identidad donde, de momento, se señala que es ciudadano de un estado llamado España. De estos, casi todos -algunos por su buen juego, otros por una mezcla entre eso y un sentimiento de pertenencia: esto es, sumando la excepcionalidad del asunto y los estigmas que se rompían- celebraron el triunfo de la selección española en el pasado Mundial. El gol -todos los goles del equipo en el torneo, de hecho- lo marcó un azulgrana, quizás eso terminó de convencer a muchos de los culés que no siempre se habían decidido a apoyar a La, antaño, Furia; desde hace poco, La Roja. Los otros, los que siempre se desvivieron por aquella Furia y aquella casta, habrían ido igual con España, pero lo hicieron con más fuerza que nunca gracias a un sublime juego de futbolistas de todos los bandos.

Excepto los más anti-culés, todos estaban contentos con el previsto podio del Balón de Oro: un español en primer lugar, otro en el segundo y Leo Messi, el mejor jugador del planeta, en tercer lugar. Él, decían, no había conquistado ni las Américas ni Sudáfrica. Previsto, ¿por quién? Por dos de los estandartes del griposo periodismo deportivo: el italiano y el español. En realidad, por La Gazzeta dello Sport, que anunció unas filtraciones -el podio y su orden- que resultaban, hasta ayer, completamente ciertas. Pero claro, faltaba un orden que, a priori, debía encumbrar a Iniesta, el hombre del Mundial, un futbolista que compartía el honor con otro futbolista eternamente inferior a él, Fabio Cannavaro, de haber sido la bandera de un país fragmentado de repente unido, de un territorio pequeño de repente engrandecido más que nunca.

Aunque entre ambos mapas mediáticos se puede sacar casi una decena de cronistas y analistas superlativos, en los dos países los medios están controlados por cúpulas fanáticas y extremadamente populistas que dirigen los periódicos más leídos de cada país. Uno que sabía mucho de comunicación, de ideologías y prácticamente de todo -fútbol, literatura, gastronomía, vida-, ya avisaba en los albores del nuevo milenio: Los medios eran, cada día más, el segundo poder, sólo superado por el Poderoso Caballero. El fútbol, también dominado por la guita, además del circo y el cloroformo de las masas, ya es la religión de estos tiempos en Europa -y en España en particular-.

Vázquez Montalbán. Lamentablemente, cada vez hay menos como él. Y, a cada día que pasa, tiene más razón.


Por aquí, a todos les hacía una ilusión enorme que Iniesta o Xavi fueran el elegido. Las razones, para todos los gustos: romper traumas tanto para culés como para españolitos, y también para catalanitos. Los primeros, firmaban con cualquiera de los tres. Eso sí, con preferencias, ya que pocos de ellos se libraban de cualquier sentimiento nacionalista -si es que ser culé ya no es, para muchos, hoy en día, un sentimiento nacionalista-: Xavi sería el primer catalán, el primer canterano catalán -y/o español- en ser Balón de Oro. Iniesta, el primer canterano español. Para los que no sienten el azul y el grana, el fantasma que se iba era ese de que, olvidado Luís Suárez, ningún español podía iluminar su país con los pies, siendo el mejor del mundo: como Rafa Nadal, Xavi o Iniesta hubieran brillado a los ojos de todos en tierras extrañas.

Los medios sirvieron razones futbolísticas, que las hay, para los que necesitaran disfrazar sus preferencias ideológicas y no supieran cómo hacerlo. De Xavi, baza más segura hacia la que había que remar: constancia, trayectoria, manejo de los partidos, del balón, comprensión del juego, compañerismo, desgaste, sacrificio, humildad, arte sutil, elegancia, símbolo del juego en equipo. Todo absolutamente cierto. De Iniesta, genio, oportunidad, la misma constancia, el gol que apagó a los fantasmas, arte delicioso, incluso chamanismo -"el hombre que estaba peleado con el astro rey," que decía Pepe Reina-. No menos cierto, como dice Inda. De Messi, básicamente, que era el mejor del mundo. Más goles que nadie, más fuerza que nadie, más arte que nadie, más solidaridad en el campo que nadie, más sutilez que nadie. No había problema en admitirlo. Era el mejor del mundo, pero con el fiasco mundialista de por medio, no había peligro de que arruinara La Noche P(a/à)tria.

(Las razones futbolísticas estaban. Pero no todo el mundo apelaba a ellas antes que al patriotismo. Incluso había quien se guiaba por otros patrones. A mi abuela Enriqueta, que a veces se aburre con tanto verde y pide el mando a distancia, le encanta Xavi. Dice que "aquest nano sempre va amb els ulls oberts com un gripau i el pit enfora". Cuando ve los partidos de la Champions, como con el Champions for Africa, celebra los goles de los dos equipos. Cuando oye Els Segadors o el himno de España, se pone a llorar solo con ver la solemnidad de Artur Mas, vencedor allá en el palco, o de Ramos, mirando al cielo estrellado. Es como una niña pequeña y, creo que por ello, cada vez la quiero más).


Pero, como en realidad ya anunciaban, es el mejor del mundo, y Messi ha ganado.
Gracias a seleccionadores y capitanes: para los periodistas, el genial e inconstante Sneijder hubiera sido el campeón. Iniesta finalmente quedaba segundo, Xavi, tercero. La mayoría de los votantes nunca leyó un Marca, ni tampoco una Gazzetta. No sabrán que Messi deja a España sin Balón de Oro. No tendrán que ver la cara -y la cabeza- torcida de Inda mientras arquea los ojos en aras de esa naturalidad que nunca encuentra cuando sufre una derrota. Porque las sufre de una manera preocupante para la posición social que tiene.

De hecho, ha habido gustos para todos los colores en las votaciones. Capitanes de islas caribeñas que han votado a Puyol como el mejor jugador del mundo, por su aguerrido testarazo, por su poderosa melena, por sus artes como defensa, por su trayectoria, quién sabe. Porteros campeones del mundo que han pedido perdón a un amigo holandés por meter el pie entre él y la Gloria nombrándolo el mejor del mundo. Fanáticos de Xabi Alonso en Zambia, amigos belgas de Cesc Fábregas, capitanes uruguayos rendidos al rival que les robó su sueño, vietnamitas enamorados de Cristiano, camboyanos alucinados con el flaco Özil y tailandeses flipados con el peinado de Villa. Incluso algunos que darán juego, como el patriota Van Bommel, que prefirió el voto nulo antes que reconocer la derrota; olvidos caprichosos de Capello e Ibrahimovic -no creían que Messi mereciera nada- o el repentino paladar de Clemente, ese hombre multipolar que ha querido ir a ver de cerca a los que "se bajan del árbol" y ha votado a los tres culés -o quizás, ha contravotado a sus enemigos madrileños, con él toda sospecha cabe-.

En cualquier caso, han sido mayoría los han votado al que, probablemente, se erige como el mejor jugador de los últimos 20 años de fútbol. Más allá, no puedo juzgar nada, porque yo era un mocoso, un espermatozoide y, antes, nadie. Pero he visto a Ronaldo, a Zidane, a Baggio, a Romario, a Baresi, a Maldini, a Roberto Carlos, a Ronaldinho, a Stoichkov, a Laudrup, a Bergkamp, a Koeman, a Cristiano, a Henry, Figo, Cantona, Rivaldo, Drogba, Gerrard, Rooney, Van Nistelrooy, Robben. Incluso al último Van Basten y al Maradona zombi. Y a muchos otros que seguro que me dejo. Messi quizás solo llegó a ver de refilón algunos vídeos de O Baixinho, L'Enfant Terrible o Il Codino, y eso en el supuesto que despegara sus ojos del balón. Casualidad o no, tiene lo mejor de ellos y más. De hecho, tiene lo mejor de casi todos los arriba citados, y una hemeroteca de goles de mayor duración y belleza que cualquiera de ellos. Y tan sólo 23 años.


Total, que un cúmulo de caras contrariadas e impresiones agridulces pueblan los muros -qué gusto decir hoy esta palabra y que haya sumado esta acepción; qué disgusto que oculte las otras- de muchos de mis amigos de Facebook. "Felicidades, Messi, eres el mejor. Pero yo quería a Xavi". "Yo a Iniesta". Otras, de euforia: "¡Ja!, la selección se queda sin nada, triunfa el Barça (¿triunfa Catalunya?)". Luego Inda -no, no está en mi Facebook-, que parece haber adoctrinado a muchos: "Messi le roba a España el Balón de Oro".

Efectivamente, Messi también roba Balones. Lo tiene todo. Si lo hubiera visto, le hubiera gustado hasta a Borges, que odiaba al fútbol porque advertía su inherente nacionalismo y que, por esa buena razón, se permitió el error de no reparar ni un segundo de su vida en intentar apreciar la belleza estética de ese trote, esa gambeta, ese abuso de velocidad, esa parábola. Pero Messi le hubiera agradado incluso por ser el paradigma que tira al suelo su gran obstáculo hacia el balompié: el mejor jugador del planeta no entiende el nacionalismo. Ama el balón -ese Dios redondo de Villoro-, celebra los goles flotando; no aprieta casi nunca los dientes; sobreinterpreta, casi por compromiso, su pasión por su país de origen (ese adorable país de locos en el que, dulce ironía, nadie ha votado el premio por un desajuste con la organización... ¡si por lo menos hubiera podido votar su D10S!); y ha comido con gusto más jamón y más amb tomàquet que yo, pero no entiende ni a Mas, ni a Laporta, ni a Aznar. Ni le importan. Cuando le dan un premio, su primera reacción es sacar la lengua, aniñado. La segunda, posarse en el atril y musitar cuatro palabras ininteligibles, ignorando que es la estrella de un mundo al que nosotros, el acomplejado mundo laico, hemos recurrido para convertirlo en un nuevo circo decrépito de fes y creencias. U obviándolo. Infinitamente contento, él.

El día-D, la fiesta del fútbol azulgrana, catalán, español, nacional, parece ahora haberse agriado. El final del sueño -como dicen algunos- no ha exterminado ese sufrimiento simbólico de los pueblos empequeñecidos que buscan en el triunfo el sentido de su existencia. Solamente ha desvelado al Dios que anunciaba Vázquez Montalbán. Un Dios pequeño con su juguete redondo para la nueva religión de una sociedad extremista y desaforada que no se da cuenta que, por ejemplo, hoy se ha muerto un poco más el terrorismo.


Tau de Rec.