"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

5 dic. 2011

La corista


Ahí está la corista, cantando los versos que le tocan. El teatro está lleno, las entradas se agotaron en cuestión de un par de días. El foco de luz, a unos metros de ella, expone al artista, que deja consumir un cigarrillo entre las clavijas de las cuerdas graves de su guitarra. El auditorio acompaña un estribillo nacido del terror egoísta del cantante. Suena, pues, la guitarra del afamado músico, su voz, la de todas las coristas, la batería, los teclados y el clamor mimético del público.

El verso: "[pongan aquí el verso que quieran]".

Y a nadie le importa si a nuestra corista le acucian mil preguntas sin respuesta, si hoy vio a alguien morir, si tiene hambre, si su ex pareja le despierta los peores sentimientos, si le pica la pierna, si odia ese verso que tanto le recuerda a sus propios miedos. Si lo balbucea cuando sueña. O qué piensa de esa forma de cantar, a voz comedida.

Vendrán dos versos más y se acabará la estrofa. En ese corto lapso de tiempo, alguien habrá reparado en ella, en su voz o en su figura, o en su tono, aunque sea por mero despiste. Luego, sólo quedará la reverberación de la última palabra, acorde, golpe; y las pulsiones y los sentimientos de cada persona de esa sala seguirán su curso. A menos que alguien muera de repente, claro.

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