"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

16 jun. 2010

Extractos (I): Sweet home wherever


Léase con Sweet Home Chicago, de Robert Johnson, de fondo.

"Estoy aquí, pero no: esto es blues.

Descubrí este bar hace tiempo, una noche de suelo mojado. De esas en las que ya no quedan nubes o sólo quedan manchas perdidas en un cielo marrón, desvelado por el roce de la luz de las farolas que más han visto. Aquel jueves llegué con unos amigos. Hacía frío, así que nos metimos en el primer lugar que nos pareció. Bajar sus escaleras hacia el sótano de la ciudad, hacia este lugar que en esta madrugada me mira tan como una mujer desnuda, no fue todavía revelador.

[Las mujeres, cuando descubren su piel, miran con el pensamiento, y piensan con el arquear de brazos, con el frío de la planta de los pies, con la fricción de sus dos ingles al avanzar, con el oscilar del siempre liviano pelo. Miran. Cuando al espejo, luchan con los ojos en una pugna titánica, aprehenden qué es aflorar y marchitarse, se llegan a amar, se matan. Cuando al otro ser, sienten con el no-espacio, con el vacío que hay entre ella y él y con los movimientos que darán lugar en esos centímetros entonces realmente útiles, esos huecos aún por ocupar. Y quizás no miran y sí sienten, en contacto ya, con el contralatir del desbocado corazón que quiere tocar y sólo late, solo, tras las costillas. Sienten con la deriva a la que se someten, con la guía que con suerte promete llevarlas y las lleva a la ruta abismal a la que todo organismo, toda bacteria, todo bicho y todos nosotros aspiramos a llegar. Cuando las mujeres desnudas miran, lo hacen con el fervoroso deseo de la inconsciencia en la mirada. Oh, baby don't you want to go.]

No fue hasta que llegamos a la zona menos iluminada del antro, con sus paredes negras y sus cuadros sugerentes. Tras girar a la derecha y meternos en el lugar donde me siento ahora mismo, entonces fue. La misma mirada que hoy, en mi soledad, me pellizca y me rasca levemente las entrañas, esa misma me desabrochó uno a uno todos los botones de mi camisa oscura. Nadie lo notó en la hora y media que pasaríamos allí, pero, en cierto modo, yo me había consumido un poco más aquella noche. Los amigos charlaban -charlábamos- separados por el humo y el sonido de aquel guitarrista que sollozaba con tanta amargura. Teníamos que hablar fuerte porque no nos escuchábamos: el Sweet Home Chicago del músico reinaba, o mejor dicho, mandaba sin más corona que el ritmo en esa república que es el blues. Las palabras de Telamón chocaban contra mi cara ruidosas antes de llegar al oído del resto, y lo mismo ocurría con mis palabras en la cabeza de Periclíneo o con las de él mismo en la de Mopso. Era, como el Proyecto, un sacrificio aceptado por mayoría, y sólo Linceo, hijo de Afareo, se quejaba de la intensidad de aquella música.

Porque la canción de aquel joven negro era intensa.

Mientras Mopso me interrogaba sobre algunas barbaridades que yo habría dicho anteriormente, con preguntas tales como "Idmón, ¿qué pasó en el tren para que pienses eso de Jasón y de Argos?" o "Amigo Idmón, no entiendo por qué has tenido que venir con historias que sólo nos hacen tambalearnos en el asunto del proyecto"; yo relajaba la mente y dejaba pasar únicamente los sonidos de aquella canción. Luego Mopso se desesperó, exigió mi atención, no contesté, seguimos planeando el proyecto entre nosotros seis y conversamos sobre banalidades del mundo y de nosotros. Pero, horas más tarde, al llegar a casa, ninguno de ellos salvo Linceo me hizo la pregunta adecuada: qué me había pasado aquella noche.

Es evidente que Linceo no sólo tiene un sentido de la vista privilegiado, sino que también lo sabe usar. Y como no entiende de forma innata, la curiosidad hace el resto. Su compañía es grata, pero sobre todo será un hombre útil en nuestra causa. Es también evidente que evadí su pregunta tan bien como pude, y que él lo aceptó. ¿Qué ocurrió? Que la música, los cuadros, las paredes negras y las luces amarillas me habían fijado en aquella arreglada cueva. Allí había vuelto a sentir como el destino me apremiaba a decidir -qué cruda ironía-, y allí debía resolver mi: No diré mi futuro, diré mi duda, porque el futuro ya lo supe hace tiempo. Si me enrolo en el proyecto, moriré pronto, y el proyecto debe llevarse a cabo. Lo quieren los dioses, aunque lo diga un agnóstico.

Cada día pienso con mayor firmeza que eché raíces en aquel bar -que es éste- por el negro. Aquella noche no sólo había hecho suyos los temas de dos referentes del blues: había sido ellos. Aquella noche el negro fue Robert Johnson y fue B.B. King. Del segundo le vi todo, aquel hombre se mimetizaba con el bluesman, con el blues. Del primero me pareció verle el ojo vago y un swing distinto, no sólo suyo en el sentido de subjetivo. Sobre todo era exclusivamente suyo, atravesando por el medio el significado más puro de la palabra propio. Aquel hombre parecía jovencísimo, y daba a entender en cada nota que estaba endemoniado. Como Johnson y, en cierta manera, como yo. Los tres hemos sabido en algún momento que nos acecha un fin del trayecto, un final próximo, y todos hemos tenido en nuestra mano una elección redentora y blanca. O gris: fácil, mediocre, pero salvadora. Y creo que los tres hemos renunciado a ella -creo, por el músico que todavía hoy me parece ver delante mío, en el Bel·luna: realmente, sólo él y Pedro Botero pueden ya saber su destino-. Queremos, y soy consciente de mi hablar anacrónico, un final catastrófico. Desde aquel día, a veces pienso que somos jóvenes y muy poco sensatos y sólo buscamos la gloria, aunque ésta nos quite de en medio.

¿Me llegará esta gloria sumándome al proyecto, implicándome? ¿Es realmente lo que busco, la gloria? Sólo concibo mi impulso por hacerlo, por ir a por ello, y eso me va a arrastrar: no valdrá la razón, la que me dice que Jasón está buscando también su propia gloria con un proyecto que será en vano y será a costa de medio centenar de patéticos héroes. Nos quedaremos sin hogar, nos pensaremos que vamos hacia un objetivo, pero realmente sólo vagaremos. Y lo haremos a pesar de todo, porque quizás todos estamos buscando nuestra propia gloria y nada más, o quizás no. Tenía razón, sin saberlo, Mopso cuando se enfadaba en este mismo bar: mi patetismo hastía."


Tau de rec, imaginando una Argo en el Galatea.

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