"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

20 ene. 2013

A un suicida

No sé qué pretendías. No he visto bien quién eras, de qué color eran tus ojos. No puedo saber tu historia, ni siquiera me ha dado tiempo a intuir tu edad ni si eras hombre o mujer. Sé que el metro entraba en la parada y, a mitad del andén, te has acercado a la línea amarilla de seguridad. Primero como la silueta de quien se apresura a tener lugar para entrar el primero al vagón, luego con más vehemencia, y aún has tenido medio segundo para experimentar cómo era tirar tu vida a una vía. Desde entonces, ya no existes más que en cuantos te hemos visto y en los que te echarán en falta, si los hay.

Dice algún autor de los más prestigiosos que la muerte propia no existe. Como no la veremos nunca, no está probado que nuestra muerte exista. Sí que fenecen los demás, y esa es la manera que tenemos de creer que conocemos a la muerte: sabemos quiénes murieron, oímos hablar de alguien que falleció, leemos en el periódico los obituarios, o vemos a alguien matarse, y esas serán las únicas muertes que presenciaremos y guardaremos en nuestro imaginario. No hay otra forma de saber que la muerte existe.

En una película que vi hace poco, la voz profunda de José Sacristán, que encarnaba a otro resabiado escritor, le decía a su interlocutora que los suicidas buscan dejar una huella en la gente que queda atrás, en los que siguen en este mundo raro. Eso lo has conseguido. He sentido horror, y luego un largo desasosiego que preveo capaz de volver a mí cada vez que me dé por recordar tu imagen fugaz.

Y, a fuerzas de darle vueltas, siento incomprensión y culpa. No creo que tu intención esencial fuera que el resto reflexionáramos. Pero, ¿qué era eso peor que la nada? Lo que me lleva a sentirme culpable no es el no haberte ayudado activamente. Es bastante improbable que en algún momento de mi vida te haya conocido. Lo que me tiene revuelto por dentro es que me han bastado un par de minutos para imaginar una letanía de problemas e injusticias suficientemente grandes como para llevarte a tomar esa decisión fatal. Me siento mal por concebir esos conflictos como habituales, por entender que, como todos, formo parte de un mundo profundamente insolidario, frenético, competidor, que pocas veces sabe querer sin egoísmo, sin esperar un retorno, una retribución. Que no se para a amar, que está a otras cosas más importantes. Y eso genera la mayoría de los problemas que existen. Este es un mundo en el que apenas nos miramos: salimos a la calle y vemos de refilón lo que se nos cruce, pero rara vez pensamos en la otredad si no nos implica directamente en algo. No sé quiénes son mis vecinos, ni cómo son la mitad de mis amigos en sus casas, ni qué es lo que más le preocupa a mucha de la gente que aprecio.

Me siento implicado en tu muerte porque, indirectamente, sí que es muy probable que haya contribuido de alguna manera a que un problema como el que tú tenías, o algo similar, siga existiendo en este mundo. Quizás por pura omisión, quizás activamente. Sin ir más lejos, ayer fui al casino, y a pesar de que me repugnó todo lo que vi, acabé ansiando ganarle al azar unos euros para sentirme superior a él. Puede que tú estuvieras desesperado por deudas, hambre o sed y yo, que no te conozco, estaba apostándole altanero al hado veinte euros por algo tan inútil como el dinero y el reconocimiento de alguna habilidad predictoria. Hoy, unos minutos después de que te suicidaras, estaba montando en otro metro para llegar rápidamente a otro punto de Barcelona. Quizás alguien de esta ciudad solo necesitaba hablar un rato, un poco de comprensión, y yo ni siquiera me he tomado un momento para pensar en qué implicaba algo tan definitivo como tu muerte. He seguido, que llegaba tarde.

Me siento frívolo escribiéndote ya muerto, y me sé un exhibicionista publicando estas líneas para otra gente. Pero con este alarde de egoísmo y de miedo que es la verborrea del escribir solo quiero plasmar lo que siento, obligarme a rumiar. No sé si te puedo honrar así ni sé si hace falta, pero ordenar estas ideas, dejar patente que soy consciente de ellas, me exigirá vivir con algo más de coherencia el día a día. Ojalá sirviera para ser mejor persona y, algún día y sin saberlo, tener esa charla reconfortante con quien la necesite. Acaso también pretendo inducir a sentir y a razonar sentimientos a quien me lea, sin llegar al extremo de que ni ellos ni yo tengamos que pasar por ese trance de cobardía o de valentía que es decidir que la vida no tiene sentido y actuar en consecuencia.

Tenemos un mundo enorme alrededor de nuestros diminutos cuerpos, y decidimos pasar por él sin apenas abrazarnos.

Desconocido, siento mucho lo que te ha pasado. Sin ser radicalmente contrario a tu opinión, hoy me has recordado la muerte y, haciéndolo, has dotado de algún sentido mi noción de la vida.

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