"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

22 mar. 2010

Mi dietario irregular (XXV): Evangelio según San Joaquín (o Madrid)


Tras dos visitas a la ciudad, ya logro interpretar las distorsionadas afirmaciones que colorean el libreto de Joaquín. Siempre en unos maravillosos tonos grises, profesa devoción al onirismo que ofrece la capital con unas cervezas de más. El escribano en cuestión, con aparentes jergas que encierran lo más profundo del sentimiento humano, arroja luz y música sobre unas calles que se transforman constantemente.

De un momento a otro, el Rastro se convierte en Macondo, y todo es ahora un zoológico o un Arca de Noé. Cada acento es una especie animal, cada mirada mantiene viva la vida, la nostalgia, la ingenuidad, la tristeza. De las oscuras pupilas de un Jesucristo de Kinshasa cuelgan el desamor, el dolor y el instinto de supervivencia. De su ya no tan blanca dentadura se desprenden la suerte y el amor, encallado en Tirso de Molina. En sus jerséis marrón oscuro se enredan héroes y villanos, contrabandistas y dioses mitológicos, náufragos del desastre de Atlántida.

En la Tierra Prometida de Joaquín no hay más mandamiento que la carcajada y la discusión sin fundamento, y el Sol tan pronto es una plaza como un circo como una tapa de papas con alioli. La droga que flota en el aire crea puertas extrañas y doradas. Sólo allí se puede acceder al latido de un dios a través de un reloj, y sólo allí un gran arco en mitad de una rotonda es a la vez la entrada y la salida de emergencia del caos controlado. El Abraham de Joaquín pide una Mahou y lleva sombrero, y espera su ración de paella con una hogaza de pan de payés en la mano izquierda. La Virgen María quizás es moscovita y pronuncia la erre con dificultad y Moisés es un turista catalán que sueña que le encierran y grita.

Su Evangelio, el de San Joaquín, es una narración emocionada de un espíritu de piedra que permite a las hormigas pasear por encima de una frase de Bécquer y a los pardales buscar su media naranja en un viejo teatro con nombre de helado. Sólo aquí, ya aquí, la España Cañí es entrañable, y la sombra hace más sombra por la noche, y la policía es cómplice. El Messías aquí es también azulgrana y vende máscaras de gas, y hay apóstoles que van a ser francesas y hay guías de excepción que pierden el norte pero nunca su sonrisa.

Dice el autor en el capítulo octavo, versículo doce -y cuatro acordes-, que “su manera de comprometerse fue darse a la fuga” y decía que comienzo a entenderlo todo. En este Canaan, en este Edén, en esta Ítaca, en este Aleph, Adan y Eva somos todos, Ulises navega en un botellín y la pasión tiene el pelo corto. Caben Magdalenas, Granvías y hasta reyes y sacerdotes vestidos de vagabundo. A este tejado nos vamos todos los gatos, y los ladrones van a esta oficina. En este gabinete, el doctor Caligari queda hipnotizado. En esta arena sin mar, dios es marinero y vive recluido en un ático.

A las costas de Madrid, donde los panes emparedan a los peces por un euro, regresaré, sólo o en tan buena compañía como fui. Rezaré, ateo como nunca, para que el camino sea largo, beberé de estas ramblas de agua y me emborracharé de versos a la orilla de la capital, donde el mar, sin poderse concebir, es de adoquín. Como lo hace siempre el fugitivo, regresaré al lugar imperfecto por excelencia. Ese donde hay buenos y malos aires, ese donde se cruzan los caminos de todos los que, como Joaquín, mis eternos compañeros de viaje y un servidor, tenemos un bussiness pendiente con Pedro Botero.


Tau de rec, todavía de permiso en Tirso de Molina, amarrado -como un burro- a la puerta del baile.


"Corazones de miga de pan, soldaditos de lata".

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