"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

16 mar. 2010

Mi dietario irregular (XXIV): La rápida muerte de Micu


Estaba desayunando hoy pan con chocolate cuando he recordado una historia. O quizás me la he inventado. Dice así:

"Hace un par de días que Micu, el chaval que compartía cama con Emir, se mató. Hacía un viento del demonio, pero no tuvimos más remedio que subir por el palo mayor los tres más jóvenes, no sé exactamente a qué. Navegábamos de través y el viento era muy fuerte. Hubo unos instantes en los que incluso yo, que no entendí nunca qué sensación se llama vértigo, pasé mucho miedo de caer al vacío. Al minuto de eso, un golpe de viento nos azotó y Micu resbaló, estando a la barbaridad de unos setenta pies de altura.

Todavía me entran escalofríos cuando recuerdo la escena. Hasta me anuda las entrañas pensar que mi primer instinto fue dar una reprimenda a Micu, mientras el pie derecho de éste buscaba sin éxito apoyo en alguna superficie sólida. El Galatea y Eolo convinieron que no debía ser así hasta un par de segundos más tarde. Aquellos en los que empecé a comprender que ese chaval moreno y morrocotudo iba a dejar de vivir -y era ya el cuarto en tres años-, aquellos en los que comencé a entender mi propia estupidez y a pegar manotazos al viento, como si ella estuviera allí. Hoy me pregunto: ¿Qué pensó él?

Dos segundos dan para poco, pero se me ocurren las opciones básicas. Pudo pensar en la injusticia y sentir rabia, en la fe y sentir miedo, en las leyes de la física y sentir desolación, o en una vida que, presente, era ya pasada:

Pudo enfadarse, como a mi me ocurrió, al ver sus pies en el aire y ese cabo tan lejos de su brazo derecho. Se debió sentir, en ese caso, imbécil y desgraciado. Pudo clamar al cielo o al demonio, o a algún dios mitológico al estilo de Poseidón o Neptuno. Recuerdo que no era muy leído, pero sabía historias de magos y filósofos y héroes y sacerdotes que fornicaban con diosas, de hace mucho tiempo. Las sabía, ya no. Su situación, ahí, en el vacío, en la batalla de esa vela cuadrangular con el mundo, era la de un recluta de un cuerpo ya vencido en fuego cruzado de otros ejércitos. Se debió cabrear y hubiera llegado a llorar de rabia si hubiera habido tres decenas más de pies. Él no le había hecho nada al viento, contaba menos de veinte primaveras. No se merecía aquello.

Pudo pedir clemencia. De repente, creyó en todo. Temió, pasadas las preguntas sin respuesta, le asaltó el pavor de saberse acabado. Y rezó, y oró, y gimió a mil entes, a conceptos sin forma ni delimitación. Seguramente creó algún dios más en su instante final. Pudo intentar dar paso al llanto y al grito gutural, como queriendo compensar todo el silencio que llegaba, mientras creía en el primer y último milagro. Por un momento, pudo llegar a creer que no iba a pasar, que no iba a morir. Que eso no era nada, que él no estaba ahí y que quizás nunca existió. Ni él, ni el viento, ni el vacío.

Pero pudo verse envuelto por la desesperanza también. Pudo incluso valorar probabilidades de vivir, de caer al agua y no ser golpeado por el casco ni arrastrado por la corriente a la quilla. Pudo calcular cuantas brazadas debía dar en el aire y con qué fuerza y frecuencia para moverse unos metros, incluso para volar. Pudo medir la dureza del suelo, la firmeza de las tablas de cubierta o la resistencia de su propia osamenta. No creo que contara, aunque tampoco lo descarto, sus últimos segundos de vida. Pudo apartar la esperanza a un lado y morir resignado.

O bien pudo aprovechar sus últimos segundos para pasarle factura a su corta vida. Pudo recordar sus grandes momentos con tristeza o sin ella. Pudo darse cuenta -o no- de lo que había sido su pésima -o enorme- existencia: aquel pájaro que cazó con cinco años en Can Quimet el coix, el gran triunfo a las cartas hacía dos días contra Blayo y ese cabrón de Tau de rec, que seguía amarrado a ese cabo, gritándole; ese fatídico día en que le entregó su ya trágicamente pertrechada alma al Galatea, el sol que hacía entonces; las ancestrales epístolas de su madre que le entregó un desconocido en Maracaibo; y seguro, aquella mujer bellísima y salvaje, dorada, risueña, segura, dueña del lugar y pobre.

Seguro que optó por ella, chamana y exultante, y discreta y con un mundo interior que era un cosmos entero, con sus soles, sus galaxias, sus gravedades y sus piedrecitas y sus lunas y sus reflejos y sus torpes asteroides. Tenía aquello tan tangible como intocable, tan terrenal como inusitado, inabarcable e incalculable: aquel cuerpo y su silueta, la de su cabeza y su trenza ocre e indígena; la de sus ojos locos, claros, llenos, tiernos y rasgadísimos; la de su nariz animal e inteligente y orientada a los preciosos dedos de sus pies descalzos; la de sus piernas oscuras y deslumbrantes; la del poder de sus caderas y la de ese vestido ajustado, con ese trasero vil y despiadado; y ese vientre que era un hogar, y ese ombligo rey, imponente y delicado; y esos contenidos pechos morados, que la tela mostraba hasta el sagrado centímetro que divide el misterio y la alcoba. Y ese camino que los atravesaba sudado de bailar; y ese cuello tejido por Caín para que él no se atreviera a tocarlo, y esa nuca sin adjetivos; y ese mentón agujereado, reunido consigo mismo.

Y coronándolo todo, esa boca, por donde Micu deseó, en aquel burdel y en adelante, conocer el alma de aquella mujer. Una sola sílaba aunque fuera, aquella que nunca oyó.

Me calma pensar que pudiera optar por verla a ella delante suyo, flotando. Y decirle "tú, tú", y que algo de Micu rozara los que él juzgó sagrados labios. Sin embargo, seguramente le sobraron aquellos dos segundos de vida; no tuvo tiempo ni habilidad para pensar nada de esto ni sentirlo. Si acaso, asomó a su garganta un breve y gran pavor y de su corazón escapó como una rata la esperanza, y todo se desparramó acto seguido".


Tau de rec,
en la cubierta del Galatea comiendo pan con chocolate, cerca de las costas de Brasil

1 comentario:

  1. Llevo dos días entrando en este blog y lo primero en que me fijé fue en Matador, de Almodóvar. Para mi sorpresa, hoy he leído una descripción impresionante y he oído una de esas canciones que te hace llorar, irremediablemente, cada vez que la escuchas. Es sobrecogedora.


    Empiezo a pensar que voy a subirme a este barco cada vez que atraque en este puerto...


    Andrea.

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