"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.
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30 nov 2011

Un cocinero resfriado (otra letanía)


Perderse como un cocinero resfriado. El secreto momento de pánico en un avión. Pasar de Chacabuco a Maipú sin cambiar de calle. Comer ante un espejo. Pedir una lágrima, recibir un café. Blandir la soledad, el lápiz. Arena bajo los adoquines de Defensa. Murales psicodélicos, Beatles amarillos. Billetes en un colectivo. La vida de un taxista. Un Malbec Uxmal entero, solo. Leer al Marqués de Sade en el subte. Lamentarse por La Sinagoga de los Iconoclastas. Las banderas descoloridas de Buenos Aires, esa esquizofrénica con dotes de genio y síndrome de Diógenes. La devoción por una ciudad.

Direcciones, paradas de metro, lugares. Historias: Agüero. Güemes entre Sánchez de Bustamante y Billinghurst. Hospital Clínic. Fontana. Rocafort. Maria Cristina. Viladomat y Provença. Perú y Chile.

La poesía, Pizarnik. La nostalgia imposible, Allen. El don, Copi. El fracaso ineludible de toda creación. Todos, por supuesto.

La historia de unos periodistas extraviados e infames. La historia de un lotero que le regala un número con premio al Rey. La historia del tipo que llega a una ciudad desierta. La historia del anciano que reconoce en los ojos de su gata los recuerdos perdidos. Anagnórisis. La historia del vagón de tren que decidió sobre un suicidio ajeno.

Acariciar a una gata. Abroncarla. Encabronarla. Acariciarla de nuevo. Los instintos primarios, el juego, indispensable e inevitable.

Perder lo platónico sólo es posible si ocurre.

La desposesión. Las afinidades. El tacto, que tan plácido descanso da a las palabras.

Las jaurías de periodistas y de noticias, la desdicha. Por contra, la música: solución y pregunta, imposible de impostar.

El coronel Kurtz diciendo eso de "He visto un caracol, se deslizaba por el filo de una navaja. Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla: arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja de afeitar y sobrevivir".

Interminables formas de subir 117 escalones. Otras tantas formas de olvidarlos.

La inherencia y la perpetuidad del miedo. Rara vez se adormila.

Sensaciones idénticas: el sol en Río Negro, respirar en Iguazú y tumbarse en esta atalaya.
Ajeno, por un segundo, al reloj de arena.



Tau de Rec

28 oct 2011

Viladomat

Una guitarra nueva. Una canción, un poema como un mazo. Un plato elaborado pero sencillo, elegante hasta la última miga. Sapiencia en psicología social. Un lapiz. Una piel tibia entre el frío. Alguien me dirá que feng shui. Lo que queda de la letanía de mis necesidades está, y no hay que enumerarlo. Incluida una generosa cantidad de ausencias que lo hacen todo más agradablemente tenue y unas goteras que marcan el tempo. Calmo, riéndose del diluvio de afuera. Por eso no puedo escribir esta noche, por pura victoria. Mi gata sueña que corre y, creo, sueño todavía. Por eso he escrito, por una derrota cadenciosa, en replay por los tiempos de los tiempos.

Tau de Rec

1 mar 2011

23

Decía: Cuando vaya a cuarto de la ESO me dejaré un bigote largo, y una barba de punta.

Eso le decía a mi madre durante las primeras tardes en las que volvía del colegio sin que ella me acompañara. Lo decía porque sabía que iba a ser tío de mucho pelo: ya tenía unos pelos finísimos y oscuros en los morros, tan enano. Todavía no sabía qué quería ser, quizás futbolista, y sólo comprendía con certeza algunas cosas pasadas. Conocía, sin dar con las palabras que lo describieran bien, ese sentimiento abisal, ese vacío tremendo que me sabía provocar recordando aquel día en que le dije a mi hermana que no me gustaba su regalo o aquel otro en el que preguntaba, con una sonrisa nerviosa, que dónde había ido el yayo al morir. Conocía la tristeza, y también el eterno rompecabezas de la mentira que, sin yo saber cómo expresarlo, utilizaba para escapar de todo aquello que no veía beneficioso o divertido para mí. Así que practicaba el egoísmo sin tener noticia de él, de la misma manera que practicaba la rabia sin remordimientos -rabia sin rabia-, por el mero hecho de no adivinar mi mente -ni siquiera contemplarlo- su abominable abasto.

También sentía la ilusión sin apenas darme cuenta. La ilusión en día de reyes, la ilusión tras una victoria, la ilusión por un nuevo tazo, la ilusión por una broma dominguera de mi padre en el sofá. La ilusión de comprender un problema, la actitud de otro mocoso amigo o el argumento de una serie. O de dar con la palabra exacta que quería contar.

Ahora que lo recuerdo, mezclaba sentimientos con el dominio y los automatismos con los que daba toques a la pelota de ping pong sin dejarla caer al suelo. Concebía la eternidad y concebía el infinito, o mejor dicho, creía que eso de los límites era algo inventado, una mentira, un engaño. Sin ser consciente, prefería pensar que nada se perdía.

Pasaron los años y, en cierto modo, se cumplieron los augurios. Sobre el pelo, digo.

En cuarto de la ESO llegué a tener bigote durante un par de días de clase, pero quedaba muy fuera de lugar. Algo de perilla tuve (y mantuve: era más habitual, menos rompedor). Llevé peinados distintos y estrafalarios. Ahora sí, llevo bigote y barba, quizás en algunas fotos me parezca a aquel mosquetero, a aquel filibustero o a aquella estrella extraña que soñé ser.

No han pasado tantos años, tengo 23. Y la cosa, no se asusten, no está tan mal. Descubrí el relativismo, y lo abrazé, y lo desabrazé. Comprendí lo que eran las falacias y, una vez entendidas, me tentaron desde entonces. Supe lo que era el estoicismo, pero también algún día el escepticismo presentó batalla ante aquella anciana y espontánea ilusión. Aprehendí la desmesura y la practiqué. La disfruté y la sufrí. Comprobé el sentido físico de la vida, con sus distancias y barreras sensoriales. También el sentido etéreo. Vi los muros inexpugnables en ambas partes.

No sólo he conocido límites, sino que me he impuesto ciertas pérdidas. A mi edad, ya he renunciado a sueños, a formas de ser, a personas y a nimiedades. Otras cosas, las que he perdido sin rendición alguna, me han ido recordando que el hombre tiene el código de barras mal: de fábrica, salimos con el defecto inherente de inventar la eternidad y considerarla como propia.

Ya sé contar un par de ejemplos de absoluta felicidad, ya sé y me insisto en no perder de vista la fugacidad.

Por suerte, de vez en cuando logro volver a forzar esa caída al abismo, y por desgracia, otras veces no logro sentir.

Ya sé el amor, ya sé otro par de ejemplos de librarse absolutamente del egoismo. Ya sé algo del dolor físico, y algo más del dolor emocional.

A veces no recuerdo la ilusión espontánea, y me asusto. Sigo teniendo el mismo miedo que antes: a ese segundo que viene, en el que destaparás la manta o cruzarás la vía. Y te atropellarán o aparecerá el ojo de un alien o de una serpiente. Ya me he enganchado a ese miedo y me he subido en su ola, continuamente, para utilizarlo en mi favor. En consecuencia, como habrán previsto, ya he sufrido algún absoluto fracaso.

Me resisto a aceptarme a veces, me rebelo contra mis renuncias en otras ocasiones, soy manso en otras. Me cuesta horrores encontrar la palabra exacta, y me aterroriza imaginar el alcance de mi maldita rabia. Sé que el laberinto de la mentira es entretenido, como el de la ignorancia. Sé que, como el del saber, puede ser mentiroso y peligroso. A veces me meto por ahí, a veces me quedo quieto, me pierdo adrede o golpeo los altos arbustos. A veces no, y tiro por ese camino recto y plagado de baches que es la verdad. A veces trato de describir, de encorsetarlo todo o de darle su más amplio y justo significado. A veces me lío pensando sentimientos. Sé la locura y lo atroz, y sé lo dulce. Sé el no saber. Sé el sueño, el desenfreno, el silencio, la caricia, lo real y lo otro. La música. A veces, hasta me lo imagino todo.


Ya comprendo demasiadas cosas, pero no tengo ni puta idea de nada.
Y vivo sumido en la incerteza mientras el tiempo me consume los órganos.

Tau de Rec

3 jul 2010

Mitos (VII): La ley de la gravedad


El arquero ghanés, Kingston, pecó ayer de mal antropólogo. Enfrente tenía a Sebastián Abreu, un delantero espigado, de cuerpo rayado, pelos de loco y mirada de cuerdo. El duelo era a vida o muerte. Si el juguete Jabulani traspasaba la línea, Uruguay obraba el milagro. Si algo, incluidos Kingston o el propio Abreu, lo impedía, África hacía historia. La historia ya la conocen: Abreu, apodado El Loco, lanzó picando la punta de la bota ligeramente hacia el suelo. El liviano balón dibujó la parábola del que se siente pesado, directo al centro del arco. Kingston se ladeó y cayó sobre su costado derecho. El balón entraba, el truco funcionaba, Uruguay pasaba.

Digo que Kingston no hizo una buena lectura antropológica de la situación. Quizás, si hubiera podido ver por adelantado la celebración de Abreu, hubiera tenido más fácil adivinar la dirección del disparo. El Loco celebró su histórico tanto con una felicidad natural, casi rutinaria. No corrió demasiado -no lo hace ni para tirarse un desmarque-, pero no lo hizo porque a él le bastaba con llegar a la situación: sabía que la solventaría sin problemas. Sin embargo, la clave del festejo estuvo en su posición final: se quedó parado, de pie. Es curioso como los héroes necesitan experimentar la derrota tras cada victoria, y es curioso como suelen optar por dejarse vencer por una de las mayores fuerzas, la de la gravedad, tirándose al pasto. Pero Abreu, como los renegados, como Cantona, no se lanzó al suelo, ni se arrodilló. Estaba por encima del triunfo y de la derrota. Por eso tiró el penal como lo tiró.

Aún así, la lectura antropológica a la que me refiero no es esa, no hacían falta tantas facilidades. Kingston ya pudo ver bastante claro lo que había antes de que se cobrara el penal definitivo. Enfrente suyo, como decíamos, tenía un tipo al que llamaban El Loco. Su cuerpo tatuado dejaba ver a un hombre con credos, con fe, pero con las dudas justas y necesarias. Un hombre lleno de mensajes en el cuerpo es un hombre que necesita recordarlos, porque su valentía o su peligrosa temeridad hacen que los olvide. A todo ello hay que sumarle un componente de exhibicionismo que, dadas las circunstancias, augura siempre algo espectacular.

Su tamaño y la forma de usarlo es otro aspecto a considerar. Un hombre de 1,93 metros, que nunca pasa del trote al galope, es un hombre con cierta seguridad. No le hace falta desatar toda su potencia, incluso puede resultar contraproducente. En el cuerpo a cuerpo con los defensas, prefiere colocarse con tiempo y amagar hacia un lado para darse la vuelta hacia el otro, como el pívot que capta un rebote y liquida a su marca a la media vuelta. Nada de carreras, ni siquiera se excedió en los pasos que tomó para alejarse del balón y contemplar en el arco su futura obra con la mente. Sus brazos no mostraron tensión cuando se apoyaban en sus riñones, ni tampoco cuando se pellizcaba la nariz. Su cuerpo sabía lo que iba a pasar y cómo iba a hacer que ocurriera.

Y su cara. Ahí estaba todo. Unas facciones construidas a la manera de los halcones o las águilas hablaban por sí solas. La nariz era corta y contundente, y afilada. Las mandíbulas, apretadas y poligonales. Los dientes hasta le daban un aire endemoniado. La barba también era un dibujo expreso, como los de la piel, y recorría las aristas de su rostro con precisión de cirujano. Y los ojos eran colmillos. Fríos, eran los ejes de una cara quizás no de sicario, pero sí de gaucho, de lobo viejo y solitario. Su pelo azabache desafiaba a la Madre Tierra, alargándose y apuntando hacia ella pero nunca tocándola. Desde lo alto de su cabeza, todo desafiaba las leyes de la gravedad, no había motivo para que no hiciera lo mismo con el balón.

El portero africano también adoleció de falta de conocimientos históricos. Primero, antecedentes: No sabía que Antonin Panenka era un checo que se plantó delante del mítico arquero Maier, con la necesidad de anotar desde los once metros. Tenía barba, rasgos duros y una sola idea: hacer algo distinto. Marcó con esa ligera vaselina, dejando tirado a Maier, que también cayó hacia la derecha. Hoy es presidente de un equipo de nombre romántico, el Bohemians de Praga. Siempre estuvo loco.

Luego, conocimientos de épica y de lógica literaria: esto es, lo ilógico, el patetismo. El partido más emocionante, con esa parada del delantero Luís Suárez, con ese otro penal que su compañero Gyan mandó al larguero, ese fatídico último segundo. Con este quinto lanzamiento uruguayo que venía y que podía decidir. Con esos millones de africanos rezando por él, por un portero cuyo apellido seguramente derivaba de algo parecido a La Piedra del Rey, Kingston debía saber que todo se resolvería con algo histórico, no con algo normal. Debía haber hecho honor a su nombre, quedarse de piedra, haber sido el rey.

Más tarde, faltaron conocimientos de la historia personal de su rival: un tipo natural de Lavalleja, paraje uruguayo donde el ciudadano es férreo o férreo, porque sólo puede ser minero, agrícola terroso o un bala perdida. Un tipo que con 25 años había vivido, solo, aventuras en Argentina, México, España y Brasil; un tipo que sólo ha jugado como profesional en su país durante cinco de los dieciséis años de su carrera deportiva. Un jugador torpe con los pies y poco veloz que sobrevive y se alimenta del engaño, de la finta corporal que le permite zafarse de rivales, y de la estabilidad que le dan su alargado cuerpo y su mente hercúlea. Un tipo que iba a jugar a baloncesto pero en su primera pre-selección con la región fue expulsado por haberse corrido una juerga con un tal Víbora. Ese tipo que tenía delante le lanzaría el penal como Jason Kidd tira un tiro libre, suave y con un beso envenenado.

Finalmente, a Kingston le faltaron conocimientos de ciertas filosofías. Seguramente el ghanés era ajeno al taoísmo, que afirma que hay que respetar el equilibrio de la naturaleza y ensalza el valor de la no-acción. El hombre no debe buscar el éxito ni debe huir de la derrota, y sólo será noble y conseguirá una existencia plena cuando pare y no aspire a nada. Cuando decida no hacer, a quedarse inmóvil, el hombre comprenderá al hombre, al mundo, a la naturaleza, comprenderá que está por encima del bien y del mal. Proyectará lo que puede suceder en el vacío, en ese espacio donde deben suceder las cosas, y pasará a ocupar ese espacio. Si no es así, el hombre fallará sin remedio, y sólo en ocasiones en que el azar tenga más fuerza, obtendrá terrenales y excepcionales éxitos. Sin embargo, por lo general, será tumbado por la fuerza de la naturaleza, que lo arrastrará al suelo como hace con las piedras o con el oxígeno. Si Kingston hubiera sido taoísta, seguramente hubiera estado en medio de esa portería para cortar la trayectoria de un balón que se acercaba al suelo. Dudo que Abreu sea taoísta, pero es evidente que algo se nos escapa para comprender su conducta. Todos los locos tienen secretos.

Kingston no miró al hombre, no vio el entorno ni vio el contexto. Sólo vio el Jabulani y una escena en su cabeza. Posiblemente intentó pensar en él, con sus guantes en alto, habiendo parado el balón. Como el héroe. Aunque lo más probable es que no supiera usar el miedo que sentía al fracaso. No se paró a pensar que la cosa no iba de ganar o perder, sino de entender a otro hombre y responderle a tiempo, sin caer a La Tierra. Era un juego de locos, y quizás lo tenía que ganar el loco.



Tau de rec, dudando sobre cómo calificar este Mundial.

19 abr 2010

Mi dietario irregular (XXVIII): El día en que se leyó


Aquella mañana, nadie entregó sus trabajos. Para una pequeña parte de los estudiantes, aquello suponía un suspenso en su expediente. Una mancha para los alumnos tradicionalmente impolutos, una muesca más para los absentistas, para los de bar y césped y sábanas pegadas. Una mancha y una muesca rebelde y vengadora para todos.

Pero lo heroico no fue aquel día el hecho de suspender. Fue lo siguiente: A las nueve y cuarto de la mañana, cuando el señor Antiliterario (llamémosle AL) se empezaba a impacientar, no había nadie en clase. Asomó la cabeza por el pasadizo, y le extrañó el paisaje: cuatro alumnos se repartían en el espacio del corredor. Un par, apoyados en la pared de tocho, los otros, en la cristalera que dejaba ver el campus. Nuestro AL notó que todos leían, ensimismados. Uno sostenía, ligeramente inclinado, A sangre fría, de Truman Capote.

Había vuelto a su aula, pero a las nueve y media nadie había aparecido. Volvió a salir, con ese andar inseguro que siempre había tenido. A por un café, con un pensamiento tan poco articulado como era habitual en él. Nunca fue el favorito de los alumnos, pero eso a él le daba igual. Es más, nunca lo quiso querer saber. Su materia era demasiado importante como para prestar atención a su entorno. No era raro que pensara que sus alumnos eran unos alelados vestidos de niña o de vagabundo, generaciones malsanas que sólo un milagro podría arreglar. Volvió a salir, decía. Y ya no eran cuatro los alumnos del corredor. Eran cuarenta.

Fue al bar y, bastante indignado por su ya casi cancelada clase magistral, pidió un café con leche. "Amb llet natural, curt de café", dijo a la camarera. Mientras lo esperaba, observó que en el bar nadie hablaba. Estaba repleto y en un silencio sólo roto por el ruido de la cafetera y el del repicar de sus dedos con la barra. Y todos leían.

AL paseó toda la mañana. Todas y cada una de las aulas estuvieron vacías hasta pasado el mediodía, cuando ya no cabía nadie más en pasadizos y aledaños de la facultad. Todo el mundo estaba leyendo algún libro.

En la puerta del bar, una chica rubia leía Ébano, de Kapuscinski. Al lado, recostada en la columna que hay en medio del pasillo, una estudiante con pantalones de pana beige buceaba en los Cien años de Soledad del Gabo. A García Márquez también lo leía un alumno gordo, mayor de lo habitual: era Relato de un náufrago. El mar y la reflexión estaban muy presentes en las escaleras, donde una chica releía, viva, con una mirada atenta y despierta, una obra viva también. Las olas, de Woolf; y un chaval de primero de periodismo movía los pies lentamente a un lado y a otro inmerso en el mundo Hemingway, en El viejo y el mar.

Lejos del bar, en la puerta cercana a la biblioteca, unos ojos rebeldes fumaban y leían a Proust, en busca del tiempo perdido. Sentado en el camino asfaltado, con las piernas dormidas, un obseso de la lectura disfrutaba con Madame Bovary, de Flaubert. Más nervioso, un joven con poco pelo devoraba una de las aventuras de Pepe Carvalho, tan amablemente creadas por el genio Vázquez Montalbán. Cerca, un discípulo en la distancia del bigotudo del Raval como el mexicano Juan Villoro daba alas a un neonato periodista con vocación de escritor con El testigo.

En el chalet coincidían lectores de Rayuela y el Libro de Manuel, de Cortázar; con pensativos alumnos perdidos en las Ficciones de Borges y El Sueño de los héroes de Bioy Casares. Incluso había estudiantes religiosos leyendo la Bíblia y el Corán, y aficionados al mundo clásico abstraídos en Las Argonáuticas.

La cantidad de libros que vio abiertos AL le abrumó. En el césped, Especes d'espaces de Perec, las Cartas a un joven periodista de Cebrián, la Lolita de Nabokov, los Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce de Bolaño...

El paisaje se le antojaba una distopía. Lo pensó cuando vio 1984 de Orwell en manos de un chaval de barba de chivo y camiseta de El último ke zierre. Lo confirmó al localizar Mañana en la batalla piensa en mí, de Marías. No quiso mirar más títulos de libros.

Tras unas horas, decidió irse. Aquello era la conjura de los necios. Los estudiantes, suspendidos o no, se fueron retirando a su casa, contándose la maravilla que acababan de leer. Aun sin Políticas de comunicación, Estructura de la Comunicación de masas ni Economía de España y Cataluña, el día había sido provechoso. Como nunca.


Tau de rec, en la UAB, pensando en qué pensaban los que decidieron que la literatura no sirve a los futuros comunicadores.

16 mar 2010

Mi dietario irregular (XXIV): La rápida muerte de Micu


Estaba desayunando hoy pan con chocolate cuando he recordado una historia. O quizás me la he inventado. Dice así:

"Hace un par de días que Micu, el chaval que compartía cama con Emir, se mató. Hacía un viento del demonio, pero no tuvimos más remedio que subir por el palo mayor los tres más jóvenes, no sé exactamente a qué. Navegábamos de través y el viento era muy fuerte. Hubo unos instantes en los que incluso yo, que no entendí nunca qué sensación se llama vértigo, pasé mucho miedo de caer al vacío. Al minuto de eso, un golpe de viento nos azotó y Micu resbaló, estando a la barbaridad de unos setenta pies de altura.

Todavía me entran escalofríos cuando recuerdo la escena. Hasta me anuda las entrañas pensar que mi primer instinto fue dar una reprimenda a Micu, mientras el pie derecho de éste buscaba sin éxito apoyo en alguna superficie sólida. El Galatea y Eolo convinieron que no debía ser así hasta un par de segundos más tarde. Aquellos en los que empecé a comprender que ese chaval moreno y morrocotudo iba a dejar de vivir -y era ya el cuarto en tres años-, aquellos en los que comencé a entender mi propia estupidez y a pegar manotazos al viento, como si ella estuviera allí. Hoy me pregunto: ¿Qué pensó él?

Dos segundos dan para poco, pero se me ocurren las opciones básicas. Pudo pensar en la injusticia y sentir rabia, en la fe y sentir miedo, en las leyes de la física y sentir desolación, o en una vida que, presente, era ya pasada:

Pudo enfadarse, como a mi me ocurrió, al ver sus pies en el aire y ese cabo tan lejos de su brazo derecho. Se debió sentir, en ese caso, imbécil y desgraciado. Pudo clamar al cielo o al demonio, o a algún dios mitológico al estilo de Poseidón o Neptuno. Recuerdo que no era muy leído, pero sabía historias de magos y filósofos y héroes y sacerdotes que fornicaban con diosas, de hace mucho tiempo. Las sabía, ya no. Su situación, ahí, en el vacío, en la batalla de esa vela cuadrangular con el mundo, era la de un recluta de un cuerpo ya vencido en fuego cruzado de otros ejércitos. Se debió cabrear y hubiera llegado a llorar de rabia si hubiera habido tres decenas más de pies. Él no le había hecho nada al viento, contaba menos de veinte primaveras. No se merecía aquello.

Pudo pedir clemencia. De repente, creyó en todo. Temió, pasadas las preguntas sin respuesta, le asaltó el pavor de saberse acabado. Y rezó, y oró, y gimió a mil entes, a conceptos sin forma ni delimitación. Seguramente creó algún dios más en su instante final. Pudo intentar dar paso al llanto y al grito gutural, como queriendo compensar todo el silencio que llegaba, mientras creía en el primer y último milagro. Por un momento, pudo llegar a creer que no iba a pasar, que no iba a morir. Que eso no era nada, que él no estaba ahí y que quizás nunca existió. Ni él, ni el viento, ni el vacío.

Pero pudo verse envuelto por la desesperanza también. Pudo incluso valorar probabilidades de vivir, de caer al agua y no ser golpeado por el casco ni arrastrado por la corriente a la quilla. Pudo calcular cuantas brazadas debía dar en el aire y con qué fuerza y frecuencia para moverse unos metros, incluso para volar. Pudo medir la dureza del suelo, la firmeza de las tablas de cubierta o la resistencia de su propia osamenta. No creo que contara, aunque tampoco lo descarto, sus últimos segundos de vida. Pudo apartar la esperanza a un lado y morir resignado.

O bien pudo aprovechar sus últimos segundos para pasarle factura a su corta vida. Pudo recordar sus grandes momentos con tristeza o sin ella. Pudo darse cuenta -o no- de lo que había sido su pésima -o enorme- existencia: aquel pájaro que cazó con cinco años en Can Quimet el coix, el gran triunfo a las cartas hacía dos días contra Blayo y ese cabrón de Tau de rec, que seguía amarrado a ese cabo, gritándole; ese fatídico día en que le entregó su ya trágicamente pertrechada alma al Galatea, el sol que hacía entonces; las ancestrales epístolas de su madre que le entregó un desconocido en Maracaibo; y seguro, aquella mujer bellísima y salvaje, dorada, risueña, segura, dueña del lugar y pobre.

Seguro que optó por ella, chamana y exultante, y discreta y con un mundo interior que era un cosmos entero, con sus soles, sus galaxias, sus gravedades y sus piedrecitas y sus lunas y sus reflejos y sus torpes asteroides. Tenía aquello tan tangible como intocable, tan terrenal como inusitado, inabarcable e incalculable: aquel cuerpo y su silueta, la de su cabeza y su trenza ocre e indígena; la de sus ojos locos, claros, llenos, tiernos y rasgadísimos; la de su nariz animal e inteligente y orientada a los preciosos dedos de sus pies descalzos; la de sus piernas oscuras y deslumbrantes; la del poder de sus caderas y la de ese vestido ajustado, con ese trasero vil y despiadado; y ese vientre que era un hogar, y ese ombligo rey, imponente y delicado; y esos contenidos pechos morados, que la tela mostraba hasta el sagrado centímetro que divide el misterio y la alcoba. Y ese camino que los atravesaba sudado de bailar; y ese cuello tejido por Caín para que él no se atreviera a tocarlo, y esa nuca sin adjetivos; y ese mentón agujereado, reunido consigo mismo.

Y coronándolo todo, esa boca, por donde Micu deseó, en aquel burdel y en adelante, conocer el alma de aquella mujer. Una sola sílaba aunque fuera, aquella que nunca oyó.

Me calma pensar que pudiera optar por verla a ella delante suyo, flotando. Y decirle "tú, tú", y que algo de Micu rozara los que él juzgó sagrados labios. Sin embargo, seguramente le sobraron aquellos dos segundos de vida; no tuvo tiempo ni habilidad para pensar nada de esto ni sentirlo. Si acaso, asomó a su garganta un breve y gran pavor y de su corazón escapó como una rata la esperanza, y todo se desparramó acto seguido".


Tau de rec,
en la cubierta del Galatea comiendo pan con chocolate, cerca de las costas de Brasil