"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.
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31 oct 2012

Utilidad acumulada

El quinto tema del tercer módulo de mi primer máster prácticamente comienza con una frase que dice así: cubrir una necesidad le provoca a cada persona una determinada utilidad. Más tarde explica lo que es la utilidad acumulada: el cúmulo de necesidades que, siempre según la teoría del tercer módulo del máster, resolvemos con G, el presupuesto del que disponemos.

Creí entender, mientras el profesor leía dos veces esa misma frase, que ese axioma era una de las bases de las teorías marketinianas.

Eso fue el lunes a eso de las 8 de la tarde. El viernes anterior, a las 3 y media de la tarde, abría un ojo a duras penas y me lamentaba por la hora que era. Tras sólo unos minutos de siesta, tenía que irme al máster. Todavía con la lógica que impera en las ensoñaciones, tomaron forma unos cinco o seis argumentos sólidos por los que no debía ir al máster, y otros dos o tres por los que sí. Como hace mi profesor, obviaré que algunos de los primeros neutralizaban a algunos de los segundos, solamente para simplificar el problema.

Finalmente, opté por no ir al máster y, ya bien despierto, se lo expuse a mi madre, que rondaba por allí.

El lunes ya has visto que sí que fui. Me llevé un libro, el segundo tomo de las obras de Raúl Damonte Botana, Copi. Fue un escritor, dibujante y dramaturgo rematadamente imaginativo y con un sentido del humor apabullante, que diría algún crítico cultural con ganas de rimbombar. Total, que disfruto mucho con su literatura y me hace reír mucho, o sonreír mucho en caso de que la situación me obligue a guardar silencio, como era el caso del lunes. 

Entre lectura y lectura, en los paréntesis que iba haciendo para parecer atento y no molestar así a esa momia de profesor que tenemos, no me era difícil entender las lecciones sobre economía y empresa que, muy lentamente, nos impartía. Trataba de escucharlas, de recuperar rápidamente los datos que había perdido mientras estaba hundido en mi lectura, y volvía al libro. 

Pero a eso de las 8 de la tarde me hizo daño lo de esa frase. Lo de la utilidad acumulada. Ayudó en hacerme daño el hecho de que el profesor dudara a la hora de colocar un sinónimo para ese término. Tras su enésimo balbuceo, decidió que ese sinónimo podía ser el término 'felicidad'. "¿Eh? Sí, eh... felicidad, utilidad acumulada, podríamos llamarlo así", ratificó. Me dolió y explico rápido por qué.

Porque me recordó lo que veo demasiado a menudo y cada vez más: que en esta sociedad lo cuantitativo no solo está por delante de lo cualitativo, sino que lo cualitativo también lo transformamos en número, a efectos de poder ser cuantificado. Y porque asumimos no solo como normal, sino como natural, que la satisfacción es sinónimo directo de utilidad, y como más natural e inalienable todavía, que las felicidades llegan a través de la satisfacción de necesidades categorizadas y desglosadas, contadas. Y el acabose: que las necesidades se resuelven mediante un presupuesto.

No hay fórmulas exactas

Se nos ha adoctrinado, o mejor dicho, nos hemos adoctrinado para no ir nunca más allá, a la profundidad de las cuestiones, que es la emoción y el sentimiento que genera una necesidad o una satisfacción. No nos molestamos en observar que esas causas últimas son un manojo de fronteras difusas y cruzadas, y que no son categorizables ni impermeables. En otras palabras, que la tristeza, el hastío y el consuelo pueden ser tan distintos y tan iguales como el consuelo, el desquite y la exultación. ¿Y si, pongamos, la ternura es a la vez una necesidad y una satisfacción? ¿Se compra la ternura? ¿Se calcula? ¿Se resuelve?

En otras palabras: no hay matemático que formule fórmulas exactas con las sensaciones. ¿Cómo iba a haberlo si el sistema simbólico más sofisticado es el lingüístico y, incluso con la infinita cantidad de gente que sabe manejarlos, nadie todavía ha conseguido articular el discurso perfecto, o ni siquiera describir perfectamente una sensación?

Pero nos olvidamos de las causas últimas: tal y como indican las bases del marketing, lo que prima es la comodidad, la inequívoca y mecánica satisfacción de unas necesidades estipuladas. Mi casa, mi comida, mi cuenta corriente. Eso nos lleva a la modorra permanente, a la simplificación en todos los aspectos de nuestra vida, a la vez que hace adaptar nuestro 'modus vivendi' a las normas de los juegos con objetivos acumulativos. Que suelen ser de un solo carril, sin bifurcaciones. Corredores por los que hay que pasar. Estilo Monopoli.

Creatividad

Y ya metidos en el capitalismo, criticaré también la poca imaginación de ese sistema. Toda treta, combinación o engaño está orientada a la acumulación de fichas. Hay otro escritor cuyos efectos en mí no sabría describir de una forma precisa, pero que, entrando al juego y simplificando, podríamos decir que, como Copi, me alegra un punto más la vida. Es Georges Perec. Este, también de desbordante y disparatada creatividad, potenció con los números su afán por la palabra. Basó parte de su obra en cálculos matemáticos sobre temas, estructura, orden y elementos narrativos que ponía al servicio de las historias que quería generar. Eso es creatividad.

Y de él envidio que no se coartara. Y también el trabajo que se ve detrás de cada página. Solamente sin su inconformismo, ya no hubiera sido posible que escribiera una novela policíaca de 300 páginas con un ritmo perfectamente legible en la que no apareciera la letra a, o que escribiera otro folleto haciendo inventario de todo lo que rodeaba un lugar parisino para, más tarde, con palabras y descripciones, intentar agotarlo creando y reflejando historias, como si pintara un retrato hiperdetallado. 

Para lo que no hicieron falta sus peculiares sistemas contables fue para escribir 'La cámara oscura', un conjunto de escritos breves que recopiló durante años. Cada uno de ellos era un sueño que había tenido y que había anotado al levantarse, con todo el afán literario posible. El lunes, escuchando la definición de utilidad acumulada, eché en falta esa capacidad de imaginación en alguna parte, en alguien cercano a mí, y me sentí perdido y enfadado.

Aunque bien mirado, el viernes anterior no se me ocurrió escribir ese frágil sueño que tuve que me daba razones para no ir al máster. Solo pude enumerar unos cuantos argumentos y calcular los pros y los contras. Realmente, no actué con la lógica de los sueños, sino que me anclé en la lógica de la vigilia, de la aburrida realidad. Los beneficios y costes. La ecuación simplificada era así: ir a un máster que no me apasiona, a un trabajo que no genera nada, conformarme con una realidad que no me aporta ninguna sensación positiva, a cambio de una minimización de riesgos que me aparte del conflicto y de los miedos y me instale en una insulsa comodidad.

El viernes, por algún recóndito cálculo matemático, no fui al máster. Pero el lunes siguiente, por otro, sí.

Ya ves, nunca me ha gustado el Monopoli, pero a veces siento que estoy cayendo en sus redes. Y ya ni escribo de nada que no sea eso. Quisiera terminar con alguna frase llena de vida sacada del libro de Copi, pero aquí cuadra más eso de "He loved Big Brother".




4 abr 2010

Mi dietario irregular (XXVII): El sueño

Me desperté y ocurrieron cosas muy hermosas. Ella estaba ahí, y me había despertado tal y como lo desearía cualquiera. Pasaba la mano por mi pecho, pero me despertó con la mirada. Como ya he dicho, aquella mañana estuvo llena de cuerpos celestes y de tés con leche. En algún momento creí hablar con ella sobre lo que habíamos soñado. Ella, que era el equilibrio de la pasión y la consciencia a mis ojos, había estado más acertada, soñando con Leonor Watling y su contenida sonrisa. Yo, que no suelo escuchar bien a nadie, tengo una imagen vaga de lo que dije. Y es que soy tan egoísta que ni me escucho a mí mismo. Me recuerdo visto en plano cenital, sentado a la mesa, escurriéndome con un "he soñado algo medio extraño". No di detalles, pero no suelo mentir. No sé.

Efectivamente, había soñado algo ambiguo, lúgubre y, sin embargo, más albarizo que crepuscular. Estaba acompañado. Como tres aspas, mirábamos sentados en unas sillas de camping a un mismo centro Julio Cortázar, el diablo, que era Georges Perèc, y yo. Había llegado la hora. En el sueño, yo tenía 27 años y Perèc se había tomado la libertad de ajustar cuentas. Como muestra de buena fe, me había reunido con el admirado escritor en el primer lustro que debía pasar allí. El lugar era infinito, absolutamente yermo, con ese suelo agrietado que a mi, no sé si de manera acertada, se me antojaba una mezcla de un Dalí y un mundo apocalíptico de Cormac McCarthy. No sé dónde estaban el Sol y la Luna.

Cortázar, muy envejecido al principio, casi fetal, recuperaba su presencia cada vez que hablaba. Se erguía de repente. Empezó -y terminaría- llevando el peso de la conversación, en la que sólo participábamos dos. Perèc, seguramente por cuestiones relativas a mi subconsciente, era casi una fotografía: sólo ladeaba la cabeza de vez en cuando, y no parpadeaba en ningún instante esos ojos saltones ni perdía esa sonrisa de niño con la boca llena de caramelos o de saliva.

Cortázar me atacó. En la segunda o tercera palabra ya había pronunciado esa erre más afrancesada que huérfana de un logopeda oportuno. En la octava, ya me había calificado como un "horrible lector de Rayuela". -¡La puta que lo parió!- pensé o dije, era un sueño. Enseguida se dio cuenta, o quizás me escuchó, y se volvió paternal por un instante. Que no me hundiera, que fuera paciente. Que le dejara acabar la frase, que iba a decir que, sin embargo, mi corta vida había sido una buena Rayuela. Entretanto, Perèc ejercía de Baphomet extraviado pellizcándose la barba de chivo y observándonos por unos prismáticos puestos del revés. Estaba a medio metro.

Cortázar prosiguió su explicación cada vez más animado, y me empezó a hablar con un tono más propio de un amigo de esos que se ven cada tanto. En su paso de la cautela a la confianza, argumentó que yo había atravesado casi a diario esa barrera que separaba la realidad establecida con aquella que él proponía en el que fue mi libro de cabecera durante los últimos siete años de mi existencia. Yo me puse a rascarle la mano no sé por qué fuerzas llevado, y él calló y cerró aquella gran plataforma sobre mí, arrastrando conmigo mi silla hasta quedarme a centímetros de su cara, también gigante. Perèc era casi una cabra, pero parecía saber todos los chistes y todos los asuntos serios del mundo.

Cortázar me dijo -Mira, como en el capítulo siete. ¿Viste qué mentira lo del capítulo siete? Les conté que era mi favorito, y bueno... ¡no!-. Le pregunté que a qué venía eso, y me dijo -Y viste, estoy cerca, soy un cíclope, como en el capítulo siete ellos dos-, y lo abofeteé con rabia, porque no era Cortázar, porque Cortázar había perdido el "Viste" en París, o quizás nunca lo había tenido. Perèc puso paz enseguida, porque Cortázar me iba a aplastar con algún gran adjetivo de madera o de titanio. Luego hablamos sobre el sentido de mi vida, sobre aquellos momentos que la marcaron: la paliza en el campo, aquella mañana en Buenos Aires, en la que una abeja había entrado por ninguna parte a mi pieza, y cómo diluvió luego, y cómo murió ella luego, y luego yo... y no tenía más. Sólo eran dos momentos. Seguimos hablando y me habló de aquellos peces de su cuento, los axolotl, de vivir en una pecera.

Cortázar ya no me hablaba como un amigo. Parecía más bien un dios, y le pregunté si los dioses eran ateos. Dijo que eran narcisistas. Perèc ahora llevaba aquel abrigo de vagabundo que yo tenía todavía en un armario y le pregunté cómo había muerto. Claro que no respondió, y fue Cortázar el que siguió la charla. Me confesó que él también era de Traveler y entre las mujeres, tanto de la Maga como de Talita. Que en unos cinco años yo las podría ver. Traté de tomar las riendas de aquella batalla del verbo por un segundo, obviando sus protagonistas que somos todos y preguntándole por su sentimiento hacia Argentina, pero enseguida terminamos hablando de las inútiles patrias, y él explicando y yo asintiendo. Y él ya narrándome sus experiencias en muchos países y yo pensando y asintiendo. Me sugirió que volviera a Buenos Aires, y a recorrer. Que me enamorara de América Latina para toda la vida.

Cortázar se rió a carcajadas cuando me vio afectado por su consejo. Antes de que él riera, le hice la ingenua pregunta de cómo lo iba a hacer, si yo ya estaba muerto. Cortázar, ese tótem tan humano y profundo, tan entrañable y poco altivo, uno de los pocos feos de verdad, unicejos, que se tornaban lindos al jugar con las palabras, era casi un demonio más. Recordé que al llegar allí, había encontrado el lugar y la compañía muy agradables. Incluso había pensado que estaba en el Zabala y que en breves me traían un café con leche en un bol, y también un plato con tres medialunas. Pero no era así. Aquello era el infierno y Perèc zumbaba como una abeja.

Cortázar ya no estaba. Desperté en un piso once o en un segundo. Creí que zumbaba una abeja y que estaba por llover, y el hecho de estar despierto pero no poder abrir los ojos me enervó. Pudiera ser que hubiera vuelto atrás en el tiempo, que estuviera en aquel noviembre, con aquel insecto dulce y amenazador dándose golpes contra la ventana cerrada. O que siguiera dormido, soñando. O peor, que hubiera estado soñando desde aquel noviembre. Pero su mirada me tocó el pecho y abrí los ojos. Mientras le daba los buenos días, pensé que aquel día podría marcar mi vida, y que quedaban muchas conversaciones y que la Rayuela no estaba todavía pintada. Y que Cortázar, Perèc y todos aquellos dioses podían esperar todavía unos lustros más.

Tau de rec, despierto en horas de sueño, por los mares del sur.


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