"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.
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24 ene 2012

No este periodista


El santoral católico parece ser una buena excusa. La festividad del patrono de los escritores y el periodismo, San Fernando de Sales, establece el día de hoy como el día del periodismo. Y clico en un enlace y leo, algo molesto, una letanía de puntos en los que, supuestamente, quienes nos consideramos periodistas hoy en día, hallamos motivación para seguir adelante.

Los leo molesto porque son palabras bonitas, pero no hacen más que mostrar una realidad irritante que parecemos no querer replantearnos.

Los puntos de los que hablo:
  1. Porque la información es un derecho, y nosotros sus ejecutores.
  2. Porque mientras que para una parte del mundo hay muchos secretos que encubrir, para nosotros, hay mucha verdad que sacar a relucir.
  3. Porque la información nos hace libres y, por lo tanto, el buen periodismo es el camino hacia la libertad.
  4. Porque somos amantes de esas preguntas incómodas que al momento de realizarlas te provocan la sonrisita típica del “te acabo de pillar”.
  5. Porque ni aún con toda nuestra labia y facilidad para el verbo seríamos capaces de explicar esa sensación que sentimos en el cuerpo cuando pronunciamos la frase: “tengo una exclusiva".
  6. Porque parece que tenemos una tendencia natural, y muchas veces enfermiza, a querer enterarnos de todo antes que nadie.
  7. Porque siempre admiramos a esos periodistas de guerra que dieron y dan su vida por una noticia.
  8. Porque todos hemos soñado alguna vez con ver nuestro nombre inscrito en un Premio Pulitzer (por soñar…).
  9. Porque no hicimos caso a nuestros padres cuando nos auguraban un futuro mejor como médicos, abogados o ingenieros.
  10. Porque aunque muchas veces nos cueste acordarnos del porqué, seguimos amando esto a pesar de las jornadas maratonianas, de los sueldos poco generosos, de las sobredosis de cafeína y de los nervios propios del “hay que sacar esto y no llego”.
Desde la cuarta hasta la última, me tocan literalmente las pelotas. Y en las dos primeras, me pongo algo quisquilloso con los términos "ejecutores" (punto primero) y "verdad" (segundo): quizás no sólo nosotros seamos los practicantes de la información y de la comunicación, quizás lo debiera ser todo el mundo capaz de hacerlo con cierta responsabilidad. Y quizás no buscamos la verdad, quizás debemos dedicarnos a contar lo que observamos, encontramos y sabemos del modo más honrado posible. Pero bueno, mera elección de palabras.

Lo que digo, las últimas siete no son motivos por los que ser periodista, al menos como yo entiendo que debería ser un periodista.

Hoy en día, no nos estamos preguntando si tener una información antes que nadie es realmente el objetivo de un comunicador. Cuenta, por sistema, llegar el primero, es el gran mérito, sea de lo que sea. Quizás debiera contar más llegar bien y transmitirlo mejor.

No deberíamos sentir satisfacción por sonsacar algo a alguien, ni por "enterarnos" de todo. Quizás sería más conveniente y enriquecedor sufrir intentando entender aquello de lo que nos enteramos y alegrarnos sólo cuando tuviéramos el último dato de nuestro reportaje entendido. Quizás no nos debería enorgullecer nuestra pregunta, nuestro logro, nuestro protagonismo. A lo mejor lo que tendríamos que disfrutar es de escuchar las explicaciones de quien nos las da, y trabajar para obtener las que se nos niegan.

Y no sufrir tanto por el reconocimiento, ni mcuho menos por los premios. No vernos como héroes, micro, cámara, grabadora, bloc o bolígrafo en mano, no enorgullecernos tanto de tomar el camino difícil. No mirarnos tanto el ombligo y cumplir, cumplir más.

Yo no amo el periodismo irracionalmente. Menos todavía el que se practica hoy en día. Pero a mí nunca me falta un motivo, una explicación, una respuesta razonable y argumentada a la lógica pregunta. ¿Por qué tener este oficio?

Eligiendo entre ese infierno de elecciones que son las palabras, como comunicador que soy, siempre respondo con una razón. Irracional, sí, pero razón al fin y al cabo. También es que amo algo. Lo que yo amo es observar, experimentar, analizar, vivir y entonces y sobre todo, poder comunicar eso a otros. No me lo cuento a mí, no me vanaglorio. Ni cuenta para el mercado. No amo ese periodismo.

Por suerte, no adolezco de falta de buen periodismo. O del que considero bueno yo, vaya. No hay semana en que no lea historias, análisis e informaciones realmente buenos, honestos, reflexivos, trabajados y apasionados.

Estoy hasta los huevos del periodismo mercantil, el competidor, el instantáneo, en el que la cafeína pasa por ser un símbolo casi más abrazado que nuestra herramienta, el verbo. Y rozo el odio con el yoísta, el ególatra y el del falso héroe revelador. Y sobre todo, estoy harto del periodismo que no piensa antes, durante y después, justo el que secunda ese decálogo bobalicón.
Por ello aspiro a no volverlo a ejercer nunca más de ese modo -sí, lo he hecho-. No este egoísta y cacareado periodista.

5 dic 2011

La corista


Ahí está la corista, cantando los versos que le tocan. El teatro está lleno, las entradas se agotaron en cuestión de un par de días. El foco de luz, a unos metros de ella, expone al artista, que deja consumir un cigarrillo entre las clavijas de las cuerdas graves de su guitarra. El auditorio acompaña un estribillo nacido del terror egoísta del cantante. Suena, pues, la guitarra del afamado músico, su voz, la de todas las coristas, la batería, los teclados y el clamor mimético del público.

El verso: "[pongan aquí el verso que quieran]".

Y a nadie le importa si a nuestra corista le acucian mil preguntas sin respuesta, si hoy vio a alguien morir, si tiene hambre, si su ex pareja le despierta los peores sentimientos, si le pica la pierna, si odia ese verso que tanto le recuerda a sus propios miedos. Si lo balbucea cuando sueña. O qué piensa de esa forma de cantar, a voz comedida.

Vendrán dos versos más y se acabará la estrofa. En ese corto lapso de tiempo, alguien habrá reparado en ella, en su voz o en su figura, o en su tono, aunque sea por mero despiste. Luego, sólo quedará la reverberación de la última palabra, acorde, golpe; y las pulsiones y los sentimientos de cada persona de esa sala seguirán su curso. A menos que alguien muera de repente, claro.

28 oct 2011

Viladomat

Una guitarra nueva. Una canción, un poema como un mazo. Un plato elaborado pero sencillo, elegante hasta la última miga. Sapiencia en psicología social. Un lapiz. Una piel tibia entre el frío. Alguien me dirá que feng shui. Lo que queda de la letanía de mis necesidades está, y no hay que enumerarlo. Incluida una generosa cantidad de ausencias que lo hacen todo más agradablemente tenue y unas goteras que marcan el tempo. Calmo, riéndose del diluvio de afuera. Por eso no puedo escribir esta noche, por pura victoria. Mi gata sueña que corre y, creo, sueño todavía. Por eso he escrito, por una derrota cadenciosa, en replay por los tiempos de los tiempos.

Tau de Rec

1 mar 2011

23

Decía: Cuando vaya a cuarto de la ESO me dejaré un bigote largo, y una barba de punta.

Eso le decía a mi madre durante las primeras tardes en las que volvía del colegio sin que ella me acompañara. Lo decía porque sabía que iba a ser tío de mucho pelo: ya tenía unos pelos finísimos y oscuros en los morros, tan enano. Todavía no sabía qué quería ser, quizás futbolista, y sólo comprendía con certeza algunas cosas pasadas. Conocía, sin dar con las palabras que lo describieran bien, ese sentimiento abisal, ese vacío tremendo que me sabía provocar recordando aquel día en que le dije a mi hermana que no me gustaba su regalo o aquel otro en el que preguntaba, con una sonrisa nerviosa, que dónde había ido el yayo al morir. Conocía la tristeza, y también el eterno rompecabezas de la mentira que, sin yo saber cómo expresarlo, utilizaba para escapar de todo aquello que no veía beneficioso o divertido para mí. Así que practicaba el egoísmo sin tener noticia de él, de la misma manera que practicaba la rabia sin remordimientos -rabia sin rabia-, por el mero hecho de no adivinar mi mente -ni siquiera contemplarlo- su abominable abasto.

También sentía la ilusión sin apenas darme cuenta. La ilusión en día de reyes, la ilusión tras una victoria, la ilusión por un nuevo tazo, la ilusión por una broma dominguera de mi padre en el sofá. La ilusión de comprender un problema, la actitud de otro mocoso amigo o el argumento de una serie. O de dar con la palabra exacta que quería contar.

Ahora que lo recuerdo, mezclaba sentimientos con el dominio y los automatismos con los que daba toques a la pelota de ping pong sin dejarla caer al suelo. Concebía la eternidad y concebía el infinito, o mejor dicho, creía que eso de los límites era algo inventado, una mentira, un engaño. Sin ser consciente, prefería pensar que nada se perdía.

Pasaron los años y, en cierto modo, se cumplieron los augurios. Sobre el pelo, digo.

En cuarto de la ESO llegué a tener bigote durante un par de días de clase, pero quedaba muy fuera de lugar. Algo de perilla tuve (y mantuve: era más habitual, menos rompedor). Llevé peinados distintos y estrafalarios. Ahora sí, llevo bigote y barba, quizás en algunas fotos me parezca a aquel mosquetero, a aquel filibustero o a aquella estrella extraña que soñé ser.

No han pasado tantos años, tengo 23. Y la cosa, no se asusten, no está tan mal. Descubrí el relativismo, y lo abrazé, y lo desabrazé. Comprendí lo que eran las falacias y, una vez entendidas, me tentaron desde entonces. Supe lo que era el estoicismo, pero también algún día el escepticismo presentó batalla ante aquella anciana y espontánea ilusión. Aprehendí la desmesura y la practiqué. La disfruté y la sufrí. Comprobé el sentido físico de la vida, con sus distancias y barreras sensoriales. También el sentido etéreo. Vi los muros inexpugnables en ambas partes.

No sólo he conocido límites, sino que me he impuesto ciertas pérdidas. A mi edad, ya he renunciado a sueños, a formas de ser, a personas y a nimiedades. Otras cosas, las que he perdido sin rendición alguna, me han ido recordando que el hombre tiene el código de barras mal: de fábrica, salimos con el defecto inherente de inventar la eternidad y considerarla como propia.

Ya sé contar un par de ejemplos de absoluta felicidad, ya sé y me insisto en no perder de vista la fugacidad.

Por suerte, de vez en cuando logro volver a forzar esa caída al abismo, y por desgracia, otras veces no logro sentir.

Ya sé el amor, ya sé otro par de ejemplos de librarse absolutamente del egoismo. Ya sé algo del dolor físico, y algo más del dolor emocional.

A veces no recuerdo la ilusión espontánea, y me asusto. Sigo teniendo el mismo miedo que antes: a ese segundo que viene, en el que destaparás la manta o cruzarás la vía. Y te atropellarán o aparecerá el ojo de un alien o de una serpiente. Ya me he enganchado a ese miedo y me he subido en su ola, continuamente, para utilizarlo en mi favor. En consecuencia, como habrán previsto, ya he sufrido algún absoluto fracaso.

Me resisto a aceptarme a veces, me rebelo contra mis renuncias en otras ocasiones, soy manso en otras. Me cuesta horrores encontrar la palabra exacta, y me aterroriza imaginar el alcance de mi maldita rabia. Sé que el laberinto de la mentira es entretenido, como el de la ignorancia. Sé que, como el del saber, puede ser mentiroso y peligroso. A veces me meto por ahí, a veces me quedo quieto, me pierdo adrede o golpeo los altos arbustos. A veces no, y tiro por ese camino recto y plagado de baches que es la verdad. A veces trato de describir, de encorsetarlo todo o de darle su más amplio y justo significado. A veces me lío pensando sentimientos. Sé la locura y lo atroz, y sé lo dulce. Sé el no saber. Sé el sueño, el desenfreno, el silencio, la caricia, lo real y lo otro. La música. A veces, hasta me lo imagino todo.


Ya comprendo demasiadas cosas, pero no tengo ni puta idea de nada.
Y vivo sumido en la incerteza mientras el tiempo me consume los órganos.

Tau de Rec

10 ene 2011

Una religión en busca de un Dios


Abro Facebook a las 11 de la noche, unas tres horas más tarde de la entrega del Balón de Oro. Lo ha ganado Leo Messi.

La mayoría de mis contactos, por donde vivo y por el contexto futbolístico actual, son hinchas del Barcelona. Un equipo que hoy es brillante en el césped y que forma con gran cantidad de jóvenes criados en la casa, en la ciudad, en el día a día de eso que, como su lema reza, quiere ser más que un club. En el país y la cultura catalana, quizás. El club, que fue fundado por un suizo y refundado por un holandés, ambos puro carisma, recoge los frutos de su primera revolución con un repunte del rendimiento del método de Cruyff, basado en dos máximas. Una, la estética. Otra, la victoria, que siempre persigue todo hombre. La remontada se gestó desde hace unos diez años y se ha asentado en los últimos tres, en los que el Barcelona se ha convertido en una mezcla perfecta de una compañía de ballet clásico y una tropa de élite. Antes de Cruyff, había sufrido décadas de victimismo gracias al dulce sabor de la derrota. Pero la ingente -y creciente- cantidad de devotos de este club-idea había fechado el día de hoy como aquel en que esos traumas se iban a desvanecer definitivamente.

La mayoría de mis contactos, más allá de tener una opinión u otra, más o menos formada, sobre el nacionalismo, tiene un carné de identidad donde, de momento, se señala que es ciudadano de un estado llamado España. De estos, casi todos -algunos por su buen juego, otros por una mezcla entre eso y un sentimiento de pertenencia: esto es, sumando la excepcionalidad del asunto y los estigmas que se rompían- celebraron el triunfo de la selección española en el pasado Mundial. El gol -todos los goles del equipo en el torneo, de hecho- lo marcó un azulgrana, quizás eso terminó de convencer a muchos de los culés que no siempre se habían decidido a apoyar a La, antaño, Furia; desde hace poco, La Roja. Los otros, los que siempre se desvivieron por aquella Furia y aquella casta, habrían ido igual con España, pero lo hicieron con más fuerza que nunca gracias a un sublime juego de futbolistas de todos los bandos.

Excepto los más anti-culés, todos estaban contentos con el previsto podio del Balón de Oro: un español en primer lugar, otro en el segundo y Leo Messi, el mejor jugador del planeta, en tercer lugar. Él, decían, no había conquistado ni las Américas ni Sudáfrica. Previsto, ¿por quién? Por dos de los estandartes del griposo periodismo deportivo: el italiano y el español. En realidad, por La Gazzeta dello Sport, que anunció unas filtraciones -el podio y su orden- que resultaban, hasta ayer, completamente ciertas. Pero claro, faltaba un orden que, a priori, debía encumbrar a Iniesta, el hombre del Mundial, un futbolista que compartía el honor con otro futbolista eternamente inferior a él, Fabio Cannavaro, de haber sido la bandera de un país fragmentado de repente unido, de un territorio pequeño de repente engrandecido más que nunca.

Aunque entre ambos mapas mediáticos se puede sacar casi una decena de cronistas y analistas superlativos, en los dos países los medios están controlados por cúpulas fanáticas y extremadamente populistas que dirigen los periódicos más leídos de cada país. Uno que sabía mucho de comunicación, de ideologías y prácticamente de todo -fútbol, literatura, gastronomía, vida-, ya avisaba en los albores del nuevo milenio: Los medios eran, cada día más, el segundo poder, sólo superado por el Poderoso Caballero. El fútbol, también dominado por la guita, además del circo y el cloroformo de las masas, ya es la religión de estos tiempos en Europa -y en España en particular-.

Vázquez Montalbán. Lamentablemente, cada vez hay menos como él. Y, a cada día que pasa, tiene más razón.


Por aquí, a todos les hacía una ilusión enorme que Iniesta o Xavi fueran el elegido. Las razones, para todos los gustos: romper traumas tanto para culés como para españolitos, y también para catalanitos. Los primeros, firmaban con cualquiera de los tres. Eso sí, con preferencias, ya que pocos de ellos se libraban de cualquier sentimiento nacionalista -si es que ser culé ya no es, para muchos, hoy en día, un sentimiento nacionalista-: Xavi sería el primer catalán, el primer canterano catalán -y/o español- en ser Balón de Oro. Iniesta, el primer canterano español. Para los que no sienten el azul y el grana, el fantasma que se iba era ese de que, olvidado Luís Suárez, ningún español podía iluminar su país con los pies, siendo el mejor del mundo: como Rafa Nadal, Xavi o Iniesta hubieran brillado a los ojos de todos en tierras extrañas.

Los medios sirvieron razones futbolísticas, que las hay, para los que necesitaran disfrazar sus preferencias ideológicas y no supieran cómo hacerlo. De Xavi, baza más segura hacia la que había que remar: constancia, trayectoria, manejo de los partidos, del balón, comprensión del juego, compañerismo, desgaste, sacrificio, humildad, arte sutil, elegancia, símbolo del juego en equipo. Todo absolutamente cierto. De Iniesta, genio, oportunidad, la misma constancia, el gol que apagó a los fantasmas, arte delicioso, incluso chamanismo -"el hombre que estaba peleado con el astro rey," que decía Pepe Reina-. No menos cierto, como dice Inda. De Messi, básicamente, que era el mejor del mundo. Más goles que nadie, más fuerza que nadie, más arte que nadie, más solidaridad en el campo que nadie, más sutilez que nadie. No había problema en admitirlo. Era el mejor del mundo, pero con el fiasco mundialista de por medio, no había peligro de que arruinara La Noche P(a/à)tria.

(Las razones futbolísticas estaban. Pero no todo el mundo apelaba a ellas antes que al patriotismo. Incluso había quien se guiaba por otros patrones. A mi abuela Enriqueta, que a veces se aburre con tanto verde y pide el mando a distancia, le encanta Xavi. Dice que "aquest nano sempre va amb els ulls oberts com un gripau i el pit enfora". Cuando ve los partidos de la Champions, como con el Champions for Africa, celebra los goles de los dos equipos. Cuando oye Els Segadors o el himno de España, se pone a llorar solo con ver la solemnidad de Artur Mas, vencedor allá en el palco, o de Ramos, mirando al cielo estrellado. Es como una niña pequeña y, creo que por ello, cada vez la quiero más).


Pero, como en realidad ya anunciaban, es el mejor del mundo, y Messi ha ganado.
Gracias a seleccionadores y capitanes: para los periodistas, el genial e inconstante Sneijder hubiera sido el campeón. Iniesta finalmente quedaba segundo, Xavi, tercero. La mayoría de los votantes nunca leyó un Marca, ni tampoco una Gazzetta. No sabrán que Messi deja a España sin Balón de Oro. No tendrán que ver la cara -y la cabeza- torcida de Inda mientras arquea los ojos en aras de esa naturalidad que nunca encuentra cuando sufre una derrota. Porque las sufre de una manera preocupante para la posición social que tiene.

De hecho, ha habido gustos para todos los colores en las votaciones. Capitanes de islas caribeñas que han votado a Puyol como el mejor jugador del mundo, por su aguerrido testarazo, por su poderosa melena, por sus artes como defensa, por su trayectoria, quién sabe. Porteros campeones del mundo que han pedido perdón a un amigo holandés por meter el pie entre él y la Gloria nombrándolo el mejor del mundo. Fanáticos de Xabi Alonso en Zambia, amigos belgas de Cesc Fábregas, capitanes uruguayos rendidos al rival que les robó su sueño, vietnamitas enamorados de Cristiano, camboyanos alucinados con el flaco Özil y tailandeses flipados con el peinado de Villa. Incluso algunos que darán juego, como el patriota Van Bommel, que prefirió el voto nulo antes que reconocer la derrota; olvidos caprichosos de Capello e Ibrahimovic -no creían que Messi mereciera nada- o el repentino paladar de Clemente, ese hombre multipolar que ha querido ir a ver de cerca a los que "se bajan del árbol" y ha votado a los tres culés -o quizás, ha contravotado a sus enemigos madrileños, con él toda sospecha cabe-.

En cualquier caso, han sido mayoría los han votado al que, probablemente, se erige como el mejor jugador de los últimos 20 años de fútbol. Más allá, no puedo juzgar nada, porque yo era un mocoso, un espermatozoide y, antes, nadie. Pero he visto a Ronaldo, a Zidane, a Baggio, a Romario, a Baresi, a Maldini, a Roberto Carlos, a Ronaldinho, a Stoichkov, a Laudrup, a Bergkamp, a Koeman, a Cristiano, a Henry, Figo, Cantona, Rivaldo, Drogba, Gerrard, Rooney, Van Nistelrooy, Robben. Incluso al último Van Basten y al Maradona zombi. Y a muchos otros que seguro que me dejo. Messi quizás solo llegó a ver de refilón algunos vídeos de O Baixinho, L'Enfant Terrible o Il Codino, y eso en el supuesto que despegara sus ojos del balón. Casualidad o no, tiene lo mejor de ellos y más. De hecho, tiene lo mejor de casi todos los arriba citados, y una hemeroteca de goles de mayor duración y belleza que cualquiera de ellos. Y tan sólo 23 años.


Total, que un cúmulo de caras contrariadas e impresiones agridulces pueblan los muros -qué gusto decir hoy esta palabra y que haya sumado esta acepción; qué disgusto que oculte las otras- de muchos de mis amigos de Facebook. "Felicidades, Messi, eres el mejor. Pero yo quería a Xavi". "Yo a Iniesta". Otras, de euforia: "¡Ja!, la selección se queda sin nada, triunfa el Barça (¿triunfa Catalunya?)". Luego Inda -no, no está en mi Facebook-, que parece haber adoctrinado a muchos: "Messi le roba a España el Balón de Oro".

Efectivamente, Messi también roba Balones. Lo tiene todo. Si lo hubiera visto, le hubiera gustado hasta a Borges, que odiaba al fútbol porque advertía su inherente nacionalismo y que, por esa buena razón, se permitió el error de no reparar ni un segundo de su vida en intentar apreciar la belleza estética de ese trote, esa gambeta, ese abuso de velocidad, esa parábola. Pero Messi le hubiera agradado incluso por ser el paradigma que tira al suelo su gran obstáculo hacia el balompié: el mejor jugador del planeta no entiende el nacionalismo. Ama el balón -ese Dios redondo de Villoro-, celebra los goles flotando; no aprieta casi nunca los dientes; sobreinterpreta, casi por compromiso, su pasión por su país de origen (ese adorable país de locos en el que, dulce ironía, nadie ha votado el premio por un desajuste con la organización... ¡si por lo menos hubiera podido votar su D10S!); y ha comido con gusto más jamón y más amb tomàquet que yo, pero no entiende ni a Mas, ni a Laporta, ni a Aznar. Ni le importan. Cuando le dan un premio, su primera reacción es sacar la lengua, aniñado. La segunda, posarse en el atril y musitar cuatro palabras ininteligibles, ignorando que es la estrella de un mundo al que nosotros, el acomplejado mundo laico, hemos recurrido para convertirlo en un nuevo circo decrépito de fes y creencias. U obviándolo. Infinitamente contento, él.

El día-D, la fiesta del fútbol azulgrana, catalán, español, nacional, parece ahora haberse agriado. El final del sueño -como dicen algunos- no ha exterminado ese sufrimiento simbólico de los pueblos empequeñecidos que buscan en el triunfo el sentido de su existencia. Solamente ha desvelado al Dios que anunciaba Vázquez Montalbán. Un Dios pequeño con su juguete redondo para la nueva religión de una sociedad extremista y desaforada que no se da cuenta que, por ejemplo, hoy se ha muerto un poco más el terrorismo.


Tau de Rec.

26 nov 2010

Contingencia (XLI)


La mano se quitó un auricular, el derecho, mientras las piernas, en tensión, presionaban un escalón tras otro. El oído derecho escuchó la Plaza España, mientras la noche barcelonesa y su cielo marrón asomaban por primera vez a los ojos pardos. Las manos empezaban a destemplarse sin apenas notarlo, mientras el pelo largo, marrón, liso, seguía la estela del pensamiento. Las fosas nasales aspiraban, con una repentina forma elíptica, mientras la lengua apretaba el paladar, tenaz e inconsciente. El torso, que todo lo aguantaba, parecía pasar de abajo arriba con su mecanismo coordinado. Emergía y los pasadizos del metro quedaban atrás.

Las ruedas delanteras tocaban Barcelona y miraban de reojo hacia la izquierda, mientras el surtidor de aire acondicionado del copiloto apuntaba al cielo. El parabrisas delantero, acatarrado, pedía claridad, mientras la tira del cinturón del piloto colgaba, olvidada, y el metal de la hebilla amagaba continuamente un giro. El tubo de escape tiritaba con asombrosa frialdad, mientras la carrocería teñía de rojo la noche, con el ocupar incesante de espacios nuevos. El retrovisor central duplicaba la realidad y jugaba al travieso juego de lo infinito, mientras la aguja del velocímetro se incorporaba, adelantando decenas enteras. El motor, ciego como era, latía con pasión, participaba del caos controlado. El SEAT León pronto liquidaría la rotonda y atravesaría el paso de cebra.

El señor de verde aparecía con su pose habitual, alzado y de perfil, mientras un botón de la camisa decidía pasar y, presionado por el cambio de ritmo, embestía a su correspondiente ojal. El 65 luminoso empezaba a arrastrar su larga cola mientras las zapatillas se balanceaban contra la base de Barcelona cada vez con más frecuencia. En perpendicular al señor de verde, un disco rojo había vencido al titubeante círculo ámbar, mientras, desobediente, la luz de unos faros acariciaba las líneas del paso de cebra. El joven corría lanzado, dejaba ligeramente atrás al autobús mientras el SEAT rugía con amenaza.

Comenzaba a sonar El último café en el auricular izquierdo, todavía liderando la carrera hacia la parada del autobús, mientras el volante del León retumbaba con las percusiones del Don't ever let me go. Una mirada cruzaba, compartía el código al ver el señor verde, mientras la otra abolía el significado del disco rojo, quizás regida por los impulsos de otros planetas que le hacían meter la tercera marcha. Finalmente, un pie izquierdo pisaba la seca pintura blanca de la calzada, mientras un pie derecho aplastaba con fuerza un pedal agujereado de aluminio. No compartían destino, pero en un instante, convergerían.

Entonces sonaron tres corcheas enlazadas, la primera y la tercera, agudas, la segunda grave, con El último café, mientras el Don't ever let me go siguió inapelable su ritmo. El cuerpo reaccionó con un frenazo involuntario mientras un hasta entonces inadvertido felino de chapa rojiza pasaba a escasos diez centímetros del botón apretado de la camisa. Al segundo siguiente, el 65 luminoso y sus puertas automáticas adelantaban a la paralizada melena, mientras el súbito espanto azotaba al previsible perdedor de la carrera. Instantes más tarde, el autobús llegaba a la meta, ya más despacio, mientras el León, de la mano del viento, se dirigía hacia quién sabe qué.

Quizás se libró por poco, y sus manos, sus brazos, sus pies, sus piernas, su pelo y su torso subieron con estilo y finalmente al autobús, donde quizás se encontró a su futura mujer, a su próximo empleado o a su siguiente empleador, a su viejo amigo, a su postrero benefactor o a su certero y único asesino. O a su muerte, que lo acompañaba desde el inicio de los tiempos y hasta el fin. Mientras la tarjeta fichaba, la mano derecha tocaba un botón: quería volver a escuchar aquellas tres corcheas decisivas. Salvadoras, redentoras, quién sabe si fatales.


Tau de rec, en el camino más transitado.

20 nov 2010

Mi dietario irregular (XL): Barbara Ann


Distraído, miré a aquel hombre y pensé en alguna cuestión tonta como qué clase de derechos de autor tiene la Biblia o cómo se comprueba que un bolígrafo no está gastado. El tipo llevaba barba y una camisa a cuadros, oscura. A ella le había gustado. Rebosaba la gente ayer en el Barbara Ann, los vasos vacíos se acumulaban y dentro, sólo los hielos sabían que el humo los rozaba mientras apuraban los más tristes minutos de su vida derritiéndose con una elegante parsimonia. Los platos, ya menos llenos de frutos secos, pasaratos y algunos bombones con virutas de coco y algunas pastas, se acumulaban a las dos de la madrugada, unos encima de otros, y yo y unas cuantas personas más habíamos aprovechado el sitio que dejaban libre en lo alto de la pequeña tarima para sentarnos. Di un trago al Barceló con cola, que era mío desde que lo había pagado. Las cuatro gotas de limón que, antes de eso, había echado el barman se hicieron notar en su llegada a mi boca, decantadas y cayendo en una carrera frenética contra el ron, el agua, la coca cola y los azúcares. Sabía bien.


El mes había sido extraño. Marcado por la Nueva antología personal de Borges, por el tango y la nueva música y por las distintas variaciones del Re de mis pobres guitarras, noviembre del 2010 me escondía la inspiración, y sobre todo me escondía las breves pero imperdibles plenitudes. La felicidad, le dicen. El barman sonreía delante de un cartel con la inscripción 60's & 70's night, se había alegrado de vernos una vez más y antes de echar las gotas de limón del cubata me había dicho que no nos fuéramos sin pasar por la barra. Había que compartir una buena noche con unos buenos clientes. El peinado de ese hombre también le gustaba a ella; a mí me hacía más gracia su cara, como ancha. Ese casco no podía con las facciones de su rostro, por eso me resultaba más interesante la cara que el pelo. Realmente, me hizo mucha ilusión que, después de tanto tiempo, el dueño de un bar me agradeciera mi presencia en su local.

Sentado, seguí mirando al tipo de la barba y la camisa a cuadros. Hablaba, animoso, con una chica bastante bonita. Así, pequeña, con ojos decididos. A ella también le gustaba el tipo, o eso me pareció. Yo estaba sudado, después de un par de horas de concierto. Los Siniestro habían estado bien, el recital me había permitido liberar adrenalina y, tras una semana escuchando algunas canciones, había logrado sentir con un buen flipe varias de ellas mientras todos dábamos saltos muy juntos, como atunes que se agitan, aplastados y resbaladizos, mientras la red los saca a la superficie. El humo, sin embargo, anulaba cualquier olor.

En el Barbara Ann no estaba Assumpta, pero sí los músicos, que habían llegado con unos atuendos similares o iguales a los que llevaban cuando terminaron el concierto. El cantante, con su sombrero negro y su piel blanquecina, llamaba la atención por encima de todos y conversaba sin extrañeza con cualquiera que se le acercara. Los Siniestro habían venido al Barbara Ann, tan perdido en la ciudad como estaba. Aquello le daba prestigio al local y a su dueño, que, inspeccionando en su IPod enfrente de la colección de vinilos, preparaba el siguiente tema que sonaría en el local. Yo no reconocería la canción, pero probablemente fuera de los Kinks, los Stooges, o los Cream, o, con más seguridad, de los Animals. A mí también me había entusiasmado coincidir en un bar con los Siniestro.

Volví a preguntarme algo absurdo como si pesaba más la fe o una zapatilla justo cuando ingería otro trago. El alcohol había empezado a hacer efecto. Durante la noche, habíamos hablado de varios temas. De música, el que prefería ella. A ella le gustaba que la escuchara hablar de música, y yo a cambio recibía informaciones nuevas bastante interesantes. Además, con un par de copas se apasionaba mucho al hablar de las épocas, las canciones, los discales y los vinilos, y arqueaba las cejas al hablar, de manera que asomaban, convergentes, por encima de esas gafas tan grandes, y se le hacían unos pliegues en la frente al hacerlo. No logramos hablar de tango, pero sí del cambalache que también es el siglo XXI. Habíamos discrepado sobre nuestros argumentos, más intensos y expresivos que bien formulados, en temas de política, y hábilmente habíamos pasado a hablar del sentido de la vida, que no es. Le había contado algo sobre una correspondencia con un amigo que está de viaje en Galway, y sobre las teorías que en aquella misiva formulé, basándome en citaciones de un profesor que hablaba de contingencia y de la estructura lógica de nuestro pensamiento, y también en las que Borges volcó con maestría en los versos y en las breves prosas de su Nueva antología personal. Quise incluso citar literalmente alguna estrofa, pero me tuve que conformar con darle una explicación mucho menos estética de ciertas expresiones clave de aquellos versos y aquellas ínfimas y eternas prosas. La inutilidad; el incesante paso de ese invento que es el tiempo; la muerte física y la muerte real, que no se pueden esquivar; los olvidos que habrán cuando fenezcamos; la existencia o no del fin o del origen; la definitiva y eterna inutilidad, de nuevo. No me atreví a sacar lo de la Vida, que verdaderamente es el gran tema de Borges, aunque no se atreva a referirse directamente nunca, porque es inenarrable. Así había desencadenado el alcohol nuestras conversaciones.

Eso de lo que no habíamos hablado era lo que yo quería escribir hoy, mientras suena Lucha de gigantes, o Cadillac Solitario, o Invitation to the blues, o esa pieza tan graciosa de Peter B. Looners, o Me pica un huevo. Quería porque noviembre ha sido muy hábil ocultando la plenitud y otorgándome, rácano, la única realidad del recuerdo presente -así definen el pasado los borgianos creadores de la cultura Tlön- para satisfacerme, y yo ya merecía burlar su guardia. Ha sido como ir todo el mes drogado, sin disfrutar esta ciudad que late y se despliega ante mí, sin librarme de la dulce nostalgia.

Quería escribir que ayer, en el minuto que os estaba contando, de repente, sin renunciar al grato pasado, me vi pasando por un agujero lleno de aristas que había aparecido en el bar, como recién creado o antiquísimo. Me vi llegando a un salón deforme donde se escondía, arrinconada, la plenitud.

Estaba en algún lugar entre el suelo y el techo del Barbara Ann, mezclada entre sabiondos y suicidas y -cómo olvidarte en esta queja, Cafetín de Buenos Aires- sonidos de bandoneones. Me alegré mucho de encontrarla al fin y, aún a sabiendas de lo instantáneo de nuestro encuentro, la saludé con la mano, dejándome ir, poseyéndola un poco en cierto modo, ya con la libertad que no me da este texto, que no me darán nunca las palabras. Luego volví al lugar donde estaba sentado, justo en el momento en que mi amiga volvía del baño, también sudada por el concierto e impregnada del humo del ambiente. A los pocos minutos, se largaron los Siniestro. Más tarde, el barman, que tiene un nombre bastante raro, concretó su aprecio hacia nosotros con tres chupitos de whiskey con chocolate. Acto seguido, nos fuimos. Ya de vuelta a casa, metido en el sobre, me rompió una canción Josele Santiago, el único suicida que había faltado aquella noche en el Barbara Ann.

Sweet home Buenos Aires, desde la otra orilla, anoche fue menos duro estar lejos de ti.


Tau de Rec (adora Barcelona, que respira y te mira)

9 oct 2010

Mi dietario irregular (XXXIX): ¡¡Come in through my bathroom window!!


He wear no shoeshine, he got/monkey fingers, he got/ coca cola, he say/ i know u, u know me/ one thing I can tell u is u got to be free.


Bonita vida. Como quien dice: bonitos zapatos, o: bonita melena, bonita. El helicóptero, el ventilador, hace ese ruido que no podía olvidar Martin Sheen. ¿Hacía aparecer Conrad al personaje de Duvall o es una creación de Coppola? Si lo es, ¡tremendo surrealismo! ¡Surf! ¡Tenía ganas de hacer surf!

El ventilador cada vez va más rápido, y me imagino agarrado a él, a una de las aspas, quiero decir. Imagínense: me caería, digo yo. Tanto peso.

Cocker está en pausa. ¿Dónde dio aquel concierto de los 70, el que aparece en Spotify? ¿Cómo se movía? ¿Vieron cómo se movía? El valor de un artista sube cuando esdevè un quadre. Cocker se transforma en dadaísta, provocando. Haciendo ver que toca. Toca en el aire: el piano, la guitarra, el bajo. Está gordo, orondo. Pero se mueve así, sin vergüenza. ¿Quién no tiene ganas de imitarle? ¿Quién no tiene ganas de imitar a Jagger? Desde luego, Cocker las tiene. ¿Va más allá?

Yo tengo ganas de imitarlos a ambos. ¿Soy alguno de ellos? ¿Soy Cocker? Me conformaría.

¿Qué pretende Hemingway con ese gran pescado? ¿Pez espada? ¿Joyce con Molly? Hoy leí que Muñoz Molina aprendió sobre los laberintos del receptor a partir de Don Isidro Parodi. ¡Si levantaran la cabeza Borges y Bioy! ¿Pretendían ser útiles? Fracasaron... ¿Fracasaron? Sí, fracasaron: era una burla lúcida, pero el receptor ¿llegó a ella? ¡Muñoz Molina descubrió el laberinto del lector! ¿La burla?

¿Sabían Bioy y Borges cómo se desarrollaban sus novelas? Los problemas de Don Isidro... ¿los planeaban? Me encanta pensar en esta última posibilidad que diré: ¿se turnaban los párrafos? ¿Joyce fumaba mucho?


Queda agua en la botella. Me agobio. Google. Buscar. "Cualquier...", ... "cualquier"... ¡NO! Correspondencia de Gil de Biedma a Ángel González, página 228, Lumen. Vía Google: "todos los gatos son metáfora". Grito. Recuerdo Ulls de gat mesquer, y Banga.

Recuerdo sus ojos. Recuerdo el cosquilleo, su aliento. ¿Se puede quedar uno en un lugar para siempre, Perec?, ¿En un momento? La tentativa de agotar ese lugar... ¡no era fija! ¡Qué desilusión! Perec, yo creo que me puedo quedar allí. Eternamente, sí.

¿Señor Churba?

Bebido, pero con total intencionalidad: Idmón es un amargado. Un listillo, siempre por los pelos. Lleva bigote. Orfeo es un tarado, pero algo sabio. Algo, no mucho. Heracles, otro amargado, la caída del héroe. ¿Medea? ¿Es el centro, o es la trama, o es...? ¡Euridamante es la joya, el Gran juego! Es lamentable: son una sola voz. ¿Dónde queda el Café de artistas? ¡¿Es Medea el libro?!


Qué charrúa, cachavacha,/ qué penal que te han cobrao!". Trato de identificar los versos etílicos:
¿"Puede que sí, pero no empujen"? ¡Es el 28 de 30, quizás ya lo necesitó: bebió!

¿"Xochimilco es Venecia sin palacios,/ Buenos Aires París en duermevela"? Sí: esta la pongo porque habla de Buenos Aires. ¿A quién le molesta?

¿Por qué huele así este libro? ¿A ti?

De pie, pensando en la siguiente frase que hay que escribir, inconscientemente me toco los huevos. ¿Es Llach clásico? Clásico en el sentido de Griego. Tiene un Kavafismo; o un verso ovidiense, ¡no! Mucho más derrotista. Un verso visceral.

¿Asistiré al día del triunfo de la víscera? ¿¡Cómo será ese día!? Mortal. Final. ¿Inicial? No, quizás no.

Hay caras en esa primera orla. Caras en la segunda. Caras, también en la tercera. ¿Hay segunda? No, es ficción.

¿Tú lo sientes, ese deseo?

¡¡¡¡She came in through the bathroom window!!!! And though she thought I knew the answer/ Well, ¿I knew? But Icuold not say ¡¡¡¡¡And got myself a steady job!!!!! ¡¡¡¡¡And though she tried her best to help me!!!!! ¡¡¡¡¡She could steal but she could not rob!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody tell her?!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody see?!!!!! Sunday's on the phone to Monday, Tuesday's on the phone to me ¡Oh yeah!

Se acerca. Inocente, con su esprai, quizás guardado. Se acerca, tal vez no quiera, pero se acerca. ¿El pantalón le queda siempre así? ¿Es un suéter, es una blusa? Qué más da: ahora es una diosa, quizás tenga derecho a poseerla por un instante, si hay posesión. ¡Esa cara! ¡Cómo si fuera inocente, cómo si no lo intuyera como yo lo intuyo! ¿Esos ojos, adónde miran? ¿Realmente está ausente, o en otro lado? ¡No! Está aquí. Si digo acá, ¡más! Su esprai, tan cerca de ahí, de esas playas que HAY QUE CONQUISTAR... qué digo, tan cerca...¡tocándolas, bañándolas, las orillas!
La hace tan inocente. Ella, tan niña, con su blusa de mora, con su cara abstraída, con su víscera, ¡entregada! Su aliento...

¡¡Tarde!!

Es toda una mujer, o más. ¡No! ¡Es una musa!

No quiero más política, quiero mi entrega. Entregarme.
Suena el helicóptero: Yira; yira. ¿La vida es greda? ¿Estoy piantao?
Seguiría hasta la infinidad, así de borracho.
I like, pam pam pa pam; Birds.

Tau de rec. ¡¡¡Come in through my bathroom window!!!!

5 oct 2010

Mi dietario irregular (XXXVIII): À la diable


Ambos tenemos un componente dionisiaco idóneo para conocer Berlín. Lucimos un estilo cojo y un temperamento agudo, saltamos de imperfección en imperfección y caemos en el despropósito y en lo menos lúcido con frecuencia. Incluso nos gusta revelar esa condición como el ingrediente secreto de nuestro agradable errar. Como no podía ser de otra manera, la víscera fue la culpable de nuestro encuentro con la ciudad adolescente.

Los aviones son tierra de misceláneas, con sus almas puras y su gente guapa, pero también con sus polizones y cuerpos extraños. En un vuelo hacia Berlín, te encuentras a recatadas señoritas angelicales que guardan bajo llave una mandrágora y también a sugerentes nereidas de chándal y rastas. Te toparás con aparentes tablas de madera cegadas de miedo y también con simpáticos ogros de esos que se asean en el baño del aeropuerto. Viajarás con ancianos de traje, bussinessmen que tratan de alejarse del suelo que un día serán, y también con niños estridentes que parecen anunciar sus planes de vida en la lengua de Tlön.

Todo eso se cumplió.


Como los aviones, los trenes son una especie de barómetros del suicidio. Si te mueves en ellos y no sientes ninguna emoción, vale la pena empezar a buscar un final digno. Los trenes añaden el componente pre-laberíntico: tienen un solo camino pero nos muestran una cantidad determinada de paradas, de entradas al enigma, a ese misterio que es la ciudad. Y si te despistas, te encuentras con una primera panorámica desafiante: te has perdido nada más empezar, y lo ves todo demasiado lejano. Si aquí ya no sientes nada, es que ya te suicidaste.

El tren también nos ocurrió.


Si entras en una ciudad y empiezas a sentir el acoso de lo anagnórico, prepárate para lo que pueda venir. En ese sentido, Berlín te guiña un ojo malicioso a cada esquina: un semáforo cómplice en unos intensos cuatro segundos, un restaurante italiano que esconde las pizzas del menú, un edificio que te pregunta How long is now. Es una ciudad para ser poco confiado, tiene la pinta de haber tintado todas las cámaras del Gran Hermano y parece tan libre que hasta su agradable frescor matinal levanta sospechas.

Luego, las previsiones se cumplieron.


Las señales siempre tienen un sentido. Si desafías el libertinaje del centro judío de Berlín rompiendo una de sus pocas normas, lo pagas. Si agujereas uno de sus Verboten, te lo mereces. Es decir, que haces caso omiso a uno de los dos vestigios más famosos del Berlín soviético, si cruzas en rojo, la ciudad se tornará en una gentil berlinesa con un vestido del color de la pasión. Vendrá, paseando un perro manso y grande, y te golpeará con un codo en el ojo. Y tú no te pararás a pensar en el tacto que podría tener ese antebrazo radiante, no. Pensarás que, de haber esperado unos segundos al otro lado de la acera, no te habrías cruzado con la poderosa ciudad. Que, por cierto, al fin y al cabo, es alemana.

La cartografía sólo es una concesión de la ciudad, por lo que debes tener cuidado con los mapas. Si una calle con un destino deseado está oculta, no irás. Si una redonda rodea un edificio, irrevocablemente irás, ya sea un bar, un parque, una puerta o un hospital.

Si descubres que un laberinto es una penitencia de una ciudad avergonzada, nadie te prohibirá que lo utilices para correr, saltar y hacer peripecias. Si quieres aparecer y desaparecer en él, lo harás; si deseas coger en él, será posible hacerlo; si quieres aprovecharlo para reírte de tu laberíntica existencia, te será sencillo. Pero cuando menos te lo esperes, la ciudad se revolverá con resquemor y engañará a tus ojos. Y harás pie en el aire, y te enfrentarás a una caída sin fin. Y la alevosa ciudad te atará un brazo a la espalda para que te sientas desequilibrado e incompleto.

Si te dicen que don't be affraid if you see soldiers, no temas, porque la cosa será menos seria de lo que parece. La ciudad te habrá llevado de un laberinto a otro, y ya no estarás perdiéndote con agilidad en su monumento de la penitencia. Ahora estarás en la parodia de tu propio purgatorio, un hospital militar donde la ciudad se transformará en recepcionista, en estatua, en agua con gas, en café barato. La ciudad te gastará una broma alucinógena durante horas, y te hará hablar en alemán y ser viejo y cascarrabias. Te abandonará a tu suerte a ratos y te observará desde su laboratorio, y también te invitará a entrar en su broma, con sillas de ruedas cuadradas, tecnologías punta desconectadas y fantasmagóricos pasillos sin fantasma tras la esquina. Si le sigues el rollo, te empezarás a reconciliar con la ciudad a base de juegos y maldades de adolescente.

Todo esto, figurada o físicamente, estaba escrito que pasara.



Si codo con codo transformas las nocturnas calles de la ciudad en una ruta de misterio, Berlín se compadecerá de ti. Llegarás a tu hostal y ella habrá dispuesto a seis chicas en tu habitación. Todas somnolientas, quién sabe si alguna de ellas soñadora, te harán una inmóvil compañía en tu retiro forzoso. Así, te sentirás menos ermitaño mientras la ciudad celebra su más viva bacanal, que tanto suena y tanto se prolonga.


Paradójicamente, empezarás a cobrar conciencia de tu simbiosis con la ciudad cuando cierres los ojos. En tu primera noche en la ciudad, soñarás con ella, y repetirás las conversaciones de la jornada, y revivirás su recibimiento, sus bromas y sus preguntas inquietantes. Hablarás en tu lengua y en otras, quién sabe si serás capaz de responder una cuestión en alemán.


Durmimos por fin, tras un día para ser narrado.



La ciudad te despertará pronto. Te preparará butacas y panes para hacerte suyo, te atiborrará y te untará hasta que te entregues. Y será implacable: te mostrará su médula espinal grafiteada, su historia más amarga para hacerte comprender.


Ya entregado, te moverás al son que ella marque. Serás un Zapata perdido y cómodo en un bloque abandonado, porque ella te dará a entender que es tuyo. Mirarás con otros ojos, de presente y de pasado, para ver una mujer sinuosa tras una faz sombría, para buscar un hotel, o unas oficinas, o unos pisos entre esas paredes forradas de esprai. Llegarás al final de tan herrumbroso camino y encontrarás una cruz de carboncillo y un arcángel en tirantes. Y tirarás al suelo el símbolo y te ganarás el agradecido infierno en el que ya estás, y tu rostro será negruzco y peludo a partir de entonces.

Tendrás placeres profanos. Verás, porque la ciudad te lo servirá, un fútbol de lo más berlinés: de lo más joven y cosmopolita, de Friedrichs y Hyppias, pero también de Barnettas, Subotics, Almeidas, Olics y Sahins; de mal defender y ligero ataque, de Mannschaft ya no tan futurista.

Y, ¡ah!, Berlín te pondrá en contacto con alemanas que hablan castellano a cambio de una ensalada, valencianas que hablan un perfecto alemán y bellezas berlinesas que harán leve la espera con frases hechas sin sentido y una tez morena sin par.

Berlín te dará incluso la oportunidad de redimirte, y te aceptará en su ayer aberrante laberinto, que hoy acoge la fiesta del Volk con una sonrisa triste, pero sonrisa al fin y al cabo.

Sucedió en otro orden, pero así.



Cuando la ciudad dormite, tendrás que huir. Estarás obligado, porque hay otras ciudades más dueñas de ti. Huirás sin desearlo. Todo sucederá rápido y te pillará disperso, te moverás con la pulsión de Joe Cocker, volverás a las tierras volantes del tren y del avión, y viajarás con otra gente tan confundida como tú: escritores secretos de poemas que forman puzzles, venus de perfil, divas escondidas y viajantes varios, Gente Común que conforma un espejo burlón de ti hace unos días. Y aterrizarás, y notarás un suelo con otro carácter, con otras formas. Y reconstruirás Berlín con aprecio.


Así fue como llegamos de nuevo a Barcelona. Uno herido como por un quebrado efecto de la fenixología que permite a los dos gemelos ser momentáneamente inmortales. No detecto el momento en que lo fuimos, pero estoy seguro de ello.

Llegamos del mismo modo que nos habíamos marchado. Todo fue muy à la diable, nos llevó la inercia.


Tau de Rec, arrediós.

8 sept 2010

Mi dietario irregular (XXXVII): Maze


La culpa la tuvo Félix de Azúa. Yo vivía más o menos ajeno a la imbecilidad o, aunque estaba ahí, yo creía que nos respetábamos de mutuo acuerdo. Como todo yo creía, arrastraba un pero no. Tras un mes ejerciendo la sana costumbre de estudiar, ja, tres días antes del examen acudí por primera vez a una biblioteca. Allí, como es lógico, no estudié: busqué la sección más alejada de la materia que estudiaba y me hice con seis libros.

[Me revienta que nadie piense que es ilógico estudiar en una biblioteca. Con los miles de charlatanes que esperan, ordenados alfabéticamente, para contarnos las más diversas historias, ideas y manuales de instrucciones, ¿cómo vamos a perder el tiempo estudiando? Rectifico, aunque detengo mi marcha atrás argumental en el punto -no citado- en el que uno cree que esas presencias son el mayor de los retos conocidos para un profesor, o mejor dicho, para una materia de estudio. Muy interesante tiene que ser para no correr el riesgo de caer ante tamaña variedad de alternativas. Hasta los últimos días, siempre llegué a la misma conclusión: somos extrañamente demasiado responsables.]

Los autores eran García Márquez, Montalbán, Borges, Vila-Matas y Félix de Azúa, ordenados así por seguir el criterio de cuál dedicaba un mayor porcentaje de letras al trato del existencialismo y demás pajas mentales, aunque personalmente dejaría a los últimos tres en empate técnico, siempre llegando a ese resultado a través de modos absolutamente distintos de jugar el juego narrativo. Las obras eran Noticia de un secuestro, del primero; no recuerdo bien cuál del segundo, el libro en cuestión no me entró bien, a bote pronto; del tercero, Ficciones; Suicidios Ejemplares del cuarto y de Azúa, Historia de un idiota contada por él mismo y Ovejas Negras. Este último señor me demostró que somos ineptamente responsables, lo que nos convierte en irresponsables de mala calaña.

Por esos días andaba yo ya cansado de estudiar, como ya he dicho, y también de trabajar en los informativos de una radio. Y también de escribir a ordenador, cosa que ocurría con las dos actividades previas, con otro empleo más y con mi afición más mundana, que me había llevado a escribir sobre laberintos. Como el más imberbe amateur que soy, adopté la obsesión del ya presente en este texto Borges y de otros tantos genios de la literatura para contar una historia determinada. Le inculqué esta obsesión a uno de mis fragmentados y paliduchos personajes, y casi paralelamente, me obstiné con la idea del laberinto yo mismo. Así que esa tarde, ya habiendo ojeado todos los libros por la mañana, paseé por Barcelona con cinco de ellos a cuestas -el de Montalbán no lo reservé, aunque sea un absoluto admirador de éste como escritor, periodista, ensayista, gourmet, hincha y fanático de innumerables cosas, y tenga en buena consideración obras como Autobiografía de Franco, las dos novelas del señor Carvalho que han caído en mis manos y otros productos de ese genio barcelonés como el compendio Escritos Subnormales, que tengo ocasión de leer cada día, antes de entrar a trabajar, en una librería en la que me miran con rencor e incredulidad-. Pretendí perderme por Barcelona, y a ratos lo logré. Caminé por espacio de dos horas, y otra media hora, o un poco más, la pasé tomando primero un café con leche en una cafetería de la marca Valor -tienen bombones, también cafeterías- y una cerveza en otra parte. En ese lapso vagué por el centro de Barcelona, por las Ramblas, por el Paralelo, por el Raval, por el Barrio Gótico y por el Borne, y quizás todo ello fue un tributo compensatorio a Montalbán por mi aparente -y falso- menosprecio hacia él horas antes.

En una de mis paradas, con el café con leche, leí a Azúa: Historia de un idiota... . Y bueno, quedé bastante de acuerdo con él, aunque con un ligero, o latente debería decir, fastidio por considerarme una de esas personas que viven felices porque sí. Pero no me lo tomé a pecho, y creo que en ese momento lo interpreté correctamente. Paseé más y se volcó en mi mente la idea de que yo valía para aquello, para pasear. Y más todavía para perderme o pensar que me perdía. Me llegué a sentir pleno un instante.

Pero luego empecé a leer, ya con la cerveza, los Suicidios ejemplares de Vila-Matas, y la carga comenzó a ser combativa. El tío me hablaba de la plenitud en su primer texto, el de Muerte por saudade, o algo así. Reflexionaba también sobre la nostalgia que es un disfraz de la tristeza, cosa que supuso un primer golpe de derechas. Pero sólo marcaba el golpe, luego me soltó el gancho de izquierda con la plenitud, la incomprendida e inalcanzable plenitud, la vía única de alcanzarla con el suicidio y la incómoda paradoja de, por su naturaleza, no poder contarla. Pero me repuse; además, con bastante firmeza. Incluso le di mi vueltita a su tortilla, y pensé que esa plenitud -la suicida- que describía Vila-Matas a través de su alaberintado-mental protagonista era precisamente una liberación de sí misma y por lo tanto del Todo. De la necesidad de contar, de la combustible y tacaña vida, que nos mantiene incompletos. Pero todo ello se me olvidó al día siguiente.

Porque en las jornadas que siguieron me topé con los verdaderos intrincados corredores, con los ciudad de Troya, con los inabarcables rizomas. Fue en mi casa y fuera, en el trabajo y la facultad, inmerso en la rutina. Mi casa cuenta con una calle: el pasillo. El resto son callejones sin salida, salvo un balcón que me huele a Vila-Matas y a Lisboa desde hace unos días, por razones obvias. En la facultad, hay un pasillo casi idéntico en dos niveles distintos, y ramificaciones varias que llevan a ninguna parte, salvo tres de ellos, que dan a sus respectivas puertas de salida, si no me equivoco. En el trabajo es difícil no sentirse un diminuto bicho blanco recorriendo por dentro una caja de cartón llena de cerillas.

En mi vida, el laberinto es sencillo y de un sólo recorrido posible. Sucede cuando abro los ojos y termina cuando los cierro, diariamente. Es un camino recto, sin giros ni torceduras, ni, por supuesto, esquinas salientes. Entro por una puerta, llego en un instante al fondo del pasadizo, que delimita una pared marrón, me giro y vuelvo hasta la puerta, que me lleva por un rato a lugares oníricos y un poco menos inusitados. Yo cada día me pienso que esa simple ruta es un embole y que me pierdo durante el camino, pero testigos como Borges me han confesado que, visto desde arriba, se distingue claramente que sólo hay un trayecto posible. De lo que no han soltado prenda es sobre quién es ni sobre dónde está el Minotauro.

La cuestión es que, en el tren, de camino a la faena, leí a Azúa: Ovejas Negras: Creer o no creer. Es un artículo sobre Dios, las religiones, los nacionalismos y no sé si algo más. Relaciona estos ideales, muy ajenos a mí, con la desesperación del ser humano por demostrar, por demostrarse que es, y que importa, cuando en realidad solo es pero no importa: dura lo que dura y sólo ocupa espacio tan deleblemente como lo ocupa una mancha de agua. Y me da, por lo tanto, la hostia final. Un mazazo tras bajar la guardia: a mí, tan poco amigo de Dioses y Yahvéhs y de las identidades de las masas. A mí, que resulta que sí que tengo miedo a morir sin haber hecho qué.

Así que la culpa fue de Azúa, y colaboraron Borges y Vila-Matas. Lo pasé mal, me desanimé, miré a todos los seres vivos de mi entorno con cara de tabla de planchar, pensé de ellos que eran unos incomprensivos y de mí que era el único y condenado comprensivo. Y nada, lloré un rato, y me fui a dormir, porque estudiar y trabajar agota, y acompañarlo de cafés y futuro y reflexiones sobre qué, todavía más. Y ya lo ven, un día después, son las 4 y cuarto de la madrugada, y quizás esté perdido, y seguramente aún no esté muerto. Ni salí ni pienso salir a mi balcón a cambiar el agua que suelta mi ruidoso Fujitsu.

Y ahora, si no me puede el sueño, leeré a García Márquez, que tendrá lo suyo, pero no me hace sufrir tanto.


Tau de Rec, ¿seré yo Asterión? <-- Sorry, Azúa.

2 ago 2010

Mi dietario irregular (XXXV): Un corro de periodistas


Campaña electoral. Un corro de periodistas se formaba alrededor de ese político. Antes, todos habían entrado por la misma puerta a esa cafetería de Barcelona, y habían subido a ese segundo piso que aquella tarde era una jungla de cables, focos y sintetizadores. Haría como una hora del inicio del cotidiano desastre. Sucedió, más o menos, así.

Con la cadencia de un columpio nervioso, se abrían las puertas de esa "mítica cafetería", un reformado espacio que da lugar a un centenario mentidero barcelonés alejado del lerrouxiano Paralelo, del barrio chino del caso Savolta o del barrio gótico del triste y calvo Oliverio, o del Raval de cualquier trotamundos de necesidad. Mítica según su novísima web, que todavía anuncia, como tierra el vigía del holandés errante, la reapertura de uno de los foros más emblemáticos de la ciudad condal "en estos tiempos en los que tanto sufre el sector de la hostelería". Las puertas se abrían y entraban, uno a uno, los atareados periodistas, con esa cara de sospechar que nace cierta y en ya es postiza, como de un impostado actor que ejerce de ciego del Lazarillo. La cadencia, claro, era rápida y forzada. A trompicones, a una velocidad que gripaba: la mente y las piernas eran uno: los periodistas corrían, abejas en el panal, a un ritmo que hacía honores al nombre de ese bar y no dejaba espacio para la corta e intensa reflexión.

En el piso de arriba, los periodistas mostraban su, a priori, distinta calaña. Los ensimismados. Los habladores. Los que son felices haciéndolo. Los que tienen tantas ganas de hacerlo como de lamerse el codo. Los que están más arriba, más aún, los que parecen haber salido de la caverna y haber visto que la luz no existía, que las paredes también reflejaban lúgubres sombras. Todos ellos se posicionan, armamento en mano. Se disponen a ver la carrera de hoy, el rally, lo más cerca posible del circuito: su oficio es captar un primer plano de la salida de pista del protagonista, escuchar cuál es su primer grito de dolor, y si no, conformarse con ver cómo toma la curva con destreza.

Llega el político, y la estampa esponjosa que se pintaba en el segundo piso de la cafetería ahora es una minúscula gota de líquido en una plaqueta de microscopio, que se aglutina alrededor de una mota de polvo que vive de eso, de formar corros y gotas de agua. En efecto, estaba todo planeado por el político: la disposición de unos originales cuadros, la jungla de cables, la asistencia de las abejas de su panal, la hora a la que debía ocurrir todo, cuánto duraría y cómo sería. Incluso tenía planeado su equipo de secuaces, que, además de jugar un falso ajedrez con sus pinganillos y sus aparentes controles de movimientos ajenos, debía planear todo lo que hemos dicho que planeó el político.

Tal y como lo pensó, ocurrió. Primero, un paseo para comprobar el nivel de docilidad, de hábito de doma, de esa jauría, para saber si los pesquisas, los sabuesos, seguían tornándose ovejas con un chasquear de dedos. En efecto, el corto paseo fue seguido por algunos de los insectos y sus aguijones de punta redondeada, unas cámaras que, aunque bobas, saben tan bien los planos que van a registrar como ese asiduo visitante, un anciano que mira asombrado desde el primer piso la curiosa forma de actuar de todos los seres extraños de arriba, sabe lo que va a tomar. Acto seguido, volvió a poner a prueba el conocimiento del código establecido de los presentes, y éstos lo volvieron a pasar: durante el discurso, vacío como puño a medio cerrar, todos los periodistas se mantuvieron en sus puestos, imaginando esperanzados un inminente abordaje retórico de su interlocutor que no llegará jamás y, en el plano mecánico -en la cruda realidad, si lo desean-, anotando las palabras que excedieran del monosílabo en sus desaprovechadas hojas. Luego aparecieron de la nada unos camareros, tan previstos como sonrientes. Portaban copas y comida ligera. El político tuvo su ración bien asegurada, y pasó a la tercera fase.

El corro de periodistas. Se acercaron todos, apretándose, tocándose, chocándose con el hombro duro del defensor que va a placar al ariete rival y viceversa. Su sueldo estaba en medio de ese inaccesible laberinto, y cualquier treta valía. El político hablaba flojo, a los veteranos de guerra, a aquellas abejas que más tiempo habían logrado tener tranquila su conciencia. Libretas, grabadoras y cámaras eran las lanzas que debía mantener a distancia; las preguntas, las flechas que debía esquivar. Pero el político, su equipo mediante, lo tenía todo controlado. Las reglas del juego eran suyas porque él había bajado la pelota de su casa, y si él no quería, allí no se jugaba más. Con lo cual, solía jugar a que no valieran las lanzas: off the record y a esquivar flechas de goma, que pocos se atreverían a lanzar. Pero sobre todo sabía que casi ninguno se regodearía de haber herido al dueño del balón en el caso que un llameante proyectil lo alcanzara.

Pasaban los minutos, y el escenario era cada vez más dantesco. El político creía que era Houdini, zafándose de dar opiniones personales de cualquier tema excepto de la lluvia. A cada minuto, los periodistas estaban más enfrascados en su rol de Sherlock Holmes, y los jefes de prensa del político suponían desprender un aura de protector del joven O'Connor.

Llamaba la atención del único guardaespaldas manifiesto del político, que se mantenía cerca y no tomaba un refresco o un piscolabis sólo por compromiso, a sabiendas que su función era estar ahí y nada más, que nadie le iba a hacer daño al agrandado funambulista en aquel circo de miniatura. Llamaba la atención la actitud de algún periodista que otro de los que estaban anquilosados en ese tumulto que imitaba el pilar humano de una torre de castellers. Sólo fueron un par, pero fueron. De repente, bajaban la mirada y se separaban de aquella bacanal mohína. Se iban, cogían una cerveza y un par de olivas y guardaban sus cosas. Y se largaban, cabizbajos. Llamaba la atención el posar de un par de artistas invitados, de los que habían pintado los originales cuadros de campaña de los políticos. Era similar a la figura decrépita de los periodistas pensativos, a la de aquellos que se habían largado, sólo que ellos no se iban y no miraban al suelo, sino a sus correspondientes obras. Tan dubitativos, eso sí, como los otros.

En un hipotético futuro, uno de los que aquella tarde ejercían ese oficio al que llaman periodismo, confesará que, encaramado en el corro, todavía de puntillas, le sobrevino la agradable y falsa quimera de que los allí presentes estaban pensando en sus cosas: un artista en su reciente revisión de Blade Runner, Jackie Brown o la obra de Warhol; un miembro del equipo del político en su última escapada a Sant Ramón, Basilea o Ljubjana; un periodista en la latente lectura de un libro de parodiados detectives, de afectados héroes o de sobrellevada pobreza; el guardaespaldas en una sofisticada receta que cocinaría a la brasa, al baño maría o a la cazuela; etcétera.

Pero no fue así. Lo que ocurrió allí es que todo el mundo fue a hacer su trabajo de la misma manera que quien controla la palanca de una máquina de redondeles de plástico y tira de ella cada ochenta segundos. E incluso peor: ocurrió que todos los profesionales allí presentes fueron a hacer su trabajo rutinario, y que algunos lo hacían pensando que llevaban a cabo un acto de justicia y nobleza, casi heroico.

Pero los artistas no eran héroes ni sus obras, de arte: habían vendido sus originales ideas a una tramposa y charlatana máquina de influir en el voto de manera tan ruin y subliminal como el viento influye en la mente.

Pero los periodistas no eran detectives de lo oculto: estaban más cerca de Hércules Poirot que de Holmes, y más de Colombo que de Poirot, y así hasta llegar al sabueso más cómico, al que los ficticios criminales hacen seguir pistas falsas y roer huesos de plástico. Los periodistas no eran soldados de la palabra veraz y honesta, ni eran los cronistas de las 24 horas de LeMans: ni siquiera eran juglares, sólo eran más trabajadores de un enorme mecanismo en cadena parejo al de Chaplin -apretar tuerca, aflojar tuerca-, o al de las hormigas, o al de las abejas. Sólo producían una miel amarga que nadie toma, aunque haya excedente.

Por supuesto, los miembros de la jefatura de prensa del político, así como todo su equipo de secuaces, no eran héroes en la sombra, no eran sacrificados escuderos, para nada eran Sancho Panza. Eran, tan entregados a su líder, los más vendidos, los más carcomidos de todos, los más falaces, los más débiles en la lista de víctimas.

El político. Es evidente que tampoco era el convencido Esquilache. Y tampoco el gran Houdini, no era siquiera un mediocre malabarista. No era más que un trilero engañado por si mismo. Y todo aquello que tenía controlado no era real: él era el títere, no el titiritero, un triste fantoche que reproducía letras prefijadas y huequísimas, y sonreía con otros músculos, rígidos, casi de muñeco de cera, que hacían de su vida un sinvivir de pantomima. Su cerveza le sabía a polvo.

Todos, al fin y al cabo, eran como el guardaespaldas, sólo que él ya lo sabía y se resignaba, quien sabe si escapando en algún mundo imaginario, en alguna receta de cocina. Eran una pieza más de aquella gran fábrica sin héroes que cada día alimentamos sin saber, sin pensar en cómo remediarlo.

Tenían que hacer algo, es tan simple como eso.



Tau de Rec, ¿periodista?

1 may 2010

Mi dietario irregular (XXX): Un año y medio después, Buenos Aires


"Vuelvo de la Patagonia en ómnibus. A la desangelada estación de autobuses se le añade mi desangelada situación: solo, a trece mil quilómetros de casa, hundiéndome tras saber de la muerte de mi abuela, hundiéndome intuyendo que mi pareja no puede más. Espero sentado en una roca a quince metros de la estación, acalorado, con gafas de sol, ropa hippie y ligera y triste; leo un oportuno y salvador Cien años de soledad esperando a que llegue el vehículo. Voy a Buenos Aires, tengo que dejar el piso y trasladarme a otro.

Llevo cinco meses lejos de casa, pero Argentina es tan terriblemente confortable y pirata que me quedaría acá la vida entera. El ómnibus, una suerte de autocar unas cuantas veces más sofisticado que un colectivo, acaba de llegar. Dejo mi macuto junto a los demás, tomo mi ticket de un bolsillo y me dispongo a subir.

Ya instalado en mi butaca -clase negocios, aunque barata; con asientos anchos, reclinables hasta 140 grados, reposabrazos dobles, manta y almohadilla para la cabeza, reposapiernas en forma de plancha que, en conjunto, dan un aire de hamaca de playa a la butaca-, me siento a gusto. No es la primera vez que viajo en ómnibus, es la quinta; pero nunca había ido solo. Triste e insultantemente débil, llamo a mi pareja. Durante la conversación, pocas novedades. Si acaso, las esperadas: tono de que soy inoportuno -creciente-, monosílabos, luego indiferencia. No la culpo. Desde que estoy loco y triste, ella está más triste y se está volviendo loca. A partir de este momento, me impongo una abstracción que más tarde agradeceré.

El ómnibus me da la primera satisfacción. Mi butaca está en el piso de arriba, en la primera fila, pegada a la ventanilla. Delante mío, un cristal panorámico me da la sensación de que levito. Lo veo todo desde la posición del conductor, sólo que dos metros más arriba. No me acompaña nadie. Quiero decir que no hay nadie a mi lado. Tampoco a la derecha, tras el pasillo intermedio. Tampoco atrás, hasta la octava fila. Hay quince filas en la parte de arriba del ómnibus, pero sólo somos siete personas. Me acomodo y pienso.

Pienso en las calaveradas que me quedan por hacer en Buenos Aires. Tengo que volver al parque donde pasé un par de tardes, a torso desnudo, con pantalones de pijama, con un pelo inmenso, con coleta o con la camiseta empapada y atada a la cabeza, con una barba de dos semanas, con un 1984 al que se le rompían las páginas. Winston me hacía sentir vivo, me hacía sufrir por él mientras el sol me calentaba el pelo con sus cuarenta y pocos grados centígrados. Tengo que volver a ir a los Bosques de Palermo a que me piquen los mosquitos y a tocar mi guitarra azul y desafinada con mis torpísimos dedos y mi tambaleante sentido del ritmo. Tengo que volver a las librerías de Corrientes, a la Gandhi. A las tiendas de música de la calle Uruguay. Tengo que ir al mercadito de antigüedades y trastos y cacharros de San Telmo, sobre todo tengo que ir al mercadito de San Telmo. Tengo que bajar al Café Zabala por la mañana, a tomar cuatro medialunas y a mojarlas en ese café con leche que meten en un bol gigante. Tengo que leer allí los cien años de soledad, porque en casa, el mate es más amargo desde que se han ido Marco y Katie. En realidad, a veces pienso que el mate sí me gustaba dulce, como a Marco. Pero también tengo que ver, en casa, películas en versión original subtituladas -Deathwatch, una aberración magnífica para cuando vives solo; Borat, distintísima e igualmente magnífica; El Señor de la Guerra, no tan magnífica; Almejas y mejillones, hispanoargentina hispanoargentinizada; y Big Fish, adorable y magnífica y entretenida-, acercándome el televisor al sofá porque, si hago lo contrario, el sofá raya el parquet, y nada me disgustaría más que al hacer el check out pasado mañana, me hiciera pagar esa maldita gestora. Tengo que volver a Palermo, al Taller y al Macondo -que no termina de hacer honor a su nombre, todo sea dicho-. Tengo que acercarme algún día a Caminito, a la Boca, y ver esa cancha callejera maravillosa con Maradona graffiteado en la pared y porterías viejas y sucias, desaliñadas.

El trayecto es largo, mucho. Se supone que durará unas 21 horas. Con lo soleado del día, las primeras horas se hacen tediosas. El aire acondicionado no es óptimo, y la genial cristalera que me muestra que hay un mundo distinto también deja pasar el abrasador sol y crea un efecto invernadero difícil de soportar. Traen la merienda, la salvación: comer acá es mi debilidad. Galletas extrañas, como de jengibre y opción a un café. Lo pido con leche y el improvisado mesero de colectivo me lo concede. Mientras meriendo, el sol, en suspensión, va cayendo con elegancia. Pasamos por un lugar de novela, de película, de otro planeta. Es El llano en llamas de Rulfo, pero al sur. A la derecha, lejos, un robusto río azul -brillante y brillantísimo gracias al astro rey- avanza casi paralelo a nosotros entre las rocas y la tierra árida y erosionada, sólo adornada con pequeños hierbajos y arbustos dispersos. La carretera no tiene más compañía que esta, acaso también algunos pequeños altiplanos que se quiebran en un tramo inesperado y que dejan ver una pared de roca arenosa que me hace imaginar la tierra como un vientre herido que me muestra las entrañas con pudor.

Tan sólo un par de horas más tarde -o incluso menos-, nos sirven la cena. De hecho, todavía no ha llegado la noche. La cena también la adoro, en especial la bandeja de aluminio, que significa comida caliente, a menudo pollo con bechamel o una suerte de lasagna de catering. Para beber, hay varias opciones, que me van a alegrar la noche. Pepsi, limonada, agua, vino tinto, rosado o blanco. Pido una botella de vino blanco, porque he investigado rápidamente la bandeja de aluminio y dentro hay pollo con bechamel, y a mí me parece la combinación más adecuada. Y la pido porque no es una copita, es una botella que da para dos copas y media -dos vasos y medio de plástico, en realidad-. El alcohol es bueno, sobre todo en momentos de debilidad de mentes tradicionalmente optimistas, porque te devuelve a tu naturaleza no sin hacer un par de piruetas que, con un poco de suerte, te descubren nuevas máximas de la vida.

Me doy cuenta de que la cena me sienta bien, muy bien, justo cuando el crepúsculo da los últimos avisos de que el sol se va. Son las nueve menos veinte, o así, y atravesamos un paisaje igual al de antes, sólo que ahora el río ha virado a la izquierda y se ha aproximado hasta que lo cruzamos por una suerte de puente. El río -el Río Negro, que da nombre a la provincia donde estamos, comprobaré más tarde- es más ancho de lo que mi percepción había decidido antes. Y eso no es lo mejor: al cruzarnos, nuestro hasta ahora compañero de viaje nos invita a seguirlo con la mirada, y al girar la cabeza, veo cómo el viejo río se refugia en un lago inmenso, del que no veo el principio ni el fin, y que al fondo preside el sol, que sólo asoma ya media cabeza, o ni eso. El llano árido, el río y el lago y la luz me dicen, de repente, que soy feliz y elemental y muy básico e instintivo. Ahora soy feliz.

Después de cenar, me sirven otro café, también con leche, pero en vaso pequeño. Cortado, se podría decir. Ya empieza a dar el do de pecho la luna, que no tiene lugar más acertado donde reflejarse que el cristal lateral del ómnibus. Con ella y nadie más, disfruto del cortado y de la primera de las dos películas que nos pondrán. Ambas muy cutres, ambas horrorosamente entretenidas, ambas mal construidas, ambas que versan sobre el heroísmo y los traumas y los pueblos y las jerarquías y los sentimientos y cómo el poder trata de anularlos y cómo no lo consigue. Agoto mi cortado a la media hora de la primera, y la termino de ver, atento. Luego hay un ratito de concierto de Luís Miguel, luego de Isabel Pantoja, y me aburro un poco y me pongo a pensar.

Pienso en más cosas que tengo que hacer todavía en Buenos Aires. Repito algunas de las que pensé hace unas horas, pienso otras también. Creo que tengo que ir a algún boliche. Al Club Araoz, por ejemplo. A la Bomba del tiempo sí que me encantaría volver, una suerte de mega Apolo porteño muy latinoamericano y muy percusión y muy africano y muy loco. Me encantaría, aunque será difícil, asistir a alguna clase más de Federico Marquestó, a que nos explique el tango y su historia, a que nos lo enseñe a querer y a hacer querer. Tengo que ir a algún parque donde suene y se baile el tango, a verlo, a escucharlo, a bailarlo sólo en mi cabeza. Tengo que ir a alguna clase de Literatura, con ese profesor que parece un lobo viejo -pelo y barba canos-, que presume de haber sido amigo de Borges, que elige los textos tan tremendamente bien, que disfruta tanto y es tan argentino. A alguna de Titi Isoardi, a escucharla hablar sobre Susana Jiménez, Jorge Lanata y la 'grasa' argentina. A hablar con Leandro, el Colo y Gonza sobre minas y fútbol. A reunirnos en casa de alguien con los otros gallegos, con los franceses, con los suecos, con Rolo, con Davide y los tanos, con Davide, Diego y los tangueros, con Lorena. Tengo que jugar aún algún partido con el Quilmes Team y quedar por la tarde para beber y comer y tumbarnos en el sofá. Tengo que ir a cenar a alguna buena pizzería, y tengo que disfrutar de algún asado más. Tengo que tomar el subte, la línea A, la clásica. Tengo que ir a la Plaza de Mayo y pasear por la calle Florida. Tengo que volver al Gran Rex de improviso, tengo que ver más obras de teatro, tengo que escuchar a los Falopa alguna vez más. Tengo que ir alguna vez más al Carrefour y comprar Zucaritas o Cheerios. Tengo que tomar más colectivos, ir a fiestas privadas bizarras. Tengo que hacer tantas cosas que necesito quedarme a vivir acá.

Decido dejar de pensar un rato, y me pongo a leer al Gabo. Devoro los Cien años de soledad de una manera poco habitual en mí, digamos que un par de horas seguidas, ya a la luz del reflejo de la luna y de la lamparita individual, tumbado de lado, usando mi butaca y la otra y sólo temiendo que haya un frenazo y me empotre contra el suelo o el cristal. Y quiero ser el loco de los Buendía, José Arcadio, y quiero salvar a Aureliano, y quiero conocer a Remedios, la bella. Y quiero viajar a Macondo justo cuando ya viajo a Macondo.

Cierro el libro, pasadas ya casi doscientas páginas, porque me interrumpe el mesero improvisado. Me ofrece café, té o whisky para disfrutar de la segunda película, que lleva un par de minutos proyectándose en el pequeño televisor que tengo a mi derecha, pegado al suelo e inclinado hacia mí. Elijo... acertaron, whisky. Con hielo, en un vaso de zurito, pero de plástico; y me pongo a ver la película, algo medieval o mitológico, británico por su cutrez y porque aparece un acabado Jeremy Irons. No es ninguna de esas que están de moda, me temo que es incluso peor. Pero me lo paso bien. Al terminar, voy inspirado, casi semi-borracho.

Pasamos por un pueblo, no se cuál -antes, justo antes de que el sol se fuera, hemos parado un momento en la ciudad de Neuquén, de las pocas que atravesaríamos en todo el viaje, y unos cartoneros nos han ofrecido esos panes, chipa, mientras los conductores estiraban las piernas en la estación de servicio-. Digo que pasamos por un pueblo, no sé cuál, y lo dejamos atrás en poco más de un minuto. Es muy de noche, deben de ser las dos o las tres. El pueblo termina, y sin embargo, a mi izquierda vamos dejando atrás, una tras otra, un ejército de farolas altas. Tienen la luz blanca, una luz que sale de un aparato en forma de trapecio puesto boca abajo y pasa un poco por encima de mi cabeza. Cuento las farolas y pienso.

Pienso en todo lo esencial. En la vida, en la insignificancia, en los tamaños, en los espacios y en los tiempos. En la vida y su principio. En la vida y su fin. En la vida y la muerte. En la muerte y su principio y su fin. En la persistencia, en la justicia, en el amor más puro y en el más impuro. En la razón y su papel en la pasión. En la pasión. En todo lo irracional y lo que es capaz de abarcar, si es que no es capaz de abarcarlo todo. Pienso en mi abuela mucho, reconstruyo escenas que nunca han pasado, vienen a mi cabeza letras de tangos, de canciones de Fito Páez y de Calamaro y de Gardel y LePera, y de Troilo y de Manzi y de nadie y de Sabina y de los Cadillacs, pienso en hospitales, en dolor y en enfermedades, pienso en el día de mi muerte. Pienso en qué debería decir antes de éste, qué debería decir sin palabras, qué debería callar, qué debería mirar, escuchar, conocer, olvidar. Pienso en el olvido. Pienso las cosas graves y las leves. Pienso en el amor, que es levísimo y es tan esencial. Pienso en lo bonito del desamor, en la comprensión, en la tolerancia, en el abrir y cerrar de heridas. Pienso en el perdón, y en la rabia y en la injusticia de nuevo, si es que ya había pensado en ello. Y las farolas no terminan. Una tras otra, desfilan a mi lado hace años, o segundos, o una eternidad. Igual me las imagino, igual no existen y estoy loco.

Y resuelvo que voy a luchar, que voy a amar, que voy a pensar, que voy a mirar y a ver. Resuelvo que voy a seguir vivo hasta que se acaben las farolas."


No sé cuándo ocurrió, pero de un momento a otro, se terminaron las farolas. Seguramente me dormí, borracho y aplatanado. Desperté en la Avenida General Paz. El mesero, providencial como siempre, me golpeó el hombro derecho para indicarme que llegábamos a la capital y que todavía podía tomarme un último café, a modo de desayuno. Dormido, acepté sin más, así que me tuve que tomar un café sólo y aguado y sin azúcar con resignación mientras esperaba a llegar a la estación de Retiro. El día estaba nublado pero la ciudad seguía allí, ambigua, diciéndome que quizás seguía vivo o quizás estaba en mi Edén particular, en mi cielo, en mi karma.

Un año y medio después de Buenos Aires, me sorprende la vida siguiendo. Siguiendo genial como sólo puede ser la vida o la existencia, o el vacío, o la inexistencia. Pero ese es otro tema. Buenos Aires no es ya una ciudad para mí, ahora es una emoción, es un locus amoenus latente, intangible y a la ovidiense, es mi verdadera musa.


Tau de Rec, piantao y ríoplatense.