"Más de cien pupilas donde vernos vivos", Más de cien mentiras, por Joaquín Sabina.

18 nov 2013

Eurídice y Orfeo


EURÍDICE

Lo único malo de comprobar, ya en la distancia, la belleza de las cosas es ese temblor. Ese que nadie sabe y nadie ve, que solo existe de forma figurada o que acaso solo prende un profundo chispazo en las entrañas.

No hay un miedo mayor al que se puede sentir al evocar buenos recuerdos. Caras hermosas, situaciones memorables, palabras bonitas o conmociones placenteras. Cada vez que uno las ve en ese escrito o las oye en aquella foto, o las siente en ese aroma o en ese rostro que pasa por la calle detonando en la memoria la imagen de aquel otro rostro que alguna vez amaste... cada vez, el inherente miedo se torna manifiesto pavor. Una congoja te sube acelerada por el esófago hasta los abismos de la boca y ahí, su frenesí se disuelve y ella frena, y se queda a vivir en los labios durante un buen rato. El susto se regocija en ti, altivo y sabedor de que, aunque algún día un arte mágico te diera el poder de hacerlo, nunca te librarías de él.

La tragedia de evocar buenos recuerdos es que nos damos cuenta de cómo se crearon: todos, invariablemente, tienen una naturaleza azarosa. Fueron puros golpes de suerte, destino, azar. Contingencia o como quieran.

Y tiembla el alma, preocupada siempre por ese bendito castigo de tener que caminar a tientas, de no saber qué va a pasar, cuándo va a volver a ocurrir un pequeño milagro, qué día será el próximo júbilo. Tiembla de incertidumbre por si no se vuelven a repetir esos sentires inigualables, esas vicisitudes, por si no volveremos a encontrar momentos, pensares y acciones de esos que nos sirven para trazar un mapa de nuestra existencia.

A veces, ese compañero imperdible que es la incerteza nos induce a error. Lo hizo con Orfeo, que dominaba a la perfección el lenguaje del sentir que es la música, pero aún así cayó en la equivocación de mirar atrás por puro miedo a no tener un futuro junto a Eurídice. Por miedo a la niebla y la soledad que veía frente a él. Miedo a que, después de mucho tiempo, ningún olor le acabara recordando a su aliento y ninguna señal le trajera a la mente su ya demasiado vago recuerdo.

Somos Orfeo a veces. Somos a veces los que pierden infinitas colecciones de futuros por pensar que podrían no existir. 

Igualmente trágico es tomar conciencia de ese fenómeno: el temor, una vez razonado, pasa a ser por todo lo que nos podríamos estar perdiendo por temor. Distinto pero, entrañable y humanamente, sigue siendo.
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ORFEO

"Quizás era amor, / quizás improperios, / lo que callé"

"Hay piel / que sin más piel es/  inservible. / Desquicios / insensatos sin un buen soneto"

"Retrógrados / que piensan que el alma / no puede estar en un metacarpio, / no la podemos ver en un glúteo, / en el glande, en las plantas de tus pies. / Vocingleros superficiales que / la buscan en la mirada. / Descorazonados"

"Puedo pasar / meses / tratando de recordar / la última semana"

"Hablábamos del anhelo sin escuchar, / pidiendo, lejos. / Yo decía "tacto" donde iba ella, / ella donde yo / quién fuera, qué aguardara"

"Tirarse de espaldas / y quién esperabas, / haciendo cosas importantes"

"La chica de verde / y yo / nunca debimos hablar / o mataríamos nuestras historias: / yo, la suya; ella, la mía"

"El golpe seco de mi rostro / al caer desplomado / Y la sensación (y el hecho) / de despertarse cada día con la cara / mondada. / Cada día: / un ojo aquí, el otro / contigo. / Ladrona de botines, / de tocares, de verdades, / botín en ti misma. / La boca traspuesta y en carne viva que / se agriará una vez / descapulle y se alce / volando / la cicatriz. / Se levantará con ella el cuerpo / ya agrio y / descreído. / Liviano, / agrio, agrio"

"Lo que en este espacio quepa escribo. Al horizonte de la mente llévatelo. No lo pierdas en tu inmensidad"

" 'Chau', me dijo, y / pensé que me imitaba. / Luego me masturbé y, / en el hueco de su cuerpo, / mi propio saludo"

"Alevosía sí, / saña sí, / treta sí, / cábalas sí, / supina, no. / No pretendas pensar que de ti / sabes menos que lo poco que aparento saber yo"

"Qué apoteósico si su sexo es como / su cara. / Si ella te cabe en la palma de / la mano. / Si su nariz roza, como insinúa, / mi sexo. / Qué pena no / ser perros"

"Billinghurst, Araoz y tantos rincones / en los que tropecé. / Mal hice por fiar / a la palabra / el trabajo del / tacto"

"A ti, / que buscas redención, / te mostraría en / un parpadeo / cuánto, cómo y qué / es exactamente tu error"

"Escribir, / blandir la soledad, / sin embargo"

18 feb 2013

Un sueño de años


Esta noche he soñado un sueño largo, el más largo que recuerdo. Ha durado años y ha sido un constante itinerar. He comido, dormido, navegado, buceado, comerciado, olido, gritado, huido, peleado, follado, bebido, discutido, avanzado, sufrido, querido, deformado, argumentado, jugado, tocado, conducido, escuchado, reído, hablado, temido, sobre todo he conocido.


Me he despertado llorando de felicidad, diciéndome que había sido el mejor viaje que nunca haré. El sueño de la vigilia y la vigilia del sueño, cruzados.

20 ene 2013

A un suicida

No sé qué pretendías. No he visto bien quién eras, de qué color eran tus ojos. No puedo saber tu historia, ni siquiera me ha dado tiempo a intuir tu edad ni si eras hombre o mujer. Sé que el metro entraba en la parada y, a mitad del andén, te has acercado a la línea amarilla de seguridad. Primero como la silueta de quien se apresura a tener lugar para entrar el primero al vagón, luego con más vehemencia, y aún has tenido medio segundo para experimentar cómo era tirar tu vida a una vía. Desde entonces, ya no existes más que en cuantos te hemos visto y en los que te echarán en falta, si los hay.

Dice algún autor de los más prestigiosos que la muerte propia no existe. Como no la veremos nunca, no está probado que nuestra muerte exista. Sí que fenecen los demás, y esa es la manera que tenemos de creer que conocemos a la muerte: sabemos quiénes murieron, oímos hablar de alguien que falleció, leemos en el periódico los obituarios, o vemos a alguien matarse, y esas serán las únicas muertes que presenciaremos y guardaremos en nuestro imaginario. No hay otra forma de saber que la muerte existe.

En una película que vi hace poco, la voz profunda de José Sacristán, que encarnaba a otro resabiado escritor, le decía a su interlocutora que los suicidas buscan dejar una huella en la gente que queda atrás, en los que siguen en este mundo raro. Eso lo has conseguido. He sentido horror, y luego un largo desasosiego que preveo capaz de volver a mí cada vez que me dé por recordar tu imagen fugaz.

Y, a fuerzas de darle vueltas, siento incomprensión y culpa. No creo que tu intención esencial fuera que el resto reflexionáramos. Pero, ¿qué era eso peor que la nada? Lo que me lleva a sentirme culpable no es el no haberte ayudado activamente. Es bastante improbable que en algún momento de mi vida te haya conocido. Lo que me tiene revuelto por dentro es que me han bastado un par de minutos para imaginar una letanía de problemas e injusticias suficientemente grandes como para llevarte a tomar esa decisión fatal. Me siento mal por concebir esos conflictos como habituales, por entender que, como todos, formo parte de un mundo profundamente insolidario, frenético, competidor, que pocas veces sabe querer sin egoísmo, sin esperar un retorno, una retribución. Que no se para a amar, que está a otras cosas más importantes. Y eso genera la mayoría de los problemas que existen. Este es un mundo en el que apenas nos miramos: salimos a la calle y vemos de refilón lo que se nos cruce, pero rara vez pensamos en la otredad si no nos implica directamente en algo. No sé quiénes son mis vecinos, ni cómo son la mitad de mis amigos en sus casas, ni qué es lo que más le preocupa a mucha de la gente que aprecio.

Me siento implicado en tu muerte porque, indirectamente, sí que es muy probable que haya contribuido de alguna manera a que un problema como el que tú tenías, o algo similar, siga existiendo en este mundo. Quizás por pura omisión, quizás activamente. Sin ir más lejos, ayer fui al casino, y a pesar de que me repugnó todo lo que vi, acabé ansiando ganarle al azar unos euros para sentirme superior a él. Puede que tú estuvieras desesperado por deudas, hambre o sed y yo, que no te conozco, estaba apostándole altanero al hado veinte euros por algo tan inútil como el dinero y el reconocimiento de alguna habilidad predictoria. Hoy, unos minutos después de que te suicidaras, estaba montando en otro metro para llegar rápidamente a otro punto de Barcelona. Quizás alguien de esta ciudad solo necesitaba hablar un rato, un poco de comprensión, y yo ni siquiera me he tomado un momento para pensar en qué implicaba algo tan definitivo como tu muerte. He seguido, que llegaba tarde.

Me siento frívolo escribiéndote ya muerto, y me sé un exhibicionista publicando estas líneas para otra gente. Pero con este alarde de egoísmo y de miedo que es la verborrea del escribir solo quiero plasmar lo que siento, obligarme a rumiar. No sé si te puedo honrar así ni sé si hace falta, pero ordenar estas ideas, dejar patente que soy consciente de ellas, me exigirá vivir con algo más de coherencia el día a día. Ojalá sirviera para ser mejor persona y, algún día y sin saberlo, tener esa charla reconfortante con quien la necesite. Acaso también pretendo inducir a sentir y a razonar sentimientos a quien me lea, sin llegar al extremo de que ni ellos ni yo tengamos que pasar por ese trance de cobardía o de valentía que es decidir que la vida no tiene sentido y actuar en consecuencia.

Tenemos un mundo enorme alrededor de nuestros diminutos cuerpos, y decidimos pasar por él sin apenas abrazarnos.

Desconocido, siento mucho lo que te ha pasado. Sin ser radicalmente contrario a tu opinión, hoy me has recordado la muerte y, haciéndolo, has dotado de algún sentido mi noción de la vida.

7 ene 2013

Los sueños de ayer

Ahí estaba, con su familia, en los últimos segundos de este mundo. Nunca había soñado que se acababa el mundo, pero sí que había muerto muchas noches. Y, al contrario de lo que suele decir la gente, él no se despertaba en el momento en que el golpe, el atropello o la enfermedad lo mataba, allá en el sueño. Solía experimentar el dolor último, la explosión y también la libertad de la muerte.


La realidad, que aguardaba áspera en la vigilia, había logrado imponer algún componente suyo en la ensoñación del chaval: el mundo terminaba, él estaba con su familia... en su empresa. Claro, que había pasado de ser un simple edificio de oficinas a ser una eterna galería semisubterránea, una letanía de búnkeres que correspondían a sendas marcas o departamentos de la empresa. En el sueño también estaba el gato. De hecho, había otros gatos, casi más gatos que personas.

La noticia de que en los primeros búnkeres ya había sucedido el Apocalipsis (¿quién informaba?) no se recibió en la sala con toda la solemnidad que la ocasión requería. Más bien al contrario: tal y como marcaba la agenda, iba a dar comienzo una reunión entre la directora de postventa, un business partner, un par de personas más y él mismo, que se quejaba con la intensidad habitual, no mayor ni menor, solo que esta vez el motivo de queja era el mismísimo Día de la Bestia. Tras un par de minutos, alguien lo escuchó y, alborotados, todos se enfrentaron a la próxima expiración a su manera.

Ya cogidos de las manos, a lo largo de la pared de la redonda sala, el soñador y sus familiares esperaban la inminente llegada del fulgor último. Él, sin ninguna razón aparente (no tenía especial miedo, sí curiosidad), era el único que se había puesto de cara a la pared. Y llegó el final.

Fue breve. Una tromba de agua y un descomunal soplido de fuego entraron en la sala y todos murieron en el acto. Su última sensación fue la de un gran golpe, cálido quizás por los efectos del recuerdo del segundo anterior a su muerte, con el fuego arreciando, en los sentidos. Fue algo como explotar y dejar de existir.

Ya muertos y desintegrados, casi todos se dedicaron a recorrer los vericuetos de aquellas galerías y a comentar cosas de los muertos que se encontraban. Él buscaba a su gato, pero no dejaba de encontrarse a otros muy parecidos que, fantasmas ahora, jugaban, dormitaban con parsimonia o se lamían insistentemente el lomo. Solo Bruce Willis y un tipo cualquiera habían sobrevivido al Fin de los Tiempos, escondiéndose en el agujero que había en mitad de la sala circular y enrollándose en un gran tubo esponjoso negro que, según sintió el que soñaba, tenía algunas propiedades mágicas.

En ese punto, medio despertó el chaval. Luego se volvió a dormir y soñó otro complejo y estrambótico sueño, pero el que más le había impresionado de la noche había sido el primero -el del fin del mundo fue el segundo, soñado ya por la mañana-. En éste, una chica que él conocía en el mundo de la vigilia, ligeramente cambiada en aspecto y comportamiento, acababa por hacerle varias felaciones apretando bastante los labios contra su sexo cada vez que lo hacía circular por su boca. Todo eso después de una larga conversación, o más bien una alternancia de monólogos de ella y de él sobre cosas variadas como lo bueno, las relaciones, las intenciones y las mujeres. Era destacable la percepción que el soñador tuvo de los discursos de ella, que siempre empezaban en un tono más que intenso, de diatriba, y terminaban siendo una reflexión no solamente sabia y sosegada: hasta seductora. Previamente a todo eso, su mejor amigo y otros dos personajes a los que no ponía cara le habían recomendado encarecidamente las felaciones de su amiga en sendas visitas breves, hechas con el único propósito de comunicarle tales habilidades. Saludaban, lo decían entre gestos de aprobación y se iban.

Al despertar, ya al mediodía, el soñador quedó dando vueltas al hecho de haber experimentado cómo era morir por enésima vez en territorio del sueño, y luego recordó la imagen de su falo saliendo de la boca de la chica, y luego la parte en que él le hablaba a ella de los tipos de mujeres. Con ello, retomó una teoría sobre las mujeres lunares, solares, terrícolas y marcianas, clasificación que ya había pulido en sus fueros internos varias veces, pero que nunca lograría recordar si se le ocurrió por primera vez en el sueño o en la vigilia. Sobre la chica del sueño, que en las horas previas había sido entre sexual, marciana y algo lunar, se dio cuenta de que nunca había sabido demasiado, a pesar de todo. Me refiero a ella en la vigilia. Tenía la certeza de que tenía poco o nada de terrícola, y no terminaba de atreverse a aventurar si era solar o lunar. 





31 oct 2012

Utilidad acumulada

El quinto tema del tercer módulo de mi primer máster prácticamente comienza con una frase que dice así: cubrir una necesidad le provoca a cada persona una determinada utilidad. Más tarde explica lo que es la utilidad acumulada: el cúmulo de necesidades que, siempre según la teoría del tercer módulo del máster, resolvemos con G, el presupuesto del que disponemos.

Creí entender, mientras el profesor leía dos veces esa misma frase, que ese axioma era una de las bases de las teorías marketinianas.

Eso fue el lunes a eso de las 8 de la tarde. El viernes anterior, a las 3 y media de la tarde, abría un ojo a duras penas y me lamentaba por la hora que era. Tras sólo unos minutos de siesta, tenía que irme al máster. Todavía con la lógica que impera en las ensoñaciones, tomaron forma unos cinco o seis argumentos sólidos por los que no debía ir al máster, y otros dos o tres por los que sí. Como hace mi profesor, obviaré que algunos de los primeros neutralizaban a algunos de los segundos, solamente para simplificar el problema.

Finalmente, opté por no ir al máster y, ya bien despierto, se lo expuse a mi madre, que rondaba por allí.

El lunes ya has visto que sí que fui. Me llevé un libro, el segundo tomo de las obras de Raúl Damonte Botana, Copi. Fue un escritor, dibujante y dramaturgo rematadamente imaginativo y con un sentido del humor apabullante, que diría algún crítico cultural con ganas de rimbombar. Total, que disfruto mucho con su literatura y me hace reír mucho, o sonreír mucho en caso de que la situación me obligue a guardar silencio, como era el caso del lunes. 

Entre lectura y lectura, en los paréntesis que iba haciendo para parecer atento y no molestar así a esa momia de profesor que tenemos, no me era difícil entender las lecciones sobre economía y empresa que, muy lentamente, nos impartía. Trataba de escucharlas, de recuperar rápidamente los datos que había perdido mientras estaba hundido en mi lectura, y volvía al libro. 

Pero a eso de las 8 de la tarde me hizo daño lo de esa frase. Lo de la utilidad acumulada. Ayudó en hacerme daño el hecho de que el profesor dudara a la hora de colocar un sinónimo para ese término. Tras su enésimo balbuceo, decidió que ese sinónimo podía ser el término 'felicidad'. "¿Eh? Sí, eh... felicidad, utilidad acumulada, podríamos llamarlo así", ratificó. Me dolió y explico rápido por qué.

Porque me recordó lo que veo demasiado a menudo y cada vez más: que en esta sociedad lo cuantitativo no solo está por delante de lo cualitativo, sino que lo cualitativo también lo transformamos en número, a efectos de poder ser cuantificado. Y porque asumimos no solo como normal, sino como natural, que la satisfacción es sinónimo directo de utilidad, y como más natural e inalienable todavía, que las felicidades llegan a través de la satisfacción de necesidades categorizadas y desglosadas, contadas. Y el acabose: que las necesidades se resuelven mediante un presupuesto.

No hay fórmulas exactas

Se nos ha adoctrinado, o mejor dicho, nos hemos adoctrinado para no ir nunca más allá, a la profundidad de las cuestiones, que es la emoción y el sentimiento que genera una necesidad o una satisfacción. No nos molestamos en observar que esas causas últimas son un manojo de fronteras difusas y cruzadas, y que no son categorizables ni impermeables. En otras palabras, que la tristeza, el hastío y el consuelo pueden ser tan distintos y tan iguales como el consuelo, el desquite y la exultación. ¿Y si, pongamos, la ternura es a la vez una necesidad y una satisfacción? ¿Se compra la ternura? ¿Se calcula? ¿Se resuelve?

En otras palabras: no hay matemático que formule fórmulas exactas con las sensaciones. ¿Cómo iba a haberlo si el sistema simbólico más sofisticado es el lingüístico y, incluso con la infinita cantidad de gente que sabe manejarlos, nadie todavía ha conseguido articular el discurso perfecto, o ni siquiera describir perfectamente una sensación?

Pero nos olvidamos de las causas últimas: tal y como indican las bases del marketing, lo que prima es la comodidad, la inequívoca y mecánica satisfacción de unas necesidades estipuladas. Mi casa, mi comida, mi cuenta corriente. Eso nos lleva a la modorra permanente, a la simplificación en todos los aspectos de nuestra vida, a la vez que hace adaptar nuestro 'modus vivendi' a las normas de los juegos con objetivos acumulativos. Que suelen ser de un solo carril, sin bifurcaciones. Corredores por los que hay que pasar. Estilo Monopoli.

Creatividad

Y ya metidos en el capitalismo, criticaré también la poca imaginación de ese sistema. Toda treta, combinación o engaño está orientada a la acumulación de fichas. Hay otro escritor cuyos efectos en mí no sabría describir de una forma precisa, pero que, entrando al juego y simplificando, podríamos decir que, como Copi, me alegra un punto más la vida. Es Georges Perec. Este, también de desbordante y disparatada creatividad, potenció con los números su afán por la palabra. Basó parte de su obra en cálculos matemáticos sobre temas, estructura, orden y elementos narrativos que ponía al servicio de las historias que quería generar. Eso es creatividad.

Y de él envidio que no se coartara. Y también el trabajo que se ve detrás de cada página. Solamente sin su inconformismo, ya no hubiera sido posible que escribiera una novela policíaca de 300 páginas con un ritmo perfectamente legible en la que no apareciera la letra a, o que escribiera otro folleto haciendo inventario de todo lo que rodeaba un lugar parisino para, más tarde, con palabras y descripciones, intentar agotarlo creando y reflejando historias, como si pintara un retrato hiperdetallado. 

Para lo que no hicieron falta sus peculiares sistemas contables fue para escribir 'La cámara oscura', un conjunto de escritos breves que recopiló durante años. Cada uno de ellos era un sueño que había tenido y que había anotado al levantarse, con todo el afán literario posible. El lunes, escuchando la definición de utilidad acumulada, eché en falta esa capacidad de imaginación en alguna parte, en alguien cercano a mí, y me sentí perdido y enfadado.

Aunque bien mirado, el viernes anterior no se me ocurrió escribir ese frágil sueño que tuve que me daba razones para no ir al máster. Solo pude enumerar unos cuantos argumentos y calcular los pros y los contras. Realmente, no actué con la lógica de los sueños, sino que me anclé en la lógica de la vigilia, de la aburrida realidad. Los beneficios y costes. La ecuación simplificada era así: ir a un máster que no me apasiona, a un trabajo que no genera nada, conformarme con una realidad que no me aporta ninguna sensación positiva, a cambio de una minimización de riesgos que me aparte del conflicto y de los miedos y me instale en una insulsa comodidad.

El viernes, por algún recóndito cálculo matemático, no fui al máster. Pero el lunes siguiente, por otro, sí.

Ya ves, nunca me ha gustado el Monopoli, pero a veces siento que estoy cayendo en sus redes. Y ya ni escribo de nada que no sea eso. Quisiera terminar con alguna frase llena de vida sacada del libro de Copi, pero aquí cuadra más eso de "He loved Big Brother".




29 ago 2012

Deseo de ser (Dos viajes físicos e incontables mentales)

Me ha ocurrido, una noche, en una estación perdida, hallar el inusitado respeto mutuo a la vera de un par de cafés con poso, en idiomas extraños. El respeto mutuo siempre pensé que no existía, porque yo poco respeto y poco respeta el mundo. Pero lo hallé (y ejercí), y como si de la soledad resbalaran cosas buenas, parí de repente el afecto. Me ha pasado el hacerme amigo efímero (y duradero recuerdo) de un jefe de estación de una estación prácticamente fantasma en el norte de Croacia.

A mí me ha pasado al moverme, pero incluso más maravilla es que a él le haya ocurrido sin viajar a más de tres metros de su garita. Lo extraordinario está aquí y allá. Tengo pruebas: me ha pasado suscribir cada coma de un texto entero, prácticamente un año después de escribirlo. A pesar de todo, sigo esperando con un ansia latente "una guitarra nueva. Una canción, un poema como un mazo. Un plato elaborado pero sencillo, elegante hasta la última miga. Sapiencia en psicología social. Un lápiz. Una piel tibia entre el frío. Alguien me dirá que feng shui. Lo que queda de la letanía de mis necesidades aquí está, en mi hogar, y no hay que enumerarlo. Incluida una generosa cantidad de ausencias que lo hacen todo más agradablemente tenue y unas goteras que marcan el tempo. Calmo, riéndose del diluvio de afuera. Por eso no puedo escribir esta noche, por pura victoria. Mi gata sueña que corre y, creo, sueño todavía. Por eso he escrito, por una derrota cadenciosa, en replay por los tiempos de los tiempos". Me ha pasado amar mi hogar.

Me ha ocurrido amar también al pintar el punto final de un poema de puro odio y recuerdo. Afuera, el sol y un lago suizo pasaban a mi izquierda, tras la ventanilla del tren.

Me ha sucedido el éxtasis, la física traducción de la alegría, que nunca supo de raciocinio y por ello -y por suerte- busca magnéticamente y de vez en cuando la carne.

Me ha ocurrido la compañía banal, la juerga que era inesperada en el último despertar, el tomar cervezas acarameladas en botes a lomos del Rhone con dos desconocidos nacidos a 12.000 y 1.000 km de donde yo nací. Me ha ocurrido mirar los mismos labios de mujer y los mismos culos respingones que ellos, a la vez y desde la misma distancia, solo un cuarto de siglo más tarde de que me parieran.

Me ha pasado de nuevo el soñar, si es que alguna vez apareció realmente la vigilia. Me ha ocurrido soñar con un viaje en que, en el vasto lugar de los miedos de la soledad, estaban mi familia, Imanol, Carlos o seres sucedáneos que yo identificaba como mis amigos a pesar de no tener rostro alguno.

Me ha pasado jugar con sintaxis, morfos y léxico plurilingüe de manera sucesiva, torre de Babel. Francés, inglés, italiano, catalán, croata, castellano, gestual (y achaques de lunfardo en el hablar con uno mismo). Y sentirme algo menos encerrado, o encerrado en una jaula mayor o más alta o más profunda. Extrañamente, es una sensación similar a la de estrenar un piso en pleno invierno. Reclusión y cobijo siempre han ido de la mano (menos cuando miramos).

Me ha pasado clasificar mentalmente A saber: cualitativamente ciudades, polvos, canciones, desamores, películas, libros, textos, personajes, futbolistas. Es decir, las emociones que me causaron.

Me ha pasado quedarme observando pies que bailan, con la brisa enfrentándome. Largo rato. 

Y me ha ocurrido la soledad acuciante de la noche, esa que se ensancha y te cubre mientras todos danzan a escasos metros de ti y, en tu imaginación, en todas las ciudades y pueblos del mundo.

Me ha ocurrido Macedonio, Perec, viejo librerito, Wilcock y una sarta de personajes. Me han ocurrido mundos de imaginación, novelas, trilogías, cuatrilogías, universos de conversaciones improbables y sueños ajenos que nunca llegaron a salir de mi cabeza.

Y me ha pasado el empacharme con hambre. Y beber con sed. Y dormir con sueño. Y tocar con soledad. Y encararme con huída. Y emocionarme con hastío. Me han ocurrido soluciones transitorias, estados de las cosas y los pensares y los sentires. 

Nada perenne, por suerte: que cada recuerdo deje paso a nuevos ocurrires para poder olvidar en lo sucesivo. Que las emociones nunca cesaran sería algo completamente insostenible, suicida.

Muchas veces me ha ocurrido solamente el andar, o el mirar, o el balbucear o el respirar. Muchos ratos, no me ha ocurrido nada.

Me ha sucedido la revelación de aprehender que la muerte propia nunca existió, y que las únicas muertes que experimentaremos, las ajenas, no significan más que un recuerdo. Y me ha ocurrido la duda consiguiente de confundir la noción de los tiempos pasado, presente y futuro a partir de esa revelación.

Me han pasado las infinitas cosas que no pasan, e incluso no me han pasado.

Y sin embargo, habiéndome pasado todo esto, me ha sobrevenido el deseo de ser otro. Guybrush Threepwood. El deseo de ser Lluís Llach, en mitad de tanto odio. De ser el propio Fantômas y estrangular con gelatina. De ser Martin Sheen río abajo o Max en su tierra de monstruos imaginada, o el niño, cuando era niño, de Cinema Paradisso. El de ser cualquiera de los Beatles o Sherlock Holmes. El de ser Iniesta o Bergkamp o Zidane o Cantona o Le Tissier. El deseo de ser Cabrera Infante o Calvino o Queneau, o incluso Céline. 

El deseo de mezclarme y ser con ellas, con la chica de los hoyuelos, con la de los ojos grandes cerca de la Rue d'Algérie, con esa que viste tan bien un día y otro y otro; también de encamarme con mi odiado suave recuerdo.

He inventado al metaforista, al lotero farsante, al agente del caos, al urbanista que trasvalsa su pulsión sexual a un ansia por la inaccesibilidad urbana, al viejo anagnorítico y a su gata, al refranero popular, al iconoclasta y al referencial como pareja tragicómica, al villano; he dado vida a los tipos de la portada de Strange Days y he disfrazado a los Argonautas. 

Todo para saciar ese deseo de ser que soy.

3 mar 2012

Hora de caducidad

Lo es, es más que probable. Que haya cosas mejores que hacer. Que estas horas no sean horas. Que mi cabeza no esté clara ni para volcar sus cosas podridas en un blog. Que estuiviera mejor en cualquier boliche, garito, discoteca de mala muerte que tecleando. Es casi seguro, diría.

Pero no hay más. Hay un bourbon y dos long island de por medio. Y, aunque no halles faltas de ortografía, hay mil mancanze. Echo en falta la complicidad de un amigo que necesite tanto la noche. Echo en falta, claro, el calor de un cuerpo sinuoso. De unos ojos perdidos, de unos labios hambrientos. De unas manos que no quieren tocar más ropa, que buscan formas fálicas y antifaces. Que gustan de las palabras largas, de las proposiciones algo inaccesibles, se derriten ante esas deliberadamente un poco ininteligibles.

Echo en falta, en resumen, la soledad de otras, esa tan fácil de confundir. Echo en falta las ganas de resultar dulce, de parecer meritoria. Esas ganas locas e incoherentes de amanecer digna y acompañada a la vez. No me pregunten sobre la dignidad si no quieren discutir. Echo en falta, y es pronto o demasiado tarde, eso.

Me compensa saber que mi otro yo, casi mi otrora, sabe, desde que tiene consciencia, que hay cosas mal vistas. Que hay riesgos que merecen una fecha de caducidad no mucho más lejana en el tiempo de ese momento en que el sol asoma para empujar a la noche al rincón de las mentes obnibuladas. Obviemos el momento, claro, en el que gimen los más afortunados.

Luego: borremos esto. Hora de caducidad: cuando despierte, cabrones.

24 ene 2012

No este periodista


El santoral católico parece ser una buena excusa. La festividad del patrono de los escritores y el periodismo, San Fernando de Sales, establece el día de hoy como el día del periodismo. Y clico en un enlace y leo, algo molesto, una letanía de puntos en los que, supuestamente, quienes nos consideramos periodistas hoy en día, hallamos motivación para seguir adelante.

Los leo molesto porque son palabras bonitas, pero no hacen más que mostrar una realidad irritante que parecemos no querer replantearnos.

Los puntos de los que hablo:
  1. Porque la información es un derecho, y nosotros sus ejecutores.
  2. Porque mientras que para una parte del mundo hay muchos secretos que encubrir, para nosotros, hay mucha verdad que sacar a relucir.
  3. Porque la información nos hace libres y, por lo tanto, el buen periodismo es el camino hacia la libertad.
  4. Porque somos amantes de esas preguntas incómodas que al momento de realizarlas te provocan la sonrisita típica del “te acabo de pillar”.
  5. Porque ni aún con toda nuestra labia y facilidad para el verbo seríamos capaces de explicar esa sensación que sentimos en el cuerpo cuando pronunciamos la frase: “tengo una exclusiva".
  6. Porque parece que tenemos una tendencia natural, y muchas veces enfermiza, a querer enterarnos de todo antes que nadie.
  7. Porque siempre admiramos a esos periodistas de guerra que dieron y dan su vida por una noticia.
  8. Porque todos hemos soñado alguna vez con ver nuestro nombre inscrito en un Premio Pulitzer (por soñar…).
  9. Porque no hicimos caso a nuestros padres cuando nos auguraban un futuro mejor como médicos, abogados o ingenieros.
  10. Porque aunque muchas veces nos cueste acordarnos del porqué, seguimos amando esto a pesar de las jornadas maratonianas, de los sueldos poco generosos, de las sobredosis de cafeína y de los nervios propios del “hay que sacar esto y no llego”.
Desde la cuarta hasta la última, me tocan literalmente las pelotas. Y en las dos primeras, me pongo algo quisquilloso con los términos "ejecutores" (punto primero) y "verdad" (segundo): quizás no sólo nosotros seamos los practicantes de la información y de la comunicación, quizás lo debiera ser todo el mundo capaz de hacerlo con cierta responsabilidad. Y quizás no buscamos la verdad, quizás debemos dedicarnos a contar lo que observamos, encontramos y sabemos del modo más honrado posible. Pero bueno, mera elección de palabras.

Lo que digo, las últimas siete no son motivos por los que ser periodista, al menos como yo entiendo que debería ser un periodista.

Hoy en día, no nos estamos preguntando si tener una información antes que nadie es realmente el objetivo de un comunicador. Cuenta, por sistema, llegar el primero, es el gran mérito, sea de lo que sea. Quizás debiera contar más llegar bien y transmitirlo mejor.

No deberíamos sentir satisfacción por sonsacar algo a alguien, ni por "enterarnos" de todo. Quizás sería más conveniente y enriquecedor sufrir intentando entender aquello de lo que nos enteramos y alegrarnos sólo cuando tuviéramos el último dato de nuestro reportaje entendido. Quizás no nos debería enorgullecer nuestra pregunta, nuestro logro, nuestro protagonismo. A lo mejor lo que tendríamos que disfrutar es de escuchar las explicaciones de quien nos las da, y trabajar para obtener las que se nos niegan.

Y no sufrir tanto por el reconocimiento, ni mcuho menos por los premios. No vernos como héroes, micro, cámara, grabadora, bloc o bolígrafo en mano, no enorgullecernos tanto de tomar el camino difícil. No mirarnos tanto el ombligo y cumplir, cumplir más.

Yo no amo el periodismo irracionalmente. Menos todavía el que se practica hoy en día. Pero a mí nunca me falta un motivo, una explicación, una respuesta razonable y argumentada a la lógica pregunta. ¿Por qué tener este oficio?

Eligiendo entre ese infierno de elecciones que son las palabras, como comunicador que soy, siempre respondo con una razón. Irracional, sí, pero razón al fin y al cabo. También es que amo algo. Lo que yo amo es observar, experimentar, analizar, vivir y entonces y sobre todo, poder comunicar eso a otros. No me lo cuento a mí, no me vanaglorio. Ni cuenta para el mercado. No amo ese periodismo.

Por suerte, no adolezco de falta de buen periodismo. O del que considero bueno yo, vaya. No hay semana en que no lea historias, análisis e informaciones realmente buenos, honestos, reflexivos, trabajados y apasionados.

Estoy hasta los huevos del periodismo mercantil, el competidor, el instantáneo, en el que la cafeína pasa por ser un símbolo casi más abrazado que nuestra herramienta, el verbo. Y rozo el odio con el yoísta, el ególatra y el del falso héroe revelador. Y sobre todo, estoy harto del periodismo que no piensa antes, durante y después, justo el que secunda ese decálogo bobalicón.
Por ello aspiro a no volverlo a ejercer nunca más de ese modo -sí, lo he hecho-. No este egoísta y cacareado periodista.

5 dic 2011

La corista


Ahí está la corista, cantando los versos que le tocan. El teatro está lleno, las entradas se agotaron en cuestión de un par de días. El foco de luz, a unos metros de ella, expone al artista, que deja consumir un cigarrillo entre las clavijas de las cuerdas graves de su guitarra. El auditorio acompaña un estribillo nacido del terror egoísta del cantante. Suena, pues, la guitarra del afamado músico, su voz, la de todas las coristas, la batería, los teclados y el clamor mimético del público.

El verso: "[pongan aquí el verso que quieran]".

Y a nadie le importa si a nuestra corista le acucian mil preguntas sin respuesta, si hoy vio a alguien morir, si tiene hambre, si su ex pareja le despierta los peores sentimientos, si le pica la pierna, si odia ese verso que tanto le recuerda a sus propios miedos. Si lo balbucea cuando sueña. O qué piensa de esa forma de cantar, a voz comedida.

Vendrán dos versos más y se acabará la estrofa. En ese corto lapso de tiempo, alguien habrá reparado en ella, en su voz o en su figura, o en su tono, aunque sea por mero despiste. Luego, sólo quedará la reverberación de la última palabra, acorde, golpe; y las pulsiones y los sentimientos de cada persona de esa sala seguirán su curso. A menos que alguien muera de repente, claro.

30 nov 2011

Un cocinero resfriado (otra letanía)


Perderse como un cocinero resfriado. El secreto momento de pánico en un avión. Pasar de Chacabuco a Maipú sin cambiar de calle. Comer ante un espejo. Pedir una lágrima, recibir un café. Blandir la soledad, el lápiz. Arena bajo los adoquines de Defensa. Murales psicodélicos, Beatles amarillos. Billetes en un colectivo. La vida de un taxista. Un Malbec Uxmal entero, solo. Leer al Marqués de Sade en el subte. Lamentarse por La Sinagoga de los Iconoclastas. Las banderas descoloridas de Buenos Aires, esa esquizofrénica con dotes de genio y síndrome de Diógenes. La devoción por una ciudad.

Direcciones, paradas de metro, lugares. Historias: Agüero. Güemes entre Sánchez de Bustamante y Billinghurst. Hospital Clínic. Fontana. Rocafort. Maria Cristina. Viladomat y Provença. Perú y Chile.

La poesía, Pizarnik. La nostalgia imposible, Allen. El don, Copi. El fracaso ineludible de toda creación. Todos, por supuesto.

La historia de unos periodistas extraviados e infames. La historia de un lotero que le regala un número con premio al Rey. La historia del tipo que llega a una ciudad desierta. La historia del anciano que reconoce en los ojos de su gata los recuerdos perdidos. Anagnórisis. La historia del vagón de tren que decidió sobre un suicidio ajeno.

Acariciar a una gata. Abroncarla. Encabronarla. Acariciarla de nuevo. Los instintos primarios, el juego, indispensable e inevitable.

Perder lo platónico sólo es posible si ocurre.

La desposesión. Las afinidades. El tacto, que tan plácido descanso da a las palabras.

Las jaurías de periodistas y de noticias, la desdicha. Por contra, la música: solución y pregunta, imposible de impostar.

El coronel Kurtz diciendo eso de "He visto un caracol, se deslizaba por el filo de una navaja. Ese es mi sueño, más bien mi pesadilla: arrastrarme, deslizarme por todo el filo de una navaja de afeitar y sobrevivir".

Interminables formas de subir 117 escalones. Otras tantas formas de olvidarlos.

La inherencia y la perpetuidad del miedo. Rara vez se adormila.

Sensaciones idénticas: el sol en Río Negro, respirar en Iguazú y tumbarse en esta atalaya.
Ajeno, por un segundo, al reloj de arena.



Tau de Rec

28 oct 2011

Viladomat

Una guitarra nueva. Una canción, un poema como un mazo. Un plato elaborado pero sencillo, elegante hasta la última miga. Sapiencia en psicología social. Un lapiz. Una piel tibia entre el frío. Alguien me dirá que feng shui. Lo que queda de la letanía de mis necesidades está, y no hay que enumerarlo. Incluida una generosa cantidad de ausencias que lo hacen todo más agradablemente tenue y unas goteras que marcan el tempo. Calmo, riéndose del diluvio de afuera. Por eso no puedo escribir esta noche, por pura victoria. Mi gata sueña que corre y, creo, sueño todavía. Por eso he escrito, por una derrota cadenciosa, en replay por los tiempos de los tiempos.

Tau de Rec

17 jun 2011

Extraño

Uno echa de menos el pavimento adoquinado de Buenos Aires, de camino a Plaza Dorrego por Perú, Defensa o Bolívar. Uno googlemapea sin remedio ahora aquel árbol en el parque de Avenida Figueroa Alcorta, ahora aquel antro perdido Corrientes abajo, ahora lo que se le presenta en el recuerdo. Uno resguarda del olvido a aquella lavadora saltarina, el clavo del sofá azul y la raya de un cuarto de círculo en el parqué. Uno revive el momento en que descubrió que Katie se había dejado ropa interior y Marco, el ventilador encendido. Uno casi regresa a las mañanas de pijama y pelambrusca en los desayunos del Café Zabala, a las tardes de footing con alfajor y zumo al repostar. Uno no se despega de aquel mascarón de proa colgado en uno de los puestos del mercado de antiguallas de San Telmo. Uno sigue robando papel de váter de los baños de la Universidad de Belgrano.

Y uno se engancha al chamuyo crónico argentino con la avidez con la que el cañismo español coerce. Es mejor la broma infinita que la enquistada apariencia.

Uno vive aquí en estado funcional, saltando las aspas de la turmix del mercado y con la cabeza absorta. Pero nunca se olvida de cuántas eran las calles que recorrían a su musa coja y parlanchina.

1 mar 2011

23

Decía: Cuando vaya a cuarto de la ESO me dejaré un bigote largo, y una barba de punta.

Eso le decía a mi madre durante las primeras tardes en las que volvía del colegio sin que ella me acompañara. Lo decía porque sabía que iba a ser tío de mucho pelo: ya tenía unos pelos finísimos y oscuros en los morros, tan enano. Todavía no sabía qué quería ser, quizás futbolista, y sólo comprendía con certeza algunas cosas pasadas. Conocía, sin dar con las palabras que lo describieran bien, ese sentimiento abisal, ese vacío tremendo que me sabía provocar recordando aquel día en que le dije a mi hermana que no me gustaba su regalo o aquel otro en el que preguntaba, con una sonrisa nerviosa, que dónde había ido el yayo al morir. Conocía la tristeza, y también el eterno rompecabezas de la mentira que, sin yo saber cómo expresarlo, utilizaba para escapar de todo aquello que no veía beneficioso o divertido para mí. Así que practicaba el egoísmo sin tener noticia de él, de la misma manera que practicaba la rabia sin remordimientos -rabia sin rabia-, por el mero hecho de no adivinar mi mente -ni siquiera contemplarlo- su abominable abasto.

También sentía la ilusión sin apenas darme cuenta. La ilusión en día de reyes, la ilusión tras una victoria, la ilusión por un nuevo tazo, la ilusión por una broma dominguera de mi padre en el sofá. La ilusión de comprender un problema, la actitud de otro mocoso amigo o el argumento de una serie. O de dar con la palabra exacta que quería contar.

Ahora que lo recuerdo, mezclaba sentimientos con el dominio y los automatismos con los que daba toques a la pelota de ping pong sin dejarla caer al suelo. Concebía la eternidad y concebía el infinito, o mejor dicho, creía que eso de los límites era algo inventado, una mentira, un engaño. Sin ser consciente, prefería pensar que nada se perdía.

Pasaron los años y, en cierto modo, se cumplieron los augurios. Sobre el pelo, digo.

En cuarto de la ESO llegué a tener bigote durante un par de días de clase, pero quedaba muy fuera de lugar. Algo de perilla tuve (y mantuve: era más habitual, menos rompedor). Llevé peinados distintos y estrafalarios. Ahora sí, llevo bigote y barba, quizás en algunas fotos me parezca a aquel mosquetero, a aquel filibustero o a aquella estrella extraña que soñé ser.

No han pasado tantos años, tengo 23. Y la cosa, no se asusten, no está tan mal. Descubrí el relativismo, y lo abrazé, y lo desabrazé. Comprendí lo que eran las falacias y, una vez entendidas, me tentaron desde entonces. Supe lo que era el estoicismo, pero también algún día el escepticismo presentó batalla ante aquella anciana y espontánea ilusión. Aprehendí la desmesura y la practiqué. La disfruté y la sufrí. Comprobé el sentido físico de la vida, con sus distancias y barreras sensoriales. También el sentido etéreo. Vi los muros inexpugnables en ambas partes.

No sólo he conocido límites, sino que me he impuesto ciertas pérdidas. A mi edad, ya he renunciado a sueños, a formas de ser, a personas y a nimiedades. Otras cosas, las que he perdido sin rendición alguna, me han ido recordando que el hombre tiene el código de barras mal: de fábrica, salimos con el defecto inherente de inventar la eternidad y considerarla como propia.

Ya sé contar un par de ejemplos de absoluta felicidad, ya sé y me insisto en no perder de vista la fugacidad.

Por suerte, de vez en cuando logro volver a forzar esa caída al abismo, y por desgracia, otras veces no logro sentir.

Ya sé el amor, ya sé otro par de ejemplos de librarse absolutamente del egoismo. Ya sé algo del dolor físico, y algo más del dolor emocional.

A veces no recuerdo la ilusión espontánea, y me asusto. Sigo teniendo el mismo miedo que antes: a ese segundo que viene, en el que destaparás la manta o cruzarás la vía. Y te atropellarán o aparecerá el ojo de un alien o de una serpiente. Ya me he enganchado a ese miedo y me he subido en su ola, continuamente, para utilizarlo en mi favor. En consecuencia, como habrán previsto, ya he sufrido algún absoluto fracaso.

Me resisto a aceptarme a veces, me rebelo contra mis renuncias en otras ocasiones, soy manso en otras. Me cuesta horrores encontrar la palabra exacta, y me aterroriza imaginar el alcance de mi maldita rabia. Sé que el laberinto de la mentira es entretenido, como el de la ignorancia. Sé que, como el del saber, puede ser mentiroso y peligroso. A veces me meto por ahí, a veces me quedo quieto, me pierdo adrede o golpeo los altos arbustos. A veces no, y tiro por ese camino recto y plagado de baches que es la verdad. A veces trato de describir, de encorsetarlo todo o de darle su más amplio y justo significado. A veces me lío pensando sentimientos. Sé la locura y lo atroz, y sé lo dulce. Sé el no saber. Sé el sueño, el desenfreno, el silencio, la caricia, lo real y lo otro. La música. A veces, hasta me lo imagino todo.


Ya comprendo demasiadas cosas, pero no tengo ni puta idea de nada.
Y vivo sumido en la incerteza mientras el tiempo me consume los órganos.

Tau de Rec

10 ene 2011

Una religión en busca de un Dios


Abro Facebook a las 11 de la noche, unas tres horas más tarde de la entrega del Balón de Oro. Lo ha ganado Leo Messi.

La mayoría de mis contactos, por donde vivo y por el contexto futbolístico actual, son hinchas del Barcelona. Un equipo que hoy es brillante en el césped y que forma con gran cantidad de jóvenes criados en la casa, en la ciudad, en el día a día de eso que, como su lema reza, quiere ser más que un club. En el país y la cultura catalana, quizás. El club, que fue fundado por un suizo y refundado por un holandés, ambos puro carisma, recoge los frutos de su primera revolución con un repunte del rendimiento del método de Cruyff, basado en dos máximas. Una, la estética. Otra, la victoria, que siempre persigue todo hombre. La remontada se gestó desde hace unos diez años y se ha asentado en los últimos tres, en los que el Barcelona se ha convertido en una mezcla perfecta de una compañía de ballet clásico y una tropa de élite. Antes de Cruyff, había sufrido décadas de victimismo gracias al dulce sabor de la derrota. Pero la ingente -y creciente- cantidad de devotos de este club-idea había fechado el día de hoy como aquel en que esos traumas se iban a desvanecer definitivamente.

La mayoría de mis contactos, más allá de tener una opinión u otra, más o menos formada, sobre el nacionalismo, tiene un carné de identidad donde, de momento, se señala que es ciudadano de un estado llamado España. De estos, casi todos -algunos por su buen juego, otros por una mezcla entre eso y un sentimiento de pertenencia: esto es, sumando la excepcionalidad del asunto y los estigmas que se rompían- celebraron el triunfo de la selección española en el pasado Mundial. El gol -todos los goles del equipo en el torneo, de hecho- lo marcó un azulgrana, quizás eso terminó de convencer a muchos de los culés que no siempre se habían decidido a apoyar a La, antaño, Furia; desde hace poco, La Roja. Los otros, los que siempre se desvivieron por aquella Furia y aquella casta, habrían ido igual con España, pero lo hicieron con más fuerza que nunca gracias a un sublime juego de futbolistas de todos los bandos.

Excepto los más anti-culés, todos estaban contentos con el previsto podio del Balón de Oro: un español en primer lugar, otro en el segundo y Leo Messi, el mejor jugador del planeta, en tercer lugar. Él, decían, no había conquistado ni las Américas ni Sudáfrica. Previsto, ¿por quién? Por dos de los estandartes del griposo periodismo deportivo: el italiano y el español. En realidad, por La Gazzeta dello Sport, que anunció unas filtraciones -el podio y su orden- que resultaban, hasta ayer, completamente ciertas. Pero claro, faltaba un orden que, a priori, debía encumbrar a Iniesta, el hombre del Mundial, un futbolista que compartía el honor con otro futbolista eternamente inferior a él, Fabio Cannavaro, de haber sido la bandera de un país fragmentado de repente unido, de un territorio pequeño de repente engrandecido más que nunca.

Aunque entre ambos mapas mediáticos se puede sacar casi una decena de cronistas y analistas superlativos, en los dos países los medios están controlados por cúpulas fanáticas y extremadamente populistas que dirigen los periódicos más leídos de cada país. Uno que sabía mucho de comunicación, de ideologías y prácticamente de todo -fútbol, literatura, gastronomía, vida-, ya avisaba en los albores del nuevo milenio: Los medios eran, cada día más, el segundo poder, sólo superado por el Poderoso Caballero. El fútbol, también dominado por la guita, además del circo y el cloroformo de las masas, ya es la religión de estos tiempos en Europa -y en España en particular-.

Vázquez Montalbán. Lamentablemente, cada vez hay menos como él. Y, a cada día que pasa, tiene más razón.


Por aquí, a todos les hacía una ilusión enorme que Iniesta o Xavi fueran el elegido. Las razones, para todos los gustos: romper traumas tanto para culés como para españolitos, y también para catalanitos. Los primeros, firmaban con cualquiera de los tres. Eso sí, con preferencias, ya que pocos de ellos se libraban de cualquier sentimiento nacionalista -si es que ser culé ya no es, para muchos, hoy en día, un sentimiento nacionalista-: Xavi sería el primer catalán, el primer canterano catalán -y/o español- en ser Balón de Oro. Iniesta, el primer canterano español. Para los que no sienten el azul y el grana, el fantasma que se iba era ese de que, olvidado Luís Suárez, ningún español podía iluminar su país con los pies, siendo el mejor del mundo: como Rafa Nadal, Xavi o Iniesta hubieran brillado a los ojos de todos en tierras extrañas.

Los medios sirvieron razones futbolísticas, que las hay, para los que necesitaran disfrazar sus preferencias ideológicas y no supieran cómo hacerlo. De Xavi, baza más segura hacia la que había que remar: constancia, trayectoria, manejo de los partidos, del balón, comprensión del juego, compañerismo, desgaste, sacrificio, humildad, arte sutil, elegancia, símbolo del juego en equipo. Todo absolutamente cierto. De Iniesta, genio, oportunidad, la misma constancia, el gol que apagó a los fantasmas, arte delicioso, incluso chamanismo -"el hombre que estaba peleado con el astro rey," que decía Pepe Reina-. No menos cierto, como dice Inda. De Messi, básicamente, que era el mejor del mundo. Más goles que nadie, más fuerza que nadie, más arte que nadie, más solidaridad en el campo que nadie, más sutilez que nadie. No había problema en admitirlo. Era el mejor del mundo, pero con el fiasco mundialista de por medio, no había peligro de que arruinara La Noche P(a/à)tria.

(Las razones futbolísticas estaban. Pero no todo el mundo apelaba a ellas antes que al patriotismo. Incluso había quien se guiaba por otros patrones. A mi abuela Enriqueta, que a veces se aburre con tanto verde y pide el mando a distancia, le encanta Xavi. Dice que "aquest nano sempre va amb els ulls oberts com un gripau i el pit enfora". Cuando ve los partidos de la Champions, como con el Champions for Africa, celebra los goles de los dos equipos. Cuando oye Els Segadors o el himno de España, se pone a llorar solo con ver la solemnidad de Artur Mas, vencedor allá en el palco, o de Ramos, mirando al cielo estrellado. Es como una niña pequeña y, creo que por ello, cada vez la quiero más).


Pero, como en realidad ya anunciaban, es el mejor del mundo, y Messi ha ganado.
Gracias a seleccionadores y capitanes: para los periodistas, el genial e inconstante Sneijder hubiera sido el campeón. Iniesta finalmente quedaba segundo, Xavi, tercero. La mayoría de los votantes nunca leyó un Marca, ni tampoco una Gazzetta. No sabrán que Messi deja a España sin Balón de Oro. No tendrán que ver la cara -y la cabeza- torcida de Inda mientras arquea los ojos en aras de esa naturalidad que nunca encuentra cuando sufre una derrota. Porque las sufre de una manera preocupante para la posición social que tiene.

De hecho, ha habido gustos para todos los colores en las votaciones. Capitanes de islas caribeñas que han votado a Puyol como el mejor jugador del mundo, por su aguerrido testarazo, por su poderosa melena, por sus artes como defensa, por su trayectoria, quién sabe. Porteros campeones del mundo que han pedido perdón a un amigo holandés por meter el pie entre él y la Gloria nombrándolo el mejor del mundo. Fanáticos de Xabi Alonso en Zambia, amigos belgas de Cesc Fábregas, capitanes uruguayos rendidos al rival que les robó su sueño, vietnamitas enamorados de Cristiano, camboyanos alucinados con el flaco Özil y tailandeses flipados con el peinado de Villa. Incluso algunos que darán juego, como el patriota Van Bommel, que prefirió el voto nulo antes que reconocer la derrota; olvidos caprichosos de Capello e Ibrahimovic -no creían que Messi mereciera nada- o el repentino paladar de Clemente, ese hombre multipolar que ha querido ir a ver de cerca a los que "se bajan del árbol" y ha votado a los tres culés -o quizás, ha contravotado a sus enemigos madrileños, con él toda sospecha cabe-.

En cualquier caso, han sido mayoría los han votado al que, probablemente, se erige como el mejor jugador de los últimos 20 años de fútbol. Más allá, no puedo juzgar nada, porque yo era un mocoso, un espermatozoide y, antes, nadie. Pero he visto a Ronaldo, a Zidane, a Baggio, a Romario, a Baresi, a Maldini, a Roberto Carlos, a Ronaldinho, a Stoichkov, a Laudrup, a Bergkamp, a Koeman, a Cristiano, a Henry, Figo, Cantona, Rivaldo, Drogba, Gerrard, Rooney, Van Nistelrooy, Robben. Incluso al último Van Basten y al Maradona zombi. Y a muchos otros que seguro que me dejo. Messi quizás solo llegó a ver de refilón algunos vídeos de O Baixinho, L'Enfant Terrible o Il Codino, y eso en el supuesto que despegara sus ojos del balón. Casualidad o no, tiene lo mejor de ellos y más. De hecho, tiene lo mejor de casi todos los arriba citados, y una hemeroteca de goles de mayor duración y belleza que cualquiera de ellos. Y tan sólo 23 años.


Total, que un cúmulo de caras contrariadas e impresiones agridulces pueblan los muros -qué gusto decir hoy esta palabra y que haya sumado esta acepción; qué disgusto que oculte las otras- de muchos de mis amigos de Facebook. "Felicidades, Messi, eres el mejor. Pero yo quería a Xavi". "Yo a Iniesta". Otras, de euforia: "¡Ja!, la selección se queda sin nada, triunfa el Barça (¿triunfa Catalunya?)". Luego Inda -no, no está en mi Facebook-, que parece haber adoctrinado a muchos: "Messi le roba a España el Balón de Oro".

Efectivamente, Messi también roba Balones. Lo tiene todo. Si lo hubiera visto, le hubiera gustado hasta a Borges, que odiaba al fútbol porque advertía su inherente nacionalismo y que, por esa buena razón, se permitió el error de no reparar ni un segundo de su vida en intentar apreciar la belleza estética de ese trote, esa gambeta, ese abuso de velocidad, esa parábola. Pero Messi le hubiera agradado incluso por ser el paradigma que tira al suelo su gran obstáculo hacia el balompié: el mejor jugador del planeta no entiende el nacionalismo. Ama el balón -ese Dios redondo de Villoro-, celebra los goles flotando; no aprieta casi nunca los dientes; sobreinterpreta, casi por compromiso, su pasión por su país de origen (ese adorable país de locos en el que, dulce ironía, nadie ha votado el premio por un desajuste con la organización... ¡si por lo menos hubiera podido votar su D10S!); y ha comido con gusto más jamón y más amb tomàquet que yo, pero no entiende ni a Mas, ni a Laporta, ni a Aznar. Ni le importan. Cuando le dan un premio, su primera reacción es sacar la lengua, aniñado. La segunda, posarse en el atril y musitar cuatro palabras ininteligibles, ignorando que es la estrella de un mundo al que nosotros, el acomplejado mundo laico, hemos recurrido para convertirlo en un nuevo circo decrépito de fes y creencias. U obviándolo. Infinitamente contento, él.

El día-D, la fiesta del fútbol azulgrana, catalán, español, nacional, parece ahora haberse agriado. El final del sueño -como dicen algunos- no ha exterminado ese sufrimiento simbólico de los pueblos empequeñecidos que buscan en el triunfo el sentido de su existencia. Solamente ha desvelado al Dios que anunciaba Vázquez Montalbán. Un Dios pequeño con su juguete redondo para la nueva religión de una sociedad extremista y desaforada que no se da cuenta que, por ejemplo, hoy se ha muerto un poco más el terrorismo.


Tau de Rec.

26 nov 2010

Contingencia (XLI)


La mano se quitó un auricular, el derecho, mientras las piernas, en tensión, presionaban un escalón tras otro. El oído derecho escuchó la Plaza España, mientras la noche barcelonesa y su cielo marrón asomaban por primera vez a los ojos pardos. Las manos empezaban a destemplarse sin apenas notarlo, mientras el pelo largo, marrón, liso, seguía la estela del pensamiento. Las fosas nasales aspiraban, con una repentina forma elíptica, mientras la lengua apretaba el paladar, tenaz e inconsciente. El torso, que todo lo aguantaba, parecía pasar de abajo arriba con su mecanismo coordinado. Emergía y los pasadizos del metro quedaban atrás.

Las ruedas delanteras tocaban Barcelona y miraban de reojo hacia la izquierda, mientras el surtidor de aire acondicionado del copiloto apuntaba al cielo. El parabrisas delantero, acatarrado, pedía claridad, mientras la tira del cinturón del piloto colgaba, olvidada, y el metal de la hebilla amagaba continuamente un giro. El tubo de escape tiritaba con asombrosa frialdad, mientras la carrocería teñía de rojo la noche, con el ocupar incesante de espacios nuevos. El retrovisor central duplicaba la realidad y jugaba al travieso juego de lo infinito, mientras la aguja del velocímetro se incorporaba, adelantando decenas enteras. El motor, ciego como era, latía con pasión, participaba del caos controlado. El SEAT León pronto liquidaría la rotonda y atravesaría el paso de cebra.

El señor de verde aparecía con su pose habitual, alzado y de perfil, mientras un botón de la camisa decidía pasar y, presionado por el cambio de ritmo, embestía a su correspondiente ojal. El 65 luminoso empezaba a arrastrar su larga cola mientras las zapatillas se balanceaban contra la base de Barcelona cada vez con más frecuencia. En perpendicular al señor de verde, un disco rojo había vencido al titubeante círculo ámbar, mientras, desobediente, la luz de unos faros acariciaba las líneas del paso de cebra. El joven corría lanzado, dejaba ligeramente atrás al autobús mientras el SEAT rugía con amenaza.

Comenzaba a sonar El último café en el auricular izquierdo, todavía liderando la carrera hacia la parada del autobús, mientras el volante del León retumbaba con las percusiones del Don't ever let me go. Una mirada cruzaba, compartía el código al ver el señor verde, mientras la otra abolía el significado del disco rojo, quizás regida por los impulsos de otros planetas que le hacían meter la tercera marcha. Finalmente, un pie izquierdo pisaba la seca pintura blanca de la calzada, mientras un pie derecho aplastaba con fuerza un pedal agujereado de aluminio. No compartían destino, pero en un instante, convergerían.

Entonces sonaron tres corcheas enlazadas, la primera y la tercera, agudas, la segunda grave, con El último café, mientras el Don't ever let me go siguió inapelable su ritmo. El cuerpo reaccionó con un frenazo involuntario mientras un hasta entonces inadvertido felino de chapa rojiza pasaba a escasos diez centímetros del botón apretado de la camisa. Al segundo siguiente, el 65 luminoso y sus puertas automáticas adelantaban a la paralizada melena, mientras el súbito espanto azotaba al previsible perdedor de la carrera. Instantes más tarde, el autobús llegaba a la meta, ya más despacio, mientras el León, de la mano del viento, se dirigía hacia quién sabe qué.

Quizás se libró por poco, y sus manos, sus brazos, sus pies, sus piernas, su pelo y su torso subieron con estilo y finalmente al autobús, donde quizás se encontró a su futura mujer, a su próximo empleado o a su siguiente empleador, a su viejo amigo, a su postrero benefactor o a su certero y único asesino. O a su muerte, que lo acompañaba desde el inicio de los tiempos y hasta el fin. Mientras la tarjeta fichaba, la mano derecha tocaba un botón: quería volver a escuchar aquellas tres corcheas decisivas. Salvadoras, redentoras, quién sabe si fatales.


Tau de rec, en el camino más transitado.

20 nov 2010

Mi dietario irregular (XL): Barbara Ann


Distraído, miré a aquel hombre y pensé en alguna cuestión tonta como qué clase de derechos de autor tiene la Biblia o cómo se comprueba que un bolígrafo no está gastado. El tipo llevaba barba y una camisa a cuadros, oscura. A ella le había gustado. Rebosaba la gente ayer en el Barbara Ann, los vasos vacíos se acumulaban y dentro, sólo los hielos sabían que el humo los rozaba mientras apuraban los más tristes minutos de su vida derritiéndose con una elegante parsimonia. Los platos, ya menos llenos de frutos secos, pasaratos y algunos bombones con virutas de coco y algunas pastas, se acumulaban a las dos de la madrugada, unos encima de otros, y yo y unas cuantas personas más habíamos aprovechado el sitio que dejaban libre en lo alto de la pequeña tarima para sentarnos. Di un trago al Barceló con cola, que era mío desde que lo había pagado. Las cuatro gotas de limón que, antes de eso, había echado el barman se hicieron notar en su llegada a mi boca, decantadas y cayendo en una carrera frenética contra el ron, el agua, la coca cola y los azúcares. Sabía bien.


El mes había sido extraño. Marcado por la Nueva antología personal de Borges, por el tango y la nueva música y por las distintas variaciones del Re de mis pobres guitarras, noviembre del 2010 me escondía la inspiración, y sobre todo me escondía las breves pero imperdibles plenitudes. La felicidad, le dicen. El barman sonreía delante de un cartel con la inscripción 60's & 70's night, se había alegrado de vernos una vez más y antes de echar las gotas de limón del cubata me había dicho que no nos fuéramos sin pasar por la barra. Había que compartir una buena noche con unos buenos clientes. El peinado de ese hombre también le gustaba a ella; a mí me hacía más gracia su cara, como ancha. Ese casco no podía con las facciones de su rostro, por eso me resultaba más interesante la cara que el pelo. Realmente, me hizo mucha ilusión que, después de tanto tiempo, el dueño de un bar me agradeciera mi presencia en su local.

Sentado, seguí mirando al tipo de la barba y la camisa a cuadros. Hablaba, animoso, con una chica bastante bonita. Así, pequeña, con ojos decididos. A ella también le gustaba el tipo, o eso me pareció. Yo estaba sudado, después de un par de horas de concierto. Los Siniestro habían estado bien, el recital me había permitido liberar adrenalina y, tras una semana escuchando algunas canciones, había logrado sentir con un buen flipe varias de ellas mientras todos dábamos saltos muy juntos, como atunes que se agitan, aplastados y resbaladizos, mientras la red los saca a la superficie. El humo, sin embargo, anulaba cualquier olor.

En el Barbara Ann no estaba Assumpta, pero sí los músicos, que habían llegado con unos atuendos similares o iguales a los que llevaban cuando terminaron el concierto. El cantante, con su sombrero negro y su piel blanquecina, llamaba la atención por encima de todos y conversaba sin extrañeza con cualquiera que se le acercara. Los Siniestro habían venido al Barbara Ann, tan perdido en la ciudad como estaba. Aquello le daba prestigio al local y a su dueño, que, inspeccionando en su IPod enfrente de la colección de vinilos, preparaba el siguiente tema que sonaría en el local. Yo no reconocería la canción, pero probablemente fuera de los Kinks, los Stooges, o los Cream, o, con más seguridad, de los Animals. A mí también me había entusiasmado coincidir en un bar con los Siniestro.

Volví a preguntarme algo absurdo como si pesaba más la fe o una zapatilla justo cuando ingería otro trago. El alcohol había empezado a hacer efecto. Durante la noche, habíamos hablado de varios temas. De música, el que prefería ella. A ella le gustaba que la escuchara hablar de música, y yo a cambio recibía informaciones nuevas bastante interesantes. Además, con un par de copas se apasionaba mucho al hablar de las épocas, las canciones, los discales y los vinilos, y arqueaba las cejas al hablar, de manera que asomaban, convergentes, por encima de esas gafas tan grandes, y se le hacían unos pliegues en la frente al hacerlo. No logramos hablar de tango, pero sí del cambalache que también es el siglo XXI. Habíamos discrepado sobre nuestros argumentos, más intensos y expresivos que bien formulados, en temas de política, y hábilmente habíamos pasado a hablar del sentido de la vida, que no es. Le había contado algo sobre una correspondencia con un amigo que está de viaje en Galway, y sobre las teorías que en aquella misiva formulé, basándome en citaciones de un profesor que hablaba de contingencia y de la estructura lógica de nuestro pensamiento, y también en las que Borges volcó con maestría en los versos y en las breves prosas de su Nueva antología personal. Quise incluso citar literalmente alguna estrofa, pero me tuve que conformar con darle una explicación mucho menos estética de ciertas expresiones clave de aquellos versos y aquellas ínfimas y eternas prosas. La inutilidad; el incesante paso de ese invento que es el tiempo; la muerte física y la muerte real, que no se pueden esquivar; los olvidos que habrán cuando fenezcamos; la existencia o no del fin o del origen; la definitiva y eterna inutilidad, de nuevo. No me atreví a sacar lo de la Vida, que verdaderamente es el gran tema de Borges, aunque no se atreva a referirse directamente nunca, porque es inenarrable. Así había desencadenado el alcohol nuestras conversaciones.

Eso de lo que no habíamos hablado era lo que yo quería escribir hoy, mientras suena Lucha de gigantes, o Cadillac Solitario, o Invitation to the blues, o esa pieza tan graciosa de Peter B. Looners, o Me pica un huevo. Quería porque noviembre ha sido muy hábil ocultando la plenitud y otorgándome, rácano, la única realidad del recuerdo presente -así definen el pasado los borgianos creadores de la cultura Tlön- para satisfacerme, y yo ya merecía burlar su guardia. Ha sido como ir todo el mes drogado, sin disfrutar esta ciudad que late y se despliega ante mí, sin librarme de la dulce nostalgia.

Quería escribir que ayer, en el minuto que os estaba contando, de repente, sin renunciar al grato pasado, me vi pasando por un agujero lleno de aristas que había aparecido en el bar, como recién creado o antiquísimo. Me vi llegando a un salón deforme donde se escondía, arrinconada, la plenitud.

Estaba en algún lugar entre el suelo y el techo del Barbara Ann, mezclada entre sabiondos y suicidas y -cómo olvidarte en esta queja, Cafetín de Buenos Aires- sonidos de bandoneones. Me alegré mucho de encontrarla al fin y, aún a sabiendas de lo instantáneo de nuestro encuentro, la saludé con la mano, dejándome ir, poseyéndola un poco en cierto modo, ya con la libertad que no me da este texto, que no me darán nunca las palabras. Luego volví al lugar donde estaba sentado, justo en el momento en que mi amiga volvía del baño, también sudada por el concierto e impregnada del humo del ambiente. A los pocos minutos, se largaron los Siniestro. Más tarde, el barman, que tiene un nombre bastante raro, concretó su aprecio hacia nosotros con tres chupitos de whiskey con chocolate. Acto seguido, nos fuimos. Ya de vuelta a casa, metido en el sobre, me rompió una canción Josele Santiago, el único suicida que había faltado aquella noche en el Barbara Ann.

Sweet home Buenos Aires, desde la otra orilla, anoche fue menos duro estar lejos de ti.


Tau de Rec (adora Barcelona, que respira y te mira)

9 oct 2010

Mi dietario irregular (XXXIX): ¡¡Come in through my bathroom window!!


He wear no shoeshine, he got/monkey fingers, he got/ coca cola, he say/ i know u, u know me/ one thing I can tell u is u got to be free.


Bonita vida. Como quien dice: bonitos zapatos, o: bonita melena, bonita. El helicóptero, el ventilador, hace ese ruido que no podía olvidar Martin Sheen. ¿Hacía aparecer Conrad al personaje de Duvall o es una creación de Coppola? Si lo es, ¡tremendo surrealismo! ¡Surf! ¡Tenía ganas de hacer surf!

El ventilador cada vez va más rápido, y me imagino agarrado a él, a una de las aspas, quiero decir. Imagínense: me caería, digo yo. Tanto peso.

Cocker está en pausa. ¿Dónde dio aquel concierto de los 70, el que aparece en Spotify? ¿Cómo se movía? ¿Vieron cómo se movía? El valor de un artista sube cuando esdevè un quadre. Cocker se transforma en dadaísta, provocando. Haciendo ver que toca. Toca en el aire: el piano, la guitarra, el bajo. Está gordo, orondo. Pero se mueve así, sin vergüenza. ¿Quién no tiene ganas de imitarle? ¿Quién no tiene ganas de imitar a Jagger? Desde luego, Cocker las tiene. ¿Va más allá?

Yo tengo ganas de imitarlos a ambos. ¿Soy alguno de ellos? ¿Soy Cocker? Me conformaría.

¿Qué pretende Hemingway con ese gran pescado? ¿Pez espada? ¿Joyce con Molly? Hoy leí que Muñoz Molina aprendió sobre los laberintos del receptor a partir de Don Isidro Parodi. ¡Si levantaran la cabeza Borges y Bioy! ¿Pretendían ser útiles? Fracasaron... ¿Fracasaron? Sí, fracasaron: era una burla lúcida, pero el receptor ¿llegó a ella? ¡Muñoz Molina descubrió el laberinto del lector! ¿La burla?

¿Sabían Bioy y Borges cómo se desarrollaban sus novelas? Los problemas de Don Isidro... ¿los planeaban? Me encanta pensar en esta última posibilidad que diré: ¿se turnaban los párrafos? ¿Joyce fumaba mucho?


Queda agua en la botella. Me agobio. Google. Buscar. "Cualquier...", ... "cualquier"... ¡NO! Correspondencia de Gil de Biedma a Ángel González, página 228, Lumen. Vía Google: "todos los gatos son metáfora". Grito. Recuerdo Ulls de gat mesquer, y Banga.

Recuerdo sus ojos. Recuerdo el cosquilleo, su aliento. ¿Se puede quedar uno en un lugar para siempre, Perec?, ¿En un momento? La tentativa de agotar ese lugar... ¡no era fija! ¡Qué desilusión! Perec, yo creo que me puedo quedar allí. Eternamente, sí.

¿Señor Churba?

Bebido, pero con total intencionalidad: Idmón es un amargado. Un listillo, siempre por los pelos. Lleva bigote. Orfeo es un tarado, pero algo sabio. Algo, no mucho. Heracles, otro amargado, la caída del héroe. ¿Medea? ¿Es el centro, o es la trama, o es...? ¡Euridamante es la joya, el Gran juego! Es lamentable: son una sola voz. ¿Dónde queda el Café de artistas? ¡¿Es Medea el libro?!


Qué charrúa, cachavacha,/ qué penal que te han cobrao!". Trato de identificar los versos etílicos:
¿"Puede que sí, pero no empujen"? ¡Es el 28 de 30, quizás ya lo necesitó: bebió!

¿"Xochimilco es Venecia sin palacios,/ Buenos Aires París en duermevela"? Sí: esta la pongo porque habla de Buenos Aires. ¿A quién le molesta?

¿Por qué huele así este libro? ¿A ti?

De pie, pensando en la siguiente frase que hay que escribir, inconscientemente me toco los huevos. ¿Es Llach clásico? Clásico en el sentido de Griego. Tiene un Kavafismo; o un verso ovidiense, ¡no! Mucho más derrotista. Un verso visceral.

¿Asistiré al día del triunfo de la víscera? ¿¡Cómo será ese día!? Mortal. Final. ¿Inicial? No, quizás no.

Hay caras en esa primera orla. Caras en la segunda. Caras, también en la tercera. ¿Hay segunda? No, es ficción.

¿Tú lo sientes, ese deseo?

¡¡¡¡She came in through the bathroom window!!!! And though she thought I knew the answer/ Well, ¿I knew? But Icuold not say ¡¡¡¡¡And got myself a steady job!!!!! ¡¡¡¡¡And though she tried her best to help me!!!!! ¡¡¡¡¡She could steal but she could not rob!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody tell her?!!!!! ¡¡¡¡¡¿Didn't anybody see?!!!!! Sunday's on the phone to Monday, Tuesday's on the phone to me ¡Oh yeah!

Se acerca. Inocente, con su esprai, quizás guardado. Se acerca, tal vez no quiera, pero se acerca. ¿El pantalón le queda siempre así? ¿Es un suéter, es una blusa? Qué más da: ahora es una diosa, quizás tenga derecho a poseerla por un instante, si hay posesión. ¡Esa cara! ¡Cómo si fuera inocente, cómo si no lo intuyera como yo lo intuyo! ¿Esos ojos, adónde miran? ¿Realmente está ausente, o en otro lado? ¡No! Está aquí. Si digo acá, ¡más! Su esprai, tan cerca de ahí, de esas playas que HAY QUE CONQUISTAR... qué digo, tan cerca...¡tocándolas, bañándolas, las orillas!
La hace tan inocente. Ella, tan niña, con su blusa de mora, con su cara abstraída, con su víscera, ¡entregada! Su aliento...

¡¡Tarde!!

Es toda una mujer, o más. ¡No! ¡Es una musa!

No quiero más política, quiero mi entrega. Entregarme.
Suena el helicóptero: Yira; yira. ¿La vida es greda? ¿Estoy piantao?
Seguiría hasta la infinidad, así de borracho.
I like, pam pam pa pam; Birds.

Tau de rec. ¡¡¡Come in through my bathroom window!!!!

5 oct 2010

Mi dietario irregular (XXXVIII): À la diable


Ambos tenemos un componente dionisiaco idóneo para conocer Berlín. Lucimos un estilo cojo y un temperamento agudo, saltamos de imperfección en imperfección y caemos en el despropósito y en lo menos lúcido con frecuencia. Incluso nos gusta revelar esa condición como el ingrediente secreto de nuestro agradable errar. Como no podía ser de otra manera, la víscera fue la culpable de nuestro encuentro con la ciudad adolescente.

Los aviones son tierra de misceláneas, con sus almas puras y su gente guapa, pero también con sus polizones y cuerpos extraños. En un vuelo hacia Berlín, te encuentras a recatadas señoritas angelicales que guardan bajo llave una mandrágora y también a sugerentes nereidas de chándal y rastas. Te toparás con aparentes tablas de madera cegadas de miedo y también con simpáticos ogros de esos que se asean en el baño del aeropuerto. Viajarás con ancianos de traje, bussinessmen que tratan de alejarse del suelo que un día serán, y también con niños estridentes que parecen anunciar sus planes de vida en la lengua de Tlön.

Todo eso se cumplió.


Como los aviones, los trenes son una especie de barómetros del suicidio. Si te mueves en ellos y no sientes ninguna emoción, vale la pena empezar a buscar un final digno. Los trenes añaden el componente pre-laberíntico: tienen un solo camino pero nos muestran una cantidad determinada de paradas, de entradas al enigma, a ese misterio que es la ciudad. Y si te despistas, te encuentras con una primera panorámica desafiante: te has perdido nada más empezar, y lo ves todo demasiado lejano. Si aquí ya no sientes nada, es que ya te suicidaste.

El tren también nos ocurrió.


Si entras en una ciudad y empiezas a sentir el acoso de lo anagnórico, prepárate para lo que pueda venir. En ese sentido, Berlín te guiña un ojo malicioso a cada esquina: un semáforo cómplice en unos intensos cuatro segundos, un restaurante italiano que esconde las pizzas del menú, un edificio que te pregunta How long is now. Es una ciudad para ser poco confiado, tiene la pinta de haber tintado todas las cámaras del Gran Hermano y parece tan libre que hasta su agradable frescor matinal levanta sospechas.

Luego, las previsiones se cumplieron.


Las señales siempre tienen un sentido. Si desafías el libertinaje del centro judío de Berlín rompiendo una de sus pocas normas, lo pagas. Si agujereas uno de sus Verboten, te lo mereces. Es decir, que haces caso omiso a uno de los dos vestigios más famosos del Berlín soviético, si cruzas en rojo, la ciudad se tornará en una gentil berlinesa con un vestido del color de la pasión. Vendrá, paseando un perro manso y grande, y te golpeará con un codo en el ojo. Y tú no te pararás a pensar en el tacto que podría tener ese antebrazo radiante, no. Pensarás que, de haber esperado unos segundos al otro lado de la acera, no te habrías cruzado con la poderosa ciudad. Que, por cierto, al fin y al cabo, es alemana.

La cartografía sólo es una concesión de la ciudad, por lo que debes tener cuidado con los mapas. Si una calle con un destino deseado está oculta, no irás. Si una redonda rodea un edificio, irrevocablemente irás, ya sea un bar, un parque, una puerta o un hospital.

Si descubres que un laberinto es una penitencia de una ciudad avergonzada, nadie te prohibirá que lo utilices para correr, saltar y hacer peripecias. Si quieres aparecer y desaparecer en él, lo harás; si deseas coger en él, será posible hacerlo; si quieres aprovecharlo para reírte de tu laberíntica existencia, te será sencillo. Pero cuando menos te lo esperes, la ciudad se revolverá con resquemor y engañará a tus ojos. Y harás pie en el aire, y te enfrentarás a una caída sin fin. Y la alevosa ciudad te atará un brazo a la espalda para que te sientas desequilibrado e incompleto.

Si te dicen que don't be affraid if you see soldiers, no temas, porque la cosa será menos seria de lo que parece. La ciudad te habrá llevado de un laberinto a otro, y ya no estarás perdiéndote con agilidad en su monumento de la penitencia. Ahora estarás en la parodia de tu propio purgatorio, un hospital militar donde la ciudad se transformará en recepcionista, en estatua, en agua con gas, en café barato. La ciudad te gastará una broma alucinógena durante horas, y te hará hablar en alemán y ser viejo y cascarrabias. Te abandonará a tu suerte a ratos y te observará desde su laboratorio, y también te invitará a entrar en su broma, con sillas de ruedas cuadradas, tecnologías punta desconectadas y fantasmagóricos pasillos sin fantasma tras la esquina. Si le sigues el rollo, te empezarás a reconciliar con la ciudad a base de juegos y maldades de adolescente.

Todo esto, figurada o físicamente, estaba escrito que pasara.



Si codo con codo transformas las nocturnas calles de la ciudad en una ruta de misterio, Berlín se compadecerá de ti. Llegarás a tu hostal y ella habrá dispuesto a seis chicas en tu habitación. Todas somnolientas, quién sabe si alguna de ellas soñadora, te harán una inmóvil compañía en tu retiro forzoso. Así, te sentirás menos ermitaño mientras la ciudad celebra su más viva bacanal, que tanto suena y tanto se prolonga.


Paradójicamente, empezarás a cobrar conciencia de tu simbiosis con la ciudad cuando cierres los ojos. En tu primera noche en la ciudad, soñarás con ella, y repetirás las conversaciones de la jornada, y revivirás su recibimiento, sus bromas y sus preguntas inquietantes. Hablarás en tu lengua y en otras, quién sabe si serás capaz de responder una cuestión en alemán.


Durmimos por fin, tras un día para ser narrado.



La ciudad te despertará pronto. Te preparará butacas y panes para hacerte suyo, te atiborrará y te untará hasta que te entregues. Y será implacable: te mostrará su médula espinal grafiteada, su historia más amarga para hacerte comprender.


Ya entregado, te moverás al son que ella marque. Serás un Zapata perdido y cómodo en un bloque abandonado, porque ella te dará a entender que es tuyo. Mirarás con otros ojos, de presente y de pasado, para ver una mujer sinuosa tras una faz sombría, para buscar un hotel, o unas oficinas, o unos pisos entre esas paredes forradas de esprai. Llegarás al final de tan herrumbroso camino y encontrarás una cruz de carboncillo y un arcángel en tirantes. Y tirarás al suelo el símbolo y te ganarás el agradecido infierno en el que ya estás, y tu rostro será negruzco y peludo a partir de entonces.

Tendrás placeres profanos. Verás, porque la ciudad te lo servirá, un fútbol de lo más berlinés: de lo más joven y cosmopolita, de Friedrichs y Hyppias, pero también de Barnettas, Subotics, Almeidas, Olics y Sahins; de mal defender y ligero ataque, de Mannschaft ya no tan futurista.

Y, ¡ah!, Berlín te pondrá en contacto con alemanas que hablan castellano a cambio de una ensalada, valencianas que hablan un perfecto alemán y bellezas berlinesas que harán leve la espera con frases hechas sin sentido y una tez morena sin par.

Berlín te dará incluso la oportunidad de redimirte, y te aceptará en su ayer aberrante laberinto, que hoy acoge la fiesta del Volk con una sonrisa triste, pero sonrisa al fin y al cabo.

Sucedió en otro orden, pero así.



Cuando la ciudad dormite, tendrás que huir. Estarás obligado, porque hay otras ciudades más dueñas de ti. Huirás sin desearlo. Todo sucederá rápido y te pillará disperso, te moverás con la pulsión de Joe Cocker, volverás a las tierras volantes del tren y del avión, y viajarás con otra gente tan confundida como tú: escritores secretos de poemas que forman puzzles, venus de perfil, divas escondidas y viajantes varios, Gente Común que conforma un espejo burlón de ti hace unos días. Y aterrizarás, y notarás un suelo con otro carácter, con otras formas. Y reconstruirás Berlín con aprecio.


Así fue como llegamos de nuevo a Barcelona. Uno herido como por un quebrado efecto de la fenixología que permite a los dos gemelos ser momentáneamente inmortales. No detecto el momento en que lo fuimos, pero estoy seguro de ello.

Llegamos del mismo modo que nos habíamos marchado. Todo fue muy à la diable, nos llevó la inercia.


Tau de Rec, arrediós.